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CAPÍTULO DIEZ: Entrevista.

Mi boca se abrió de la sorpresa, mientras decidía si sentirme enfadada o halagada que Edward pensara que Dartmouth podría considerar admitir a alguien como yo. Opté por sentirme enfadada porque era la más fácil de las dos opciones.

—¿Qué narices es esto? —Cogí el sobre y lo dejé caer con fuerza sobre la mesa de Edward.

Sus brazos siguieron cruzados sobre su pecho y sus labios esbozaron una irritablemente adorable sonrisa. —Tu billete de salida. Ya podrás agradecérmelo después. —Cogió el sobre de papel y lo colocó delante de mí otra vez.

—Solo la matrícula cuesta más de lo que mis padres ganan en un año. No, gracias.

—Tú verás. —Y dirigió su atención hacia lo que el Sr. Berty estaba diciendo.

No estaba mentalmente preparada para hacer un examen sorpresa. Durante los primeros diez minutos de clase me quedé con la mirada perdida, preguntándome si Edward solo había querido librarse de una copia suplementaria de todas las cartas de solicitud que tenía guardadas en la taquilla. No parecía ser de los que se esforzaban por ayudar a alguna chica de su clase de inglés que había estado intentado ignorar la mayor parte del tiempo.

Me obligué a prestar atención al examen. Cuando empecé a describir los defectos de Julieta, apretando el boli con tanta fuerza que el papel casi se rompió, un agudo zumbido me llegó a los oídos.

—Fuera bolis, gente. Parece ser que alguien está jugando con la alarma de incendios. —El Sr. Berty no se esforzó por ocultar su mal humor.

El resto de los alumnos parecían aliviados y salieron de clase rápidamente. Delante de mí, Angela y Ben se arrojaron al instante en una profunda conversación. Crucé los dedos, deseando que alguno de los dos se lanzara de una vez; era más que obvio que se gustaban. Mike se puso a mi lado. No nos parecíamos en nada a Angela y Ben, pero no estaba tan segura de que Mike lo supiera. Desde el día que le pregunté que quería trabajar en la tienda de sus padres, me había estado siguiendo como un cachorrito hambriento.

—… así que si necesitas ayuda para preparar la entrevista, podría acercarme esta tarde después de clase. —Probablemente me habría estado hablando durante varios segundos más, pero estaba tan concentrada en que mi escayola no se mojara con la lluvia que no le había hecho caso. Me sentí culpable, ya que me había conseguido un trabajo, pero no quería animarle, algo que era extremadamente fácil cuando se trataba de Mike.

—En realidad Jake y yo ya hemos quedado. Creo que va a dejarme en casa sobre las ocho. —La entrevista iba a ser justo después, cuando la Sra. Newton cerrara la tienda.

—Ah. Genial. —Sus labios se torcieron hacia abajo y se giró hacia un lado, observando cómo Conner y otros estudiantes formaban un círculo. —Si no te veo después, buena suerte. —Se alejó arrastrando los pies hasta el grupo, dejándome sola bajo el alero de la azotea del gimnasio.

El coche de bomberos todavía no había llegado, y estaba casi segura de que el examen del Sr. Berty ya era una causa perdida. Algunos metros más lejos, Edward estaba de pie, solo, mirando hacia el lado contrario de todo el tumulto. Respirando hondo, cojeé hacia él, decidiendo que ya era hora de actuar como un adulto.

A pesar de que hice mucho ruido, Edward se mantuvo de espaldas. Me aclaré la garganta. —Hey.

Edward dio un paso hacia atrás y se giró hacia mí. —Hola.

No le miré a la cara cuando empecé a hablar. —Mira, siento haber sido tan desagradecida. Solo estabas intentado ayudar. Reaccioné de manera exagerada.

—No, no lo hiciste. —Su voz sonaba casi grave. —No debí meterme donde no me llamaban.

