Antes de nada, me gustaría pedir un favor. No soy de las que dejan de subir una historia si no recibe los comentarios que quiere, y definitivamente, no creo que lo llegue a ser nunca, pero sí desanima ver cómo la gente sigue leyendo tus historias, en mi caso traducciones, y no se toma el tiempo ni de comentar nada.

Sé que, generalmente, algunos fics al principio no reciben muchos comentarios, sé que de momento esta historia es MUY canon y se parece al libro original, y sé que es un poco predecible al principio, pero eso no borra la media de 70/80 visitantes (a veces más) que recibo con cada capítulo. No son muchos, pero no dejan de ser 70 personas que se pasan por cada uno de los capítulos, y no dejan ni rastro ni mencionan nada a su paso.

No pido nada, solo un "yo te estoy leyendo" un "déjalo, traducir no es lo tuyo", o un simple "hola". No me importan las críticas, siempre ayudan a mejorar. Lo único que pido es saber quién lee, a quién le interesa, porque a veces desanima un poco ver que te esfuerzas por traducir bien una cosa, para que sea coherente y tenga sentido y buscar información, pero luego parece que a nadie le importa.

Y bueno, después de este dramático mensaje, os dejo el siguiente capítulo xD Espero que guste.

CAPÍTULO SIETE: Shakespeare.

Desde aquel día, Edward Cullen no me trajo más que el caos. Nuestra conversación en inglés me sorprendió muchísimo, y mientras intentaba dormir, no pude parar de pensar en la manera en la que sus ojos memorizaban mi rostro a la vez que balbuceaba constantemente sobre mí, un tema de conversación que no tendría ningún interés para él. Al principio sentí mariposas en el estómago. Sin embargo, la culpa se las tragó en cuanto Jacob comenzó a entrar en mi cabeza. Jacob me había recogido de clase aquella tarde, pero no le comenté nada sobre mi día, especialmente mi desconcertante y abrumador tête-à-tête con Edward en inglés.

Jacob y yo nunca habíamos hablado sobre las dos semanas que pasé inconsciente en la UCI. Sabía que no me gustaba pensar en ello, así que dejó el tema. Una vez Renee me contó que Jake se había pasado cada segundo que no estaba en el colegio o durmiendo, hablando conmigo o poniendo programas de televisión que sabía que me gustaban. Por aquel entonces sólo habíamos sido amigos, pero no cambiaba el hecho de que había estado ahí conmigo. Y, ahora, sin ninguna razón en apariencia, le ocultaba cosas. Sin embargo, ¿qué sentido tenía contarle cómo me había pasado la clase entera de inglés manteniendo una extraña y personal conversación con un extraño? Cuando finalmente perdí la consciencia, en torno a las dos de la madrugada, aún sentía un gran peso en el corazón.

Me desperté a las siete de la mañana, con la resolución de que el día anterior no había sido más que una coincidencia; seguramente Edward Cullen me veía como a una chica extraña y emocionalmente retrasada con la que no quería nada que ver. Ese pensamiento me disipó la culpa, pero no me concedió alivio cuando las mariposas me volvieron a salir en el estómago.

Mi predicción se cumplió correctamente, ya que el almuerzo se desarrolló sin que Edward me lanzara ninguna mirada. A medida que me tambaleaba hacia clase de inglés, el dolor de mi tobillo desapareció y unas punzadas de ansiedad lo sustituyeron. Contuve el aliento, no sabiendo si sentirme esperanzada o nerviosa por la vuelta del Sr. Berty. De todas formas, ahí estaba, sentado con aspecto de cansancio y con la nariz roja, pero sujetando las copias de Romeo y Julieta. Exhalé un suspiro y caminé hacia mi asiento.

Edward apareció segundos antes de que sonara el timbre. No me atreví a levantar los ojos de la mesa. Se sentó sin hacer ruido, y yo permanecí con los hombros encorvados, como si fuera un tembloroso signo de interrogación. Cuando la clase comenzó, mis ojos parecieron cobrar vida propia. Se desviaron hacia los largos y pálidos dedos que estaban entrecruzados en la mesa vecina, y después, estúpidamente, se fueron hacia su rostro. Pareció sentirlo, y como si no tuviera control sobre sus propios movimientos, se giró levemente hacia mí. Nos observamos durante una fracción de segundo antes de que, desafiantemente, se volviera con brusquedad hacia la pizarra. Por supuesto, la sangre corrió hacia mis mejillas.

