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CAPÍTULO ONCE: Cumpleañera.

Me desperté con el ruido de los truenos estrellándose en el cielo. Rodé sobre mí misma, y vi que el habitual brillo rojo que irradiaban los números digitales de mi reloj había sido sustituido por la oscuridad. Gemí. Nada como los truenos y un corte de electricidad para desearme un feliz cumpleaños.

Bajando las escaleras en plena oscuridad, abrí el cajón que estaba al lado del horno para buscar cerillas. Encendí la vela que estaba encima del fregadero, intentando ignorar la ironía. Sin embargo, sabía que en algún momento durante el día, vería más velas y probablemente una tarta. Pensar en ello me hizo poner los ojos en blanco; ni siquiera me gustaban las tartas.

Cogí un poco de comida de la nevera y me eché agua en el vaso. A juzgar por el color del cielo, aún era de madrugada. Decidí no molestarme en averiguar exactamente qué hora era; quizá si me quedaba dormida más tiempo del habitual podría evitar mi cumpleaños. Con la parpadeante luz de la vela guiando mi camino, volví a la cama con la esperanza de estar en lo cierto.

Mis sueños se desvanecieron cuando mi padre entró alegremente en mi habitación horas más tarde. —¡Feliz cumpleaños, Bells!

—Aghhhhh, —fue la única respuesta que pude emitir bajo la almohada.

—Ya tienes dieciocho, niña. Es hora de comportarse como una adulta. Venga, fuera de la cama.

Le fulminé con la mirada desde el pequeño hueco que tenía entre la almohada y la cama. A medida que mis ojos se iban ajustando a la luz, me di cuenta de que había venido con varios regalos.

—¿Si te dejo que devuelvas los regalos, me podré quedar el resto del día en la cama? —Pregunté, sabiendo que mis intentos no iban a tener resultado.

Dejó los dos paquetes envueltos en papel brillante sobre la esquina de la cama. —Puedes abrirlos ahora, si quieres.

No quería, pero sí quería ahorrarle a Charlie el perpetuo y habitual mal humor que tenía en los cumpleaños. Apoyándome sobre mi codo, desenvolví los regalos sin decir una palabra.

—Ese es de tu madre, pero mi regalo también tiene que ver con el suyo. —Parecía ilusionado, así que fingí una sonrisa.

—Un álbum de fotos, genial. —Sin perder más tiempo, desenvolví el segundo. Dentro había una cámara de fotos. —Gracias, papá. Me encantan.

Charlie sonrió ampliamente. —Tengo pilas y carretes para ti en el salón. —Señaló el álbum de fotos vacío que estaba sobre mi regazo. —Tu madre pensó que podrías llenarlo con las fotos que tomaras. Podrías enseñárselo de vez en cuando. Creo que le hará sentir parte de tu vida.

Sabía que tenía que haber sonado más agradecida, pero aún estaba somnolienta. —No veo por qué un álbum lleno de fotos de Jake y de mí en su garaje y viendo la televisión la va a hacer sentir mejor.

Charlie frunció el ceño. —Bella, ya sabes que tienes más amigos. Quizá deberías hacer un esfuerzo más grande y pasar más tiempo con ellos. Hay un mundo más grande detrás de Jacob Black.

Me froté los ojos. —Pensé que te gustaba Jake.

Su expresión se suavizó. —Me gusta, cielo. Mucho, de hecho, pero sois inseparables. Tu madre me dijo que estaba preocupada de que te centraras demasiado en él como para disfrutar del resto de tu vida.

Su comentario fue demostrado con el primer pensamiento que me cruzó la cabeza. Jake es mi vida. —Está bien, papá. Seré más sociable. —Sonreí y le di un abrazo para que viera que apreciaba mis regalos.

Era cierto que nunca salía con nadie más que con Jake y sus amigos. Mientras me lavaba los dientes comencé a pensar en otras personas, que no fueran de La Push, con quien había pasado algún tiempo para tranquilizar a mis padres. Angela me gustaba; quizá podría invitarla a ir al cine el fin de semana. Me negaba a pensar en la otra persona del colegio de la que no me importaría saber un poco más. Dudaba que hiciera cosas que el resto de los adolescentes hicieran; en cambio, me imaginaba a Edward leyendo los fines de semana Guerra y Paz o comprando cosas que no estaban a la venta.

En el piso de abajo, la puerta se cerró con fuerza. Esperaba que Charlie no se hubiera olvidado de que me tenía que llevar a clase. Cogiendo mi mochila de la mesa y mis muletas, bajé las escaleras. Jacob estaba en la cocina, sonriendo de oreja a oreja y sujetando una bolsa de papel de color marrón. —¡Felices dieciocho, Bella!

Mi cara se iluminó, a pesar de todo. —¿Qué es esto? —Dentro de la bolsa había un muffin de arándanos, mi favorito.

—Ya sabes que odio los regalos, Jake, pero nunca puedes equivocarte con la comida. —A no ser que sea pastel, claro. Mordí un trozo y sentí como mi mal humor disminuía un poco. —¿Vas a ser mi chófer hoy por la mañana?