De forma inexplicable, su última frase me molestó. Intenté ignorarlo. —Es solo que yo no tengo posibilidades de entrar en una universidad así. Además, está el problema del dinero. —No quería saber si estaba mirándome, así que seguí hablando. —Y sería totalmente miserable sin —estúpidamente, inútilmente miserable, me detuve para corregirme mentalmente —sin mi familia y mis amigos.

En algún momento durante mi incesante charla, nuestros ojos se cruzaron. Edward sonrió secamente. —Dirás sin el novio.

Asentí, demasiado consciente de que en Forks no había secretos. —Sí.

Sus palabras sonaron llenas de convicción. —Si te hace feliz, estás haciendo la decisión correcta.

Sonreí sin sentirlo de verdad. No podía llegar a entenderle. —Gracias.

Nos mantuvimos en silencio, observando la fina y ligera lluvia que caía desde el cielo. Debería haberme alejado, pero algo me obligaba a quedarme. El alumnado entero trataba a Edward y a su hermana como si fueran leprosos, y estaba completamente segura de que incluso las personas increíblemente hermosas y ricas se sentían solas de vez en cuando.

—¿Hechas de menos Alaska?

Su cabeza se giró en un movimiento brusco, seguramente sorprendido de que aún siguiera ahí. —¿Qué?

—¿Eres de Alaska, no?

Fijó sus ojos sobre los míos. —No de origen. Pero no, no lo echo de menos para nada. —Hoy sus ojos estaban oscuros, pero no tanto como el primer día.

—Supongo que cuando tienes hermanos y hermanas, lo de mudarse no es tan malo. —Entonces me di cuenta de que probablemente no se sentiría solo, o al menos no tanto como yo, cuando llegué por primera vez a Forks.

—Normalmente cada lugar que dejamos es prácticamente igual que al que nos mudamos. Después de un tiempo, ya no echas menos lo que dejas atrás.

—Guau. Eso suena… horrible. —Me mordí la lengua, arrepintiéndome de mi incapacidad de censurar mis pensamientos cuando estaba cerca de él. —Lo siento, eso ha sido muy maleducado.

Me di cuenta de cómo sus manos se cerraron formando dos puños, sin embargo parecía totalmente a gusto hablando conmigo. —Creo que no es tan aburrido para el resto de mi familia. Yo a veces lo encuentro bastante duro, pero supongo que solo seré más difícil de contentar que los demás.

Recordé lo que Jessica nos contó en la cafetería en aquel horrible primer día de clase. Es un cretino. Seguramente por eso es el único que está solo. Segura de que estaba adentrándome en tierras peligrosas, murmuré, —quizá sea porque se tienen unos a otros. Creo que es más fácil cuando tienes a alguien, ¿sabes?

Debería estar pensando en Jacob, pero estaba demasiado nerviosa esperando la reacción de Edward; siempre sobrepasaba los límites cuando estaba con él, demasiado personal para una conversacional tan casual entre dos personas que apenas se conocían.

Edward, sin embargo, apretó los labios y evitó mi mirada. En la distancia pude ver como el coche de bomberos llegaba.

Eventualmente, respondió. —Normalmente no tengo ningún problema estando solo.

Estaba ligeramente sorprendida de que respondiera mi pregunta y no pareciera estar enfadado. Lo tomé como una buena señal. —Yo solía pensar lo mismo. Soy hija única, así que estaba sola todo el tiempo.

—Pero ya no. —Exhaló lentamente. Supe que los dos habíamos llegado a la misma conclusión, pero me sentía muy incómoda al hablar de Jacob con Edward.

Mi filosofía era que Jacob y yo existíamos en nuestro propio universo, así que no estaba bien meter dentro a nadie más. Sabíamos lo que significábamos el uno para el otro, y no necesitaba justificarlo delante de nadie, especialmente Edward.

Los minutos pasaban, pero las palabras de Edward aún colgaban del aire. No podía pensar en nada más que decir, así que solté la verdad. —¿Cómo es que cada conversación que tenemos es más extraña que la anterior?

Él me miró, divertido. —¿Más extraña? ¿Y cómo es eso?

