Cuento II: Apariencias.
-Bien- dijo el maestro, sentándose en uno de los lugares de los dos jóvenes que estaban en frente del salón, ya listos para hablar sobre su proyecto –estoy impaciente por saber qué fue lo que hicieron.
Ninguno de los dos supo jamás si aquellas palabras estaban cargadas con ironías, o si de verdad las sentía. La chica lo único que hizo fue cruzarse de brazos y apoyarse en el escritorio del profesor, que estaba detrás de ella, mientras miraba con indiferencia a sus compañeros. Con eso dejaba muy en claro que difícilmente intervendría en la exposición, su compañero, a un lado de ella, la miró con cierto fastidio. Siempre era lo mismo con ella.
-La verdad, nos costó decidirnos sobre qué hacer-comenzó el joven, el tono de su voz un tanto nervioso –como las parejas eran asignadas, se hizo mucho más complicado ponernos de acuerdo, sobre todo porque somos muy distintos y casi no tenemos contacto …
-Ve al grano, Cabeza de Balón- gruñó la rubia, suspirando. El otro la miró ofendido –con suerte y nos miramos, jamás habríamos considerado trabajar juntos en algún proyecto, por eso se nos hizo tan difícil decidirnos. Estuvimos todo el viernes pensando en qué hacer, y nada se nos ocurría…
-Pero supongo que sí trajeron su trabajo, ¿no es así?- preguntó con cierta desconfianza el señor Brion, cayendo recién en la cuenta que no llevaban ningún tipo de material de apoyo o algo así.
-Claro que sí- dijo Arnold –lo que nosotros hicimos fue un estudio social de nuestro entorno cercano, la manera en que reaccionaban ante algún cambio a la rutina…- continuó el muchacho, sonriendo satisfecho ante su explicación. Sonrisa que contrastaba completamente con las caras confusas de sus compañeros de clase.
-¡Osh, los estudiamos a ustedes, zopencos!- exclamó Helga, perdiendo la paciencia, recibiendo una mirada de advertencia de parte del maestro por su vocabulario –quiero decir, como los dos pertenecemos a grupos completamente distintos de amigos, que incluso llegan a rechazarse, decidimos estudiar su comportamiento ante la presencia de nosotros dos en una reunión o fiesta, según el caso.
Todos los del salón se miraron confusos, recordando de pronto la presencia de los dos rubios en las fiestas del fin de semana anterior. Algunos comenzaron a sentirse algo nerviosos por lo que podrían decir el par de rubios que estaban en frente, en cambio a otros, les pareció de lo más curioso el proyecto escogido por ambos (entre éstos estaba el maestro), así que pusieron toda la atención cuando los otros dos comenzaron a hablar.
-¿Me estás diciendo que iremos con tus amigos a ver cómo me tratan, y que mañana iremos con mis amigos a ver cómo te tratan?- desde el sofá de la sala de los Pataki, Helga miró con desconfianza al Cabeza de Balón en frente suyo -¿es que estás loco?, ¿qué sacaremos con eso?
-Ver qué hacen- sonrió satisfecho Arnold –ver cómo nos tratan, prácticamente seremos como peces fuera del agua, observemos su reacción ante esto, y también la nuestra- Helga pareció pensarlo unos momentos, y luego se encogió de hombros, dándole a entender con eso, que aceptaba –por cierto, mis amigos, como les dices, alguna vez también fueron los tuyos…
-Sí, sí, como digas- Helga le restó importancia al asunto -¿a qué hora hay que estar en casa de Rhondaloide?
-A las siete… y lo mejor sería que te abstengas a los temas desagradables y las ofensas- le pidió Arnold, lo más amable que pudo –si antes con suerte te lo aguantaban, ahora no creo que lo acepten…
-¿Y tú crees que me interesa lo que piensan ese grupo de tontos?- Helga soltó una risa irónica, mientras se ponía de pie –estás muy equivocado, Arnoldo, todos ellos me tienen sin cuidado, incluyéndote a ti. Si no fuera por este estúpido proyecto, cada uno seguiría con su vida.