—Sí, se lo pregunté ayer a tu padre. Espero que no te importe.

Le di un codazo. —Sí, me importa muchísimo. Ya sabes lo que me gusta ir por el pueblo en un coche policía. —Le besé en la mejilla. —¡Muchas gracias! —Comencé a caminar hacia la puerta.

—Bella Swan, —dijo Jake a mis espaldas, —si de veras crees que lo único que he traído para tu cumpleaños es un muffin y un coche para llevarte al colegio, voy a empezar a cuestionarme seriamente qué tipo de opinión tienes sobre mí.

Incliné la cabeza, fingiéndome frustrada. —¿Más regalos? Sabes que esa no es la forma de llegar hasta mi corazón, Jake.

Jake me colocó una pequeña caja sobre la mano. —Pero ya tengo tu corazón, así que tendrás soportar un regalo más.

Ignoré su sonrisa de satisfacción y abrí la tapa de la cajita. Dentro había una pequeña cadena de plata. Cuando la levanté un poco para verla mejor, vi una pequeña joya de color verde en el centro de la cadena. —¿Una esmeralda? —Pregunté, confusa. No quería herir sus sentimientos, pero la piedra que correspondía a mi cumpleaños era el zafiro.

—Sí, no es de verdad ni nada. —Se revolvió, nervioso. —Sé que no hubieras querido nada que te recordara a tu horrible cumpleaños, así que cogí una esmeralda. Es la piedra de mayo, el mes en el que tú y yo nos convertimos en… nosotros. —Se sonrojó. —Sé que es un poco cursi.

Sacudí la cabeza. —No, es genial. Me encanta. Además, celebra el día en el que tú y yo comenzamos a salir, no mi cumpleaños. —Rodeé su cuello con mis brazos y le besé en los labios. Fue entonces cuando noté cómo mi cuello se tenía que estirar más de lo habitual. —¡Eh! ¿Has dado un estirón o algo? De pronto pareces más alto.

—Cinco centímetros en un solo mes. Ya casi mido 1,80, —se jactó.

—Vaya, vaya. —Respondí a su sonrisa arrogante con otra de las mías. —Solo espero que yo no te quede demasiado pequeña.

—Eso, —dijo, rodeándome la cintura con los brazos, —nunca será un problema.

Le pellizqué la mejilla. —Está bien, gigante. Voy llegar tarde a clase, y tú también. —Nos apresuramos hacia el coche, y me puse el colgante de camino hacia el instituto.

A penas llegué a tiempo a español. Cuando abrí la puerta de clase, me sorprendí al ver a Alice Cullen mirándome tan fijamente mientras caminaba hacia mi mesa. No estaba segura de si prefería esta repentina atención a su habitual indiferencia. Nunca habló conmigo después de entonces, pero en los breves segundos en los que sus ojos se cruzaron con los míos, me entró la curiosidad. Y me reprendí mentalmente. No, Bella, él NO está hablando de ti con su hermana. Quizá solo le gustara mi nuevo colgante…

Aparté a un lado ese pensamiento y me esforcé por olvidar que hoy era mi cumpleaños. Odiaba ser el centro de atención y habría evitado serlo si el cumpleaños de Mike no hubiera sido dos días después del mío, y él, por supuesto, se acordaba todos los años. Hoy no era ninguna excepción.

—¡Eh, cumpleañera! —Exclamó desde el otro extremo de la cafetería. Varias cabezas se giraron en mi dirección. Genial.

Los ojos de Jessica se agrandaron de la sorpresa. —¿Por qué no me has recordado que hoy era tu cumpleaños?

—Supongo que me olvidé, —respondí automáticamente.

Jessica puso los ojos en blanco. —Me hiciste lo mismo el año pasado. ¿Cuál es el problema? No es como si fueras a cumplir treinta o algo así. ¿Los dieciocho significan libertad, no? —Jessica siempre estaba emocionada por algo.

—¿Y qué? Ahora puedo votar y comprar tabaco. Jess, no me gusta la política y no fumo, así que no hay ninguna razón para hacer de esto algo importante.

—La verdad, no te entiendo. —Se giró hacia Tyler, admirando su nuevo corte de pelo, y entonces recordé por qué no solía relacionarme con la mayoría de mis compañeros fuera de clase. Parecía ser que mantener mi promesa a Charlie iba a ser más difícil de lo que esperaba.

Cuando Angela y yo nos acercábamos a clase de inglés, la pregunté si tenía planes para el fin de semana. —Creo que hay un par de películas decentes. ¿Te interesa? Podríamos ir el sábado. —Rezaba por que dijera que sí o si no tendría que recurrir a Jessica, la cual siempre quería ver películas románticas y almibaradas.

Sin embargo, antes de que Angela pudiera responder, Mike se acercó a donde nosotras estábamos, cerca de mi mesa. —Ah, no, no. Vosotras ya tenéis planes.

Angela y yo nos miramos, confundidas. —¿Ah, sí? —Pregunté, recelosa.

—Tengo la mayor suerte del mundo, porque mis padres se van fuera este fin de semana, así que he organizado una fiesta de cumpleaños. El sábado por la noche. Con alcohol. Va a ser increíble.

