CAPÍTULO 3
UNA BRUJA QUE SECUESTRA Y COME NIÑOS
Skull siempre había escapado a la muerte tantas veces pero el día que en realidad murió nadie podía creer que fuera cierto. Todos ellos esperaban verle sangrando en la entrada, teniendo en su mano una señal de victoria, sonriendo como un tonto. Los Arcobaleno no pudieron hacerle un funeral porque la única cosa que había de él eran sus cenizas. Las guardaron en un vial violeta pequeño y la siguiente ocasión que Reborn estuvo en Italia, las esparció en la cima de un edificio en la ciudad natal de Skull.
Tsunayoushi preguntó dónde estaba su tío Skull una mañana durante el desayuno.
—Está en una misión, muy lejos —Luce murmuró de una forma en la que sonaba como si no estuviera segura.
Ninguno de los otros en la mesa trató de ayudarle a encontrar las palabras adecuadas hasta que Fong llegó desde la cocina. Sostenía una pequeña charola de té. Su gentil y serena sonrisa presente y, tan pronto como puso la bandeja en la mesa, colocó una mano en el hombro de Luce.
—No volverá en un tiempo —Fong terminó por ella.
—Oh —es todo lo que el niño podía decir. Y en ese momento, supo que jamás volvería a ver al tío Skull.
El baño en la casa era un poco espacioso. Tenía una tina. Era parte del piso y se hundía hacia la rodilla de Fong. También había una pequeña regadera al lado y las baldosas eran de un azul claro. Un domingo, Tsunayoushi y Fong estaban tomando un baño juntos, el mayor lavando la espalda del niño con un trapo pequeño.
—Xiǎo-Shi —el chino dijo—. ¿Te gustaría ir a la escuela? ¿O preferirías quedarte en casa?
El niño pensó sobre ello un poco, y piensa en Reborn.
—Quiero ir a la escuela —dice tranquilamente.
—Tsunayoushi, mírame.
El niño obedece pero no mira el rostro de su tío. Sólo ve el tatuaje del dragón en el pecho del hombre, cómo la tinta colisionaba con la piel de él. Algunas veces Tsunayoshi imaginaba a la tinta saliéndose del cuerpo de su tío, girando como un pequeño tornado a su alrededor. Nunca tuvo una mascota antes, y esa era la única forma en que podía tener una. Si era imaginaria. Pero ya no. El niño piensa en su gatito Nuts, en el patio trasero y sonríe. Jugó secretamente con el gatito toda la tarde. Era una cosita dulce, no le arañaba y comía de su mano.
—Sólo quieres ir a la escuela por Reborn, ¿no? —el niño miró hacia el agua, avergonzado—. Aiya, sabes que Reborn no siempre está en lo correcto, ¿o no? Si estos no fueran tiempos de guerra… —Fong comenzó—. Diría que deberías ir a la escuela. Pero estos tiempos… en estos tiempos no sabes qué sucederá. No quiero perderte. ¿Qué tal si algo malo sucede mientras estás en la escuela?
Tsunayoshi sólo repite la misma cosa; repite lo que Reborn quiere escuchar.
—Quiero ir a la escuela —el pequeño responde educadamente.
El chino suspiró mientras comenzó a enjabonar su cabello con champú. Fong sabe que Reborn tiene a Tsunayoshi en la palma de su mano, así que decide abandonar la conversación. En su lugar, mira hacia afuera por la ventana del baño, la luna brillaba en su máximo esplendor.
—Esta noche la luna está llena.
Tsunayoshi miró la cara de la luna y le recordó a la imitación de porcelana en el cuarto del tesoro de Hibarin. Comenzó a apuntar hacia ella, pero entonces Fong alejó su mano gentilmente.
—No deberías apuntar a la luna o, realmente, a cualquier cosa. Es irrespetuoso. Si apuntas a la luna, tus orejas se caerán.
Los ojos de Tsunayoushi se ampliaron mientras tocaba sus orejas. Estaba asegurándose de que no se caerían. Las necesitaba para escuchar las cintas de Reborn, necesitaba esas orejas para escuchar el parloteo de Hibarin sobre su maldad vampírica y, sobre todo, necesitaba sus orejas para escuchar a las bombas a lo lejos. Para saber cuándo correr, cuándo esconderse.
—Es verdad —Fong parece decir con absoluta certeza—. Pero, dado que tienes nueve, la buena suerte balanceó lo malo que hiciste ahora. Así que ya es buena suerte.
Fong era un hombre muy extraño; nunca abría las sombrillas dentro de la casa y siempre dejaba fruta fresca en las habitaciones de todos y les prohibía tocarla. La fruta absorbía toda la "mala energía", les había dicho. Justo antes de que fuera a dormir, cerraba el armario y se aseguraba de que no se abriría por la noche; esto y mucho más constituían su personalidad. Él era el que le había enseñado a Tsunayoshi a creer en la magia y la superstición. El realismo mágico de nuestro mundo. Ese había sido el porqué Tsunayoushi aceptó la existencia de Hibarin tan casualmente, porque el tío Fong le había contado muchas historias de fantasmas pidiendo ayuda a los vivos. Le enseñó a Tsunayoushi a tratar a los muertos con respeto.