Permanecí quieta como una estatua durante el resto de la clase. Tan pronto como el Sr. Berty nos dejó salir, me levanté de un salto. Mi nerviosismo hacia el ocupante del escritorio vecino me nubló, y se me olvidó que tenía el tobillo fracturado. Intenté sujetarme al borde de la mesa, pero algo me alcanzó antes. Me giré y vi la mano de Edward sujetándome el brazo con suavidad, sus ojos estaban agrandados de la sorpresa ante sus propios reflejos. Su roce me electrificó, poniéndome la carne de gallina. Me soltó al instante.

Dando un paso hacia atrás, se mordió el labio y ladeó la cabeza. Parecía que las palabras se le iban, fuera de su alcance. Me miraba, su expresión una mezcla de confusión y… ¿pánico?

Solo podía imaginar la expresión de mi rostro, aunque me obligué a mirarle a sus confusos y alterados ojos. —Gracias, —murmuré.

—De nada. —Sus labios se alzaron levemente en una sonrisa. —Con tus antecedentes deberías ser un poco más cautelosa.

—Sí, lo sé. Aunque la cautela no es mi estilo. —Y, en contra de mi propia voluntad, me encontré sonriendo.

Su voz se volvió severa. —Bueno, pues lo debería ser.

No me di cuenta de que tenía la mandíbula abierta hasta que vi a Mike y Angela mirándome desde el otro lado de la habitación. Intenté, ridículamente, pasar grácilmente al lado de Edward Cullen, pero supe que, probablemente, a su lado no parecía más que Cuasimodo.

Me pasé las horas sin poder dormir adelantando la lectura de Romeo y Julieta. El Sr. Berty solo nos había mandado el primer acto, pero a pesar de habérmelo leído más veces de las que podía contar, lo encontré difícil de parar. Durante años había desarrollado un infantil enamoramiento hacia Romeo. Incluso ahora, al leer sus líneas, el corazón me latía con fuerza. Eventualmente, la realidad de Edward Cullen y los secretos que le ocultaba a Jacob cedieron paso a mi imaginación, y caí dormida con una sonrisa en los labios.

Al día siguiente, mi estado de ánimo mejoró notablemente; incluso Charlie me comentó durante el coche que parecía muy "entusiasmada". Bufé, pero sabía que lo decía con buenas intenciones.

A la hora del almuerzo, mi buen humor continuó cuando elogié el jersey que llevaba Jessica. Me arrepentí al instante, ya que me sonrió y me preguntó cuáles eran mis planes para el fin de semana. —Ehm, creo que Jake y yo vamos a ir al cine a ver una peli de coches. ¿Por qué?

—Ah. Iba a ir de compras, y me preguntaba si te querías venir. —Hablaba deprisa, como si se hubiera acordado de un tema de conversación que le interesaba más. —No me has contado mucho sobre él. ¿Cuánto tiempo lleváis saliendo juntos? ¿No es difícil salir con alguien tan… joven?

Sabía que Jessica no quería ser grosera, pero no pude evitar poner los ojos en blanco. —Tiene dieciséis años, no está en pañales, Jess. Además, hemos sido amigos desde siempre, así que le conozco muy bien. —Mi incomodidad aumentó cuando Mike y Lauren dejaron de hablar y me escucharon con atención. Sabiendo que no tenía sentido seguir explicando, añadí. —Te gustaría.

—Le he visto un par de veces, en la playa. Supongo que parece majo, sí. —Jessica se inclinó hacia delante. —¿Qué vais a hacer el año que viene, cuando te vayas a la universidad?

—Yo, em, no lo sé. No hemos hablado de ello. —Me reprimí mentalmente al hablar antes de pensar. Lauren y Jessica intercambiaron una mirada.

Aclarándome la garganta, expliqué la inevitable verdad. —En realidad, no puedo permitirme ir a ningún sitio, así que no estoy muy preocupada. —Incluso yo pude reconocer la evidente decepción en mi voz. Tendía a evitar pensar en el futuro tanto como podía. Sobre todo, me concentraba en comparar mi presente con el pasado. Nunca me sentí completa hasta que encontré a Jake. Me hacía feliz, y no había garantía de que alguna universidad a millas de distancia pudiera competir con algo así.

Le sonreí levemente a Jessica y me levanté con las muletas, aunque todavía quedaran quince minutos de descanso. —Necesito adelantar un poco en inglés. Os veo luego. —Mi voz sonaba falsamente alegre.

