CAPÍTULO CINCO: ROTO.
Me pasé la mañana siguiente con los nervios a flor de piel, mirando por encima del hombro en los pasillos y manteniendo mis oídos alertas cuando alguien pronunciaba su nombre. Alice no me miró ni una sola vez durante español, lo que confirmaba mi teoría de que las tendencias psicóticas no eran un rasgo familiar. Él, y solo él, me encontraba intolerable.
A la hora del almuerzo, entré en la cafetería como si estuviera intentado no pisar minas. Respiré hondo, miré hacia su mesa… y no estaba. Esperé sentir alivio, sin embargo sentí un vuelco en el estómago, y la tensión se mantuvo, manifestándose en algo que no podía entender.
Cuando no apareció en clase de inglés, me pregunté si había dejado los estudios o había terminado en la cárcel en algún lugar. Mi inquietud me siguió hasta casa aquella noche. Me encontré acuchillando ferozmente a las cebollas cuando mi intención había sido solo cortarlas en cuadraditos. Necesitaba tranquilizarme. Cuando Jacob llegó, guardé las hamburguesas crudas de cebolla en la nevera y le pedí que fuéramos a dar un paseo.
—Necesitas desahogarte un poco antes de cenar, ¿eh? —Adivinó. —No será por ese loco de tu instituto, ¿verdad?
Puse los ojos en blanco y respondí vagamente. —Hoy no estaba.
Nos encaminamos hacia los árboles que lindaban con la hierba. Milagrosamente, la tierra solo estaba levemente mojada tras la breve lluvia de aquella mañana. — Así que, ¿has averiguado algo? ¿Debería estar preocupada por los osos pardos?
—Oh, eso. —Desvió la mirada.
—¡Cuéntamelo! —Le puse mi expresión más dulce. —Te prometo que no juzgaré.
—Lo primero, tienes que saber que mi padre no está loco. Bueno, al menos no de verdad… Está demasiado unido a las viejas leyendas. No creo que vea las cosas con claridad.
—Quiero a tu padre, Jake. —Billy era como un segundo padre para mí.
Me miró por el rabillo del ojo. —Hay una nueva familia que se ha mudado cerca del Río Calawah. Papá y algunos otros de la tribu creen que son… peligrosos.
—¿Peligrosos cómo? —El corazón se me subió a la garganta. Sabía exactamente quién se había mudado cerca del río.
—No me lo dijo. —Por primera vez no supe distinguir si me estaba mintiendo o no. —Solo basa todo en las leyendas, que tienen como unos… millones de años. Es ridículo.
Esperé a que se explicara un poco más, pero no lo hizo, solo añadió. —Creo que solo tiene miedo de los cambios, o algo así. Ya sabes que siempre está hablando sobre el "bien de la tribu", y "el sentido de comunidad entre los Quileutes." —Los pensamientos de Jacob parecían estar muy lejos.
Sentí la necesidad de cambiar de tema de conversación, a pesar de mi intensa curiosidad. No me gustaba ver a Jacob tan preocupado; la inseguridad no le quedaba muy bien. —¿Sabes? Esta semana vamos a empezar Romeo y Julieta en inglés.
—Agh. Shakespeare. Me da dolor de cabeza. —Dejó escapar una carcajada, pero mi ánimo se hundió levemente; era mi obra de teatro favorita. Dándose cuenta de mi incomodidad, añadió. —Pero también tiene sus puntos. Quiero decir, la peli de Leonardo DiCaprio tenía unas escenas de lucha geniales. Deberíamos alquilarla algún día.
—No es mala idea. —Se acomodaba tan bien… Estaba a punto de elogiar su mente tan abierta cuando mi pie se enganchó con la rama de un árbol. Salí volando, aterrizando bruscamente sobre mi tobillo derecho. Sabía que había pasado demasiado tiempo desde mis rutinarias visitas al hospital.
—Fantástico, —murmuré, sintiendo las punzadas de dolor sobre mi pantorrilla. Jacob ya sabía lo que había que hacer. Se acercó a mi lado y me colocó el brazo derecho sobre sus hombros. Juntos, salimos del bosque y caminamos hacia el coche.
—¿Cómo de malo? —Preguntó.
—Solo un seis. Diría que más que la quemadura del 4 de Julio, pero menos que el del paseo en trineo. —En nuestra escala de diez puntos para tasar mi dolor, había visto muchos seis, pero la familiaridad no hacía la herida más soportable.
Me acarició la palma de la mano con cariño en nuestro viaje hacia el hospital. Desafortunadamente, no fue suficiente para distraerme de aquel dolor que conocía tan bien; mi tobillo estaba roto. Llegamos a urgencias, y me ayudó a salir cuidadosamente del coche.
—Hola, Sra. Stanley, —saludé cuando nos acercamos a recepción.
—Han pasado meses, Bella. Íbamos a empezar a hacer apuestas sobre si te habías caído delante de un autobús o no. —Tenía el sentido del humor que su hija carecía. Me sonrió dulcemente y me tendió los papeles administrativos habituales. Jacob se disculpó y salió a llamar a Charlie al trabajo, ofreciéndose a traer una soda a la vuelta.
Me centré en los papeles que cubrían la mesa. En pocos minutos, antes de que Jacob pudiera volver, el médico llegó para evaluar mi tobillo. Era nuevo, pero inmediatamente supe quien era. Me reprendí mentalmente por no haberme dado cuenta antes.
—Hola, señorita Swan, —me dijo con una sonrisa angelical, saludándome sin mirar mi expediente médico. Mi reputación debe de haberme precedido. —Soy el Dr. Carlisle Cullen. ¿Cuál es el problema?
Señalé de mala gana mi tobillo.
