Antes de nada, me gustaría pedir un favor. No soy de las que dejan de subir una historia si no recibe los comentarios que quiere, y definitivamente, no creo que lo llegue a ser nunca, pero sí desanima ver cómo la gente sigue leyendo tus historias, en mi caso traducciones, y no se toma el tiempo ni de comentar nada.

Sé que, generalmente, algunos fics al principio no reciben muchos comentarios, sé que de momento esta historia es MUY canon y se parece al libro original, y sé que es un poco predecible al principio, pero eso no borra la media de 70/80 visitantes (a veces más) que recibo con cada capítulo. No son muchos, pero no dejan de ser 70 personas que se pasan por cada uno de los capítulos, y no dejan ni rastro ni mencionan nada a su paso.

No pido nada, solo un "yo te estoy leyendo" un "déjalo, traducir no es lo tuyo", o un simple "hola". No me importan las críticas, siempre ayudan a mejorar. Lo único que pido es saber quién lee, a quién le interesa, porque a veces desanima un poco ver que te esfuerzas por traducir bien una cosa, para que sea coherente y tenga sentido y buscar información, pero luego parece que a nadie le importa.

Y bueno, después de este dramático mensaje, os dejo el siguiente capítulo xD Espero que guste.

CAPÍTULO SEIS: Terminal

Mierda. Mi magullado y dolorido cuerpo pareció romperse a pedazos. La sangre se me acumuló en las mejillas, el corazón se sacudió contra mis costillas y la mente se me quedó en blanco. ¡No le mires, idiota! ¡Finge estar ocupada! Cogí la mochila vacía en busca de algo, cualquier cosa. Encontré un chicle envuelto malamente. Lo desenvolví desesperadamente y me lo metí en la boca, ignorando las pelusas del papel que se me pegaron instantáneamente a la lengua. Solo había pasado medio segundo. Necesitaba más tiempo, más distracciones. Empecé a considerar seriamente coger un folio en blanco y hacer cisnes de papel cuando sucedió.

—¿Cómo es el otro tío? —Nunca había oído su voz, y sin embargo sentí como si de algún modo la hubiera echado de menos. Era poética, masculina, levemente burlona. Seguramente había perdido la cabeza.

Le odias. No respondas. Haz cualquier cosa MENOS mirarle. Mi resolución se hizo añicos. Sus ojos eran de color miel. No pude dejar de mirarlos. —¿Q-qué?

—Tu tobillo. —Señaló, tomando el asiento que estaba al lado del mío. Deja de temblar, Bella, por favor deja de temblar.

Era perfectamente amable; incluso sonreía. Y, oh Dios, era devastador. —Solo estaba haciendo una broma, insinuando que te habías herido en algún tipo de pelea. —Me examinó la cara, seguramente llegando a la conclusión de que no era mentalmente capaz. En los límites de aquel momento, no estaba muy lejos de la verdad.

Continuó hablando, interrumpiéndome de mi monólogo interno. —Mi nombre es Edward Cullen.

—Lo sé. —Aparentemente mi cerebro estaba en piloto automático, por lo que mi boca pronunció la declaración más estúpida posible. Apenas recuperada, murmuré. —Bella Swan. —Al menos era mejor que gruñir "yo Bella, tú Edward," pero no mucho más.

Cuando la clase comenzó, la profesora sustituta garabateó su nombre en la pizarra, y nos informó lo que Mike ya había supuesto: el Sr. Berty tenía las copias de Romeo y Julieta en casa, por lo que éramos libres de hablar entre nosotros durante el resto del periodo. —Siempre y cuando permanezcáis en vuestros asientos, —comentó. —Tengo que tomar lista. No correteéis. —Tal y como era mi situación, no podría moverme sin la ayuda de una grúa, y no tenía nada que ver con mi tobillo.

Edward mantuvo la distancia, pero se giró levemente hacia mí. El resto de la habitación zumbaba con las conversaciones de los demás. —¿Puedo preguntar qué te pasó?

Era dolorosamente consciente del color carmesí de mis mejillas. Recé por que pensara que solo era una quemadura; no había vivido lo suficiente en Forks para saber que algo así era imposible. —Un árbol y yo tuvimos un pequeño malentendido. —Me felicité interiormente cuando formé una frase coherente.

—Ah, ya veo. —Sus labios se curvaron hacia arriba, divertido. Inmediatamente después recuperó la compostura, sus ojos se estrecharon como si se sintiera culpable por haberse divertido con algo que yo había dicho. Quizá formaba parte de algún tipo de plan maestro para destruirme.