El doloroso viaje desde la cafetería hasta clase se hizo más arduo cuando la lluvia comenzó a caer contra la capucha de mi sudadera. Milagrosamente, la gravedad estuvo a mi favor durante todo el tiempo. Llegué a la clase del Sr. Berty con la apariencia de una rata mojada, pero en pleno control de mi equilibrio. Suspirando de alivio, abrí la puerta y sentí como el corazón me daba un vuelco. Edward estaba sentado en la oscuridad, solo, y absorto en lo que parecía la mitad de la obra de Romeo y Julieta.

—Oh, lo siento. —No tenía ni idea de por qué pedía disculpas, pero sentí que era lo correcto, teniendo en cuenta cómo clavaba sus ojos en los míos.

Edward solo se encogió de hombros y siguió leyendo. Tímidamente, me senté a su lado y saqué mi propia copia del libro, pretendiendo leer el cuarto acto, cuando en realidad apenas podía ver nada sin la luz de los fluorescentes que normalmente alumbraban mi mesa.

Necesitaba distraerme más, así que adelanté hojas y llegué hasta la escena donde Julieta bebe el veneno. Me arrepentí instantáneamente, ya que nunca había sido capaz de leer esa parte sin emocionarme. Disgustada conmigo misma, cerré el libro con fuerza. Casi me sentí agradecida cuando de pronto me empezó a picar el tobillo. Cogí la mochila, y sacando un lápiz, me lo metí dentro de la escayola para aliviar el picor. Cuando alcé los ojos, vi a Edward riéndose silenciosamente, su libro olvidado sobre la mesa.

—¿Ves algo gracioso? —Pregunté.

—Sólo tú, —rió entre dientes.

—Me alegro de que te diviertas. —Apreté la mandíbula y cogí mi libro, poniendo los ojos en blanco cuando me di cuenta de que solo había estado intentando leer el título.

—¿Has adelantado algo de la lectura? —Estaba intentando mantener una conversación, pero me sentí insultada al oír la insinuación en su voz.

—Sí. Y un poco más. ¿Tú?

—Oh, ya me lo he leído antes. —El tono aburrido de su voz le delataba.

—¿Y no te gusta?

—En realidad, no.

Fruncí el ceño. —¿Le pasa algo? —Me sentí ofendida, como si lo hubiera escrito yo.

—Romeo… Es un poco ridículo, ¿no crees? —Comentó retóricamente, pero me negué a dejarlo pasar.

Romeo es fantástico.

Él suspiró. —Es caprichoso e irresponsable. Un minuto está persiguiendo a Rosaline, y al siguiente se está casando con Julieta. Además, falla en los planes. Si hubiera aprendido el arte de la comunicación, hubiera vivido lo suficiente como para aburrirse de Julieta y forzar sus erróneos sentimientos hacia otra pobre alma.

Otros estudiantes comenzaron a llegar a la clase, pero me negué a dejarme distraer. En un siseo, le contesté, —Romeo es la mayor fantasía en toda la literatura. No es caprichoso, es romántico, incluso aunque sea imposiblemente surrealista. —Debería haberme callado, pero no podía soportar que alguien como Edward Cullen rompiera a pedazos mi personaje de ficción favorito. —El amor que siente por Julieta es totalmente absurdo, pero Shakespeare lo hace real, como si algo así pudiera pasar de verdad. En un solo segundo, Romeo la ama incondicionalmente. Es tan poderoso que todo lo demás, incluso Rosaline, desaparece. Es increíble porque mientras lees sus líneas, crees que ese irresponsable e instantáneo amor es posible… aún cuando no lo sea.

Edward alzó una ceja, y yo intenté no derretirme contra el suelo. —Yo no estoy de acuerdo. Creo que es un idiota. —Después, recorriendo mi cara con sus ojos, continuó. —¿No eres un poco joven para ser tan pesimista?

Me di cuenta de que el Sr, Berty nos estaba escuchando, curioso, seguramente acreditando su habilidad para enseñar literatura. —No soy pesimista, —murmuré a la defensiva. —Simplemente sé cómo funciona el mundo. —Mi mente se fue automáticamente hacia Renee y Charlie.

—Además, ¿cuántos años tienes? ¿Cien? —Le pregunté sarcásticamente. —¿No eres un poco joven para faltar a Shakespeare?