Moví la cabeza para que no pudiera ver mi sonrojo. —Ya sabes a lo que me refiero. —Nunca me había parecido un inconsciente. —Contigo hablo de las cosas más extrañas. Debes pensar que estoy loca.

Edward dejó escapar una musical carcajada. —En realidad lo encuentro realmente interesante. — Apoyándose contra la pared de ladrillos que estaba detrás de nosotros, continuó, —eres difícil de leer.

Resoplé. —¿De verdad? No hay mucho más. Suelo llevar todas mis emociones bajo la manga. —Y lo odiaba, especialmente en momentos como este. —Tú sí que eres imposible de leer.

Se pasó una mano por el pelo. —No estoy de acuerdo. Al revés, suelo enseñar demasiado.

Gemí. —¿Ves? A eso es a lo que me refiero.

Edward sonrió y se encogió de hombros.

Y a pesar de todo, yo también sonreí. Hablar con Edward era entretenido, aunque a veces tendiera a hablar en clave. En contra de mi propio juicio, me pregunté si sería posible para nosotros que fuéramos amigos… No mejores amigos, pero sí de esos que hablaban de vez en cuando en los pasillos.

Su sonrisa se desvaneció cuando observó algo en la distancia. —Creo que es hora de volver a clase.

En algún momento durante nuestra conversación, los bomberos declararon que todo había sido una falsa alarma. Ahora estaban empezando a recoger para marcharse, pero la mayoría de los estudiantes se quedaron fuera, deseando perderse más clases aunque tuvieran que estar bajo la lluvia.

Edward comenzó a caminar hacia uno de los edificios, pero se detuvo antes de que pudiera desvanecerse. —¿Vas a estar bien con esa escayola?

Solo entonces me di cuenta de que había empezado a llover a cántaros. —Oh, por favor. —Resoplé, bromeando. —Soy una especialista en estas cosas.

Él alzó una ceja y esbozó una sonrisa torcida. —Si ese fuera el caso, no estarías en esta situación en primer lugar.

Me sonrojé. —Supongo que tienes razón. Pero no te preocupes, estaré bien. —A medida que hablaba, sentí como si alguien nos estuviera observando. Entrecerré los ojos, buscando a través de la lluvia, y vi a Alice Cullen, a pocos metros de distancia, con la cabeza ligeramente ladeada y una expresión de pura fascinación.

La entrevista con la Sra. Newton no fue más que una mera formalidad. Cuando llegué a la tienda, abrió la puerta con una expresión cansada, pero se notaba que estaba agradecida de verme.

—¡Ah, Bella! Estoy tan contenta de que estés interesada. —Hablaba rápido mientras cerraba la caja registradora. —Hemos estado muy faltos de personal, no quería contratar a ninguno de los amigos de Mike; son demasiados alborotadores. —Murmuró algo parecido a "los chicos siempre serán chicos" mientras cerraba el cajón.

—No tengo mucha experiencia, Sra. Newton, pero aprendo rápido. —Estaba echando mano de todos los clichés que conocía, y eso me hizo sentir un poco imbécil, pero estaba desesperada. —Además, me quitan la escayola dentro de dos semanas, y seré capaz de hacer muchas más cosas.

Ella agitó la mano, pidiéndome que parara. —Oh, no preocupes, cielo. Eres la hija de Charlie Swan; no tengo ninguna duda de que serás una empleada modelo.

No podía pensar en nada que decir, así que me limité a sonreír avergonzada.

—Mike podría empezar a enseñarte cómo funciona todo la semana que viene, si te parece bien.—Se colocó las manos en las caderas y miró a su alrededor, buscando algo que se le hubiera olvidado hacer.

Me llevó un segundo entender lo que había dicho. —Entonces, ¿tengo el trabajo? —Intenté mantener mi voz lo más tranquila posible.

—Si quieres. —Dijo la Sra. Newton mientras barría el suelo con la escoba.

—¡Por supuesto! —Ya no podía ocultar más mi alegría. —Muchas gracias.

