Capítulo Ocho: Desaparecido
A los once años, las niñas de mi instituto garabateaban los nombres de los chicos que les gustaban en sus diarios, normalmente en color rojo o rosa, y decorando los puntos de las íes en forma de corazón. Reían sin parar cuando el objeto de su deseo pasaba por delante, y se sonrojaban cuando ellos miraban en su dirección. En mi caso, solo era una estudiante de 17 años, mis bolis eran azules, y me negaba a reír de esa forma. Pero lo de sonrojarse… Lo de sonrojarse era algo con lo que estaba muy familiarizada.
Cada vez que pensaba en Edward Cullen mi rostro se enrojecía. Sabía que era normal encapricharse; pero nunca me había pasado con una persona real. En realidad intentaba convencerme de que no tenía nada que ver con Edward; simplemente se manifestaba en su dirección porque su voz me cautivó al pronunciar las frases más románticas de toda la literatura. Durante cinco breves minutos, él se había convertido en Romeo Montesco y yo en una colegiala fascinada que observaba sus labios como si fueran la última cura contra el cáncer. Pero entonces el timbre comenzó a sonar, él se marchó de la habitación y yo me di cuenta de que no significaba nada para él. Lo cual, me recordé, es tal y como debería ser. Al igual que en el mundo real él no significa nada para ti.
Edward no era nada, y Jacob lo era todo. Esa era la realidad. Yo era feliz en la realidad. El resto de los días de clase me recordaron aquel hecho, ya que Jacob siguió esperándome en su VW al final de cada día, sonriendo alegremente cada vez que me veía. Edward, por el otro lado, no me volvió a hablar. Hasta intenté ser civilizada el jueves saludándole en inglés, pero él ni respondió. No cometí el mismo error el viernes, y a medida que el día se iba acercando a su fin, estaba segura de que no podría reconocer su voz aunque lo quisiera.
A las tres de la tarde salí de clase y me metí en el coche de Jacob. El fin de semana del Día del Trabajo había comenzado oficialmente, y Jake y yo comentábamos alegremente la barbacoa que habían planeado los Clearwater en su casa aquella tarde.
—Así que Embry consiguió algunos fuegos artificiales gracias a uno de último curso, —me dijo con los ojos brillantes, —y creo que está planeando hacer algún tipo de experimento esta noche. Ya sabes que le encanta cualquier cosa relacionada con el fuego…
Me reí. —Entonces asegúrate de tener el número de los bomberos a mano. Estoy demasiado encariñada con mis cejas.
Jacob, bromeando, me dio un leve codazo mientras cambiaba de marcha al coche. Cuando salimos del aparcamiento, mi sonrisa se desvaneció. Un Volvo plateado salió disparado del parking, dirigiéndose hacia el este con rapidez.
—Guau, —murmuró Jake con asombro. —Ese sí que es un buen coche.
—Supongo.
—¿Bromeas? ¡Bells, es un S6oR! Me pregunto si tendrá seis velocidades…
Me giré hacia la ventanilla, esperando que no se diera cuenta de la expresión amarga de mi rostro.
—De todas formas, ¿de quién es?
Allá vamos. —De Edward Cullen.
—Oh. —Sonrió, avergonzado. —Supongo que es lo que tiene ser el hijo de un médico.
—Eso, y una horrible personalidad, —murmuré entre dientes.
—¿Qué? —Jacob se giró hacia mí, confuso. Al instante me arrepentí de haber abierto mi bocaza.
—Él y yo no nos llevamos muy bien. —Sin embargo, algunas veces nos llevábamos demasiado bien, pensé con rencor.
Observé inquieta como Jacob unía los cabos. —Espera… ¿No será ese tío de tu clase, verdad? ¿El que te hizo llorar?
—Eh, sí, algo así.
Las manos de Jacob se cerraron con fuerza alrededor al volante. —¿Y no se te ocurrió mencionármelo cuando gimoteaba sobre lo injusto que era mi padre con los Cullen? ¿Y a qué te refieres con "algo así"?
—No es tan importante. Solo es un poco… arrogante, a veces. Era el primer día de clase, estaba estresada, y reaccioné de forma exagerada. —Sabía que Jacob ya estaba trazando un plan para matar a Edward Cullen. Jake no era sobre protector, pero le conocía lo suficiente para saber que no se olvidaría tan pronto de algo así. Necesitaba retomar el control de la situación, y estaba segura de que describiendo la melodiosa voz de Edward al leer a Shakespeare no iba a funcionar. Asegurándome de que mi voz sonaba racional, le dije. —Mira, Jacob, no fue nada. Desde entonces se ha portado bastante bien conmigo. —Excepto cuando me ignora deliberadamente o me saca de quicio.
Jacob se mordió el labio. —¿Pero por qué no me lo dijiste? Tú me lo cuentas todo. —Se detuvo, su rostro se volvió confuso. —Es raro, nada más.