Tras una breve pausa, observó. —Tienes cara de dolor.

De hecho, siempre lleva a esa expresión cuando estaba en el colegio, pero no necesitaba saberlo. —No es para tanto. —Me miró con escepticismo, como si estuviera escondiendo algo.

—En serio, en realidad no duele tanto. —Sentía como si estuviera debajo de un microscopio.

Una de las comisuras de sus labios se alzó en una media sonrisa. —Lo que tú digas.

Pretendí ignorarle y volví a revolver en mi mochila. Encontré más chicles viejos, fuera de su envoltorio y pegados al bolsillo interior. Empecé a rascar con las uñas. —¿Sabes? Si usas hielo será mucho más fácil de quitar. —Su melodiosa voz sonaba levemente arrogante.

—Gracias, Martha Stewart. Lo tendré en cuenta.

Le miré por el rabillo del ojo. Parecía muy entretenido. —Siento ponerte de los nervios. Solo intentaba pasar el tiempo… —Giró la cabeza hacia la pizarra. A pesar de su tono tan casual, me di cuenta de que se agarraba a los bordes de la silla como si la vida le fuera en ello.

Temí que el inevitable silencio incómodo apareciera. Agarrando las asas de mi mochila, y sin saber por qué seguía hablando con él, pregunté, —así que, ¿sueles ir a clase un día y después desapareces durante toda una semana, o Forks es tan horrible? —Me atreví a mirarle disimuladamente.

Alzó las cejas lentamente, ladeando la cabeza. —No me encontraba bien. —Me observó con atención. —¿Por qué lo preguntas?

Obviamente quería saber por qué había rastreado tan obsesivamente sus ausencias. —Em… ¿A qué te refieres?

—Parece que piensas que Forks es "horrible".

Puse los ojos en blanco. —Bueno, sí.

Cuando no seguí hablando, Edward sacudió la cabeza, sus ojos fijos en mi cara. —Explícate, por favor. —Le escribiría una novela, si me lo pidiera. Me quedé instantáneamente hipnotizada en contra de mi voluntad.

—No hay mucho que hacer, el sol solo aparece dos o tres veces al año como máximo, y desde que llegué aquí, he pasado más tiempo en emergencias que un estetoscopio.

Siguió mirándome. —No has crecido aquí.

—Um, no. Me crié cerca de Phoenix, California, antes de llegar aquí.

—Y eres propensa a los accidentes. —Hechos, no preguntas. Edward Cullen parecía estar seguro de todo.

—Terminalmente.

Parecía absorto en cuestiones que iban mucho más allá de mi comprensión. —De ahí el tobillo. —Sonrió.

—Y las dos muñecas rotas, la quemadura de tercer grado, tantos moratones que son imposibles de contar, el hombro dislocado, el coma… —Me detuve. Incluso en mi estado hipnótico había información que no deseaba divulgar.

—Suena doloroso. —Su voz parecía conversacional… pero había algo más debajo de la superficie.

Me encogí de hombros. —Más para mis padres que para mí.

Él se revolvió en el asiento. —¿A qué te refieres? —Parecía genuinamente perplejo; al final la incertidumbre había caído sobre él.

—Es difícil para ellos…

Asintió con la cabeza, como si estuviera desesperado por saber más.

Y entonces, por primera vez desde que sucedió, comencé a hablar sobre el accidente. Si mirar atrás, sin mirarle a él, continué. —Especialmente el coma. —Sentí un escalofrío. —Pensaban que iba a morir; creo que mi madre dejó de comer durante toda una semana. Ella es así de frágil. No estaba ahí para cuidarla… —Mi tono de voz desapareció. No me atrevía a mirarle; me había pasado de la línea, había sido demasiado personal. Sin embargo, cuando me forcé a mirarle a los ojos, le encontré increíblemente fascinado.

—¿Y te preocupas por ellos? Estabas en coma, ¿y aún así te sientes responsable por su dolor? —Parecía incrédulo.

—Por entonces no sentía nada. Justo cuando me desperté, era más doloroso ver la mirada en sus ojos que sentir cuán roto estaba mi propio cuerpo. —Me detuve, dándome cuenta de lo que había dicho en voz alta. Arrepentida, murmuré. —Estúpido, lo sé. —Enrojecí. Sabía que había dicho demasiado.

Su voz era suave, como si estuviera rezando. —No es estúpido.