-Pero fue lo que nos tocó- replicó Arnold, frunciendo el ceño –y si quieres que termine en paz debes poner de tu parte también.
-¿Me estás amenazando?- le preguntó ella, mirándolo con suspicacia.
-No, para nada- el rubio se encogió de hombros –sólo te digo lo que creo… en fin, ve a arreglarte, ya casi serán las siete y lo mejor será que lleguemos temprano para estar el mayor de tiempo con ellos. Ya después de presentar este proyecto cada uno podrá seguir con la vida que quiera, tu con tus amigos, y yo con los míos.
-Sí, como digas- Helga le dio la espalda, lo que evitó que el muchacho notara un dejo de tristeza en su mirada –deja que vaya a ponerme acorde a la situación.
"Populares", escribió Helga en la pizarra, con su prolija caligrafía, y luego miró sonriendo con cierta malicia al grupo. Al parecer, había estado esperando ese momento. Arnold estaba al otro lado de la pizarra, mirándola.
-El primer grupo en cuestión fue al que nosotros designamos como "Populares". No daremos nombres de quiénes son, para proteger identidades- comenzó la rubia, hablando tranquilamente, pero sí se pudieron sentir algunas risitas ahogadas –como antecedente quiero aclarar que éramos compañeros de juego hasta más o menos sexto grado, y que por razones de la vida, mis gustos se dirigieron hacia otro lado, y nos separamos.
-¿Tú crees que eso tuvo algún efecto en lo que ocurrió esa noche?- preguntó el señor Brion, extrañamente entusiasmado con el tema.
-En lo personal consideramos que sí-contestó esta vez Arnold –en cierta manera ya nos conocíamos, aunque casi no hemos tenido contacto con ella durante algunos años.
-¿Y qué fue lo que observaron?- preguntó el profesor.
Helga volvió a destapar el plumón, y se volvió a la pizarra, comenzando a escribir…
Helga se esperaba algo así, no era sorpresa para ella que, al llegar, todos (y cuando digo todos, es TODOS) la quedaran mirando como si fuera un bicho raro (en todo caso, en ese lugar se sentía como un bicho raro), algo así como una barata (o cucaracha) entre medio de mariposas… y no era que Helga se sintiera fea en comparación a las demás, para nada, pero era la única vestida de negro en todo el lugar (al menos de las mujeres)
Después de la primera impresión, y cuando ya todos volvían a conversar con los grupos que estaban, Helga tomó el brazo de Arnold con cierta brusquedad.
-Pobre de ti que me dejes sola, ¿me escuchaste, Cabeza de Balón?- le dijo, amenazante. Estas palabras hicieron sonreír a Arnold -¿por qué la risa?- gruñó ella.
-Me parece raro, a todos ya los conoces, ¿por qué te sientes tan incómoda?- Helga echó un vistazo a su alrededor. Ahí estaban Gerald, Stinky, Lila, Rhonda, Nadine, Sheena, hasta la misma Phoebe (quien también la miró raro, por cierto), entre otros –no creo que nosotros hayamos cambiado tanto como para que seamos perfectos extraños…
-No lo sé, Arnold, aquí me siento como entre medio de las porristas, no encajo- replicó rápidamente Helga, Arnold rió un poco –estaremos cinco minutos y nos vamos.
-Pero si con eso no alcanzaremos a observar nada. Ven, ¿quieres tomar algo?- Arnold la tomó de la mano y la arrastró casi hasta una mesa en donde estaban los bocadillos –nos juntamos la mayoría de los viernes, no siempre donde Rhonda, también en mi casa o en cualquier otra. Si quieres te nos puedes unir.
-Sí, claro, yo feliz…- contestó con ironía la rubia, y cuando Arnold le entregaba un vaso con soda, sintieron a su lado la presencia de un grupo de personas -¿se les ofrece algo?
