Pegatinas
Pegatina Sexta
Stiked
En primer año, Draco había visto una sombra retorcida en lo profundo del Bosque Prohibido y había echado a corre. Algunas leyendas cuchicheadas en los desayunos aseguraban que en ese momento chilló como una nena. Bien, Draco tenía algo que decir a eso: Sí, había corrido, había corrido terrible y desesperadamente sin ninguna meta fija más que su propia seguridad –y se sentía muy orgulloso de su perfecto sentido de la auto conservación-, y sí: había gritado, chillado si se prefería, y como una niña o como un perro. Daba igual. Por esa época no tenía el timbre de la voz desarrollado, así que gritase lo que gritase no podía haber sonado muy masculino. Pero el caso era que él había sobrevivido y Potter, obviamente, como las circunstancias se habían encargado de demostrar, se había vuelto loco.
Quién sabía qué clase de perversiones sexuales practicó esa noche el serpenteante ser con Potter, pero el caso era que después de eso no volvió a ser el mismo. Tomó la costumbre de frecuentar demasiado a menudo al anciano y para nada atractivo director de Hogwarts, a algunos extraños personajes, como era un hombre lobo o un semigigante, y perdido todo el interés por las chicas.
Si en segundo año Ginny Weasley se le hubiese declarado de esa forma, él le habría pagado un cursillo de poesía antes de enseñarle el interior de su dormitorio. Pero Potter no hizo eso. Bueno, ya sabía: El hombre del bosque.
Lo mismo ocurrió en tercero, cuando el psicópata Sirius Black se fugó de Azkaban. Cualquier preadolescente en pleno juicio habría gastado sus últimos días en una orgía de sexo, alcohol y drogas, pero ¿Qué hizo el niño que vivió? Frecuentar con más ahínco al semigigante. Asqueroso.
En cuarto se fijó en una chica. Cho Chang. Pero ¿Qué ocurrió? No sólo resultó ser Cho Chang -venga, era Cho Chang, posiblemente la chica más cursi e infantil de todo Hogwarts- sino que además tenía novio. Aun a día de hoy no podía evitar preguntarse si se había encaprichado con Chang o con Diggori. Fuera quien fuere, había resultado un completo fracaso. Triste ¿Por qué no decirlo?
Y eso había terminado de volver loco a Harry Potter, quien iba por ahí sonriendo a la gente, con ese aire de niño perdido, y luego se bajaba los pantalones sin más.
Draco no podía evitarlo. No pudo evitarlo. No había mirado, porque él no había movido los ojos, pero eso estaba ahí, delante de él: Feo, grande, enorme, gigantesco, viejo, arrugado y sucio. El peor calzón que jamás hubiese visto. ¿Realmente era la moda de ese siglo?
Inmediatamente se acordó de esa noche en el Bosque Prohibido, y tuvo el presentimiento de que si se quedaba un segundo más en ese pasillo él también estaría pronto abriendo gabardinas en las oscuras esquinas de Hogwarts. Y se negaba, porque su cuerpo no se mostraba tan fácilmente, y menos a tan bajo precio. Así que su espíritu de conservación volvió a chillar en su mente –Y, bien, podría haber sido de nuevo un grito afeminado, pero sólo tenía dieciséis años, no podía ser mejor- y repitió los mismos pasos que hacía cuatro años: Echó a correr.
Habría parado dos pasillos más allá de no ser porque escuchó a Potter persiguiéndole y tuvo miedo, verdadero miedo. Sentía las piedras cortando como cuchillas en la planta de los pies, el aire frío rasgando su garganta, y las manos de Potter a punto de atraparle sin que él pudiese gritar, pedir auxilio o siquiera usar un hechizo para protegerse.
Al girar una esquina calculó mal el ángulo y la distancia, golpeándose el brazo contra el filo, y eso le hizo perder el equilibrio. Calló al suelo y resbaló hasta quedar tendido y adolorido en medio del quicio del aula de Estudios Muggles, la cual estaba adornada con las guirnaldas de Navidad a pesar de que aún faltaban semanas para la fecha.
