Pegatinas
Strip
Pulchrus Spectrus era un hombre que odiaba los climas en general y el frío en particular. No era algo tan raro. La mayoría de las personas tenía una época del año que prefería sobre las demás y otra que aborrecían. Spectrus odiaba todas las épocas del año, sin excepción. La primavera por el polen, el verano por las cucarachas, el otoño por los guiños desolados que le dedicaban los árboles a medio desnudar, y el invierno por el frío, el asqueroso, seco y corrosivo frío.
En El Dorado, la escuela de Magia y Hechicería donde estudió en su juventud, aprendió a odiar el calor bochornoso y el frío húmedo. Más tarde, en Bern, Praga, Vilnius, San Petersburgo y, finalmente, Hogsmeade, había aprendido a vivir con sus odios. Pero cuando parecía que ya nada podía molestarle, había llegado a Hogwarts y conocido a sus alumnos, y a sus profesores.
Posiblemente la clase que más odiaba era el sexto año de Gryffindor y Slytherin. Spectrus era un hombre sencillo al cual, por supuesto, le atraían los retos, pero no los dolores de cabeza, y una clase con esas dos casas nunca era tranquila, y menos con Harry Potter dentro de la habitación. A decir verdad, cualquier problema sin importancia se podía convertir en un asunto de estado si Harry Potter estaba por medio.
Había leído las notas que sus predecesores en la asignatura habían dejado al respecto, y todas, a acepción de las de un tan Lemus Rupin, o algo así, daban a entender que Potter no era un mago pacífico ni fácil de tratar.
Spectrus era alguien pragmático que no emitía juicios sin una correcta revisión del asunto, pero en ese caso no necesitó investigarlo. El asunto calló como venido del cielo el primer día, cuando se sentó entre el profesor de pociones, un hombre de piel cetrina y cabello graso, y la huesuda profesora de adivinación.
-Muy negro. Un futuro muy negro le veo yo.-Había dicho Sibyll Trelawney poco después de que se presentasen, mientras observaba los dibujitos que hacía la sopa de Spectrus al ser removida.-Dígame, profesor¿Sufre ya de úlceras?
-N…No, creo
-Entonces las sufrirá pronto, seguro.
Spectrus había tratado de ignorar el comentario, pero entonces una voz seca y fría, odiosamente fría, había susurrado molestamente:
-Sólo quédese a solas con Potter unos minutos y veremos cómo comienza a vomitar sangre.
Spectrus no sabía si el comentario había sido dirigido hacia él o hacia el acartonado hombre de rostro arrugado que estaba junto al profesor de pociones, pero Trelawney, quien parecía haberlo oído también, decidió que era una respuesta a su predicción.
-Por supuesto, Potter, ese chico es muy interesante. Demasiado. Tiene un don magnífico para los infortunios ¿Sabe?
¿Don? Spectrus no quiso preguntar y bajó su cabeza, observando el líquido caliente y tratando de olvidarse del parloteo flemático de la mujer, cuyos ojos, negros y grandes, se abrieron repentinamente, mirándole con fijeza.
-Sus astros le han señalado como una persona muy desgraciada, y a la vez está predestinado para algo grande, desgarradoramente grande, por ello no puede encarar a la muerte hasta que ésta esté preparada para llevárselo.
-Ah…-No sabía qué responder a semejante comentario, por lo que se metió en la boca un pedazo de brécol que había estado flotando segundos antes y esperó a que el momento pasase. Pero no tuvo esa suerte.
-En los últimos cinco años los profesores de Defensa Contra las Artes Oscuras han tratado de oponerse a la decisión de los astros, llevando al muchacho por el buen camino, pero ninguno tuvo éxito. Hay fuerzas demasiado poderosas en el universo, y quien se opone a éstas, sale lastimado.-Luego añadió en un tono desinteresado:-Los más afortunados fueron despedidos, el resto –sonrió mientras se encogía de hombros.- muertos.
Spectrus se planteó si se vería muy maleducado levantarse en ese momento y cambiar de asiento. Al inclinarse hacia la derecha para interesarse en la conversación que el otro profesor mantenía, alcanzó a escuchar un comentario especialmente desagradable.
-¿Quién tiene prejuicios?-Gruñía el maestro de pociones- Hablar parsel no es un delito. Potter tiene una larga lista de defectos, pero yo no añadiría ese al montón. Sí que apuntaría el hecho de que robe material en los casilleros de los profesores, que merodee a altas horas de la noche, que mienta, ponga en peligro a sus compañeros con planes absurdos, que se adentre en el bosque prohibido y robe libros de la sección prohibida, que esté involucrado en la mitad de las peleas escolares y en tres cuartas partes de todo lo malo que sucede en Hogwarts, pero ¿Qué hable parsel?