Fong también usaba ropa de un color rojo brillante en ocasiones especiales y cuando iba a la batalla. En la milicia, comentaron que su ropa era roja por toda la sangre que le cubría, un recuerdo de sus víctimas. Pero, en realidad, Fong las usaba porque era su color favorito, eso y porque creía que era el color que más tenía suerte. Justo como el color de la sangre que se quitaba, el rojo le ayudaría a seguir vivo por un poco más de tiempo.
Enjuagó su cabello con la pequeña regadera de mano, el pequeño niño pensó que el cabello lucía como orozuz negro. Siempre había admirado el cabello de su tío y, cuando solía llamarle padre, Fong le daba permiso para peinar su cabello. Tsunayoushi aún recuerda el peine y el largo cabello negro en las puntas de sus dedos.
—¿Puedo tener el cabello como tú, tío Fong?
El hombre mayor apagó el dispositivo con un pequeño "clic" y comenzó a imaginar al niño pequeño con una pequeña coleta y con un pequeño moño, y cómo iría de arriba hacia abajo mientras caminara. Fong decidió que había quedado encantado con la escena.
—¡Por supuesto que puedes! ¿Quieres llevarlo con el mismo estilo que yo? ¿Trenzado?
Tsunayoushi asintió y comenzó a acariciar su cabello castaño.
—¿Cuándo comenzará a crecer?
Ambos terminaron su ducha, se pusieron sus batas de baño y comenzaron a caminar hacia el cuarto de Fong para cambiarse. La casa estaba tranquila dado que sólo estaban ellos dos. Bueno, tres, si contaban a Hibarin. Él estaba en el cuarto de Tsunayoushi, leyendo los cuentos de hadas que Luce había traído.
—Está creciendo justo ahora, sólo no puedes verlo —el chino habló mientras llevaba al pequeño niño en sus brazos—. Estás creciendo justo ahora, ¿ves? Eso es un hecho pero, en realidad, no puedo ver el crecimiento hasta que es muy visible…
Y cuando dijo esto frunció el ceño, porque supo que Tsunayoushi jamás tendrá infancia.
Un martes, Colonnello, Reborn y Fong eran los únicos presentes en la casa. Tsunayoushi sostenía la mano de su tío estadounidense. Se estremeció mientras escuchaba la transmisión de la radio. Todos ellos estaban en la sala de estar, el radio colocado en medio de una mesa de centro. Reborn veía el delgado aire con una mano a un lado de su rostro, un dedo dando golpecitos en su sien. Fong se sentó tranquilamente, su sonrisa siempre presente. El único que mostró respuesta alguna fue Colonnello, quien parecía un poco preocupado y molesto. Sus cejas fruncidas y sus labios eran una línea recta.
—Ciudadanos, que no cunda el pánico, los Capuleto se están posicionando a sí mismos en distintas partes de nuestra nación. Esto no es una rendición, repito, esto no es una rendición. Esto es compromiso. No actúen de forma hostil, no están aquí para causar daño alguno.
El corazón del niño se llenó de terror.
Los Capuleto están aquí.
Colonnello suspiró y estrechó aún más la mano de Tsunayoshi.
—Vamos a perder, ¿cierto?
Reborn no dijo nada pero, finalmente, dejó que sus ojos se enfocaran en el hombre frente a él.
—Eso parece. Pero ellos aún quieren que los espiemos. Estoy seguro de que tuvieron todo esto planeado, ese es el porqué nos posicionaron aquí, para mantener un ojo en ellos. Especialmente desde que el grupo que está asignado a esta área es ningún otro más que el General de Brigada y su escuadrón completo.
Y, ante esto, Fong asintió en reconocimiento.
—Giotto.
—Mierda… —Colonnello agarró unas pocas hebras de su cabello—. Tenemos que ser más cuidadosos, qué pasa si él ve…
Fong continúa sonriendo como si nada sucediera pero lleva un dedo a sus labios, diciéndole silenciosamente a Colonello que no hable más. El rubio se detiene antes de que pueda seguir con su parloteo y deja ir la mano de Tsunayoushi.
—Xiǎo-Shi —Fong llamó—. Siéntate aquí, junto a mí. Vamos a tener una pequeña plática.
El niño dócil camina al otro lado de la habitación y hace lo que se le dice.
—Nunca debes apartarte de nuestra vista. ¿Entendido? Cuando vayamos al mercado quiero que me prometas que no te alejarás de nosotros por más de una pulgada… Digo esto porque… puede haber una persona que quiera llevarte lejos.
Los ojos de Tsunayoushi se ampliaron, miró hacia Colonnello y después hacia Reborn. Estaba buscando una confirmación.
Reborn alzó una ceja.
—Fong, no estás pensando en explicarle esto a él, ¿o sí? —el italiano comenzó a encender un cigarro, sólo para que estuviera partido a la mitad en un milisegundo. Fong tenía su mano levantada y Colonnello se rió por lo bajo. Fong era conocido por ser un maestro de artes marciales por una razón, era muy rápido. En ese corto segundo aplicó presión en el viento para cortar el cigarrillo del otro a la mitad.
—Tsunayoushi, no puedo explicarte todo justo ahora —Fong miró profundamente en los ojos del niño—. Pero te juro que algún día lo entenderás.
Y ese día llegaría muy rápido, como la lluvia, como el trueno.