Apenas le oí; seguramente había dicho otra cosa. Mis ojos se desviaron hacia el frente de la clase, donde Mike y Connor discutían como una pareja de viejos al ajustar sus listas de la liga de fútbol. —¿Y tú dices que es un cambio justo? Mira lo que estoy dispuesto a dar, y tú me ofreces eso. ¿Estás loco? —Por el resto de la habitación las conversaciones seguían, otros hacían deberes o intentaban dormir, sus cabezas apoyadas sobre la mesa y los auriculares colgado de los cuellos. Sentí como si hubiera estado en un universo paralelo, sola con Edward Cullen.

Cuando me giré hacia él, Edward me estaba estudiando. —¿Podrías contarme cómo pasó? Si no te importa…

En realidad, sí me importaba. Aunque considerando lo que ya le había dicho, me figuré que ya iría hasta el fondo. Después de todo, no me había preguntado si había visto la luz ni me había mirado de arriba abajo, como había hecho todo el mundo cuando volví a las clases. —Fue en enero, y todo estaba helado. Conduje hasta clase, y cuando salí del monovolumen, vi una furgoneta venir hacia mí, fuera de control, resbalando sobre el hielo. Me golpeó en la cabeza.

Su expresión era de dolor. —No me puedo ni imaginar cómo te sentiste.

—Yo tampoco. No me acuerdo de nada. —El modo en el que me miraba me produjo una reacción física que no me esperaba. Seguí hablando para no pensar en él ni en lo que me estaba haciendo. —Los de urgencias le dijeron a mi padre que si no hubiera estado moviéndome cuando me golpeó, que si hubiera dudado durante un solo segundo, me hubiera golpeando en otro sitio; en lugar de empujarme hacia la izquierda me hubiera empujado hacia atrás y me hubiera aplastado entre la furgoneta y mi coche. —Estarías muerta, dijeron. Instantáneamente muerta. Mi último recuerdo de aquel día fue cuando miré sobre el hombro hacia las cadenas que Charlie me había colocado aquella mañana, justo como el invierno pasado. Pasaron dos semanas cuando me desperté.

Temblé lo que parecía ser la milésima vez en los pasados cuarenta y cinco minutos.

Nada se le escapaba. —No era mi intención molestarte. —Miró hacia la ventana, detrás de mí. —Lo siento.

—No, estoy bien. —Le estaba abriendo el corazón a un completo desconocido, poniéndome en ridículo. Pero no estaba molesta. Al menos todavía no. Quizá cuando recuperara mi sentido común las cosas fueran diferentes.

—Aunque sobreviviste. Eso es lo que importa. —Parecía como si estuviera hablando para sí.

—Supongo. —Las siguientes palabras se me escaparon involuntariamente; nunca me había atrevido a pensarlas, mucho menos decirlas en voz alta. —Pero en realidad nunca se supera… Esa sensación de que tienes una segunda oportunidad. Como si…

—¿Cómo si qué? —Estaba totalmente cautivado. No sabía si sentirme halagada o increíblemente incómoda.

—Nada. Olvídalo. —Miré hacia el reloj. Dos minutos. Solo tenía que aguantar dos minutos más. Después ya podría ir a clase de Historia y colapsarme en mi asiento, revolverme en mi propia humillación al monopolizar una conversación entera con extraño que podría o no aborrecerme.

Él apretó los labios con fuerza y se pasó una mano por el pelo cobrizo. Quería mirar hacia otro lado, pero no podía moverme. Y entonces empezó a hablar, suavemente. —Como si te hubieran dado un regalo, el regalo del tiempo, y sientes la necesidad de llenarlo con algo especial.

Me olvidé de respirar. Estaba demasiado absorta como para preocuparme por eso. —Sí, —solté. —Algo extraordinario.

Se observó las manos, pensativo. —Expectativas imposibles.

Me quedé atontada, completamente desconcertada ante el giro que había tomado nuestra conversación. Y entonces el timbre comenzó a sonar, sorprendiéndome aún cuando sabía qué hora era. Edward se levantó, y rápido, casi sobrenaturalmente, salió de clase sin mirarme ni una sola vez.

Todavía estaba paralizada cuando Mike se acercó y me tendió las muletas. —¿Estás bien? ¿Bella?

Sorprendida, me desperté del trance. —Sí, lo siento.

Mike parecía no darse cuenta de mi estado casi catatónico a medida que bajábamos por el pasillo. —Quizá Berty tenga la gripe. ¡Podría faltar toda la semana! —Apenas podía contener su alegría. —O podría ser alguna enfermedad peligrosa; podría faltar todo un mes. ¡Incluso más!

Mi estómago dio un vuelco ante aquella perspectiva, definitivamente, la enfermedad del Sr. Berty terminaría conmigo.