Spectrus ya no necesitó más, giró su rostro hacia el gran comedor mientras Sibyll trataba de captar su atención para poderle leer la línea de la vida en las palmas de la mano, y se fijó en un muchacho especialmente desgarbado de la mesa de Gryffindor. Tenía el pelo desordenado, la túnica mal abrochada, la corbata suelta, la mirada esquiva y unos feos raspones en la mejilla. A su lado se sentaba una niña con buen porte que leía algo rígida un libro demasiado grueso para ser sostenido en las manos por más de dos minutos sin romperle las muñecas, y a su izquierda estaba un muchacho pelirrojo con ojos de pícaro y una ropa aún más desaliñada que la de Harry Potter.
Después de aquel día había tenido mayor tiempo para conocerle y su opinión no había cambiado al respecto. Llegaba tarde a las clases, se inventaba excusas, no hacía los deberes o se los copiaba a su compañera, y continuamente estaba en eterna pulla con la sección Slytherin. En general Potter sólo era bueno para la parte práctica de la asignatura. Durante la teoría se aburría, dormía o jugaba.
Si se le analizaba un poco, podría encontrar los mismos patrones de comportamiento que los de un Gawhole.
No mostraba ningún interés por nada ni por nadie. Estaba muy apegado a sus cercanos, sí, casi dependiendo vitalmente de ellos, pero muchas veces sólo dejaba que ellos hablasen mientras él permanecía silencioso a un lado, siempre buscando perderse en un segundo plano. Cuando se preocupaba, lo hacía en voz baja, y cuando se enfadaba, trataba de no hacerlo en público. Odiaba los sitios atestados. Casi todo el tiempo mostraba una apariencia incómoda o insegura, paranoica en algunos casos, pero luego, en esas ocasiones, sus ojos se afilaban y las cejas se le curvaban peligrosamente.
Podía sentir cómo cada uno de los músculos de su espalda se tensaban cuando entraba Draco Malfoy en la clase. Sus pupilas se clavaban sobre él como dos afilados dardos, verdes como los venenos corrosivos, y le perseguían inquisitivamente hasta que el muchacho tomaba asiento, entonces volvía a ser él.
Sólo una vez Spectrus había notado ese mismo comportamiento sin ser el heredero Malfoy el destinatario de sus miradas, y fue en el partido Griffindor-Ravenclaff que marcaba el inicio de la temporada de Quiddich. Los ojos de Potter habían recorrido todo el campo y cuando, media hora después del inicio del encuentro, se clavaron sobre la superficie dorada de la snick, no la dejó escapar.
De nuevo pensó en un Gawhole, en un Gawhole persiguiendo a su presa, y temió por Draco Malfoy.
Aquel viernes había tenido su última clase de la semana con Griffindor y había guardado esperanzas de poder desaparecer antes de que el profesor de pociones lograse dar con él, puesto que le andaba buscando para que le explicase una teoría que tenía sobre los ogros del sur europeo –los cuales, él estaba seguro, no eran ogros puros, sino que debían de estar emparentados con los cíclopes de las antillas- y por mucho que a Spectrus le gustase explicar sus teorías, había descubierto que la gente no hacía justicia al profesor Snape cuando decían que era frío, seco y cínico. Siempre se olvidaban de añadir que era terrible y mortalmente aburrido.
Por un tiempo había barajado la idea encantar los cubiertos del profesor y convertirlos en un trasladador para que lo enviasen a una remota isla del pacífico, pero desechó la idea al comprender que los isleños no habían cometido un pecado suficientemente grave para ser castigados de esa forma. No podían haberlo hecho.
Así que en vez de esperar a que el amargado hombre se asomase a su aula para acosarle con sus comentarios hirientes y sus observaciones desagradables sobre su teoría, se marchó a paso rápido.
No bien hubo cruzado la puerta cuando sintió a un alumno llamándole con atropellamiento. Apenas se giró para hacerle un gesto de que le siguiese, y vio a Potter peleándose con sus libros mientras sus amigos le ayudaban a recoger lo que se había caído. Spectrus suspiró con paciencia.
-Estaré en mi despacho para cualquier consulta, señor Potter, sólo pásese por ahí cuando termine con eso.
No se molestó en escuchar la respuesta. Se hizo a un lado para permitir que el joven Malfoy –pobre víctima de la mirada de crawhole- saliese y se lanzó de lleno al mar de cabezas de todas las estaturas en el que se convertían los pasillos entre horas. Mientras Malfoy desaparecía en la multitud no pudo evitar pensar en el inusitado silencio en el que se había envuelto el chico durante toda su clase. No era como si soliese participar en la asignatura, de todas formas, pero de vez en cuando dejaba escapar comentarios certeros, por lo habitual mordaces, que le hacían esconder una sonrisa –porque no era apropiado en un profesor alentar ese tipo de comportamiento-. Malfoy era un muchacho brillante, lamentablemente no había recibido ni la mejor familia ni el mejor jefe de casa. Con esas influencias y con el acoso de Potter probablemente el muchacho tendría muchas dificultades en el futuro.