El cobertizo era más espacioso que nada, estaba justo detrás de la casa, conectado por un pequeño camino de rocas. El bosque y el patio trasero divididos a la mitad por una cerca blanca de estacas. Tsunayoushi jugaba con un pedazo de cuerda, colgándolo frente a su gato Nuts.
—¡Maldita sea, Colonnello! —la voz de una mujer fue escuchada por todo el patio trasero. Se escuchaba áspera pero nunca podría ser confundida como la voz de un hombre. Sabía que esa voz era de su tía Lal. Tsunayoushi estaba en la parte trasera del cobertizo, pero podía imaginar las manos de la mujer en sus caderas. —¿¡Por qué le diste ese estúpido gato!? —Lal caminaba de un lado al otro, su rostro acalorado y enojado.
Colonnello tenía ropa de civil, no su regular traje del ejército. Ni siquiera se había puesto su banda, su cabello rubio caía un poco sobre sus ojos.
—¿Qué es lo malo de darle un gato al niño? —su voz estaba llena de molestia.
—¡No lo entiendes, Colonnello! ¿¡Por qué demonios nos das algo más que cuidar!? —Tsunayoushi, tranquilamente, comenzó a rasgar el pasto que estaba detrás de él—. La responsabilidad de cuidar a ese animal recaerá en nosotros. Ese niño ni siquiera sabe cómo cuidar de sí mismo, ¡mucho menos de una mascota!
El rubio retrocedió un paso.
—Eso no es verdad, Lal. Ese gatito aún no se muere, ¿o sí? El chico está haciendo algo bien, y de todos modos, no tienes que preocuparte por el gato. El atún y yo nos haremos cargo de él, no tú.
Lal no titubeó; mantuvo los brazos cruzados frente a su pecho. Dio golpecitos con su pie impacientemente.
—Yo sólo… —Colonnello miró sus botas de combate— realmente me siento mal por él —Lal pareció interesada, tal vez incluso un poco preocupada mientras lentamente deshacía el cruce de sus brazos—. No tiene amigos, y yo… quiero decir, mira por toda la mierda por la que está pasando. Esta guerra… Él ha visto cosas de las que un buen niño como él debería estar protegido, tiene una condición que hace a las personas pensar que es lento, y el otro día, mierda… —el hombre alto alborotó un lado de su cabello con exasperación— ¡lo escuché hablándose a sí mismo, Lal! Estaba teniendo una conversación entera con, no lo sé… un amigo imaginario o algo. Casi me da un infarto. Te lo digo, el niño no está bien… Creo —era extraño ver al estadounidense tan serio y actuar como el adulto que era— que él se merece esto. Se merece tener esta pequeña cantidad de felicidad en su vida cuando todo lo demás es una mierda entera.
Lal sabe que Colonnello era serio pero, aún así, dice:
—Ese gato tiene pulgas, Tsunayoushi podría contraer una infección.
Un suspiro exasperado.
—Por Dios, ¿por qué algunas veces tienes que ser tan malhumorada, kora? ¡Algunas veces me vuelves loco!
—¿Sí? Bien, ¡el sentimiento es mutuo!
El sol había comenzado a ocultarse lentamente, una pequeña ave comenzó a piar agradablemente.
—Hombre —Colonnello comenzó a reír ligeramente—. Ya peleamos como una pareja de casados, ¡y ni siquiera me he propuesto! Maldición —bromeó mientras Lal trataba de esconder la reacia sonrisa en su rostro. Pero lentamente se tornó amarga.
—Colonnello, yo… sabes que no podemos casarnos ahora… —no mira al hombre frente a ella sino a la puerta frontal del pequeño cobertizo.
—Entonces, ¿cuándo? ¿Cuando la guerra se acabe? —el hombre rió a través de su nariz—. ¿Cuándo va a pasar eso? Deberíamos casarnos ahora —esto atrapó la completa atención de la mujer de cabello oscuro, sus ojos abiertos de par en par—. ¿Quién sabe? Esta podría ser nuestra última conversación.
El niño pequeño —quien estaba escuchando por casualidad la conversación de los adultos— comenzó a acariciar a su gatito en consuelo porque eso estaba grabado en su mente. Que cualquier día podía ser el último.
Los ojos de Lal titilaron de manera oscura, sacudió su cabeza como si estuviera regañando al estadounidense.
—No hables así.
—Pero es la verdad —Colonnello colocó sus manos en sus bolsillos—. Serás vieja y decrépita, eres demasiado inteligente para ser asesinada. Pero yo… no tanto. Siempre fuiste la más inteligente así que… aquí —de su bolsillo emergió su mano sosteniendo una pequeña caja. Cuando la mujer la tomó no quiso abrirla. Sólo la observó, dejando que sus dedos se detuvieran por un rato. Sabía que era un anillo de compromiso.
—¿De dónde obtuviste esto? —pregunta sin abrir la caja y sin una pizca de emoción.
—En la acera —el hombre bromeó—. ¡Por supuesto que con los mercaderes! Mierda, tomó eones el encontrar un anillo y ni siquiera sé si es oro o lo que sea. Sabes que en estos tiempos es difícil encontrar cosas como esta. Te apuesto a que ese anillo fue empeñado por una familia que necesitaba dinero, ahora todos están haciendo eso.
—Yo… —había muchas cosas que ella podía decir, pero «acepto» no era una de ellas—. No puedo, Colonnello.
El rubio frunce el ceño, tampoco se enoja. Sonríe y responde con aire despreocupado.
