Capítulo 6: Destino enlazado
Los siguientes días fueron algo tristes para todos. Hermione estaba disgustada por la situación, quería a su hijo de vuelta y cada vez que le mandaba una carta, éste no respondía. Por otra parte Draco se escribía con Astoria para saber cómo estaba Scorpius, pero éste jamás escribía directamente. Además Rose preguntaba siempre a Draco si Scorpius había preguntado por ella, pero siempre recibía la misma negativa y no ayudaba nada estar a la espera de la contestación de Scorpius. La pelirroja hacía algunas escapadas con Draco cuando tenía tiempo libre para ver a los hipogrifos mientras su madre trabajaba. Draco insistió en que quería montar en uno pero no estaba seguro del procedimiento así que Rose le tuvo que enfundar coraje. No comprendía del todo como una persona tan fría y seria podía tener tanto temor a esas criaturas.
Finalmente llegaron los últimos días de verano, Rose se levantó una mañana y vio como una lechuza revoloteaba por su habitación esperando que recogiera el sobre que tenía enganchado a la pata. Rose lo cogió y dejó que la lechuza fuera a cazar mientras leía:
"Querida Rose,
¡Cuánto me alegro de saber de ti! Tu madre también solía escribirme cada verano. Estoy muy ilusionado con vuestro regreso a Hogwarts el día 1 de septiembre. Espero que os hayáis acordado de comprar todos los libros y el material necesario, porque te ha llegado ya la carta con la lista de este año, ¿no? Respecto a lo que me preguntaste en tu anterior carta, creo que iré al bosque a investigar las criaturas que puede haber allí. ¿Sabes que los Thestrals son unas criaturas magníficas y bastante pacíficas? Aunque también es cierto que no mucha gente sabe manejarlas, pero has dado con la persona ideal, Rose. Aún no entiendo que hacen en esa zona y me gustaría que me dijeras exactamente donde los visteis ya que no suelen encontrarse lejos del Castillo de Hogwarts. Espero que cuando vuelvas vengas a tomar un té a mi cabaña. Por cierto, ¡Fang también te echa de menos! No sé exactamente si es a ti o a tus galletas de mantequilla ¡pero cada vez que vienes se vuelve loco! Sobre Madame Maxime… prefiero hablarte en persona, Rose. Pero es toda una dama. ¿Te he contado alguna vez que bailé con ella en el colegio? Fue algo increíble… ¡Oh, bueno! Tengo que dejarte, se está abriendo el huevo y no quiero perdérmelo. Nos vemos pronto, Rose. Dale recuerdos a tus padres y a tus primos.
Saludos,
Rubeus Hagrid."
Rose resopló divertida. ¿Qué se traía entre manos? Espero que no sea un huevo de dragón. Pensó la pelirroja riéndose solo de imaginarlo. Bueno, al menos había conseguido que Hagrid le echara un ojo al bosque. No le había mencionado aún el encuentro con el licántropo porque prefería hablarlo en persona. Podría ser que fuera un hombre lobo ilegal, tal vez incluso vivía de espaldas a la sociedad. En cualquier caso alguien debía enterarse por la seguridad de todos. También había omitido la reciente relación entre su madre y Draco Malfoy, deseaba ver la cara que se le quedaba cuando se lo dijese. Probablemente se caería de la silla o rompería alguna taza sin querer. Rose rió y contestó a su amigo dándole la dirección y las indicaciones de cómo llegaron hasta allí. Después sacó otro pergamino y escribió de nuevo a Scorpius, como solía hacer cada día. Normalmente le explicaba lo que hacía durante el día o a donde iba, pero esta vez le escribió informándole sobre lo de Hagrid y advirtiéndole que empezaba un nuevo curso y que no podría huir de ella para siempre. Estaba realmente frustrada así que cada vez se explayaba menos en cada carta. Cuando hubo enviado ambas, se dirigió hacia el comedor en busca de su madre para preguntarle por los nuevos libros pero un sobre le esperaba sobre la mesa. Un sobre de Hogwarts. A veces parecía que supiese en el preciso momento en el que ocurrían las cosas. Con la carta en mano siguió corriendo por todas las habitaciones hasta que llegó a la cocina y vio una nota pegada en la nevera:
"Cariño, Draco y yo hemos ido a hacer la compra. Insiste en que quiere aprender a cocinar. Dice que para tu cumpleaños será él quien haga la tarta. ¡Por tu bien espero que no! Tienes el desayuno sobre la mesa y hay leche fresca en la nevera.
Te quiere,
Mamá."