Al entrar en su despacho, contó los pasos hasta llegar a su escritorio y dejó su maletín cuidadosamente sobre la mesa antes de desactivar el hechizo antintrusos que tardaba diez segundos en activarse, luego fue a la fotografía mágica que adornaba su sobrio escritorio y observó al niño de mirada aburrida que permanecía sentado en un columpio.
-Dile a Benjamín que los burros viven mucho tiempo
El pequeño asintió y entonces sonrió. De inmediato la cortina se abrió por sí sola, dejando pasar la luz e iluminando una serie de piedras brillantes y negras carbón que, en la penumbra, habían permanecido ocultas. Las recogió y guardó en una caja, la cual cerró con llave. Ese tipo de objetos no podían permanecer sin la protección adecuada. Luego procedió a lanzar tres hechizos más para terminar de desproteger el lugar de sí mismo y se volvió a dirigir al portarretratos.
-¿Está todo?
El niño hizo una pirueta en el aire antes de cantar:
"Para ese día todos habremos de trabajar
Aunque hayamos de morir sin verlo"
Y Spectrus se permitió echarse en su cómodo sillón, descansando la espalda tras un duro día de trabajo. Miró a la puerta fijamente, planteándose si debía de cerrarla mágicamente por si acaso a Snape se le ocurría irrumpir en la privacidad de su despacho sólo para acosarle con su molesta presencia, pero recordó que tenía una cita con Potter. Dejó escapar un bufido malhumorado y procedió a sacar los trabajos que sexto año acababa de entregarle. Los trece métodos principales para investigar la presencia de hechizos peligrosos en un lugar y deshacerse de ellos.
Sintió un peso enorme sobre sus hombros que le aplastaban hacia la mesa, le atravesaban la carne y se apretaba en torno a su corazón, y también pulmones, presionando lentamente, en cuanto vio el trabajo de Hermione Granger. Tenía el doble de extensión de lo requerido y su letra, aunque perfecta, era más pequeña de lo normal. Inmediatamente decidió restarle puntos al trabajo, o incluso a la casa, por la grotesca extensión del ensayo, pero, apenado, comprendió que no era buena idea y relegó el deseo al cajón de las fantasías secretas. Se presentaba un fin de semana muy largo.
Dejó los de Brown, Davis y Greengrass para el final, junto al de Granger, y buscó explícitamente los de Crabbe y Goyle. Siempre era bueno comenzar leyendo trabajos absurdos. Le daban unos preciosos minutos de risas antes de amargarse con los alumnos perfectos y de información meticulosa que medían sus trabajos con regla –y aún así escribían el doble de lo pedido.
Tan sólo echó un primer vistazo al ensayo de Goyle, con letras especialmente grandes y más borrones que espacios, cuando sus ojos fueron atraídos a un recuadro amarillo brillante que alguien había pegado a pie de página.
Repentinamente el mundo se volvió inestable e, impresionado, se impulsó hacia atrás, perdiendo la posición sobre su asiento y agarrándose del objeto más cercano. Escuchó un clack y supo antes de sentir el frío hierro sobre su muñeca que acababa de ser atado a la estantería por las esposas mágicas que le había confiscado el día anterior a un alumno de quinto.
No había ni empezado a maldecir nervioso, tratando de ponerse en pie, cuando la puerta de su despacho se abrió.
-Perdone, prof…
-¡Largo!- Spectrus le dio la espalda a un sorprendido Harry Potter mientras se desabrochaba la túnica. Estaba sudando, no sabía si por el susto o por el enfado. ¡Una trampa¡Le habían tendido una trampa! -¡Largo¿Es que no me has oído¡Regresa más tarde, ahora estoy ocupado!
Escuchó un portazo furioso tras él y supo que su alumno se había sentido insultado. Bueno, no le importó. Podría dormir con ese pensamiento por las noches. Más insultado se habría sentido de haberse quedado un segundo más en la habitación. Con nerviosismo rebuscó en sus pantalones, tratando de dar con su varita, pero no estaba ahí. Al girarse la descubrió sobre la mesa, demasiado lejos como para que pudiese alcanzarla.
Forcejeó duramente con las esposas, sabiendo de antemano que sería inútil, y maldijo a Meter Gosmell por haber dejado que le confiscasen el artilugio, a Grez Harkwen por hacer estanterías tan resistentes y a Gregory Goyle por ser tan estúpido.