Sin contestar a mi pregunta, Edward comenzó a reírse irónicamente. —En realidad, tengo ciento cuatro.

—Muy gracioso. —Me di la vuelta hacia el frente de la clase, donde el Sr. Berty comenzó su comentario acerca del prólogo.

Cuando llegamos a la quinta escena media hora más tarde, mi presión sanguínea volvió a la normalidad. Me encontré lo suficientemente distraída con la insistencia del Sr. Berty con que los alumnos leyeran sus escenas favoritas en alto. La poca convincente interpretación que Mike hacía de la nodriza de Julieta fue especialmente fascinante. Aún estaba riéndome silenciosamente cuando el sonido de mi nombre me trajo bruscamente a la realidad. — Srta. Swan, Sr. Cullen. Ya que ambos comparten unas opiniones tan fuertes hacia esta obra de teatro, ¿podrías leer la primera escena de Romeo y Julieta para nosotros?

Oh Dios. No me atreví a mirar a Edward, pero estaba casi segura de que los dos teníamos la misma expresión de horror en la cara

Le oí suspirar antes de que las palabras comenzaran a salir de sus labios. —Si con mi mano, por demás indigna, profano este santo relicario, he aquí la gentil expiación: mis labios, como dos ruborosos peregrinos, están prontos a suavizar con un tierno beso tan rudo contacto.

Me quedé inmóvil sobre mi asiento antes de darme cuenta de que tenía que responder. Con voz temblorosa, bajé la vista hacia el libro que sostenía. —Buen peregrino, injusto hasta el exceso sois con vuestra mano, que en esto sólo muestra respetuosa devoción, pues los santos tienen manos a las que tocan las manos de los peregrinos, y enlazar palma con palma es el ósculo de los piadosos palmeros.

Él leyó la siguiente línea con controlada indiferencia. —¿Y no tienen labios los santos, y labios también los piadosos palmeros?

Fallé miserablemente al intentar imitar su tono, mis palabras salieron en tropel como si tuviera el Síndrome de Tourette. —Sí, peregrino; labios que deben usar en la oración.

—¡Oh! Entonces, santa adorada, deja que hagan los labios lo que las manos hacen. ¡Ellos te rezan, accede tú para que la fe no se cambie en desesperación! —No estaba muy segura, pero me pareció oír cómo su tono de voz cambiaba en la última palabra.

Mi voz mejoró en la siguiente línea. —Los santos no se mueven, aunque accedan a las plegarias.

—Pues no os mováis mientras recojo el fruto de mis preces. —Me atreví a mirarle durante la pausa que tomó durante la acotación, y juraría que le vi tragando saliva nerviosamente cuando sus ojos observaron la palabra cursiva "Besándola". Su voz, más tranquila, continuó leyendo. —¡Así, mediante tus labios, quedan los míos fuera de pecado!

Milagrosamente, mi voz no tembló cuando contesté. —De ese modo pasó a mis labios el pecado que los vuestros han contraído.

Sus siguientes palabras salieron sin dificultad, pero no me atreví a mirarle a los ojos. —¿Pecado de mis labios? ¡Culpa deliciosamente reprochada! ¡Devolvedme mi pecado! —Debí imaginármelo, porque podría haber jurado que sus ojos se posaban sobre mí cuando debería haber estado leyendo.

Mi rostro se sonrojó ante la repetición de "Besándola" después de su frase. Hipnotizada, respondí, no necesitando mirar el libro. —Besáis según el ritual.

El Sr. Berty eligió justo aquel momento para proporcionar sus pensamientos acerca de la prosa de Shakespeare. A medida que su monótona voz llenaba la habitación, me di cuenta de que no estaba respirando. Por el rabillo del ojo, vi como los dedos de Edward tamborileaban rápidamente contra su pierna. Me negaba a moverme, evitando la posibilidad de que pudiera verme el rostro, el cual seguramente estaría teñido de rojo.

Cuando la clase terminó unos momentos después, ambos nos levantamos rápidamente. Él con elegancia, como una caña propulsada por el viento, y yo con torpeza, pareciéndome más a un conejo cojo. Predeciblemente, Edward desapareció antes de que pudiera controlar mis propios pies. Cuando recogí mis cosas, no pensé en Jacob, ni en mis sentimientos de culpabilidad, ni en la desvelada noche que me esperaría en casa. Solo podía pensar en la voz de Edward Cullen, y en el rápido palpitar que sentía en el pecho.