Rhonda no contestó. Miró a Helga y luego vio a Arnold, con el ceño fruncido, como exigiéndole una explicación. Como el rubio no se dio por aludido ante la mirada inquisitiva de la morena, ésta lo tomó de un brazo y se lo llevó con él, sin darle tiempo a Helga de reaccionar. La rubia de pronto se vio rodeada por el mismísimo grupo de porristas, que la miraban despectivamente.
-Genial…- gruñó Helga, bebiendo soda y comiendo… hasta que se sintió demasiado incómoda -¡¿Qué demonios están mirando?!- sonrió por dentro al notar que todas salieron corriendo casi espantadas, quedándose completamente sola en la mesa.
-¿Me quieres explicar por qué la trajiste?- le reclamó Rhonda a Arnold, en la cocina –sabes perfectamente que en estas fiestas no se aceptan a los raros.
-Vamos, Rhonda, si es sólo por hoy- contestó Arnold, tratando de convencerla –estábamos haciendo el proyecto y se me ocurrió invitarla- la morena hizo una mueca de fastidio –no podía dejarla sola, ya sabes que es para unos días más y no tenemos nada hecho.
-Eso, Arnold, no es culpa de nosotros- replicó Rhonda, cruzándose de brazos.
-Vamos, Rhonda, si sólo será ésta noche, nada más- dijo Arnold, casi suplicante –no creo que ella quiera volver a venir, de hecho, me costó un poco convencerla a que me acompañara.
-No debiste tratar de convencerla- gruñó Rhonda, y luego movió su cabello hacia atrás, soltando un suspiro de resignación –está bien, como quieras, pero te advierto Arnold, que si llega a hacer algo desagradable, se irá inmediatamente de aquí, ¿entendiste?
-Por supuesto- sonrió Arnold, encontrando ahí la oportunidad de volver con la rubia, que estaba en la misma mesa en que la había dejado, mirando con desinterés todo a su alrededor – ¿cómo va todo?- le preguntó, poniéndose a su lado.
-¿Cómo crees que va?- gruñó Helga, que seguía comiendo –no se me acercan ni por si acaso, ni que tuviera lepra- bebió un poco de su vaso, Arnold la miró sonriendo un poco.
-Quizás si cambiaras un poco esa actitud que tienes con los demás- ella lo miró feo –que conste que no te estoy atacando, ni nada por el estilo, sólo digo que quizás te relajas más, cambias la cara de ogro que andas trayendo, quizás ellos se den cuenta que no eres tan mala.
-¿Tan?- Helga rió un poco –gracias, Arnoldo, no me des tanto crédito- se dedicó a observar el grupo durante unos momentos. Gerald y Phoebe, Stinky y Lila, y otras tantas parejas -¿sabes cuál es el problema de todos ustedes?
-¿Cuál?- preguntó con cierta diversión Arnold.
-Que creen que porque me junto en las esquinas a conversar con los chicos, me visto de negro y no veo el MTV, estoy destinada a ser una delincuente drogadicta o una prostitu…
-Nadie dice eso- la interrumpió Arnold, sorprendido -¿de dónde sacas esas ideas?
-Por favor, Arnold, dedícate a observar un poco- le pidió ella, y él lo hizo. Recién en ese momento cayó en la cuenta que ni siquiera Gerald se había acercado a saludarlo, sólo Rhonda, y no en términos muy amistosos, la verdad -¿ves que tengo razón?, hay que ser tonto para no darse cuenta.
-Pero aún así, creo que eres algo extremista- replicó el rubio, Helga iba a contestarle pero él se le adelantó – ¿hagamos una prueba?, ven conmigo.
La tomó de la mano (Helga no supo por qué se le estaba haciendo costumbre hacer eso a Arnold) y sin que ella se diera cuenta del momento, de pronto se vio en frente de Gerald, Phoebe, Lila, Harold, Sheena, Stinky y Sid, que los quedaron mirando en silencio.
-¡Hola muchachos, ¿cómo están?!- les preguntó Arnold, animadamente.
