Pegatinas

Lick me



«Atados»

«Atados»

«Atados»

«Atados, demonios. ¡Atados!»

Draco permanecía con la vista fija en el suelo mientras prácticamente era arrastrado por un mascullante Potter a través de los fríos pasillos. Tenía los pies desnudos, el cuerpo magullado y sentía el agarre del gryffindor escociendo sobre su muñeca. De no ser por su mutismo, haría rato que le habría cortado el brazo a Potter con un simple hechizo y solucionado el problema. Pero ese no era el caso, y tenía que escuchar cómo Potter despotricaba al respecto de las pegatinas, los adornos navideños a destiempo y ¿Los profesores?

"Está loco, Draco, está loco. No esperes que todo lo que diga tenga sentido."

Al bajar a la tercera planta se encontraron a Severus Snape. Harry, lívido, se lanzó hacia un recodo del pasillo, ocultándose y llevando a Draco consigo. Le chistó para callarle –Draco le fulminó con la mirada-, y le apretó contra sí procurando que el rubio no se moviese. Éste sintió el aliento apurado de Potter a su oído y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Potter olía a colonia barata, excesivamente alcoholizada, y a sudor, y había algo de salvaje y prohibido en todo eso.

Con incomodidad volvió a recordar lo ocurrido hacía dos días en el pasillo de Historia de la magia. Le había besado, a esos labios secos y finos, y luego le había dado un puñetazo, por su honor, claro. Pero segundos antes habían estado abrazados de la misma forma, puede que con menos urgencia y mayor tranquilidad. Y también entonces Potter había rodeado su cintura con sus brazos, desconcertándole y haciéndole preguntarse si realmente estaba pasando lo que parecía que estaba pasando. Pero no. Sólo había sido una pegatina, y un estúpido sangresucia medio chalado, por supuesto.

Cuando el frufrú de la capa de Snape estuvo lo suficientemente lejos como para no poder ser oído, Potter salió de su escondite tirando de Draco sin ningún cuidado. El rubio gruñó, pero ni siquiera los gruñidos sonaban en su garganta.

Bajaron una escalera y Potter se dirigió por primera vez hacia él.

—Cuidado con el cuarto escalón, hay una pegatina, así que no la pises.

Draco no sólo saltó el escalón y todos los demás, obedientemente, sino que además procuró mirar hacia el techo hasta que perdieron la escalera de vista. Ya estaba escarmentado.

Luego Harry le observó de refilón, y parecía indeciso sobre si hablar o insistir en ignorar su presencia. Finalmente hizo un patético esfuerzo por iniciar una conversación.

—Bueno, Malfoy, supongo que ya te lo imaginas, pero quiero que te quede claro que todo fue culpa de una estúpida pegatina ¿Vale? Yo no me dedico a ir por ahí bajándome los pantalones ante la primera persona que aparezca. Además, yo no sabía que eras tú ¿Entiendes? De verdad que creí que eras Luna Lovegood.

Draco, sólo alzando una ceja y mirándole inquisitivamente, consiguió que se detuviese avergonzado. "Vaya, Potter, con eso lo arreglas todo", decían sus ojos.

—No quise decir… Bueno, no quise decir que lo habría hecho delante de Luna. Aunque lo abría preferido mil veces antes de hacerlo contigo, desnudarme, quiero decir, ¡Y también lo otro! —Se apresuró a añadir —¡No, espera! —Continuó trabándose. —¡No habría preferido hacerlo contigo antes que con Luna! Bueno, no lo habría hecho con Luna ¡Ni contigo! ¡Demonios, Malfoy! ¡Me sacas de quicio!

"Es todo un arte, Potter. No necesito ni mover los labios para lograrlo."

—El caso es que no soy un exhibicionista, ni pedofóbico. —Agregó finalmente.

"No creo que sea la pedofobia precísamente tu problema. Ahora, si hablamos de paidofilia..." Le habría respondido Malfoy de haber podido.