—Esto te encantará. La clientela es maravillosa. Tenemos muchos regulares. —Suspiró cuando terminó y se sentó en una banqueta. —Cuentan las mejores historias. La próxima vez que venga, pregúntale a Joe cuando se le cayeron las llaves dentro del Crescent.(*)

Hablando con la Sra. Newton, entendí de dónde había cogido Mike su capacidad innata de hablar incesantemente con cualquiera que acabara de conocer. Sonreí ante sus intentos por venderme un trabajo que ya quería.

—Suena genial, Sra. Newton. Me encantan las buenas historias. —Charlie y sus amigos siempre estaban contando historias sobre sus aventuras en el bosque; nunca hubiera pensado que hablar con hombres de mediana edad sobre el aire libre podría convertirse en una habilidad comercial, pero ahora casi hubiera deseando haberlo comentado antes.

—Si te gustan las historias, deberías preguntarle a Mark Crowley sobre su acampada el fin de semana pasado. Una de las mejores que he escuchado en mucho tiempo. —La Sra. Newton meneó la cabeza. —Dice que vio algún tipo de yeti o parecido en el bosque. Creo que ese pobre hombre pasa demasiado tiempo solo en la naturaleza, pero tengo que admitir, esa historia se va a recordar mucho.

—¿Un yeti?

—Sí, algo grande con mucho pelo. Seguramente solo fuera un oso. —Tiró del interruptor de la luz una lámpara. —¿Qué tal te parece empezar el lunes que viene? ¿A las cuatro de la tarde?

—Genial. —Estaba emocionada por mi nuevo trabajo, pero una parte de mí aún estaba pensando en el yeti del Sr. Crowley.

La Sra. Newton me sacó de la tienda y cerró la puerta a nuestras espaldas. A medida que me acercaba hacia donde Jacob me esperaba, al otro lado de la calle, algo en mi cabeza encajó.

Apreté el paso lo más que pude con las muletas y abrí la puerta del coche. Jake me saludó mientras guardaba las muletas en la parte de atrás. —¿Te han cogido?

—Oh, sí. —Mi voz mostraba mucha menos alegría de la que había tenido dentro de la tienda; ya no estaba interesada en repetir mi buena suerte, ya que la teoría más ilógica me dominaba la cabeza. Y era momento de poner a prueba mi hipótesis. —Jake, —dije rápidamente, —¿crees en Pie Grande?

—¿Qué? —Jake rompió a reír. —¿Qué clase de entrevista te han hecho ahí dentro?

—Lo digo en serio. —Sabía lo ridícula que sonaba, pero las circunstancias que rodeaban a la desaparición de Sam eran igual de absurdas.

—No, Bella, no creo en Pie Grande. —Dijo, intentando mantener una expresión neutral y no reírse.

—Mira, Jake, no puedo encontrar otra explicación más racional para lo que le pasó a Sam. Todo ese rollo con el coche en Seattle, y él gritando en el bosque sin aparentemente ninguna razón… Quizá algo así de irracional es la única explicación.

Jake me puso la mano en el hombro. —Eh, cálmate, Scrappy Doo. —Fruncí el ceño, pero él siguió hablando. —Todo el asunto de Sam es raro, pero quizá solo se perdió. Estaba estresado con las clases y el comienzo de la temporada de natación, y, si conozco bien a Leah, seguramente ya le estaba presionando con el matrimonio. Apuesto a que se volvió loco, empezó a hacer autostop hacia la reserva, y tuvo un ataque de pánico en el bosque.

Cruzándome de brazos, resoplé. —Pie Grande ha sido visto por todo Estados Unidos . Podría haber pasado perfectamente.

Jake arrancó el coche y asintió con la cabeza. —Ya, ya.

Sabía que estaba innecesariamente obsesionada con la desaparición de un mero conocido, pero si tenía que elegir entre perder el sueño por Edward Cullen o por el misterio de Sam Uley, elegiría a Sam sin pensármelo dos veces.

(*) Lake Crescent en inglés. Los lagos importantes se traducen, pero no sabía si este era importante o no (y teniendo en cuenta que está en Forks, lo dudo mucho), así que terminé por dejarlo tal cual.