Por algunos momentos la única que le respondió fue Avril Lavigne con su tema "Girlfriend". Helga sonrió a medias y se cruzó de brazos, mirando con un dejo de diversión a Arnold, y con cara de "te lo dije". Unos segundos más bastaron para que Phoebe recordara sus modales y sonriera levemente.
-Hola Arnold- dijo –Helga, que sorpresa verte por acá. ¿Cómo has estado?
La rubia enarcó una ceja. Bien, ¿hacía cuánto que Phoebe no le hablaba?, ya había perdido la cuenta, y aunque de vez en cuando le daba pena haber perdido la amistad que tenía con ella, normalmente no le interesaba mucho.
-Bien, gracias…- contestó la chica Pataki, después de unos momentos.
-Que bueno… oye Gerald…
Helga quedó mirando a Arnold con una leve sonrisa en el rostro. Le había demostrado sin lugar a dudas que ella tenía toda la razón.
"Rechazo", "indiferencia", "antipatía"
Eso fue lo que escribió Helga en la pizarra, mientras Arnold comentaba lo que habían hecho mientras habían estado en la fiesta.
-… y aunque intenté integrarlas en varias ocasiones, no puedo asegurar si era por Helga o por ellos, pero los temas no fluían, y ellos terminaban huyendo.
-¿Por qué crees que pudo haber sido por la actitud de Helga?-le preguntó el profesor, pero ella se adelantó a contestarle.
-Muy fácil- dijo la chica, encogiéndose de hombros –no me interesa estar con ellos, aunque admito que por Arnold tuve que intentarlo, ya parecía disco rayado con eso de "conversa, conversa, conversa"- se escucharon algunas risas - así que para que me dejara en paz trataba de hablar con ellos, y pasaba lo típico: esos silencios incómodos y los deseos locos de irse de ahí.
-Y el que estuviera yo presente no cambió mucho las cosas- continuó Arnold con el relato –si no hubiéramos hecho esta prueba, difícilmente me hubiera imaginado que algo así hubiera pasado, pensaba que el que alguien se integrara al grupo era mucho más simple…
-Eso es, Arnoldo, porque eres tú el que los integra- dijo Helga, cruzándose de brazos.
Ambos caminaban en silencio por la calle, camino a la casa de Helga (Arnold la dejaría ahí y luego se iría a la propia). Hacía un poco de frío y el muchacho lo notó porque Helga estaba casi encogida, y al ver que la chica sólo andaba con una polera (o remera, creo), se sacó su chaqueta y se la puso sobre los hombros. Ella lo quedó mirando unos momentos, suspicaz.
-¿Qué?- le preguntó él -¿ya no puedo hacer una galantería siquiera, sin que desconfíes de mí?- le preguntó, haciéndose el ofendido. Helga rió un poco -¿o me vas a decir que es mentira?
-Claro que no, Cabeza de Balón, pero creo que ya no estoy acostumbrada a tus galanterías, como les dices- contestó la rubia, poniéndose la chaqueta. Arnold la observó unos momentos y luego volvió sus ojos al suelo, pensando que en parte tenía razón.
Él sabía perfectamente que Helga G. Pataki era una chica especial, bastaba con hablar un poco con ella y todos se daban cuenta. A pesar que no podía decir que cuando eran niños eran amigos cercanos, él sabía que ambos contaban con el otro para lo que fuera (aunque luego ella tratara de disimularlo a través de ofensas y empujones). Trató de hacer memoria, cuál fue el momento en que ella comenzó a aislarse tanto de ellos, y por qué no hizo nada para evitarlo. De hecho, después de pensarlo unos momentos llegó a la conclusión que, al parecer, en esos momentos no le importaba lo que hacía la chica.
Y en parte, se arrepentía de haber pensado de esa manera alguna vez.
-¿De verdad que ahora no te importamos?- preguntó de pronto Arnold, sin darse cuenta de cuándo comenzó a hablar. Helga lo miró con el ceño fruncido durante unos momentos.
-¿A qué te refieres?- le preguntó.
