CAPÍTULO CUATRO: La Hoguera.
Intenté mantener la poca compostura que me quedaba durante el viaje hacia La Push, pero era una batalla perdida. A medida que la furia aumentaba, sentía como la humedad de mis ojos salía en tropel de mis párpados. Edward Cullen no se merecía mis lágrimas, pero ahí estaba, llorando incontrolablemente. Así que me odia. ¿Y qué? Quizá le odie yo también. Desde luego, odiaba que me hiciera sentir así.
A pesar de que me esforcé por encontrar otra explicación para el comportamiento de Edward Cullen, supe que yo tenía que ser el problema. Era cierto que en el almuerzo me miró dos veces, pero no con la pura repulsión con la que me miró en inglés. Incluso cuando entré en clase parecía totalmente apático; fue solo cuando se dio cuenta de que me sentaba a su lado que su actitud cambió.
Mi única teoría con algo de sentido era que sabía que yo era la hija del jefe de policía, y de algún modo, eso le hacía pensar mal de mí. Mike dijo que el Dr. Cullen había adoptado a estos "niños problemáticos"… Sin embargo, Alice no parecía odiarme. Tal vez fuera más extravagante que el resto de sus hermanos, o tenía algún tipo de vendetta personal contra las leyes locales. En última instancia, sabía que tenía que haber algo más, algo que tuviera que ver conmigo y no con mi padre.
Me observé en el espejo retrovisor para asegurarme de que mi rostro no parecía como si hubiera estado llorando. Quería que Jacob borrara de mi cabeza el horrible día que había pasado, pero no quería hablar de Edward Cullen con nadie, especialmente con Jake.
—Has estado llorando. — Observó Jacob, sorprendiéndome en la ventanilla del coche. Su rostro mostraba preocupación. —¿Tengo que ir a aporrear a alguien?
—No, Jake. Solo he tenido un mal día. —Salí del coche y caminé hacia sus brazos. Apoyando la cabeza sobre su hombro, le dije, —no quiero hablar de ello.
—Entonces no se hablará más. —Me acarició el pelo mientras nos abrazábamos en silencio, dejando que los minutos pasaran. Por primera vez en aquel día mi corazón pareció calmarse. —¿A qué hora es la hoguera?
Él suspiró, alejándose un poco para poder mirarme a la cara. —Podemos pasar de ella. Sam organiza una cada vez que vuelve de la universidad. Estoy seguro de que volverá a hacer otra el fin de semana del Día del Trabajo, así que no hay ningún problema. Podremos ir entonces.
—No, quiero ir esta noche. —Y era la verdad; de pronto sentí la necesidad de verme rodeada de gente que no me odiaba. —¡De verdad! —Casi reí al ver su expresión escéptica.
—Nos queda una hora, más o menos. —Sonrió. —¿Qué quieres hacer para matar el tiempo? —Alzó una ceja sugerentemente.
—Enséñame a cambiar un neumático.
Ahora sus dos cejas estaban alzadas. —¿Qué?
—Te lo sigo en serio; necesito algo para distraerme. Me ayuda mucho cuando aprendo cosas nuevas.
En su defensa, no me ofreció "distraerme" de otra forma. Solo sonrió y se inclinó para observar el maletero del monovolumen. —Guau, tu gato tiene cientos de años. No me puedo creer que nunca me haya dado cuenta. — Antes de que Charlie me comprara el coche por mi décimo sexto cumpleaños, éste perteneció a Billy, aunque Jacob pasó la mayor parte de su tiempo en él, manteniéndolo vivo en sus senescentes años.
—No me puedo creer que Charlie no se diera cuenta. Siempre está supervisando el monovolumen. Ya le conoces, en el mismo segundo que un copo de nieve cae, ya está fuera colocando las cadenas a las ruedas… —Sonreí. Era muy dulce ver cómo mi padre cuidaba de mí. Incluso después de dos años, aún me costaba acostumbrarme a la idea.
Pronto Jake empezó a trabajar, enseñándome cómo usar el gato y quitar las tuercas que sujetaban las ruedas. Sus risas al verme intentarlo me reconfortaron. — No, Bells, tienes que girar la tuerca hacia el otro lado.
—Me alegro de que encuentres mi ineptitud tan entretenida. —Aunque, francamente, yo también la encontraba divertida. —¿Qué hora es? ¿No deberíamos ir yendo?
—¡Ah! Sí. ¿Qué haría sin ti? —Plantó sus labios contra los míos. El calor de su cuerpo era muy agradable, pero eventualmente me separé. Inmediatamente después, la culpa me siguió, pero sabía que se nos estaba haciendo tarde.
—Tenemos que irnos, Jake.
—Como quieras. —Se metió dentro de casa. Su voz se oyó a través de las ventanas abiertas. —¿Necesitas llamar a Charlie, o algo?
—Oh, no. No le importaría que estuviéramos robando un banco después de las clases, siempre y cuando estuviera contigo. —La adoración que Charlie sentía por Jacob hizo mucho más fácil tener a mi primer novio por casa. —Aunque no me importaría tener una chaqueta.