—Supongo que no pensé que fuera importante. Y después, con todo el rollo de tu padre, no quería echar más leña al fuego, ¿sabes? —Observé fijamente la alfombrilla del coche, que estaba a mis pies. —Lo siento.
Él se encogió de hombros. Pasaron unos segundos, y las comisuras de sus labios empezaron a alzarse en una sonrisa. —Hablando de fuego, ¿he mencionado ya que los fuegos artificiales de Embry son ilegales en Washington y en Oregón?
Sonreí y le agarré la mano, sabiendo que ya estaba perdonada. Solo esperaba que de verdad lo mereciera.
Permanecí encerrada en mis propios pensamientos durante todo el camino hacia La Push. Jacob condujo directamente hacia la casa de los Clearwater, claramente motivado por la comida. Reí y sacudí la cabeza. —Sabes que no nos esperan hasta dentro de dos horas, ¿verdad? Seguramente Harry todavía no ha vuelto del trabajo.
Jake fingió inocencia. —¿Qué? Solo quería ayudarles a montar todo.
—Seguro.
Sin embargo, nuestras sonrisas se desvanecieron cuando llegamos al porche. A través de la ventana pudimos ver a Leah en la mesa de la cocina, su pelo oscuro desordenado y su rostro lleno de lágrimas. Detrás de ella, su padre caminaba de un lado a otro con nerviosismo.
Jacob llamó a la puerta, vacilante. Seth nos abrió, su cara rechoncha estaba sombría.
—¿Qué pasa? —Preguntó Jacob en un susurro.
Cuando no seguimos a Seth dentro de casa, éste nos indicó con una señal que podíamos entrar. Nos llevó hasta la pequeña pero acogedora sala de estar, y nos susurró, —Sam ha desaparecido. No ha llamado a Leah en tres días y no ha aparecido esta mañana en casa de su madre como habían quedado.
No era habitual que Sam y Leah discutieran, pero no pude evitar preguntar. —¿Estás seguro de que no la está evitando por alguna razón? ¿Qué aún sigue en la universidad?
Seth tragó saliva. —No. Lo pensé al principio, pero papá acaba de hablar con el compañero de habitación de Sam. Nadie le ha visto desde el lunes. —Su rostro aniñado se volvió aún más sombrío. —Leah ha estado muy preocupada estos últimos días, pero al principio no la hicimos mucho caso… Tiende a ser muy exagerada.
—Charlie, —exclamé. —¿Nadie ha llamado a Charlie? —Por primera vez no me arrepentí de ser la hija del jefe de policía.
La fuerte voz de Harry se oyó desde la puerta de la cocina. —Ya lo he hecho. Está de camino.
—¿Hay algo que podamos hacer? —Jacob parecía tan desamparado como yo.
Harry frunció el ceño. —No creo que nadie pueda hacer mucho más. Necesitamos empezar a buscar, pero podría estar en cualquier sitio entre La Push y Seattle.
Leah gimió dentro de la cocina. Harry se movió para acercarse a ella, pero le detuve. —Ya voy yo. Deberías esperar a Charlie. —Quería evitarle a Leah oír todas la observaciones que solía hacer Charlie cuando estaba de servicio.
Cuando doblé la esquina, se me hizo un nudo en el estómago al ver a Leah con la cabeza entre las manos y con los hombros temblando. Apoyé mi mano levemente sobre su espalda. —Todo saldrá bien, Leah. Charlie le encontrará. Tiene conexiones; puede llamar a la policía de la universidad para que también ayuden en la búsqueda. Estoy segura de que solo ha sido un malentendido. —Esperaba sonar más segura de que lo en realidad me sentía. No tenía ni idea de por qué Sam se escaparía, pero me negaba a creer en cualquier otra posibilidad.
Despacio, Leah levantó la cabeza. Me quedé sin respiración cuando vi su cara. Sus ojos estaban inyectados en sangre, con círculos oscuros que evidenciaban sus noches sin dormir, pero lo que más me impresionó fue la débil costra en el centro de su labio inferior, como si se hubiera estado mordiendo para mantener a raya sus peores miedos. —Bella, algo va mal. Nunca haría algo así. —Su voz sonaba ronca. —Hablamos todos los días. El lunes me dijo que estaba enfermo, que tenía fiebre o algo así. Y-y desde entonces no he vuelto a saber de él. Nunca dejaría de llamar, no a menos que… —Se detuvo a mitad de la frase, cerró los labios con fuerza y comenzó a mecerse hacia delante y hacia atrás.
Si hubiera estado en su situación, me hubiera gustado que me dejaran sola. —Estaré fuera si me necesitas para cualquier cosa, Leah. Cualquier cosa.
