Estel y Undómiel

Viñeta número 2: El Rechazo a la Sombra y la Renuncia al Crepúsculo

Este fic participa en el reto 5#Especial San Valentín, primer reto del mes de Febrero del foro El Poney Pisador

El Señor de Los Anillos no me pertenece. Es propiedad de la familia Tolkien.

871 palabras


La brisa de la Noche de Pleno Verano paseaba entre los árboles, rozando las brillantes hojas y acariciando las bellas flores. Las sombras del ocaso se esparcían por la tierra, coloreando de luz aún más dorada las elanor; sin embargo, el cielo seguía siendo un campo azul con pinceladas de rosado y naranja en las nubes, producto de los benévolos rayos del sol, que en ese momento lucía como una gigantesca bola de oro chorreante. Los pies de Aragorn caminaban sobre la hierba inmortal, que era suave y refrescaba sus gastadas extremidades, condenadas a vagar siempre por países y tierras lejanas. A su lado, Arwen paseaba con soltura entre las flores de niphredil y elanor, su hermosura incomparable incluso con el hermoso Lothlórien. Los pies de ella, tersos y blancos, caminaban también descalzos entre la hierba, las telas de su vestido rozando la tierra.

Aragorn sonrió mientras subían al flet entre los hermosos mellyrn. Allí el viento era mucho más fuerte, y sacudía en el aire los cabellos de los dos, pero Arwen sólo rompió a reír. El Dúnedain se había acostumbrado ya a ver la sonrisa en un rostro tan digno, porque con ese gesto ella se veía aún más hermosa. Podían ver a donde quisieran en tal altura, y las risas de la elfa se mezclaban con la brisa que soplaba, pareciendo que era el mismo bosque y viento los que reían. Estel admiró toda la belleza a su alrededor, mientras se sentaban en el hermoso flet. La corteza blanca de los árboles, que el sol pintaba de oro, las flores que los rodeaban y la brisa que los trasladaba a adías más felices, días donde el amor siempre prevalecía y la esperanza no era un lejano sueño, sino la realidad. Se preguntó si su hermosa Dama habría visto aquellos alegres días.

—Hay cosas que no se pueden recuperar, Estel, incluso en este hermoso lugar donde sólo se recuerda y se vive—le dijo la doncella, mirándolo a los ojos, con una clase de simpatía brillando en ellos. Se quedaron observando los alrededores en la Colina, donde las estrellas ya comenzaban a aparecer sobre los oscuros cielos del Este. Las pálidas niphredil parecían astros en la tierra, mas ahora el sol ya no las tocaba con sus dorados centelleos, y la luz de las estrellas de Varda se reflejaba en el rocío de sus pétalos. Llevado por un fuerte impulso, declaró las palabras que llevaban tanto tiempo habitando su corazón.

—Tal vez hayan cosas que no se puedan recuperar, hermosa Dama de la Estrella de la Tarde. Pero hay cosas que se pueden hacer, y cuidar; y vivir con ellas hasta el fin de los días, porque nos hacen felices. Mi amor por ti, Arwen, vanimalda, estoy seguro que puede pasar incluso la gran Sombra que nos espera—dijo Aragorn, incorporándose y clavando su mirada al oscuro Este, donde las estrellas brillaban, lejanas y neblinosas. La elfa se irguió a su lado, y su sombrío cabello le rozó el brazo, cubierto de blanco y plata. El ocaso estaba detrás de ellos, la luz dorada les peinaba las cabelleras oscuras; pero ellos miraban de frente al temible Este. En un momento, Arwen volvió su terso y perfecto rostro hacia él, donde resplandecían sus orbes grises, como una noche sin nubes, los que irradiaban el reflejo de las estrellas. Y el Dúnedain lo supo: en esa breve mirada los dos se juraban fidelidad eterna ante el Crepúsculo y la Sombra. Devolvieron su vista al atardecer, que se desvanecía en la distancia.

—Oscura es la Sombra—dijo Arwen, con una voz clara, pero cuidadosa como un susurro—, y sin embargo mi corazón se regocija; porque tú, Estel, estarás entre los grandes cuyo valor habrá de destruirla— pero Aragorn no estaba seguro. Las flores perdieron su brillo mientras la doncella hablaba, y el mortal le respondió con estas palabras:

— ¡Ay! No puedo preverlo, y cómo eso podría ocurrir es un misterio para mí. Pero con tu esperanza, esperaré. Y rechazo la Sombra para siempre—pero entonces recordó las palabras que hacía tiempo Elrond le había dicho en Rivendel, y se encontró pronunciándolas y anhelando la respuesta de su amada—sin embargo, tampoco, Dama, es para mí el Crepúsculo; porque soy mortal y si tú, Estrella de la Tarde, te unes a mí, también tendrás que renunciar al Crepúsculo.

Arwen se quedó inmóvil, y sus orbes grises se perdieron en el Oeste, donde el Anar se extinguía, quedando sólo un pálido reflejo de la gloria del sol. Se quedó así, imperturbable, hasta que al fin sus labios de movieron de nuevo, pronunciando palabras de las cuales nunca se arrepentiría—A ti me uniré, Dúnadan, y me alejaré del Crepúsculo. Aunque aquella es la tierra de mi gente y la morada secular de todos los de mi raza, prefiero compartir una vida contigo, a pesar de que sea breve y fugaz, que todas las edades de este mundo sola— y, aunque la elfa amaba entrañablemente a su padre, sonrió ante Aragorn, y él no pudo más que sonreírle también, en un rostro en el cual los años se habían esfumado y era joven y noble, vestido de plata y blanco.

Y allí, fueron felices.