Por el único motivo por el que no comenzaba a descontarle puntos a Slytherin era porque sabía que Goyle no tenía suficiente imaginación como para ver divertido a su profesor bajo los efectos de una pegatina. No. El culpable era otro ¿Pero quien? Repasó mentalmente a todos sus alumnos, tratando de descubrir un comportamiento sospechoso, e inmediatamente pensó en Malfoy. "Eso es influencia de su jefe de casa" decidió y, como si alguien le hubiese maldecido por segunda vez, la puerta volvió a abrirse con brusquedad.
-¡Qué demonios entiende usted por más tarde, Señor P…!-Spectrus cerró la boca al descubrir que su nuevo visitante no era otro que Severus Snape. Su mano libre corrió al cuello de la camisa y comenzó a juguetear con su primer botón.-Profesor.- trató de calmarse.-Si me disculpa, no creo que éste sea un buen momento.
-Lamento importunarle.-Dijo Snape con sorna. Sus ojos burlescos se deslizaron desde la muñeca encadenada hasta los dedos de la otra mano de Spectrus, pequeños y llenos de feos cortes.- pero estoy seguro de que podrá prestarme unos minutos.
-Ahora no.-Intentó ser cortante, pero su voz se vio afectada por la incomodidad y el miedo. Le dio la espalda al profesor y apoyó la frente en la madera de la estantería, rogando por que el otro se marchase pronto.-Quizás en la cena. Ahora tengo unos trabajos que corregir.-Escuchó un clac y vio el botón blanco rebotando contra la pared y rodando por el suelo. Perfecto. La camisa era nueva.
-Claro.-Sintió el desprecio reflejado en el tono de Snape.- ¿Tienes problemas con ese juguetito? Confío en que el profesor de defensa contra las artes oscuras –y pronunció cada palabra con exagerada lentitud.-no sea incapaz de quitarse unas simples esposas encantadas.
-Profesor Snape, si tuviese problemas me aseguraría de pedirle ayuda a la persona indicada. Y, teniendo en cuenta que le acabo de pedir que se vaya, juzgue usted lo que estoy insinuando.-Se giró un poco más a la izquierda mientras retorcía dolorosamente la muñeca. Miró hacia su estómago y, horrorizado, pensó que no era justo lo que le estaba pasando. ¿Qué le había hecho él a Draco Malfoy? Ah, Snape, claro. Era Snape. Su jefe de casa. Tuvo que haberlo supuesto desde el principio. Inmediatamente sintió una bomba de odio hinchándose en su estómago. Trelawney lo había predicho, la úlcera. Si ese hombre no se iba pronto, terminaría reventando.
-¿Qué…?-Escuchó el frufrú de su túnica, cómo odiaba ese sonido, y unos pasos acercándose.- ¿Qué está…?
-¡He dicho que se marche!
-¡Qué demonios!- Snape en vez de alejarse continuó acercándose.- ¿Qué se supone que está haciendo¡Profesor Spectrus!
-Le juro que si no se va, no respondo de mis actos.-Amenazó con los dientes apretados.
-¡Desgraciado enfermo mental!-Snape, rabioso de ira, se abalanzó contra él y le obligó a girarse, cogiendo su mano libre y tirando de ella con todas sus fuerzas. Su rostro, siempre pálido y con pocas expresiones más que el desagrado y el aburrimiento, de pronto estaba iracundo y enrojecido.- ¡Deténgase...!
-¡Márchese!
-¡...ahora mismo!-Snape le empujó contra la pared, clavándole la cadera cerca de la cintura y haciéndole gritar de dolor. Forcejearon durante unos intensos segundos e, inevitablemente, pronto estuvo Spectrus inmovilizado y acorralado.-Profesor de defensa…de pacotilla.-Escupió Snape con un jadeo.
En ese momento la puerta del despacho se abrió por tercera vez.
-Profesor, disculpe pero es realmente imp…-Los ojos de Harry Potter se abrieron como platos y todos sus libros cayeron estrepitosamente al piso.
-¡Potter!-Snape soltó a Spectrus y dio unos pasos hacia su alumno, pero no pudo agregar nada más porque el muchacho ya había cogido apresuradamente sus cosas y huido de ahí balbuceando unas excusas inconexas.
Cuando el profesor de pociones volvió a fijar su vista en Spectrus, deseó no haberlo hecho. Desde ese ángulo tenía una idea demasiado clara de lo que el chico había imaginado.
Oh, dios.
"If you read this, you have to strip you in front of the first person you see"
"Si lees esto, tendrás que desnudarte frente a la primera persona que veas"
N/A: Sé que estais deseando poder ver lo que Potter vió, pero parece ser que esta página no deja ni subir links ni imágenes. Así que para poder ver el dibujo vais a tener que poner la siguiente dirección en vuestra barra de búsqueda:
pics. /sakkaeienkami /pic /0001y3xt /g46
No os molesteis en poner la triple doble uve y quitad los espacios que hay antes de los "/"
Responderé a los comentarios del capítulo anterior más tarde. Tengo que hacer el almuerzo XD
