Cuento III: Mi sangre.
Cuando lo tomaste en tus brazos por primera vez, olvidaste que habías jurado al cielo que nunca lo considerarías de la familia, olvidaste que aquella tarde, cuando tu hija les contó que tendría un hijo, gritaste de rabia y furia porque ella había manchado el nombre de la familia, porque sería madre con sólo 17 años, y sin querer decir quién era el padre.
Repentinamente te sentiste avergonzado por tu actitud. Al tomar su manita deseaste que él nunca supiera lo abandonada que estuvo su madre durante su niñez, tanto por él como por Miriam, ni tampoco lo difícil que fue para ella su embarazo. Te arrepentiste porque aquella tarde le gritaste que tendría que arreglárselas sola, que él no pondría ni un veinte para mantener a un bastardo, y que tenía que agradecer que no la sacara a patadas de la casa por las vergüenzas que le haría pasar, sobre todo los próximos meses.
Te sentiste culpable porque ella tuvo que estudiar y trabajar a la vez, porque se acostaba tarde durante las noches estudiando, por las mañanas se levantaba temprano para ir a la escuela y por las tardes trabajaba todos los días en quién-sabe-qué (y dónde, además). Cada día la notabas más cansada, pálida, ojerosa, y no quisiste ayudarla, a pesar que notabas cómo aquella energía vital que siempre la había caracterizado se iba poco a poco.
Nadie es perfecto, te decías constantemente durante las noches, cuando al cerrar los ojos veías su imagen cargada de preocupación, porque a pesar que se esforzaba demasiado, difícilmente le alcanzaría para poder costear lo que necesitaría cuando llegara el bebé. Ella había cometido un error, y debía pagar por él, esforzarse, darse cuenta lo difícil que es traer un niño a este mundo, continuabas justificándote, mientras la escuchabas llorar desde su cuarto.
Es verdad, nadie es perfecto. Los humanos nos equivocamos constantemente, es parte de la vida, muchas veces la hace más sabrosa… pero lo mejor que tiene el ser humano es que puede rectificar sus acciones antes que sea demasiado tarde. Y eso hiciste tú, antes que perdieras definitivamente a tu hija menor, y a tu futuro nieto.
Aquella noche leías el periódico en tu sofá favorito, y ella estudiaba sentada en el comedor, cuando sonó el timbre. Sentiste que ella abría, y comenzaba a discutir con alguien… no querías escuchar, después de todo ella supuestamente no te interesaba, pero a pesar de eso, lo hiciste igual.
Te diste cuenta que ese muchacho era Alfred, el huérfano, y lo que le pedía era que ella reconociera que el hijo que esperaba era de él. Helga, orgullosa, replicaba que quien fuera el padre no importaba ya que ella no tenía intenciones de amarrar a nadie, mucho menos a él; le pedía una y otra vez que la dejara en paz. Pero él sabía que el muchacho no lo haría, hasta que ella reconociera todo, y que aceptara su ayuda de una vez, que ya no debía trabajar más porque necesitaba descansar, que se notaba demasiado débil (le nombró algunas veces que se había desmayado en la escuela) y que todo eso le podía hacer daño al bebé, ya que ni siquiera se estaba alimentando bien. Y ella, tal como pensaste, continuaba negándose, alegando que siempre había estado sola, que no necesitaba a nadie para salir adelante, mucho menos amarrar a un chico con complejo de héroe, pero que estaba tan perdido como ella.
"Tú no estás sola" le dijo él, antes de irse "Me tienes a mí, a Phoebe, a Gerald y a los demás. Tú nunca has estado sola, no sabes cuánto lamento que estés tan ciega que no puedas verlo"
Esa conversación la sentiste como un golpe. En parte te dolió que ella jamás te nombrara, como si no existieras en su vida… aunque en esos momentos te diste cuenta que, teniendo una reacción como la que tuviste cuando te contó todo, difícilmente podría contar contigo para algún asunto importante. Ella volvió a estudiar, llorando silenciosamente, y tú te quedaste en el lugar en que estabas, pensando. Cuando te fuiste a dormir la viste recargada en la mesa, durmiendo profundamente, y fue la primera vez en años que te dieron ganas de golpearte. Por fin entendiste que ella, a pesar de todo, era tu hija, tú sangre, y que importaba más eso que lo que pudieran decir los demás de la familia.
Sientes que se mueve en tus brazos, protestando. Sonríes con tanto orgullo que no cabe en ti, y eso hace que recuerdes que pudiste reaccionar a tiempo… recordaste con orgullo el grito de felicidad de tu hija cuando llegó aquella tarde del trabajo junto con su amiga, y vio la cuna y los muebles que habías comprado para ellos, recordaste su sonrisa cuando la obligaste a dejar de trabajar, o cuando aquella tarde ella tomó tu mano y la puso en su vientre, sonriendo… aquella fue la primera vez que lo sentiste dentro de ella.
Aquella fue la vez que te diste cuenta de lo hermosa que es tu hija menor. Tanto o más que tú otra hija… sólo que nunca te habías dado cuenta de ello.
Estabas feliz, aunque no te gustaba reconocerlo, pero aún así, notabas los días más claros, en tu casa se respiraba un aire distinto, mucho más alegre… a hogar.
Y ahora lo tienes ahí, en tus brazos. Tan frágil, chiquitito… todo un Pataki, aunque llevara el primer apellido del muchacho ese, que finalmente había logrado que ella reconociera todo, y que aceptara su ayuda… y su amor, por lo demás.
-Todo un Pataki…- murmuraste –nada menos que mi propia sangre… mi nieto…
Desde la cama, dos jóvenes te miran sonriendo levemente. Sus manos están tomadas, y aunque ella está muy cansada, en sus ojos se puede notar un brillo de orgullo. Quizás había pasado momentos difíciles anteriormente, pero todo era compensado en aquellos instantes, y con creces. Estaba feliz, porque finalmente con ella tenía a, quizás, los tres hombres más importantes de su vida: su padre, su hijo y, si todo seguía bien (y ella estaba segura que así sería) el hombre de su vida.
Bien, espero que les haya gustado. Me interesaba escribir sobre Bob, por cómo es... según yo, es muy buen padre con Olga, pero con Helga puede llegar a ser un verdadero desastre (no quiero catalogarlo de "pésimo", pero esa es la palabra que se me viene a la cabeza cuando pienso en esto), y bueno, en más de un capítulo vimos uno que otro chispazo en que le bajaba repentinamente la paternidad y se acordaba de Helga (vamos, ¿quién no se emocionó cuando Helga llegó a su casa después de pasear con Arnold en el día de Gracias... o como se llame?)
Otra cosa, Arnold sí es el padre del niño. Helga lo rechazaba porque pensaba que él le insistía sólo por su sentido del deber, sin pensar que él de verdad sentía algo por ella (y quizás por eso mismo pasó lo que sabemos y ella quedó embarazada, jejeje)
En fin, espero que lo hayan disfrutado. Les aviso, además, que esta semana salgo de vacaciones, así que me pondré a actualizar en la medida que me sea posible. Lamentablemente la universidad logró espantar mi inspiración para los fics largos (y un poco también los cortos), así que tengo la esperanza que cuando salga de vacaciones, volverá.
Bueno, eso sería. Saludos a Seilen-dru, Isabel20 y Teddytere, por dejarme reviews del fic anterior.