Jacob y yo salimos fuera y nos sentamos en el porche mientras Harry caminaba nerviosamente por el patio. Ninguno de nosotros habló, lo que me dejó demasiado consciente de los terribles pensamientos que me cruzaban por la cabeza. No conocía muy bien a Sam Uley, pero lo poco que sabía de él me decía que algo muy, muy malo había ocurrido. Nunca le haría algo así a Leah, no si podía evitarlo. Agarré la mano de Jake impulsivamente.
No hacía falta que le dijera nada; Jake me conocía muy bien. —Lo sé, —murmuró. Como si intentara convencerse a sí mismo, continuó. —Aunque le encontraremos.
Cuando finalmente el coche de policía apareció, nos levantamos de un salto. Charlie no perdió el tiempo; en cinco minutos Harry le contó todos los detalles y llamó a la estación de policía para organizar el estado de búsqueda en todo el estado.
—Podría conducir hasta la universidad. —Se ofreció Harry. —Quizá necesiten ayuda. La policía de la universidad quizá no sepa por donde mirar…
Charlie agarró el hombro de Harry. —Quédate aquí con Leah. La policía de Seattle también está ayudando, así que ya hay muchos ojos buscándole.
Los ojos de Harry se desviaron hacia Jake y hacia mí. Bajó el tono de voz, pero subestimó nuestro oído. —Deberíamos mandar un grupo hacia el norte, pasado Forks, cerca del río.
Charlie le miró con confusión. —Ni siquiera está cerca de la autopista. Si se hubiera encaminado hacia La Push, el río está a 20 o 30 millas de distancia.
—Como precaución. —Harry nos lanzó otra rápida y nerviosa mirada.
—Si eso es lo que quieres, Harry… —Podía ver cómo Charlie solo intentaba tranquilizarle, pero estaba tan confuso como yo.
Me giré hacia Jake. —¿De qué está hablando? ¿Por qué nos mira así?
—Secretos de los tribales mayores, —murmuró Jake sin humor. —No quiere que hagamos preguntas.
—¿Vale?
Jake puso los ojos en blanco. —Quiere mandar un grupo de búsqueda a la casa del Dr. Cullen.
Seguro que no le había oído bien. —¿Así que Harry piensa que los Cullen fueron hasta Seattle, secuestraron a un chico de metro ochenta de su habitación, y lo mantienen encadenado en el bosque?
—Seguramente su teoría implica más bien a Sam encadenado en la pared del sótano, pero sí, básicamente es lo que tú dices. —Jacob dejó escapar un exasperado suspiro.
—Así que no es solo Billy, ¿entonces? ¿De verdad piensan que los Cullen son unos asesinos, o algo? —Estaba sorprendida de que hubiera otras personas que dedicaran tanto tiempo en preocuparse por los Cullen, casi tanto como yo, aunque sus preocupaciones estuvieran muy lejos de las mías. Edward Cullen, asesino en serie. Seguramente no tendría problemas en atraer a sus víctimas…
—Los tribales mayores son los únicos que se preocupan tanto. No sé por qué les odian. —Escondió la cara tras su largo pelo negro, pero supe que estaba avergonzado. —Mi padre me dijo que me lo contaría "cuando estuviera preparado". No entiendo ni lo que significa.
Nos quedamos sentados en silencio hasta que la gente empezó a llegar para la barbacoa ya olvidada. Tan pronto como la desaparición de Sam se hizo pública, la casa de los Clearwater se convirtió en la "oficina" central para todos los grupos de búsqueda que Charlie y los tribales mayores habían dispersado por todo el Condado de Clallam. Incluso aunque Charlie sospechaba de que Sam aún seguía en Seattle, no detuvo la necesidad que tenía la gente por hacer algo. Jake, Quil y Embry se adentraron en el sur del bosque de la reserva, y, ya que las muletas no eran muy amigas de la naturaleza, yo me quedé en la casa friendo el pescado con Sue, la madre de Leah.
Después de que la comida estuviera preparada, me senté en el sofá al lado de Leah, la cual estaba en estado catatónico menos cuando el teléfono sonaba. Pasaron horas sin que hubiera noticias, y a pesar de mi preocupación, no pude evitar quedarme dormida.
Me levanté de un sobresalto a las 4 de la madrugada. La puerta de la entrada se abrió con un estruendo, y un mar de preocupadas y apresuradas voces junto a un solo gemido de angustia llenaron la habitación. Mis ojos aún estaban desenfocados, pero vi un destello de piel cuando Harry y otros se esforzaban por llevar al segundo piso un cuerpo grande y bronceado. A mi lado, Leah estalló en gritos. —¡Sam! ¡Sam!