—Entonces, ¿por qué no sólo lo usas? —sugiere—. ¿Hasta que el día llegue? Puedes usarlo como un collar o algo. Sólo quiero verte usándolo.
Lal suspira y se quita su collar, decidió que pondría el anillo en él. Una vez que abrió la caja, resopló.
—¡Qué anillo tan feo!
—¿Sí? ¡Pues qué dueña tan fea! —el otro se burló.
Detrás del cobertizo, Tsuna sonrió mientras Nuts ronroneaba en su regazo.
Los niños —el vivo y el no-muerto— estaban jugando en el ático. Pasaban sus días con cuentos de hadas, juegos y un montón de conversaciones profundas. Tsunayoushi era quien más hablaba de los dos y seguido tenía muchos temas que quería discutir. Extrañamente, tocaron el tema de la educación.
—Solía ir a la escuela —Hibarin empezó a ayudar a Tsunayoushi a construir un pequeño fuerte de almohadas en la esquina de su cuarto de tesoros. Ambos habían decidido pretender que estaban protegiendo un castillo de una bruja malvada.
—¿Cómo era? —el niño castaño preguntó mientras arrastraba la almohada más grande a través de la habitación—. ¿Te gustó?
—Era el representante de la clase —Hibarin alardeó. Su pecho hacia afuera y orgulloso—. Siempre fui el primero en la línea y el maestro siempre me dio la asignación de los deberes.
Tsunayoushi asintió con asombro, esos parecían unos deberes muy importantes.
—Espero que también pueda tener un trabajo en clase como ese.
Hibarin dejó de acomodar las almohadas y miró hacia arriba.
—¿Qué? Tú no vas a la escuela.
—Oh, um —Tsunayoushi comenzó a inquietarse—. Pronto iré a la escuela. El tío Reborn me inscribió; ¡voy a empezar en una semana! —muy emocionado dijo lo último, sus ojos brillando con entusiasmo.
Pero eso duró poco pues una gran ráfaga de viento pareció estallar a través de la habitación entera, la temperatura descendía a cero (1), las bombillas se salieron. Tsunayoushi procedió a caer al suelo y gritó asustado. Tembló cuando miró los ojos del niño fantasma. Brillaban de un rojo intenso, el brillo de sus ojos eran la única luz en el cuarto.
—¡No puedes ir a la escuela!
Toda razón escapó de la mente del castaño y, levantándose, salió huyendo del cuarto de tesoros. Tsunayoushi no sabía quién era ese Hibarin, él sólo conocía al que era amable y le daba estrellas de papel y era como un hermano mayor para él. Este Hibarin era un fantasma escalofriante, cuyos ojos lucían sedientos y sus dientes filosos y amenazantes.
Reborn era el único Arcobaleno que no trabajaba ese miércoles. Se sentó en la sala de estar, leyendo el periódico, escuchando la estación de música clásica de la radio. Bien, estaba. Se detuvo cuando vio a su encargo corriendo con el rostro pálido hacia el baño, alzó sus ojos y vio cómo el niño chocó con un jarrón. El impacto causó que el jarrón cayera al suelo y se rompiera en millones de pedazos. Lo que fue aún más extraño es que el chico (quien usualmente comenzaría a tartamudear sus disculpas) seguía dirigiéndose hacia el baño, como si estuviera siendo cazado. Reborn también notó la forma en la que el niño castaño parecía forcejear para cerrar la puerta. Parecía como si alguien estuviera deteniendo la puerta, un agarre firme del otro lado de la perilla.
Si los ojos de Reborn pudieran ver la lucha frente a él, habría visto a Hibarin romper ese jarrón, y hubiera podido ver al niño fantasma jalando la puerta, asustando al niño castaño en el otro lado. Hibarin está molesto, eso es seguro, y Tsunayoushi está asustado. Está asustado por el comportamiento del niño fantasma. Logró cerrar la puerta y corrió hacia la seguridad de la bañera, puso la cortina de baño encima de él y se acurrucó. Su rostro en sus brazos y piernas. Piensa que está a salvo, pero escucha que la cortina de baño se mueve y sabe que es Hibarin. No mira hacia arriba.
Tan pronto como Reborn escucha que la puerta del baño se cierra bruscamente, se levanta y camina rápidamente hacia el baño.
—¡Abre esta puerta, Tsunayoushi! —cuando Tsunayoushi escuchó a Reborn llamándole por su nombre supo que estaba en problemas—. ¿Por qué rompiste el jarrón? Era de tu tío Verde.
Sin respuesta.
—Derribaré esta puerta si no la abres en este instante —la voz del hombre era fría y cruel, como el asesino que es.
—Tu tío es el lobo grande y malvado de los tres cochinitos —Hibarin dijo con rabia. Una referencia al cuento de hadas que leyeron el uno al otro antes, ese mismo día—. ¡Quiere soplar y derribar la casa! ¡Haciéndote ir a la escuela!
Tsunayoushi sale rápidamente de la bañera e intenta abrir la puerta pero, no importa lo que haga, no se abrirá.
—Hibarin, por favor abre la puerta. Tendré problemas —los ojos del castaño eran grandes y temerosos.
El fantasma de cabello oscuro continuó observando.
—No.
Y, con esto, el niño pequeño comenzó a llorar. Su llanto agitado e insistente.