Arrancó la nota de la nevera y justo debajo había otra:
"Rose, no soy mal cocinero. Confía en mí, será comestible. "
La segunda nota no llevaba firma pero no hacía falta. La pelirroja se rió y se comió el desayuno con avidez. Dejó una nota avisando que se dirigía al Callejón Diagon a comprar un par de libros nuevos que necesitaba y tal vez una mascota para ella misma. Desde que era pequeña siempre había estado con Crookshanks en Hogwarts y cada vez que necesitaba enviar una carta le pedía la lechuza a su hermano. Ya era hora de que tuviera una propia.
A través de la Red Flu llegó a casa de los Potter para llevarse a sus primos e ir juntos pero cuando llegó no había nadie. Era increíble que cada vez que necesitaba a alguien, este desaparecía. Resignada se fue la chica sola hasta aquella calle concurrida de alegres magos y brujas que acompañaban a sus hijos con las primeras compras del nuevo curso. Primero de todo pasó por Gringots para sacar algo de dinero, su madre le había dado permiso sabiendo lo responsable que era así que no tuvo ningún problema. Gran parte de la mañana la dedicó en Flourish & Blotts, siempre le habían gustado los libros y no podía resistirse a pasar de una estantería a otra ojeando los nuevos Best Sellers. Tras comprar los libros que necesitaba y alguno más que le gustó, siguió su recorrido por Madam Malkin y se dirigió a la tienda de mascotas. Cuando entró una mezcla de siseos, gruñidos y gorjeos inundaron sus oídos. Rose nunca había sido capaz de comprarse una mascota porque no era capaz de decidir que quería. Le entusiasmaban las lechuzas y admiraba la rapidez en entregar cualquier mensaje pero adoraba los gatos y no podía evitar desviarse hacia las vidrieras donde varios alzaban la cola con elegancia y giraban mostrándose ante ella. Cuando por fin decidió que lo más sensato y práctico era una lechuza joven que había visto en la entrada, los ojos se le paralizaron frente un pequeño gato siamés que maullaba en una esquina apartado de los demás gatos. Era de color crema excepto por el hocico, las patas y la cola que eran marrón chocolate. Sus ojos azules grisáceos eran grandes para lo pequeño que era y la miraban fijamente. Por alguna razón esos ojos le recordaron a Scorpius y supo que no tenía elección.
-¡Me lo llevo!
Más tarde de regreso a casa, con el diminuto gato en una cesta en la mano izquierda y las bolsas colgando en la mano derecha, se detuvo frente a un escaparate muy conocido. Los ojos se le salían de las órbitas. Tras un grupo de alumnos que no dejaban de gritar estaba la nueva Saeta de Hielo que ofrecía la tienda de artículos de Quidditch. Nadie sabía que hoy era el lanzamiento, ni siquiera El profeta había hablado de que hubiera un nuevo estreno este año, pero ahí estaba. Una escoba blanco perla equipada con los mejores encantamientos de frenado, la plata de los encajes había sido fundida por duendes para darle más estabilidad y precisión y podía alcanzar los 200 km/h. No había palabras para describirla. Rose se quedó un rato dudando si entrar aunque sea para tocarla. Su madre jamás se la compraría, no era demasiado fanática del Quidditch así que no le daría la importancia que se merece. A pesar de ello se dirigió a la puerta y justo cuando estaba enfrente, ésta se abrió de golpe a punto de darle en las narices.
- ¡Ve con más cuidado! – gritó la chica furiosa pero inmediatamente vio lo que sujetaban unas fuertes manos. Era la Saeta de Hielo. Parpadeó varias veces intentando asimilar lo que veían sus ojos hasta que se dio cuenta que tras aquella escoba colgaba una bufanda verde y negra. ¡Lo que faltaba! ¡Un Slytherin con la mejor escoba del mundo! Disgustada levantó la mirada y se enfrentó a un rostro pálido que la miraba sorprendido con unos grandes ojos grises.
- Bonito gato. –sonrió una voz muy conocida asomándose por las rejas de la caja de la nueva mascota de la chica.
Rose abrió varias veces la boca para contestar pero la cerraba todas las veces. Negó con la cabeza y frunció el ceño. ¿Qué hacía Scorpius ahí? ¿Y por qué tenía esa maldita escoba si tenía una prácticamente nueva del año anterior?
- ¿Por fin te dignas a hablarme? –gruñó la pelirroja dolida.
- En realidad no, te has cruzado en mi camino. ¿Cómo se llama?
- ¿Quién?
- El gato, quien si no.
- Sparkler –improvisó de repente diciendo lo primero que se le ocurrió.