-A lo que dices- contestó Arnold, un poco arrepentido de poner el tema –quizás cuando niños nunca fuimos muy cercanos, pero al menos Phoebe era tu mejor amiga, y aunque lo negaras sé que algo de cariño me tenías… ¿dónde quedó todo eso, Helga?, ¿en qué momento todo comenzó a cambiar tanto que terminaste completamente apartada de nosotros?
En un primer momento ella no contestó. Ya habían llegado a su casa y se dedicó a mirar hacia la puerta. Las luces estaban apagadas, sus padres ya estarían durmiendo importándoles un bledo si es que ella estaba en casa o no, si estaba bien o no.
-¿No crees que es curioso?- le preguntó ella, poniendo sus manos en los bolsillos de la chaqueta, y continuando con sus ojos hacia la casa –mira la hora que es y a ellos no le interesa si estoy en casa, o si estoy bien…- Arnold se dio cuenta que se refería a sus padres –aunque siempre ha sido así, a estas alturas ya no me interesa. Cuando era chica, antes de entrar al preescolar, no entendía por qué Bob me gritaba más que a Olga, o no me llamaba con mi nombre, o por qué nunca Miriam me hacía caso, ya después eso tampoco me interesó, después de todo, eso es algo que comenzó a ocurrir más de una vez en mi vida… primero ellos, después tú, Phoebe y los demás, pero a esas alturas había perdido tantas cosas que ni siquiera lo sentí... fue levantarme en la mañana y darme cuenta de lo que siempre había sabido: estaba sola. Adiós, Arnold, nos vemos mañana.
El rubio no replicó, las palabras de Helga parecían golpearlo por dentro. Sola, siempre se había sentido de esa manera… quizás la esperanza que ella había tenido cuando era niña nunca habían sido sus padres, sino que él mismo, y no se había dado cuenta.
Pensó, en esos momentos, que él y los demás estaban un tanto equivocados. No fue Helga la que cambió, fueron ellos, los que la rodeaban (partiendo por él), y ella sólo había reaccionado de la manera lógica: protegiéndose, como siempre lo hacía. Se dio cuenta de que todo había comenzado a cambiar después de salvar el vecindario, porque fue él mismo quien se alejó de ella, pensando que de esa manera no la lastimaría tanto…
Qué equivocado estaba.
"Raros", escribió Arnold en la pizarra, al otro extremo de Helga. El silencio reinó en el salón, a la espera que él comenzara a hablar.
-La noche del sábado nos juntamos con el grupo de amigos de Helga, que bien se catalogan de "raros" o de "desadaptados sociales" dentro de la escuela- comenzó el muchacho.
-¿Cómo te sentías antes de conocerlos?- le preguntó el señor Brion, que seguía la exposición con atención.
-Nervioso- contestó Arnold, sonriendo levemente –llegué a pensar que me sacarían de patadas en cuanto me vieran llegar, y que Helga los ayudaría, por supuesto…
La chica hizo ojos al cielo, soltando un suspiro. Algunos de sus compañeros rieron ante las palabras de Arnold, y mientras éste comenzaba a escribir en la pizarra, Helga comenzaba a relatar lo ocurrido.
También lo miraron raro en cuanto lo vieron llegar, algunos incluso con desconfianza. Arnold se dio cuenta que no era una fiesta tan concurrida como la de Rhonda, de hecho, estaban presentes sólo los del grupo cercano de Helga, que no pasaban los diez.
-Hola chicos- saludó Helga, entrando –traje compañía- continuó, apuntando detrás de ella. Ahí estaba Arnold, algo encogido debido a lo incómodo que se sentía por las tantas miradas que recibía en esos momentos. Se sentía como algún animal en un zoológico…
-Oh, si es… ¿cómo es que se llama?- preguntó uno de ellos, y la mayoría se largó a reír, incomodando más aún al pobre de Arnold –bueno, como sea. ¿Qué hace un chico como tú en un lugar como este?- preguntó el muchacho, acercándose a él.
Eso, hasta que Helga lo detuvo, poniendo una de sus manos en el pecho del otro y mirándolo con seriedad.