Los ojos de Reborn se ampliaron cuando escuchó ruidos proviniendo del baño. Sonaba como si otra persona estuviera ahí.
—¿Tsunayoushi? ¿Hay alguien ahí? —una mala sensación creció desde el fondo del estómago del italiano.
Sin respuesta.
—¿A quién le estás hablando?
El niño sólo lloró y gritó.
—¡Yo no lo hice! ¡No me pegues, tío Reborn! ¡Él lo hizo!
Tan pronto como el niño aclaró que había alguien más en la cercanía, el hombre mayor retrocedió dos pasos.
—Apártate, Tsunayoushi.
Reborn rompió la puerta con un fiero empuje con sus hombros. Tan pronto como entró, Hibarin desapareció, dejando a un castaño con una mordida en su brazo y lágrimas en sus ojos.
—Ya no quiero ser tu amigo —Hibarin le dijo mientras se disolvía en humo y, entonces, desapareció.
Esa misma noche, esta conversación ocurrió.
—¿Quieres ir a la escuela, Xiǎo-Shi? —Fong estaba mirando al niño por encima de su hombro. El hombre esbelto pero firme apenas si estaba fuera de la puerta mientras Tsunayoushi se apiñaba bajo las sábanas, como si tuviera miedo de algo. Esperaba que Tsunayoushi dijera "no", que pudiera mantenerlo a salvo del mundo exterior por un poco más de tiempo.
—Sí —Tsunayoushi comenzó—. Pero él no me deja.
El chino frunció el ceño.
—¿Quién es él? —el hombre preguntó, ahora viendo al niño en la cama.
Y entonces Tsunayoushi levantó un dedo tembloroso hacia la nada. Al aire delgado, y Fong nota cómo la temperatura de la habitación comenzó a descender. Se sentía como en una cámara frigorífica, muerte y hielo. A la distancia, un espejo se rompe, su sonido proviene del ático, distante y ominoso.
Fong inmediatamente interpreta eso como un mal presagio.
—Él —el niño dijo finalmente.
Está tranquilo por pocos segundos hasta que Fong camina en silencio hacia Tsunayoushi y lo alza en brazos.
—¿Por qué no duermes conmigo esta noche? —Fong preguntó esto como una sugerencia, para no avergonzar al otro.
—Está bien —el castaño suspiró y el hombre pudo jurar que, cuando se giró para cerrar la puerta, escuchó pisadas fuertes y molestas.
Los dos días siguientes, Fong fue llamado por el gobierno para una misión que involucraba asesinato y espionaje. Los servicios de Colonnello también eran requeridos así que los dos viajaron hacia la capital. Fue una gran cuestión el saber quién estaría a cargo de Tsunayoushi, Luce no podía porque tenía una tarea de papeleo en una de las oficinas, Verde estaba en otra ubicación dirigiendo experimentos y Viper tenía negocios propios. Así que los únicos que podían cuidarle eran Reborn y Lal. Ambos tenían trabajo pero ninguno chocaba con el tiempo del otro así que tenían el tiempo suficiente para vigilar a Tsunayoushi mientras el otro no estaba.
Esto fue algo bueno para los Arcobaleno porque este arreglo significaba que el niño estaría con las personas de mayor confianza; pero malo para Tsunayoushi porque sabía que ellos eran los más estrictos de todos sus cuidadores.
El italiano había tenido suficiente de la disposición melancólica que Tsunayoushi había tenido desde hacía pocos días. Se desanimó, como si alguien le hubiera regañado; y más seguido que nunca miraba alrededor de su habitación, como si estuviera esperando a que algo apareciera. Y otra cosa, no dejaría caer el pequeño cascanueces de juguete por ninguna razón. Lo llevaba al ir a bañarse (lo dejaba cerca de la ventana), al usar el baño (lo colocaba frente a la puerta), al comer y, al sostenerlo firmemente contra su pecho, a menudo hablaba con él.
De una forma parecía que le estuviera pidiendo perdón al cascanueces.
—Tsunayoushi, hora de ir a la cama.
El momento en el que Tsunayoushi escuchó la voz de su tío, llena de autoridad y acero, hizo lo que le fue dicho y obedientemente subió las escaleras. El cascanueces aún estaba en sus manos.
Eso molestaba sin fin al italiano. Tan dependiente de una mera baratija. El niño se estaba volviendo muy unido a eso, sólo a las niñas pequeñas les gustan los muñecos, razonó Reborn.
En el momento en el que Tsunayoushi había comenzado a acurrucar al juguete en su cama junto a él, Reborn hizo un movimiento para alejar el muñeco. Cuando el adulto apenas si lo tocó, el castaño saltó de la cama y sostuvo al cascanueces con su vida. Sus ojos confundidos y asustados.
—Dame el muñeco, Tsunayoushi.
El niño agitó lentamente la cabeza.
Los ojos de Reborn se abrieron en confusión pues era la primera vez que el niño había declinado sus deseos. El impacto fue demasiado y el adulto sabía que si permitía este pequeño acto de rebeldía el niño comenzaría a perder, aún más, el respeto que tenía por él (en realidad, lo que realmente sentía era miedo, que un mero cascanueces fuera suficiente para reemplazarle en la vida del niño). Así que Reborn repliega su mano hacia atrás y abofetea al otro a lo largo de su rostro. Fuerte.