Salió apresuradamente por la puerta, me lanzó una sudadera, y se subió a su Rabbit. Yo le seguí. Nos apresuramos hacia la playa, sosteniendo nuestras manos durante todo el camino. Hablé sobre cualquier cosa durante todo el rato, intentando mantener lejos todos los desagradables recuerdos de aquella mañana.
El sol había comenzando a desaparecer cuando llegamos a la hoguera. La gente habitual estaba allí, los mejores amigos de Jacob, Quil y Embry, más Sam Ulley y su novia Leah Clearwater, y un par más. El hermano pequeño de Leah, Seth, nos saludó con entusiasmo desde el otro lado de la hoguera.
Besándome en la mejilla, Jake se marchó y se acercó a Quil, y yo me senté al lado de Leah. Ella despegó sus ojos de Sam, que estaba apilando madera para el fuego, y me sonrió con dulzura. —¿Qué tal has estado, Bella?
Compartíamos una cierta camaradería, siendo las únicas chicas que frecuentaban estas "fiestas" en la playa. —Las clases han empezado hoy. Estoy superviviendo, supongo. — Apenas. —¿Qué tal tú? ¿Es difícil con Sam en la universidad? —Sam estaba en el segundo curso de la universidad de Washington, donde se había dado a conocer por el equipo de natación. Cada vez que terminaba el verano, se veían obligados a separarse, ya que Leah estaba en el último curso de instituto, al igual que yo.
—En realidad no se va hasta el miércoles. Pero sí, es difícil. Aunque él es feliz allí. Además, viene siempre que tiene tiempo. —Sus ojos se entrecerraron levemente. —Y yo también le visito, voy a cada campeonato. Deberías verle nadar los 100 metros libres, Bella. Es el más rápido.
—Debes estar muy orgullosa de él. —Sabía que solo era cuestión de tiempo que aquellos dos se prometieran; eran jóvenes, pero cualquiera que no les conociera no necesitaba mucho tiempo para darse cuenta de que adoraban la tierra que pisaba el otro. Él era tranquilo aunque serio, y ella alegre y llena de vida. Observé cómo Leah se comía con los ojos a Sam mientras éste revolvía el fuego, y me pregunté qué pensaría el resto de la gente sobre Jake y yo.
Debió de leerme la mente, porque apareció justo en ese instante. —Hey,— sonreí, acercándome a él y besándole brevemente en los labios.
—Hola a ti también. ¿Qué tal estás? —Su tono de voz sugería que no se había olvidado de mi cara cuando había llegado a su casa aquella tarde.
—Cada vez mejor. Es solo que… —Me detuve, sintiendo como si debiera contarle lo que de verdad me había pasado. No decírselo era antinatural. —Es solo que hoy he tenido la experiencia más extraña con un chico nuevo que acaba de llegar al instituto.
Jacob frunció el ceño, fingiéndose enfadado. —Un tío, ¿eh? ¿Algo de lo que me tenga que preocupar?
—¡No! Al menos no así. No sé qué es lo que le pasaba. —Esperaba que mi ansiedad estuviera bien ocultada bajo mi falso humor. —Me fulminaba con la mirada, como si hubiera apuñalado a un cachorro.
Para mi alivio, Jacob se rió. —Bueno, eres bastante intimidante. Quiero decir, ¿te ha visto ya jugando al bádminton? —A Jacob le gustaba, más que a nadie, oír las pequeñas historias que sufría en clase de gimnasia.
—Ja, ja. No, aunque era muy raro. No le dije nada, pero… —Sacudí la cabeza, agradecida de que estuviera anocheciendo y no pudiera ver mi cara sonrojada. —Supongo que solo es un capullo.
—Sí, eso parece. Ya sabes, mi oferta de pegarle una paliza aún sigue en pie. —Ahora fue mi turno de reír. —¡¿Qué?! —Exclamó. —Ya te he alcanzado. He crecido casi dos centímetros y medio en el verano.
Cerré los ojos y me apoyé en su hombro. —Te quiero, ¿lo sabes?
—Oh, no te preocupes. Ya lo sé. —No me hacía falta abrir los ojos para saber que estaba sonriendo.
Seguimos holgazaneando cerca del fuego, y pronto todos comenzaron a silbar y a tomar el pelo a Sam y Leah, que al parecer aspiraban a conseguir el récord del mundo al beso más largo. Sin embargo, mi sonrisa desapareció cuando vi a Harry Clearwater, el padre de Leah, acercándose rápida y urgentemente hacia la playa.
—¡Seth! ¡Leah! —Su voz era una mezcla de cólera y preocupación. Leah se separó inmediatamente de Sam, pero éste rodeó su cintura de manera protectora.
—¡Papá! —Exclamó Seth, su voz teñida de vergüenza. —¿Qué haces aquí?
Los ojos de Harry buscaron entre la gente. —No me avisasteis de que esta noche ibais a salir. Mañana hay clase. Y se está haciendo tarde.