-No lo espantes- le dijo –ya el pobre se siente lo suficientemente asustado con estar entre nosotros, como para que tú le hagas pasar un mal rato más.
-¿Y por qué está contigo?- otra chica se acercó a ellos. Arnold reconoció a Alexandra, quizás la persona más cercana a Helga en esos momentos –ni siquiera se saludan.
-Por el proyecto de Brion- contestó Helga, encogiéndose de hombros –se nos hizo tarde haciéndolo así que decidí invitarlo. Como sea, vamos al patio, antes que la madre de Peter nos tire agua para que nos apuremos…- la mayoría rió con las palabras de Helga, y la siguieron, llevando unas bolsas con ellos. Arnold pensó (y estaba en lo cierto) que era lo que habían comprado para consumir durante aquella pequeña reunión.
Durante un rato, se dedicó a observar. Se sentaron en el patio, en círculo, con la música a un volumen moderado, tomaron cerveza y se dedicaron a conversar sobre cualquier cosa, primero sobre la escuela, y luego sobre temas más triviales.
-Lo que yo quiero- decía Helga, mientras conversaban –es ganarme cualquier beca y largarme para siempre de este lugar- algunos se largaron a reír, como si la rubia hubiera dicho una muy buena broma, Arnold observó a Helga, y se extrañó que ella no los insultara ni nada –ya van a ver, cuando me despida desde el avión verán quién se reirá del último.
-¿Por qué tanto afán por irte?- le preguntó Peter –ni que te hubieran puesto mala cara en este lugar…
-¿Bromeas?- Helga enarcó una ceja –nada me ata a Hillwood, ni siquiera los buenos recuerdos…
Arnold los escuchaba atento. Todos aquellos jóvenes, a pesar de que en su apariencia se veían extraños, escuchándolos se dio cuenta que eran más normales que incluso varios de sus amigos, y también agradables, a pesar de las constantes bromas que se hacían entre ellos, que causaban lar risas y las burlas en los demás, incluso en el mismo rubio.
Y el muchacho no se dio cuenta en qué momento había contestado una pregunta, en qué momento comenzó a tomar cerveza con ellos y mucho menos cuando comenzó a reír junto con ellos, conversando más activamente en los debates, que aunque a él mismo le pareció de lo más curioso, eran sobre música (estuvo mucho tiempo discutiendo sobre el jazz con Eduard, que lo odiaba), videojuegos, deporte e incluso, uno que otro libro.
En un momento dirigió su mirada sobre Helga, y se dio cuenta que ésta tenía una sonrisa, quizás de orgullo, en su cara.
"Desconfianza", "acogimiento", "simpatía"
Los muchachos y el mismo profesor leyeron del puño de Arnold, mientras Helga continuaba hablando.
-… y ya después de un rato pareciera como si Arnold siempre se hubiera juntado con nosotros- decía la rubia –incluso quedaron de acuerdo para juntarse a jugar fútbol con nosotros la próxima semana.
-¿Por qué creen que se debió esto?- preguntó el profesor, haciendo unas anotaciones en su cuaderno.
-Podría ser porque eran un grupo pequeño, o quizás porque no tuvieron problemas de que alguien diferentes a ellos se integrara- contestó Arnold –la verdad es que Helga tiene razón, me sentí muy cómodo con ellos y todo resultó muy fluido.
-¿Y cuál es la conclusión de su investigación?
-Que todo tiene que ver con las apariencias y los prejuicios que nos hacemos de los demás- dijo Helga, mientras el timbre que anunciaba el fin de la clase sonaba.
-La próxima clase nos dan su análisis sobre el tema- dijo el señor Brion, mientras los demás comenzaban a arreglarse –buen tema, muchachos, los felicitos.
Arnold y Helga se sonrieron levemente, mientras escuchan comentarios como "nos dejaron mal parados", "me sentí como rata de laboratorio, pero aún así me gustó"
En el baño de Sunset Arms, había una particular escena. Apoyado en el lavabo estaba Arnold, vomitando, y Helga se encontraba en el retrete, realizando la misma acción. Si alguien les preguntaba qué era lo que les pasó que llegaron a tal estado, ninguno habría estado muy seguro.