—No vuelvas a desobedecerme.
El adulto toma bruscamente al cascanueces y lo balancea hacia arriba del vestidor, causando que uno de los pequeños zapatos se rompa en dos. Ambas piezas cayeron en lados diferentes de la habitación y Tsunayoushi observa con horror. «¡Hibarin necesita el cascanueces para vivir! Es su tumba… El tío Reborn hizo algo muy malo…» pero, si el niño fuese a vocear sus pensamientos, sabe que razonar con el italiano es inútil. Reborn cierra la puerta duramente, dejando al niño herido y consternado.
Cuando Reborn no está Tsunayoushi comienza a llorar. Había un ardor en su mejilla al igual que en su corazón. Pero era porque quería a su amigo de vuelta, Hibarin, y también por la guerra, y porque se sentía solo y miserable y se preguntaba a sí mismo todos los días «¿Quién soy?», «¿De dónde vengo?», «¿Quiénes son mis padres?», «¿Por qué nadie puede decirme la verdad? Todos están llenos de secretos…»
«Pero, tal vez soy igual que los adultos. Porque Hibarin es mi secreto…»
Mientras las lágrimas del pequeño niño continuaban cayendo, humo comenzó a aparecer de la boca del cascanueces. Era un violeta (2) que parecía brillar mientras se disipaba por toda la habitación. Parece un príncipe, Tsunayoushi pensó cuando Hibarin flotaba con cuidado enfrente de él. El fantasma aterrizó lentamente en la cama, su capa flotando como el cielo nocturno con estrellas.
—¿Duele? —es todo lo que el espectador le preguntó.
Tsunayoushi no dijo nada, sólo siguió llorando.
—Podría ir a asustarlo si tú quieres —los pequeños y falsos dientes de vampiro de Hibarin se mostraron—. No lo succionaré hasta la muerte, sólo lo morderé hasta la muerte. Sin piedad.
—Lo-lo siento, Hibarin. No quería que tu lápida se rompiera… es mi culpa que todo esto pasara.
El niño fantasma se metió bajo las sábanas e hizo su camino hacia Tsunayoushi y, entonces, yació su cabeza en su almohada compartida.
—Puedes arreglarla con pegamento. Mi lápida aún puede usarse, estoy aquí, ¿no es así? Este tipo de cosas pueden arreglarse fácilmente, porque son cosas —Hibarin dirigió sus ojos hacia al niño humano.
—Lo siento, Hibarin —ambos niños estaban bajo los cobertores, yaciendo uno junto al otro—. Si no hubiera hecho enojar al tío Reborn esto no hubiera pasado.
—Pero él te golpeó —y con esto, Hibarin alza una mano hacia la mejilla del otro niño. Sólo se observaron el uno al otro por un rato, sin hablar. Unas cuantas bombas se escucharon a la distancia y los grillos continuaron cantando.
El niño castaño habla primero.
—¿Sabías, Hibarin, que las personas pueden herirte más allá de lo que puedes repararte? Y ni siquiera tienen que golpearte, eso duele menos. Las personas pueden romperte con palabras.
Hibari asiente.
—También pueden destruirte con las cosas que hacen —el niño fantasma ve el techo mientras los dos se toman de las manos bajo las sábanas.
Tsunayoushi sonrió. El otro ya no estaba molesto con él y eso le hacía sentirse cómodo. Le daba paz a su mente y tan pronto como empezó a dejarse llevar, Hibarin (inusualmente) siguió hablando.
—Cuando morí mi madre estaba triste todo el tiempo —los ojos del castaño se abrieron desmesuradamente, el pasado era completamente un tema tabú entre los dos—. Lloraba todos los días y cuando intentaba hablarle no podía verme. ¡Qué herbívora tan tonta! —Hibarin veía hacia el techo, molesto, mientras hablaba.
»Intenté hacer contacto con ella en las pequeñas formas en las que pude. Cuando aún estaba vivo, cambiaba un montón el lugar de sus dijes, algo por lo que se enojaba conmigo, y yo era el único que lo hacía. Así que comencé a mover sus cosas en la misma ubicación en las que solía hacerlo. Todo lo que pasó es que comenzó a llorar más fuerte. No la entiendo, qué cosa tan tonta hizo.
La radio clásica de Reborn podía escucharse de fondo.
—Mi padre, por otro lado, no parecía realmente triste o preocupado, pero noté que leía el periódico de cada mañana por más tiempo. Ves, a la hora del desayuno solía leerlo directo al punto, y terminaba rápido. Después de mi muerte se tomó su tiempo y, aún después de treinta minutos seguía en la misma página.
Tsunayoushi pensó que eso era extraño porque muy seguido veía que esto le sucedía a sus tíos Fong y Reborn.
—Un día, mi padre le dijo a mi madre que quería irse de la casa. No pude escucharlos bien, pero se oían enojados. Estaban discutiendo. Padre le dijo a madre que ya había vendido la casa y que en una hora volvería de la ciudad con maletas. Mi madre protestó tanto como pudo hasta que mi padre le dijo «Hibari nunca va a volver».
—¿Hibari? Pero tu nombre es Hibarin.
—Hibarin es un apodo —el fantasma cerró sus ojos—. Odié a padre cuando dijo que vendió la casa. Nuestro castillo.
—¿Por qué?
—Porque quería dejarme.