Empezó a hojear el volumen bíblico que ya era mi historial médico. —No hace falta que lo diga, ya sé lo que tengo. —Murmuré.
Él simplemente sonrió, reprimiéndose de hacer cualquier broma a mis expensas. A medida que llegaba a las primeras páginas del historial, su sonrisa se desvaneció. —¿Cómo está tu cabeza? ¿Te la has golpeado? ¿Has sentido mareos, somnolencia o inconsciencia?
—Si te refieres a enero pasado, estoy bien. —Sus ojos me observaron con preocupación. —En serio. No me he golpeado la cabeza en todo este tiempo. Solo es el tobillo. —Me estremecí al recordarlo, esperando que no comentara más al respecto.
Me examinó los ojos con una lucecilla, pero afortunadamente no preguntó nada más al respecto. —Todo parece estar bien. —Su voz se deslizó por el aire como la mantequilla. Sabía que él y sus hijos no estaban emparentados, ahora obvio por su joven aspecto, pero compartían la misma intimidante belleza.
El Dr. Cullen se acercó a mi tobillo, ordenando a una enfermera que me llevara hasta la sala de rayos X. Una hora más tarde me estaba poniendo la escayola. —Siento decirte, Bella, pero parece que vas a estar con muletas durante un par de semanas. No es una fractura muy seria, pero el tobillo está roto igualmente.
—¡Hey, te perderás gimnasia! —La voz
entusiasta de Jacob reverberó por la habitación. Había estado
entrando y saliendo con Charlie durante toda la hora, pero era la
primera vez que compartía la habitación con el Dr. Cullen.
Jacob
observó disimuladamente al hermoso doctor, pareciendo casi culpable.
Esperaba que no se sintiera responsable por los inexplicables
prejuicios de su padre.
—No te preocupes, —dijo el Dr. Cullen amablemente. —Se pondrá bien. —Salió de la habitación, lanzándole una mirada amigable a Jacob cuando pasó por la puerta.
Opté por ir a casa con Jake, a pesar de que Charlie me esperó hasta que pudiera salir del hospital. En el coche, Jacob rompió el silencio que había mantenido desde que habló con el Dr. Cullen. —Me siento terrible, Bells. —Su voz estaba teñida de tristeza. —Ese doctor, mi padre se refería a la familia de ese doctor. Y él es completamente normal, incluso amable. —Puso los ojos en blanco. —Peligroso… Sí, claro.
—No te culpes, Jake. No te puedes sentir culpable por algo en lo que no tienes nada que ver. —Me miró con agradecimiento, aunque permaneció en silencio durante el resto del trayecto. Gracias a Dios que no sabe que el hijo del Dr. Cullen es el chico loco de mi instituto… Parte de mi se preguntaba si debía informarle sobre la conexión entre los Cullens y mi extraña experiencia, pero otra parte de mi me decía que estaba justificada al mantener eso en secreto; tenía que protegerle, aunque no estaba exactamente segura sobre qué le estaba protegiendo.
Charlie y Jacob me idolatraron durante el resto de la tarde, una tendencia que otros decidieron continuar en el colegio durante el resto de la semana, especialmente Mike Newton. A medida que el fin de semana pasaba, mi tobillo seguía palpitando dolorosamente dentro de los confines de mi escayola. El lunes por la mañana mejoró levemente.
Cuando me dejó en el colegio, Charlie me dijo, —no te olvides de elevarlo siempre que puedas. —No podía conducir, así que Charlie me llevaba al colegio por la mañana, y Jacob me recogía por la tarde. Mike continuaba mimándome ridículamente al esperarme en la puerta al finalizar la cuarta clase de la mañana y acompañándome hasta la cafetería, donde me cogía la comida.
A medida que caminábamos hacia la cafetería, Mike empezó a hablar excitadamente sobre el menú especial de los lunes con macarrones, pero yo era muy consciente de que ya había pasado una semana desde que vi al nuevo estudiante del centro. Contuve la respiración antes de ver a Alice Cullen todavía sola, sentada al lado de la ventana.
—¿Cómo están los macarrones, Mike? —Sentí el impulso de distraerme, necesitando sacudirme de encima el hormigueo que fluía a través de mis venas.
—Increíbles. Con más queso de lo normal. Este es el mejor día. —Empezó a comer felizmente sus macarrones hasta que Lauren sintió la necesidad de decirle que comía como un caballo. La consiguiente discusión duró el resto de la hora. Sentí que me asfixiaba.
Inglés no podía llegar antes. Después de días y días de clases aburridas, finalmente el Sr. Berty nos iba a dar las copias de Romeo y Julieta.
Sin embargo, cuando llegué a clase, una sustituta estaba sentada en el escritorio del Sr. Berty, sus ojos ya ausentes tras una mañana cuidando de niñatos desagradables de instituto. —Ya sabes lo que esto significa, ¿verdad? —Me susurró Mike alegremente. —¡Tiempo libre!
Connor le comentó a Mike desde el otro lado de la habitación algo sobre "ligas fantásticas" para no sé qué deportes que iban a disputarse aquel otoño, y se sumergieron en una animada conversación. Yo acomodé mi fortaleza al final de la clase, enfadada porque no tenía nada con lo que distraerme; llevaba tan pocos libros como podía debido a las muletas. Todavía tenía tres minutos antes de que la clase empezara, pero el camino hacia las taquillas podría convertirse en una verdadera hazaña y no me apetecía pedirle ayuda a nadie. Alcé la mirada y observé a Angela, envidiando que tuviera un libro con el que pasar el rato.
Cuando el reloj marcó el inició de la clase, pronto supe exactamente lo que me mantendría ocupada el resto de la hora. Justo cuando el timbre comenzó a sonar, Edward Cullen entró en clase, sus ojos automáticamente sobre los míos.