—¿No tienes nada que decir? ¿O es que tu nueva táctica para acabar con mi paciencia es negarme la palabra? Porque si es así, créeme, Malfoy, me estás matando de la desesperación y si continúas de esa forma por el resto del curso me veré obligado a suicidarme tras la entrega de notas ¡No, espera! Mejor aún: Continúa hasta fin de séptimo año. Con suerte me habré vuelto loco y podrás presenciar mi ingreso en San Mungo personalmente.

Draco no le cerró la boca con un hechizo por razones obvias. En cambio se limitó a apretar los dientes y acelerar el paso.

—No es por ahí. —Dijo Potter llevándole de vuelta al pasillo principal con un tirón. Le miró a la cara unos segundos y luego añadió: —¿Una pegatina?

Aparentemente no era tan estúpido como había creído. Draco frunció el labio, molesto, y asintió levemente. Eso de la comunicación gestual era tan desagradable.

—¿Cuándo? ¿Ayer?

El slythering le dedicó una mirada de odio y Potter cerró la boca. Si pensaba que iba a comunicarse el resto del día con movimientos de cabeza, estaba muy equivocado, y menos con él.

Al pasar delante del tapiz de Jorge el cobarde, siendo devorado contínuamente por un Dragón, Draco comprendió que iban al despacho del director. Bueno, eso era tranquilizador. Por un momento había temido que estuviesen buscando a la sangre sucia.

Al llegar a la estatua de la bruja tuerta, Harry, como sospechaba Draco, sabía la contraseña. Prefirió no pensar mal al respecto, así que hizo su mejor esfuerzo por dejar la mente en blanco.

Subieron las escaleras giratorias con cierta prisa, pero al llegar a la puerta del despacho del director, se detuvieron abruptamente al escuchar unos gemidos de mujer.

—Albus, por favor… —Suplicaba una voz, arrastrando las palabras sumisamente.

—Sí… Lo… sé. —Jamás ninguno de los dos había escuchado la voz del director de esa forma tan ¿caliente? —Esto es agotador, Minerva.

Draco se agarró de la barandilla, buscando un sostén para recuperarse de la impresión. Su mente Slytherin había actuado a traición y, en contra de sus deseos, había puesto imagen a la información auditiva que recibía involuntariamente. Demasiado para él y, a juzgar por el rostro pálido verdusco de Potter, también para cualquier valiente Gryffindor.

—Quiero… —McGonagall hizo una pausa, dejando escapar un gemido. —Quiero terminar… —¿Por qué todas sus frases debían de acabar en esa entonación aguda?

"Oh, Dios, Para, para, para ¡Para ya!", pensó Draco mientras daba media vuelta para huir de ahí de inmediato. Potter no opuso resistencia y, mientras bajaban, escucharon a Dumbledore gritar: "¡Ah…! ¡Sí! ¡Oh, sí! ¡Sí, Minerva!…" y antes de que terminase la frase, ya estaban los dos muchachos traspasando la estatua de la bruja tuerta.

Potter se agarró a la pared mientras con la otra mano, la que sostenía a Draco, se apretaba el pecho. Malfoy tironeó, pero su extremidad no le fue devuelta. Le abría pateado de no ser porque su mente aún estaba sobresaturada con los morbosos gustos de McGonagall.

Miró a Potter y por primera vez tuvo conciencia de lo cruel que había sido su mente colocándole como pareja imaginaria de Dumbledore. Inmediatamente la imagen en cuestión se apareció ante sus ojos, y tuvo que apartarla para no vomitar. Eso no era crueldad, era pecado. Por mucho que odiase a Potter, se merecía algo más que un viejo arrugado con afición a los caramelos de limón y las mujeres gato. La próxima vez le emparejaría con Filch, al menos éste gustaba de los gatos puros, nada de medias sangres.

En esta ocasión fue él quien tomó la iniciativa y condujo a Potter hacia las mazmorras. El gryffindor se dejó llevar sumisamente, con la vista perdida, como si hubiese sufrido demasiadas impresiones por un día, pero cuando estaban a un pasillo del despacho de Snape, se detuvo en seco y fue imposible moverle de ahí.

