CAPÍTULO TRES: inglés.
Llegué a inglés un minuto tarde, aunque podría haber sido una hora, juzgando por la forma en la que todo el mundo me miraba mientras me tambaleaba por la clase. Intenté cubrir la mancha húmeda de mis vaqueros, donde había intentado desesperadamente quitar cualquier resto de suciedad. Me habría revolcado aún más en mi vergüenza si me hubiera dado cuenta de que solo quedaba un asiento libre. Al final del aula, Edward Cullen estaba sentado solo en una esquina, junto a la única mesa vacía.
Gracias a Dios, Edward parecía no darse cuenta de mi presencia. Con el Sr. Berty y mitad de la clase mirándome, caminé nerviosamente hasta la mesa que estaba a su derecha. La puerta se cerró con un golpe tras mi espalda, creando una ráfaga de viento que me empujó hacia mi asiento. Solo en Forks podría sentir frío a finales de agosto.
—Me alegro de que pudieras unirte a nosotros, señorita Swan, —comentó el Sr. Berty. Estaba segura de que había un manual que aconsejara a los profesores decir siempre la misma frase cada vez que un estudiante llegaba tarde.
Mis manos temblaban cuando me quité la mochila y me senté en la incómoda silla de plástico. Miré a Edward disimuladamente. Su lenguaje corporal había cambiado completamente. Ya no era la indiferencia personalizada, sino que estaba inclinado lo más lejos que la silla le permitía sin caerse al suelo. Agarraba los bordes de ésta con fuerza, la piel de sus nudillos estaba tan estirada que era prácticamente transparente. Sin embargo, lo peor de su disgusto estaba reflejado en su rostro. Tenía las fosas nasales dilatadas y sus ojos se estrecharon en dos finas líneas cuando me miraron. En un milisegundo desvió la mirada. Sentí como si repulsara.
Me pregunté si el jabón de baño que usaba había dejado su olor sobre mí, y que, de alguna manera, le molestara. Esperando ser lo más sutil posible, me olisqueé el pelo. Olía a champú de fresa, como siempre. El Sr. Berty se lanzó en una monótona explicación sobre la asignatura, pero yo era incapaz de procesar nada de lo que decía. En cambio, me concentré en crear una barrera entre Edward y yo, alejándome de su silla y escondiéndome tras mi cortina de pelo. De pronto, me sentí claustrofóbica y muy pequeña. Mi rostro permaneció rojo y mis ojos comenzaron a escocer cuando llegué a la conclusión de que este increíble desconocido me aborrecía.
Poco a poco la clase se fue acercando al final, sin embargo, la rígida postura de Edward permaneció inalterada durante toda la hora. Ni una sola vez sus ojos me miraron, no que yo le prestara atención a nadie más que a mi cuaderno. Me pregunté si cada onza de su concentración estaba centrada en la silla que sus blancos y largos dedos apretaban con tanta fuerza. Cuando la campana comenzó a sonar, Edward saltó de la silla como impulsado por un resorte, y desapareció antes de que el agudo timbre dejara de sonar.
Angela se acercó rápidamente a mi lado, preocupada. —¿Qué ha sido eso?
Sacudí la cabeza, insegura de que mis cuerdas vocales pudieran decir algo.
—Quizá solo tenga problemas sociales. —Sus ojos me observaban con atención. —Estoy segura de que no tiene nada que ver contigo. Ni si quiera le conoces.
Por primera vez me di cuenta de que Mike estaba en clase. —Es culpa mía, Bella. Intenté guardarte un asiento, pero Connor no quería sentarse al lado de Edward Cullen, así que te quitó el sitio en el último momento.
—No os preocupéis. —Mi voz sonaba temblorosa a pesar de que intentaba ocultar lo mucho que el comportamiento de Edward me había afectado. —De todas formas, me gusta sentarme al final de la clase.
—Pero ahora estarás durante el resto del curso sentada junto a él. A lo mejor si le dices al Sr. Berty que no ves bien te puedes sentar en otro sitio. Podría cambiar a Connor de asiento.
—Sí, porque precisamente el Sr. Berty es así de simpático, —forcé una sonrisa. A pesar de que los últimos cincuenta minutos junto a Edward habían sido horribles, me negaba a huir y esconderme. Al menos, de eso intentaba convencerme. —No pasa nada, Mike. Sobreviviré.
—Bueno, la oferta sigue en pie por si cambias de opinión, —dijo, caminando hacia las taquillas.
Angela caminó conmigo por el pasillo. Me detuvo antes de que nos separásemos para tomar la última clase del día. —¿Seguro que estás bien? —Me preguntó con voz baja.
No pude evitar sentirme emocionada al ver su preocupación. —Um, no mucho… Necesito tiempo para tranquilizarme. Solo estoy exagerando; estaré bien.
Angela me sonrió y se ofreció a llamarme más tarde. Rechacé su compasión, sabiendo que por la noche estaría en La Push. Angela y yo nunca habíamos estado especialmente cerca, pero habíamos desarrollado un pacto inconscientemente para ayudarnos a sobrevivir dentro del mundo del instituto. Ella hacía que el tiempo que estaba obligada a pasar en Forks fuera un poco más llevadero.
Entré en clase de Historia Americana, y me hundí en el asiento más cercano a la pared. Intenté prestar atención al impacto del la Edad de Hielo que se produjo en Norteamérica, pero mis manos aún temblaban por la extraña experiencia con Edward. A pesar de haber sufrido la pesadilla de ser una de las alumnas más pobres dentro de uno de los institutos más ricos de Arizona, nunca nadie se había comportado tan mal conmigo.
En un intento por distraerme, comencé a pensar en Jacob. Él sería capaz de aliviar mi ansiedad y llevarme a un sitio donde los únicos que importábamos éramos él y yo. Fue entonces cuando recordé que le prometí que iría con él a la hoguera de First Beach por la tarde. A pesar de que sus amigos fueran bastante agradables, me había quedado agotada y desesperada por estar a solas con él, con nada más que el familiar olor del garaje por compañía.
Los glaciares parecían haberse deshecho antes de que llegaran las tres de la tarde.Aliviada por dejar el colegio, cogí mis cosas y salí rápidamente de clase. Al principio había pensado en dejar todos los libros que no necesitaba en la taquilla, pero al ver una familiar cabellera de color bronce en un acalorado encuentro con su hermana a pocos metros de mi destino, cambié de idea. Sus posturas daban a entender que estaban discutiendo, sin embargo, ninguno de los dos estaba hablando. De pronto, Edward se puso rígido. Sentí como una oleada de pánico me invadió el pecho.
Me recordé que era él, y no yo, quien actuaba de forma ridícula. Lo que debería haber hecho era pasar a su lado con la cabeza bien alta, y demostrarle que no me intimidaba. En cambio, me giré rápidamente, casi chocándome contra un alumno de primero, y caminé torpemente en dirección contraria. Afortunadamente, hoy había guardado las llaves del coche en la mochila en lugar de la taquilla. Volé por el parking hacia mi monovolumen casi sin tropezarme, y arranqué el vehículo.
Mi recorrido desde el edificio hasta al aparcamiento no había sido tan veloz como había imaginado, ya que el Volvo plateado ya había desaparecido. Me reprendí mentalmente por haberme dado cuenta. De todas formas, tenía que admitir que actualmente era incapaz de distraerme con nada. No tenía ni idea de por qué Edward Cullen me odiaba, pero más que nada deseaba no volver a ver su rostro nunca más.
xXx
Predecible, pero necesario. ¡Dentro de poco, más!
Gracias por vuestros reviews!
