Estel y Undómiel

Viñeta número 3: Amargo Don

Este fic participa en el reto 5#Especial San Valentín, primer reto del mes de Febrero del foro El Poney Pisador

El Señor de Los Anillos no me pertenece. Es propiedad de la familia Tolkien.

Palabras: 998

Nota de autora: No he quedado muy convencida, pero espero que lo halláis disfrutado. Cualquier crítica constructiva, review, corrección, etc, es recibido con los brazos abiertos.


Los mellyrn amarilleaban, y las hojas doradas caían por sobre las áureas flores. El viento atravesaba con suaves ondas las llanuras de tierra silenciosa, donde solamente el río y la brisa cantaban. El país de Lórien, que se marchitaba lentamente, abandonado por sus habitantes, ahora sólo era la morada de una bella criatura. El sol nacía y se ocultaba; las estrellas y la luna brillaban en el cielo nocturno, ya no quedaba recuerdo alguno de cómo habían sido los días en ese antigua tierra, que en tiempos venideros, sería borrado por la lenta acción del tiempo, muriendo y convirtiéndose en leyenda, luego en mito y finalmente cayendo en los pozos del olvido.

Arwen pensó, mientras se encaminaba con gracia a Cerin Amroth en compañía de la brisa, en qué habría pasado si hubiera escogido el camino al Oeste, que ya estaba fuera de su alcance como el mismo sol; pero ya nada se podía hacer, su elección desde hace tiempo estaba hecha y no habían más barcos élficos que la levaran allí. La escarcha aún no había tocado sus sombrías trenzas, su rostro y sus brazos seguían tersos y sin defecto, mas sus ojos habían perdido la luz de las estrellas de Varda y el brillo élfico. Vivía sola, con la única compañía del sol y la luna, paseándose entre las elanor y niphrodel, que ya no refulgían ni brillaban como antaño, y se marchitaban lentamente, junto a los imponentes mellyrn.

Caminó descalza por sobre la hierba, como había hecho años atrás, y ella le cosquilleaba los blancos pies, pero no era tan verde como una alfombra primaveral de Los Días Antiguos. Subió con cuidado al flet en la colina, y con la mente ahogada en la pena rememoró con tristeza los juramentos y las palabras de amor que se habían susurrado al oído con cariño y gracia, y luego habían gritado al mundo entre alegría y sonrisas enmascaradas. Pero los recuerdos eran sólo recuerdos, y ya se habían extinguido y marchitado. La brisa invernal le acarició la piel mientras se acostaba y sus cabellos se desparramaban en cascadas oscuras. Las hojas doradas caían, y ella ya había tomado su decisión. Le daba miedo, tan acostumbrada había estado de vivir largos años y con la idea de vivir para siempre en la Tierra Media; la sensación le paralizaba los miembros ante lo desconocido como nunca antes, pero la necesidad de amor superaba esos oscuros pensamientos, y el recuerdo pintado de la cara de Aragorn en toda su majestad, vigor, esplendor, nobleza, belleza y juventud, la imagen del esplendor de los Hombres, la instaba a tomar esa decisión, tan parecida a la que había tomado tiempo atrás, cuando el país seguía hermoso y la esperanza era alta.

Con sus orbes grises examinó el cielo, pintado de azul. Las nubes se movían perezosamente en jirones plateados; el sol caía por el Oeste, ofreciendo la vista de un punto brillante y resplandeciente: la Estrella de La Tarde. En el Sur el cielo se iba despejando, mientras que al Norte se espesaban un poco más las nubes, pero siempre dejando trozos celestes. Los parches de luz tocaban los gastados troncos de los mellyrn. Vio por última vez las hojas doradas bailando juguetonamente en el aire. Cerró los ojos, lentamente, dejando que las imágenes se difuminaran en sus pestañas largas, la luz se fundiera creando un blanco puro, y, finalizando, un profundo negro mezclado con otros colores.

Sus pensamientos empezaron a volar. Arwen le había dicho a Aragorn, el día de su muerte, que era cruel y amargo el don que Eru le concedía a los Hombres, quienes no estaban atados al mundo y morían. Pero él había respondido que «del otro lado había más que recuerdos», antes de dormirse permanentemente. ¿A qué se refería? La Dama de La Estrella de la Tarde sabía que, a donde los hombres iban, ni siquiera los valar lo sabían. ¿Cómo encaminarse a un lugar totalmente desconocido, hasta para los Poderes? ¿Un lugar para los crueles, insensatos y trágicos Hijos del Sol?

Arwen se decidió. En aquél momento, sintió una sensación indescriptible, tan indescriptible como el mundo en sus Primeras Edades. Exhaló su último aliento de aire, que se perdió en el viento fresco, pero ella no sintió nada. Percibió que era como si solamente se hubiera internado en un sueño, cuando caes dormido y no te haces conciencia de ello: únicamente te das cuenta cuando despiertas. Tuvo una sensación extraña, increíble e inexplicable, y abrió los ojos, en los cuales llegó la luz de nuevo, como un rayo de sol pasando entre la noche de invierno y anunciando el amanecer de la primavera.

Estaba rodeada por un bosque de pálidos abedules en su más magnífico momento de gloria. A su alrededor habían flores de todos los colores, y abundaban las elanor y las niphredil, tan hermosas como lo imaginaba en la Primavera de Arda. Los olores invadían su nariz, y se mezclaban con los más deliciosos aromas que podían existir en Los Días Antiguos o incluso antes. Había una calidez agradable que la rodeaba, y los parches de sol que pasaban entre las ramas de los árboles la acariciaban. Arwen sonrió, incorporándose, mientras observaba con maravilla y como si fuera una niña pequeña todo lo que había a su alrededor.

Y entonces, apareció Aragorn, moviéndose con gracia entre los abedules hacia ella, los años torvos desvanecidos en el rostro, y con una sonrisa que iluminaba su joven cara. La mujer corrió hacia él, con las lágrimas como arroyos cristalinos recorriéndole las mejillas, y finalmente acurrucándose en su pecho. El Dúnadan la abrazó, envolviéndola con sus fuertes brazos. Se separaron, y se tomaron de las manos, silenciosamente y sin ninguna palabra que decir, porque sólo compartir el calor y el amor del otro era suficiente.

Y Arwen supo, en ese lugar donde todo era feliz, que el don de los hombres no era para nada amargo. Era hermoso, y libre, pensó, devolviéndole la sonrisa a su amado.