Corrió hacia el pasillo. La seguí como pude y observé cómo se apresuraba hacia las escaleras con tanta desesperación que se cayó un par de veces hasta llegar al segundo piso. Antes de que pudiera alcanzar la cama en la que habían tumbado al tembloroso y desnudo cuerpo de Sam, una mano cerró la puerta en su cara. El sonido del pestillo al cerrarse la puso histérica. Pasaron unos segundos antes de que Harry saliera de la habitación, cogiendo a su hija por el brazo y casi arrastrándola hacia el piso de abajo.
—¡Sue! —Llamó a su mujer frenéticamente con una voz que no daba lugar a réplicas. Ignorando los intentos de su hija de zafarse de sus brazos, ladró. —Lleva a Leah a la casa de la Sra. Uley. La he llamado y le he dicho que ibais. Ya sabe que Sam está bien. —Los violentos gritos de Sam le contradecían, pero Harry continuó. —Quédate ahí hasta que te llame. Seth se quedará esta noche en casa de Calls.
Sue asintió lentamente, percatándose de mi presencia por primera vez en varias horas. —Bella, ¿te importaría coger un poco de ropa de la habitación de Leah?
—Claro. —Cojeé por las escaleras, y pasé por delante de la habitación cerrada donde se oían voces llenas de pánico y golpes sordos contra las paredes. Cogiendo una mochila colgada en el perchero de Leah, abrí su armario y cogí distintos artículos de ropa. Cuando llegué al piso de abajo, Sue estaba con su propia mochila en las manos y Leah permanecía atrapada en los brazos de su padre, sus ojos brillantes de rabia. Charlie acababa de llegar, llevaba una profunda herida en su antebrazo y su expresión era de disgusto.
—Vámonos a casa, Bella. —Su voz sonaba fría y controlada. Le tendí la mochila a Sue y sin pronunciar una palabra le seguí hasta el coche.
La expresión de Charlie era tan intimidante que no me atreví a abrir la boca hasta que estábamos a mitad de camino. —¿Qué te ha pasado en el brazo? ¿Estabas ahí cuando lo encontraron? —Recé porque no ignorara mis preguntas en nombre de algún tipo de confidencialidad policial.
Exhaló un profundo suspiro antes de contestar. —Estaba en el bosque, a casi cincuenta millas del pueblo. No le hubiéramos encontrado si no hubiera sido por sus gritos. Unos campistas que estaban en el área le oyeron y llamaron a los guardabosques. Sumaron dos y dos, y nos avisaron.
Me miró a la cara, sabiendo que su explicación no era suficiente para satisfacerme. Volviendo los ojos hacia la carretera, continuó. —Le encontramos desnudo como el día que vino al mundo, agarrándose al tronco de un árbol como si le fuera la vida en ello. Pobre chico, parecía que algo le estaba desgarrando desde dentro.
—¿Entonces, por qué no le han llevado al hospital? —No podía entender por qué Harry traería a Sam a su casa cuando era obvio que no quería que Leah estuviera delante.
Los labios de Charlie se apretaron con fuerza antes de hablar. —Esa era mi pregunta, pero Harry me informó de que no era mi problema… Ni me dejaba llevar al crío a casa de su madre.
Hace menos de cuarenta minutos había estado profundamente dormida, pero ahora estaba completamente alerta. —Te está sangrado mucho el brazo, papá.
—Sí, bueno, Sam tiene mucho carácter cuando está herido. Siguió retorciéndose contra nosotros cuando le metimos en el coche. No creo que ni supiera lo que estaba haciendo.
Esperé en vano a que me contará más detalles. Pero cuando no me dijo nada más, me incliné un poco para ver mejor su herida. Incluso en la oscuridad, y únicamente alumbrados con las luces de la autopista, pude ver que su herida en realidad era una serie de rasguños extremadamente profundos. —Sabes, papá, no soy médico, pero he visto más que unas cuantas heridas, y creo que la tuya va a necesitar puntos.
Charlie gruñó, pero en cinco minutos estábamos estacionándonos en el familiar parking del Hospital de Forks. —Será mejor que sea rápido, —gimió. Por la forma en la que se sujetaba el brazo y caminaba por el pasillo, me di cuenta de que había estado minimizando su dolor.
Soportamos las predecibles bromas de "tal palo, tal astilla" mientras esperábamos a que llegara el doctor, yo con mis muletas y Charlie sujetándose el brazo y haciendo muecas de dolor. Como el destino no quería que pasara más de doce horas sin pensar en Edward Cullen, el médico que iba a atender a Charlie era el Dr. Cullen. Casi puse los ojos en blanco cuando vi su perfecto y sonriente rostro al doblar la esquina.
—Jefe Swan, —saludó, observando su brazo. —¿Qué se ha hecho?
Charlie, siempre brusco, respondió. —Mejor dejémoslo en un no te cruces con un Quileute cuando está enfadado.
No podía ver su rostro, pero la jovial voz del Dr. Cullen estaba teñida de ironía. —Me suena de haberlo oído antes.