- No puedes llamarle así, ya tienes otra mascota con ese nombre. – murmuró como si fuera algo obvio.
- Entonces Scorpius. Scorpius Junior. – sonrió con maldad dándose media vuelta. Llevaba semanas intentando saber algo de él pero de repente todas sus ganas de establecer contacto se habían evaporado.
- ¡Eh! ¿A dónde vas? – dijo el rubio siguiendo sus pasos con cuidado de no golpear su nueva escoba.
- A mi casa, y tu deberías hacer lo mismo puesto a que decidiste alejarte de mí.
Las palabras le salieron de carrerilla pero hicieron el suficiente efecto como para detener los pasos del rubio. La chica continuó para delante pero cuando iba a girar la calle echó una última mirada en su dirección y vio que seguía ahí de pie, pensativo sin apartar la mirada de ella. Suspiró.
- ¿Te apetece una cerveza de mantequilla en el Caldero Chorreante?
Scorpius sonrió de oreja a oreja y aceleró el paso hasta alcanzar a la chica. Si algo diferenciaba al chico de su padre era su sonrisa cálida y sincera, y por sonrisas como esa muchas chicas del colegio iban detrás de él, aunque hasta ahora Rose lo había ignorado. El problema fue que nada más entrar dos Slytherins saltaron a sus brazos como si fueran muelles preparados para atacar.
- ¡Scorpius! ¡Qué alegría verte! Tengo tantas cosas que contarte… -canturreaba una.
- Scorpius, ¿Me llevarás la semana que viene a Hogsmeade como me prometiste? - dijo la otra con voz melosa a la vez que se enganchaba al brazo del rubio.
- ¡Eso Scorpius! ¡No puedes faltar a una promesa! – dijo esta vez la pelirroja imitando la absurda voz de las dos chicas que lo observaban con ojos soñadores. Scorpius se giró y alzó la ceja sorprendido y Rose le dedicó una gran fingida sonrisa. A saber cuando había hecho esa promesa…
- Lo cierto es que me encantaría pero me va a ser imposible. –se disculpó el rubio mirándolas a los ojos.
- ¡¿Por qué?! – gritaron ambas con el ceño fruncido.
Rose se dio media vuelta de camino a la barra, pero justo cuando se empezaba a alejar para evitar esa estúpida conversación escuchó a Scorpius que decía:
- A decir verdad es todo culpa suya.
Rose se giró y se encontró con el dedo del chico que la señalaba. A su lado las dos chicas la miraban con la boca abierta intentando digerir su posible significado.
- ¡Yo no tengo nada que ver! – dijo Rose intentando disipar las miradas homicidas que ahora le dirigían. Sin darse cuenta, varias mesas se habían girado para escuchar de hurtadillas la discusión y eso ponía nerviosa a la Gryffindoriana que seguía negando con la cabeza y con las manos.
- No digas tonterías, preciosa. Estamos juntos ¿No?
El corazón de Rose se detuvo al igual que el de la mayoría de chicas que escuchaban la conversación recelosas. Scorpius la miraba con una sonrisa torcida ofreciéndole su mano. Rose pestañeó varias veces hasta que la sangre le volvió al cerebro.
Rose iba a contestar que no, que por su culpa no estaban juntos y que era un completo idiota por decir eso delante de tanta gente pero no pudo hacerlo. No quería que todo el mundo supiese que ella sentía algo por él y menos que la gente le tuviese lástima por no ser correspondido. No quería ni podría aguantar las miradas de todos sus compañeros cada día por los pasillos así que cerró la boca, se giró y se acercó a la barra.
- Una jarra de cerveza de mantequilla, por favor.
- Otra. –murmuró una voz a su izquierda.
¿Cómo podía llegar tan rápido hasta su lado? Rose cogió aire, tomó la jarra que le ofrecía el camarero y le pegó un largo sorbo. Estaba deliciosa y muy muy fría, justo como a ella le gustaba.
- No me has contestado – dijo el rubio imitándola.
- Tu nunca contestas mis cartas – contraatacó la pelirroja.
- Tenía mis motivos. – protestó el rubio.
- Deléitame con ellos.
Scorpius suspiró.
- Es irrelevante ahora.
- ¡¿Qué?! ¡¿Era irrelevante hablar conmigo?! ¡¿Era irrelevante que me preocupara por ti?!
Rose se estaba alterando así que cogió la jarra y le hizo un gesto para que la siguiera hasta una mesa resguardada en una esquina del local. No le gustaba que la gente les mirase
- No tenías por qué preocuparte por mí.