Lo que Arnold sí sabía, era que nunca tomaría cerveza y luego ron otra vez… si es que llegaba a tomar alguna otra vez.
-Helga- dijo, después de sentirse un poco mejor –esta noche te quedas acá, no tengo ganas de ir a dejarte a tu casa…
-¿Y tu crees que quiero ir allá así?- preguntó la rubia, que estaba sentada en el suelo –si Bob me ve así es capaz de golpearme. No, no me pienso mover de aquí.
-Bien… excelente…
-Ay, me siento mal… ayúdame a pararme, Cabeza de Balón…
A duras penas lograban equilibrarse, así que imagínense lo que les costó subir las escaleras hacia el cuarto de Arnold, sobre todo porque no debían meter ruido para no despertar a los otros huéspedes.
-Arnoldo- dijo Helga, caminando hacia la cama –como yo soy visita, te toca hacerte el atento y dormir en el sofá- la rubia prácticamente se lanzó sobre la cama, cerrando los ojos luego. Arnold la quedó mirando, tratando de equilibrarse lo más posible. Después de unos momentos se acercó y se acostó a su lado.
-No Helga, las visitas son las que duermen en el sofá- replicó.
La quedó mirando, mientras ella dormía tranquilamente. Durante todo el día había tenido en su cabeza lo que ella le había dicho al despedirse el día anterior, y por más que lo pensaba, no podía quitarse la idea de que gran parte de lo ocurrido era culpa suya.
-Lo siento…- murmuró –no era mi intención dejarte sola… sólo… sólo quería que no te sintieras mal por mi culpa…
-Tonto Cabeza de Balón- Helga abrió los ojos, y lo miró directamente -¿qué sabías tú sobre lo que me hace mal y lo que no?- gruñó ella.
-Mucho más de lo que crees…- replicó él, y ambos se quedaron mirando a los ojos, durante bastante rato.
Podían tomarlo como un efecto del alcohol en su cuerpo, no sabían bien (y no les importaba mucho, la verdad), pero no se dieron cuenta en qué momento sentían que sus bocas tenían unos imanes que obligaban a acercarlos… hasta que ambos estuvieron juntos.
Fue sólo un simple contacto, seguidos por otros que no pasaron a más... pero que sí tuvieron alguna repercusión en ellos.
Se podían ver los pasillos vacíos de la escuela y, en el sector de los casilleros, dos jóvenes casi juntos.
-¿Tu crees que sea necesario incluir esto como parte de la conclusión?- preguntó ella, cerrando el casillero.
-No, no creo que les interese- replicó el otro, comenzando a caminar junto con ella –en todo caso, y conociendo cómo son todos aquí, no creo que tarde mucho en enterarse.
-Sí, tienes toda la razón…
La mano del muchacho buscó la de su compañera, y ambas se unieron. Ambos sonriendo salieron del establecimiento, llamando la atención de varios que transitaban por ahí, sobre todo por la sonrisa radiante que llevaba la chica, y lo feliz que lucía él.
Hola!
Bueno, he aquí otro cuento cortito, que espero que les haya gustado. La trama está un poco rara, quizás, pero creo que todo va en el título: las apariencias. Muchas veces nos dejamos llevar por ellas y resulta que todo es completamente contrario a lo que pensamos en un momento.
En fin, les aviso que los otros dos fics quizás me demore en actualizarlos, porque ya estoy a finales de semestre y todos saben cómo es eso, pero aún así trataré de escribir algo durante estos días.
Muchísimas gracias a todos los que me dejaron reviews por el cuento anterior.
Y por si acaso, este cuentito está dedicado a mi grupo de amigos, que quizás todos juntos nos podemos ver como los "raros", y quizás lo seamos, pero estamos orgullosos de ello, jajajaja.
Que estén bien.