-¡Malfoy!
Draco trató de levantarse sin procurar acallar los gemidos de dolor, puesto que éstos no sonarían de todas formas, pero estaba desorientado y tuvo que agarrarse del marco de la puerta para erguirse. Justo cuando se disponía a salir corriendo de nuevo, Potter le agarró de la muñeca.
Draco experimentó un punzante dolor en todo el brazo y trató de apartarse sin ningún éxito.
-¡Malfoy, escúchame!- Harry estaba cansado y sudoroso por la carrera. Su habitual aspecto desenfadado se había acuciado gracias al pelo revuelto y el cinturón desabrochado. –Definitivamente esto no es lo que estás pensando ¿Vale? Fue una pegatina, y como se te ocurra decir algo de esto a alguien te aseguro que el recuerdo de lo que acaba de pasar será el menor de tus problemas.
Draco, respirando con dificultad, asustado y tratando de alejarse, asintió apuradamente. Diría que sí a cualquier cosa, pero no quería estar un segundo más compartiendo el mismo aire que Potter. La anormalidad podría ser contagiosa.
Sin embargo el Gryffindor no parecía muy seguro de que fuese a cumplir con su palabra. Frunció el ceño y se acercó peligrosamente a la cara de Draco. Nunca había mirado tan de cerca de un pervertido sexual. Inmediatamente se fijó en sus labios y recordó que los había besado. "Oh, dios, a lo mejor ya estoy infectado." Trató de apartarse, pero su cabeza dio contra la puerta cerrada.
-¿Qué pasa, Malfoy? ¿Tan grande ha sido el golpe que te mordiste la lengua?
Draco entornó los ojos, odiándole. Se estaba metiendo con él. Se estaba metiendo con él, Potter. Potter se estaba metiendo con él y no podía responderle. Acudieron de inmediato a su mente veinte respuestas mordaces. Las cinco primeras al respecto de sus desviaciones sexuales, las ocho segundas sobre su elección de ropa interior, y las nueve últimas sobre dónde estaba su lengua y lo que podía hacer con ella. Bien, en verdad eran veintidós, pero Potter se las merecía todas. Desgraciadamente tuvo que respetar su voto no consentido de mutismo, y eso enfadó aún más al gryffindor.
-No eres nadie sin tus gorilas cerca ¿Verdad?
Draco puso los ojos en blanco y decidió que no haría gestos, ni obscenos ni para declarar que no podía hablar. Lo primero era peligroso –Él no podía usar varita, Potter sí. ¿Conclusión?- y lo segundo vergonzoso.
-Eres un capullo cobarde.- Potter le empujó, soltándole la mano, pero la palma permaneció aún sobre su muñeca. -Sólo recuerda que como digas algo de esto a alguien, me encargaré de que pierdas las capacidades del habla por el resto de tu vida.
Draco tuvo tentación de darle una palmadita en la espalda antes de comunicarle que Nott se le había adelantado en la tarea. Claro, no lo hizo: Era la espalda de Potter. Así que tan sólo puso cara de aburrimiento y trató de marcharse, sin ningún éxito. De nuevo sintió un tirón de su muñeca y, al mirar hacia Potter para ordenarle con los ojos –furiosos- que le soltase, descubrió que éste estaba observando sorprendido a su propia mano abierta pero unida a la muñeca de Malfoy.
Por algún motivo Draco miró hacia arriba y como pasaba siempre, deseó no haberlo hecho. Algo le dijo que al igual que su mudez ese nuevo hechizo duraría más tiempo de lo que su cordura podía aguantar.
What Mistletoe has joined together, let no man separate
(Lo que el Muérdago ha unido, que no lo separe el hombre)
Próxima actualización: El Miércoles 26