- Tienes razón. Tienes toooooda la razón, Scorpius. Soy una completa idiota por dedicar mi tiempo a pensar que tal vez querrías volver a verme, pero no. Me lo has dejado claro todo este tiempo evitándome. – dijo la chica alzando cada vez más la voz.
- ¿Quería volver, sabes? – susurró el rubio sin ser capaz de mirarla a los ojos.
- ¿Qué…?
Scorpius resopló y le pegó otro largo trago a la cerveza vaciando su jarra por completo.
- Quería darte una sorpresa. Suponía que cuando entrara por la puerta me pegarías pero en el fondo te haría ilusión así que ese era el plan, el problema es que no esperaba verte hoy. En realidad todo es gracias a mi padre.
Rose lo miraba atónita pero no quería perder ese momento de sinceridad así que continuó.
- ¿Qué quieres decir?
- Mi padre me mandó a por la escoba. En realidad me dijo que era un encargo para un compañero, yo ni siquiera sabía lo que iba a ir a buscar. Cuando llegué me encontré esto con una nota suya. –dijo señalando a la Saeta que resplandecía a su lado. – Aunque no esperaba este otro regalo. –continuó mirándola fijamente con una sonrisa.
- ¿Pe-pensabas volver?
- Claro que sí. No niego que los primeros días estuve muy cabreado pero no soy tan inmaduro como para comprender la situación que me rodeaba. Una vez que hube perdonado a mi padre me quedaba la decisión de con quién quedarme. – calló un segundo y continuó – Estaba seguro que daba igual si me quedaba con mi padre o con mi madre puesto a que quería seguir viendo a la otra persona. Pero ahí entraste tú. Tú y todas tus cartas. ¿Pensaste que no las leería?
Rose asintió prestando atención a todo lo que decía aún atontada por tus palabras.
- Te equivocabas. Leí cada una de ellas y me di cuenta de lo mucho que te echaba de menos y decidí volver. Se lo dije a mi madre e inmediatamente escribió a mi padre para comunicárselo. Le dije que no os dijese nada porque pensaba daros una sorpresa mañana.
Rose parpadeó varias veces intentando apagar las lágrimas que luchaban por desprenderse por sus mejillas.
- Scorpius yo… no sé qué decir.
- Contéstame a la pregunta que te he hecho antes.
- ¿Qué pregunta…
Scorpius arrastró su mano por la mesa para depositarla sobre la de ella con dulzura.
- Rose, ¿estamos juntos? –la intensa mirada se clavó en los ojos de la pelirroja haciéndola estremecer.
El corazón de la chica se detuvo y por un momento pensó que se iba a desvanecer, afortunadamente las miradas furtivas de las chicas que los rodeaban la ayudaban a recuperar la cordura y la respiración recordando las palabras del chico. La pelirroja cogió aire y sonrió ampliamente.
- Por supuesto que no. – Los ojos del chico se abrieron y su sonrisa desapareció.
- ¡¿Por qué?!
- Bueno… técnicamente me alejaste de ti por lo que no estamos juntos. Además, estas no son formas… No ha habido ninguna petición en condiciones. – finalizó la chica sonrojándose ligeramente.
- Tienes toda la razón –puntualizó pensativo – Entonces… ¿amigos? –dijo el chico ofreciéndole la mano a la chica dejándola completamente desconcertada.
Rose se la estrechó mirándolo perpleja disgustada por cómo había evadido su indirecta.
- ¿Puedo? – dijo el rubio señalando la cesta donde se escondía el nuevo miembro de la familia.
Rose asintió y con cuidado sacó al gato que parecía contento de estar de nuevo en brazos. El gato ronroneó con las caricias de Scorpius haciendo que Rose sonriera de nuevo.
- Necesita un nombre en condiciones.
- ¿Scorpius Junior sigue sin convencerte? – dijo la chica maliciosamente.
- No creo que a esta gata le convenza un nombre tan varonil.
Rose iba a reírse de lo que había dicho pero de pronto cayó en que había dicho gata , no gato.
- ¡Es una hembra!
- Claro que lo es, ¿no lo has preguntado en la tienda?
- La verdad es que no… no me importaba a decir verdad. Además, di por hecho que sería macho.
- ¿Por qué?
Rose negó con la cabeza sin querer contestarle a eso. Ya era bastante patético estar esperando a que él sintiera algo por ella como para decirle que los ojos del gato le recordaban a él.
- Podría llamarse Fog. – dijo la pelirroja eludiendo su pregunta. Scorpius la miraba con curiosidad y ella continuó – Es por los colores de su pelaje, además, tiene unos ojos que me recuerdan a la niebla que cubre ciertas noches el mar.