Silencio.
—Después de que mi padre se fue, mi madre comenzó a actuar extraño. Fue hacia su caja de tejido y sacó el hilo del suéter que estaba haciendo para mí antes de que muriera. Estaba pensando que tal vez ella lo hacía para mantenerse ocupada, madre siempre se consolaba cuando tejía… pero entonces lo empezó a tejer en una forma muy peculiar. Lo ató.
Al castaño no le gustó cómo sonó eso.
—No estaba haciendo ningún patrón, sólo era una cuerda larga. Cuando la terminó, la ató al candelabro en su cuarto y se paró en una silla. Mi padre entró al cuarto tan pronto como ella comenzó a colgar.
Tsunayoushi sabía cómo lucía aquello. Una vez en Italia vio a un montón de personas colgando de un árbol, recuerda a su tío Fong cubriendo sus ojos.
—¿Por qué estás cubriendo sus ojos? —recuerda a algún extraño regañándoles—. Debería ver lo que le pasa a las personas que traicionan a su país.
—Mi padre gritó por mucho tiempo —Hibarin abrió sus ojos nuevamente—. No entiendo. ¿Por qué ella haría eso? No es más que una estúpida herbívora a la que le faltó disciplina. Era débil y, aún así… —parpadeó— ella era mi madre.
»Mi padre dejó la casa poco después y nunca lo volví a ver. Me dejaron aquí, solo. El alma de mi madre nunca vino a encontrarme… —Hibarin se encuentra con la mirada del otro niño, la única vez que ha hecho esto desde que la conversación inició y pregunta—. ¿También me dejarás como ellos lo hicieron, Tsunayoushi?
Entonces entendió por qué el niño fantasma se puso tan enojado, no quería perder a la única persona que tenía. Tsunayoushi quería llorar otra vez, porque recordó la sonrisa de su tío Skull y cómo le llevaba a cuestas alrededor de la casa.
—Siempre estaré contigo, Hibarin. Lo prometo.
El niño fantasma saca una mano de debajo de los cobertores, su meñique levantado.
—¿En serio? Haz una promesa con tu meñique. Come mil agujas si mientes.
Tsunayoushi levanta su propio meñique y los dos niños corearon:
—¡Promesa del meñique! Si miento, comeré mil agujas y cortaré mi dedo.
Tsunayoushi se aferró a la mano de su tío Colonnello en el mercado. De los dos —Colonnello y Fong—, el estadounidense había llegado primero de su misión. Tenía un sombrero (y Reborn le dijo que lucía absolutamente horrible) y un largo abrigo para cubrir sus rasgos —era estadounidense y tenía que ser muy cuidadoso para que no le confundieran con un Capuleto—.
Colonnello colocó un par de blocs de notas en una pequeña canasta.
—¿Por qué tuve que abrir mi boca y decirle a Reborn que estaba aburrido? —murmuró para sí.
El momento en el que el estadounidense había comenzado a quejarse, Reborn le había dado la lista que Fong había enviado para los suministros de "vuelta a la escuela" de Tsunayoushi. Pero supuso que era mejor que estar encerrado en la casa todo el día y, además, siempre había querido explorar el centro de la ciudad. No había tenido una oportunidad desde que se mudaron por culpa de su trabajo y de sus rasgos.
—Tío Colonnello —el niño tiró del brazo del otro—. ¿Puedes acompañarme a la tienda de mascotas de enfrente? Me gustaría ver las tortugas…
El estadounidense sonrió.
—¿También estás aburrido? Heh, bien, ¿por qué no vas por ti mismo? Está justo enfrente, nada va a pasar.
El chico asintió.
—Bien.
Cuando salió de la pequeña tienda vio el edificio que solía estar abandonado ahora era llamado la estación de los Capuleto. Había unos pocos soldados enfrente del edificio, firmes. Viendo a los civiles.
Tsunayoushi se quedó viendo a los soldados con curiosidad. Mientras todos a su alrededor les llamaban "monstruos" o "cerdos", el niño pequeño pensaba cómo todos se veían iguales. Es decir, que se veían como humanos y no deformes u otras espantosas monstruosidades. Había un soldado joven —el que descubriría era el General de Brigada— en la cima de la azotea de los Capuleto. Permanecía de pie, con un traje sastre negro, mirando la ciudad a través de sus binoculares. Por alguna razón, Tsunayoushi estaba atraído hacia él y a sus facciones (su cabello rubio, el que se parecía al mismo corte de cabello que él tenía), e incluso sus ojos se sentían muy familiares. Se sentía como un abrazo, o cuando tenía la oportunidad de comer sus pasteles favoritos.
El hombre en la azotea debió haber sentido un par de ojos sobre él y miró hacia abajo, sus ojos se encontraron. El momento en el que ve al niño pequeño los ojos del joven soldado se abren desmesuradamente.
—¡Ven aquí! —grita desde arriba. Tsunayoushi entra en pánico, sorprendido por el sonido de la voz del extraño. Hizo una carrera hacia la tienda de mascotas—. ¡Tsunayoushi! —el joven le llama pero él corre porque recuerda las advertencias de sus tías y tíos. Nunca. Confíes. En. Otros. Hay alguien que podría llevarte muy lejos.