—No. Me niego ¿A dónde crees que me llevas? —Gruñó caprichosamente.

Draco se tragó una maldición que no habría sonado de todas formas y señaló –¡mierda!- hacia el despacho de su jefe de casa.

—Si te refieres a algún sitio que tenga que ver con pociones, me niego, ya bastante tengo con querer arrancarme los ojos y meterme ácido por los oídos para que ahora termine, no sé, ¿Con el deber de cercenarme un brazo o algo así? —Entonces se fijó en que sus dedos seguían en torno a la muñeca de Draco y arrugó el ceño. —Oh, bueno, o la lengua, no sé, lo que sea. Me niego en rotundo a entrar ahí.

Draco puso los ojos en blanco.

A las malas o a las buenas, pero algo tenía que hacerse, así que como buen slytherin hizo caso de la máxima que rezaba; «Si no puedes con el enemigo, únete a él», literalmente. De un tirón el chico fue a parar a sus brazos, y antes de que se pudiese mover, o sacar la varita, ya caminaba de espaldas en dirección al aula de pociones.

Los primeros dos metros fueron casi fáciles, en comparación con el resto. Los tres siguientes fueron una agonía continua hacia adelante, hacia atrás, mientras Potter le arañaba la espalda y trataba de sacar su cabeza de entre sus brazos sin demasiado éxito. En los dos últimos, Malfoy casi había perdido el aliento y prácticamente se dejaba caer hacia atrás. Era consciente del espectáculo que estaba dando, y de que en dieciséis minutos habían pasado dos alumnos de primero y uno de tercero que habían fingido no ver nada, pero a las situaciones difíciles, medidas desesperadas. De cualquier forma, se había quedado con sus caras; se encargaría de que Crabbe y Goyle conversaran con ellos en cuanto tuviese ocasión.

En los últimos diez centímetros, se atrevió a soltar el cuello de Potter para alcanzar el pomo de la puerta. Maldijo mentalmente a Snape por no presentir que tenía a un alumno en apuro arrastrándose en busca de su ayuda y salir de inmediato a lanzarle una maldición a Potter, también maldijo a Potter por no cortarse las uñas y atreverse a morderle en los costados. Se las pagaría, definitivamente. Sus dedos tocaron la superficie de cobre del picaporte, pero resbalaron casi al instante. Volvió a intentarlo y Potter dio un tirón especialmente brutal en dirección contraria. Se vio impulsado hacia el suelo, pero por suerte alcanzó a dejarse caer a tiempo hacia el lado contrario, y casi retomando el equilibrio.

El gryffindor no dejaba de hablar de malditos profesores y de derecho a la libre elección y del aprecio que le tenía a sus ojos. ¿Qué tenía que ver una cosa con la otra? Se trataba de Potter, buscarle sentido era inútil.

Finalmente el otro cedió unos centímetros que resultaron vitales para que los dedos de Draco se aferrasen firmes sobre el tirador.

—¡No, Malfoy!

Tarde. La manilla ya había sido accionada. Potter cambió la dirección de su empuje, lanzándose directamente contra él y tratando de apresarle en un abrazo, pero sólo consiguió que al abrirse la puerta, cayesen ambos dentro de la habitación. Draco golpeándose la espalda fuertemente contra el suelo y Potter yendo de frente contra la barbilla de Draco. Sus rodillas obtuvieron todo el impacto del golpe, pero apenas lanzó un breve quejido antes de alzar la vista para asegurarse de que la habitación estaba completamente vacía.

Junto a Draco un pedazo rectangular de madera había caído. Draco no le prestó atención hasta que el gryffindor lo cogió, curioso, y lo acercó para inspeccionarlo detenidamente. Entonces el rubio se fijó en una franja amarilla, con letras, que permanecía pegada a la cara inversa de la madera.

"If you pick me up, you must lick at the firth person who you touch him."

(Si me coges deberás de lamer a la primera persona a la que toques.)