Scorpius se quedó mirando como Rose acariciaba el cuello de la gata y sonreía tontamente. Tenía ante sus ojos la persona a la que más quería pero debía actuar con inteligencia.
- Creo que debería irme ya, mi madre estará esperándome para comer y tengo unas maletas por hacer. – dijo guiñándole el ojo a la pelirroja que le dedicó una sonrisa no del todo alegre. – Vamos preciosa, si quieres puedo venirme para tu casa hoy mismo, ¿Qué te parece?
Rose sonrió ampliamente y se lanzó sobre la mesa para darle un gran abrazo. Scorpius tuvo que hacer un gran esfuerzo por recomponerse y no besarla como deseaba.
Tras pagar la cuenta, los dos chicos se alejaron lentamente sin querer adelantar esa despedida que se avecinaba. Al contrario de lo que pensaba la chica, Scorpius se despidió rápidamente con un gesto de mano y se alejó en dirección contraria a ella dejándola sola y disgustada. Fue arrastrando los pies el resto de la calle hasta que vio a lo lejos a sus primos. ¡Así que aquí estaban! Rose les enseñó su nueva mascota y las compras que había hecho pero no tardaron demasiado en cambiar de tema y volver al tema principal de todos los alumnos: La Saeta de Hielo. La pelirroja se puso de mejor humor y fue junto a sus primos a la casa de Ginny y Harry para poder volver a casa por la chimenea.
Una vez en casa se sentó para comer junto a su madre que por una vez era ella quien esperaba el plato.
- ¿Qué vamos a comer? –susurró la pelirroja mirando a su madre desconcertada.
- Empanada de Cornualles –contestó Draco sirviendo sobre la mesa una empanada medio quemada con forma de media luna.
Hermione se sirvió una pequeña porción y puso una más grande a su hija y a Draco. Rose la cortó observando el mejunje de nabo, cebolla, patata y ternera que había en su interior. No tenía muy buena pinta pero no quería rechazarlo sin probarlo así que se metió el primer bocado en la boca. Fue repugnante. Hermione le había dado la receta a su novio que insistía en aprender a hacer algo simple así que se había envalentonado a hacerlo por sí mismo. Hermione no dijo nada pero Rose de reojo pudo ver que su madre con un movimiento de varita hizo desaparecer lo que le quedaba en su plato en un despiste de Draco Malfoy. Éste le preguntaba a Hermione si le había gustado y ella asentía con ternura. Rose maldecía haberse dejado la varita en su habitación junto a sus compras. Cuando llevaba la mitad del plato, vio pasar a la pequeña Fog ronroneando y por un momento le pasó por la cabeza la idea de darle el resto de su comida a la gata, pero luego se sintió culpable porque no debía desearle eso a nadie. Haciendo un gran esfuerzo se terminó el plato y Draco puso sobre la mesa unos deliciosos bollos de Bath rellenos de pasas y piel de frutas que tenían una pinta exquisita. Hermione se abalanzó a comerse uno y Rose la siguió con precaución. Si las había hecho Draco probablemente sería mejor tener cuidado así que se metió una pequeña porción en la boca y resulto estar incluso más bueno de lo que esperaba.
- ¡Vaya Draco! ¡Estos bollos están de muerte! ¡Le dan mil vueltas a la empanada! – dijo la pelirroja con entusiasmo dándole un gran bocado al bollo por lo que no pudo ver el gesto de negación de su madre.
- En realidad… Estos bollos los compramos esta mañana en una tienda muggle. – dijo el rubio decepcionado.
Lo cierto es que a él mismo le había parecido repugnante su propia comida pero no era capaz de admitirlo.
Rose se disculpó pero en ese momento picaron a la puerta y salió corriendo huyendo de esa situación.
Draco hizo desaparecer la empanada y Hermione le acarició la mejilla con dulzura.
- Ya mejorarás. Piensa que aún quedan meses para el cumpleaños de Rose. – Hermione pretendía decir eso para animarlo pero lo cierto es que se le escapó la risa y Draco frunció el ceño.
- ¿Así que te ríes de mi, Granger? – continuó el rubio levantándose de la silla y haciendo que ella se levantara al tirarla de la cintura hacia él.
- Hola papá – dijo una voz a su lado.
Cuando giraron la cara se encontraron con Scorpius arrastrando un montón de maletas y una jaula con una preciosa lechuza negra que colgaba de una de sus manos.
- Señora Granger –continuó saludando con una pequeña reverencia.
Rose le seguía justo detrás con una gran sonrisa dibujada en la cara.