—¿Qué? ¿En serio? Papá, hoy era el primer día de clase; no tenemos nada que estudiar. —La voz de Leah sonaba preocupada. Sabía que estaba molesta por no poder aprovechar el tiempo con Sam.
Nunca había visto a Harry tan frenético. —Nos vamos. Ya. Recoged vuestras cosas. —Se giró hacia el resto de nosotros. —Jacob, tú padre también te está buscando. Quiere que vuelvas a casa, pero que antes te asegures de llevar a Bella sana y salva.- Resaltó las últimas palabras.
—Em, ¿vale? —Obviamente, Jake tampoco tenía ni idea de lo que estaba pasando.
Seth y Leah se quejaron mientras seguían a su padre. No podía entender qué estaba pasando. Todo el mundo sabía que en las últimas semanas del verano los jóvenes de la reserva siempre celebraban una pequeña fiesta en la playa; cada año había bajado con Jake desde que me mudé a Forks. Y los padres nunca se habían quejado. De hecho, había oído alguna vez decir a Billy que le gustaba, que mantenía a la comunidad unidad. Tendría que preguntarle a Charlie si había habido algún crimen reciente en La Push…
—Bueno, qué divertido, —murmuró Jake, aparcando en la acera frente a su casa. Viendo el comportamiento de Harry Clearwater, no me sorprendió ver a Billy en el porche, esperando ansiosamente nuestra llegada. —Genial, —gimió Jake.
—¿Papá? ¿Qué está pasando? —Caminamos hacia él.
Billy movió su silla hasta el borde del porche. —Tienes que seguir a Bella hasta su casa, Jacob. Asegurarte de que llega bien a casa. Acompañarla hasta la puerta.
—¿Por qué? ¿Es que hay algún asesino en serie suelto? —El sarcasmo de Jake fue desapareciendo al ver que la expresión fiera de su padre aún permanecía en su rostro.
Los ojos de Billy me miraron brevemente. Vacilando ligeramente, respondió. —Ha habido algunos ataques de osos en el área, cerca del pueblo. No deberías estar fuera solos por la noche. —Se giró y me miró con severidad. —Bella, ten cuidado.
—Eh, lo tendré. —No sabía que decir. Abrí la puerta de mi monovolumen y entré dentro. —Supongo que te echaré una carrera hasta mi casa, Jacob.
Él se rió, mirando mi coche. —No lo creo, Bells.
—Date prisa, Jacob. —Le advirtió Billy.
—Ya, ya. —Se inclinó hacia la ventanilla de mi coche y me besó la mejilla. —Estaré detrás de ti. —Mirando de reojo a su padre, me dijo con una sonrisa. —Aunque cierra bien las puertas. Ya sabes que a los osos les encantan los coches en movimiento.
Tenía miedo de reír, sabiendo que Billy aún permanecía en el borde del porche. Encendí el motor y di marcha atrás sin mirar a Billy. Siempre había sido tan bueno conmigo…
El viaje hasta casa de Charlie fue tranquilo, ningún oso a la vista. Manteniendo su promesa, Jacob me acompañó hasta la puerta.
—Llámame en cuanto sepas lo que está pasando de verdad, —le insistí.
—Claro. —Sonrió a la vez que le acercaba hacia mí, rozando sus labios con los míos.
Cuando entré en casa, saludé a Charlie. —Hola, Bells. ¿Te ha traído Jake a casa? ¿Le pasa algo a tu coche? —Miró por la ventana.
—No, está bien, papá. Oye, ¿sabes algo sobre ataques de osos en el área?
Él frunció el ceño. —No, ¿por qué? ¿Has visto algo?
—No, pero ha pasado algo realmente extrañ…
El teléfono comenzó a sonar, interrumpiéndonos. Sabía que era demasiado pronto para ser Jake, y no sabía quién podría llamar pasadas las diez de la noche.
Charlie apenas pudo decir hola, quien fuera el que estaba al otro lado de la línea, no le estaba dejando hablar. Escuché con atención.
Eventualmente, Charlie pudo hablar. Su voz era brusca y ligeramente molesta. —De todas las personas, Billy, tú deberías ser el más abierto y tolerante. Ya era hora de que viniera un doctor con verdaderas cualificaciones a este pueblo. —Se detuvo; seguramente Billy estaba en desacuerdo. La cara de Charlie se volvió seria. —Bueno, a mí me gusta dar el beneficio de la duda en lugar de linchar a cada nueva familia que se muda aquí. Buenas noches. —Colgó el teléfono con fuerza.
Fingí estar ocupada con el dobladillo de mi camisa cuando Charlie dobló el pasillo. —¿Va todo bien, papá?
Él suspiró. —Sí, Bella, todo está bien. — Empecé a subir las escaleras para lavarme. Me giré cuando me llamó. —La próxima vez que quedes con Jake, asegúrate de que Billy está bien, ¿vale? Creo que se está volviendo un poco paranoico con la edad.
—Claro.
Me metí en el baño. Mientras me lavaba los dientes, no pude evitar pensar que era imposible que este curso se volviera aún más extraño.