Tsunayoushi sólo corre hacia la tienda de mascotas y se esconde en la parte trasera de la tienda, donde todas las peceras están ubicadas. Piensa que ha perdido al otro y se relaja pero al final del pasillo está el joven General. Se dirige hacia el jovencito con pasos lentos, como si fuera un ciervo o algún animal precioso al que no deseaba asustar.
—Mi nombre es Giotto —el hombre dice—. Aquí —Tsunayoushi ve a Giotto sacar un dulce de su bolsillo, tratando de obligar al niño a acercarse—. No voy a herirte, Tsunayoushi. Nunca lo haría. ¿Sabes quién soy? Ven aquí, no voy a herirte. Sólo quiero hablar contigo…
Pero el niño ni siquiera ve que sea extraño que el Capuleto conozca su nombre, corre hacia afuera de la tienda para encontrar a su tío en la papelería. Tsunayoushi le teme al extraño, le teme a su suave sonrisa y a sus entusiastas ojos.
Tan pronto como encuentra a su tío, suelta todo lo que pasó. Cómo un hombre comenzó a seguirle, pero tan impulsivo como lo era Colonnello, no quiso el resto de la información que el niño había querido decirle. Tales cómo el extraño era un soldado de los Capuleto, o cómo él sabía su nombre, o sus rasgos.
El estadounidense interrumpe al niño con una risa, pero era una risa muy irascible. Burlona.
—¿Dónde está? Ni siquiera sabe la paliza que va a tener —pensó meramente en algún enfermo pervertido tratando de robar y llevarse a su "pequeño atún". Era un poco gracioso, nunca supo de alguien que quisiera tanto el morirse.
Incluso así, en el momento en el que ve el traje negro del General de Brigada, Colonnello inmediatamente agarra a Tsunayoushi y corre como si hubiese visto al diablo. Todas las amenazas en su mente se han hecho puré y en lo único que podía pensar era "Vuelve a la casa. Vuelve a la casa". La chamarra que Colonnello usaba le fue arrancada por el viento, exponiendo así sus facciones y su cabello rubio. Recordó cuando Reborn le dijo que fingiera su etnia y comienza a decir frases aleatorias de lo único en italiano que recuerda que Lal le ha enseñado.
—¡Buona Notte! ¡Buona Notte! ¡Buona Notte! ¡Buona Notte! ¡Buona Notte! ¡Buona Notte! ¡Buona Notte! —el rubio dice como un mantra, sonriendo grande y tontamente. Todo mientras el niño en sus brazos olvida el peligro y comienza a reírse por las excentricidades de su tío.
Para su sorpresa, los ciudadanos le saludaron. Algunos incluso le devolvían a Colonnello el saludo con la mano con una expresión de preocupación en sus rostros.
El par arriba a salvo a casa y en el momento en el que Colonnello pasa a través de la puerta con Tsunayoushi en sus brazos, comienza a escupirle a Reborn lo que sucedió.
—Aunque lo extraño sobre eso fue que incluso algunas de las personas me dijeron adiós con la mano. ¡Ni siquiera estaban asustados!
Reborn ni siquiera mira hacia arriba. Sólo se queda viendo al arma que estaba puliendo en su escritorio barnizado en el estudio. —La última vez que fui al mercado me senté y le hablé a los italianos de ahí. Les dije que eras mi primo distante y mentalmente retrasado llamado Timithy. Y por el trauma que recibiste en la guerra sólo eres capaz de decir "Buona Notte" y "Venti" (3).
Colonnello rompió en risa en su asiento. Sostenía su estómago mientras reía.
—¡Te creyeron! ¿Que soy un tipo de retrasado?
—Digo las mejores mentiras —Reborn alardeó.
Tsunayoushi veía hacia atrás y adelante, entre sus tíos y después a Hibarin. Estaban tomados de la mano en el sillón de Reborn y el niño fantasma parecía decirle con sus ojos "Coraje".
Tsunayoushi abre la boca.
—¿Qui-quién era él? El hombre que trató de hablarme… él era un Capuleto. Él, él sabía mi nombre…
Su pregunta nunca recibe una respuesta y, en su lugar, Reborn le dice:
—¿Estás emocionado por la próxima semana? Es tu primer día en la escuela.
Y el niño se traga todas las palabras que había querido decir, como muchas otras veces y otras tantas situaciones. Él ya era un adulto a tan corta edad. En el futuro, el Tsunayoushi adolescente aún tendría el mismo tipo de comportamiento pero, mientras muchas personas han observado a los hombres y mujeres —quienes fueron niños durante estos años— tener cierta seriedad en ellos que no se aleja, ni siquiera cuando ríen.
Notas aclaratorias:
1. En el original decía que "la temperatura descendió debajo de cero". Sea cual sea la escala de temperatura que se maneje, consideré que sería mejor dar a entender que iba bajando la temperatura hasta llegar a cero pues creo que, sin abrigo, pudiesen aguantar la temperatura por unos cuantos segundos.
2. La palabra utilizada podría significar tanto violeta (supuse que la referencia al color y por eso le escogí) o una flor llamada vincapervinca, la cual es llamada "flor de las brujas" y es de color violeta.
3. "Buenas noches" y "veinte" en italiano, respectivamente.
Comentarios:
Una gran disculpa por la tardanza (demasiada). Espero que el próximo capítulo esté traducido (a lo mucho) el próximo mes.
Gracias por seguir leyendo esta simple traducción.