—Eh, no sé, Mike. Yo no bebo… Además, si la cosa se pone fea, tendría que tratar con mi padre. —Estaba segura de que cuando Charlie me sugirió expandir mis relaciones sociales no se refería exactamente a ir a una fiesta con alcohol siendo menor de edad.

Angela parecía igual de indecisa. —Sí, ni siquiera me gusta la cerveza, Mike.

—Oh, vamos chicas. Estamos en último curso. Se supone que tenemos que hacer cosas estúpidas e irresponsables. —Mike parecía decepcionado. —No tenéis que beber. Además, Angela, Ben va a estar ahí.

Ella se puso roja a la vez que desviaba los ojos hacia la mesa de Ben, asegurándose de que no había oído el tono insinuante de Mike. —Eh, quizá, ¿vale? —Se mordió el labio.

Mike se giró hacia mí. —Podemos celebrar el cumpleaños juntos, Bella. Tú y yo. Incluso podríamos comprar una tarta.

Le fulminé con la mirada. —Me conoces mejor que eso, Mike. Si hay tarta, no voy.

Mike suspiró con exasperación. —Puedes traer a cómo-se-llame a la fiesta. Será divertido, Bella. Anímate.

Para quitármelo de en medio, me encogí de hombros. —Quizá, Mike, pero no te prometo nada.

Eso pareció tranquilizarle un poco. Prácticamente volvió a su asiento dando saltitos, gritándome desde el otro lado de la clase, —en mi casa a las ocho, cumpleañera.

—Llámame "cumpleañera" una vez más y te corto la lengua, —murmuré entre dientes. Estaba extremadamente agradecida de que solo pudiera llamarme así una vez al año; sin embargo, de algún modo siempre conseguía desgastarlo.

No me hacía falta girarme para saber que Edward ya estaba sentado en su asiento con una expresión divertida en el rostro. Siempre parecía disfrutar con las incómodas interacciones que mantenía con Mike.

—¿Qué? —Pregunté sin emoción alguna.

—Ah, no sé, cumpleañera, —esbozó una sonrisa torcida al ver mi reacción. —Solo me preguntaba por qué no estabas hoy de mejor humor.

—Los cumpleaños no tienen sentido. Solo es un día como otro cualquiera.

Sus labios se curvaron en esa media sonrisa que tanto odiaba y adoraba a la vez. —Otra vez con el pesimismo. ¿Cuáles son tus planes?

—Trabajar después de las clases. Después, me iré a casa a ver la versión de los 60 de Romeo y Julieta. Y después, —suspiré, temiendo la última parte de la tarde, —mi padre me ha obligado a ir a cenar al Lodge. —Billy y Jacob también venían, pero eso no me animaba en absoluto.

—¿No te gusta? He oído que es uno de los mejores de Forks. —Aunque su tono de voz me decía que incluso un buen restaurante en Forks no podría rivalizar con un simple McDonald's.

Solté una risotada seca. —Sí, es genial si te gusta comer solomillos calcinados mientras el cadáver de un alce te observa desde la pared.

Apenas pudo contener una sonrisa. —Bueno, pásatelo bien, entonces.

—No lo haré, pero gracias. —La clase ya había empezado, pero no tenía ganas de prestar atención. Me incliné levemente hacia su lado. —¿Y qué haces tú en tus cumpleaños? —Mi voz apenas era un susurro, pero por supuesto, al igual que el resto de sus facciones, el oído de Edward era perfecto.

—Yo no celebro mi cumpleaños, —murmuró bruscamente, encogiéndose de hombros.

—Qué suerte. Me tienes que contar cómo convenciste a tus padres. Podría ayudarme.

Con los ojos fijos en la pizarra, Edward me contestó, —deja de quejarte tanto.

Tenía razón, claro, pero era mi cumpleaños, así que tenía derecho a pasarlo de mal humor.

Inglés terminó, seguido de Historia, y pronto me encontré en la taquilla, guardando mis cosas para pasar otra tarde en la tienda de los Newton, donde Mike tenía pensado enseñarme un poco sobre pesca.

Esta semana había sido un poco difícil para Jake y para mí, ya que tenía poco sentido que condujera desde La Push para dejarme en la tienda, que estaba a cinco manzanas del colegio. Por ello, Mike se había ofrecido a llevarme en su coche cada tarde. Temía la conversación que íbamos a tener durante el viaje, ya que lo más seguro era que me suplicara un poco más sobre la fiesta del sábado. Observando mi escayola, el origen de toda esta molestia, me alegré de tener que esperar solo dos días más hasta conseguir una tablilla impermeable con la que poder andar. No estaba segura de si el Dr. Snow me dejaría conducir, pero esperaba que, si no le preguntaba y él no mencionaba nada al respecto, pudiera estar detrás del volante de mi adorado monovolumen.

Justo cuando mi humor empezaba a mejorar, Ben y Tyler, que estaban caminando por el pasillo, me felicitaron. Apenas pude ocultar mi descontento cuando les respondí con una sonrisa falsa. Cuando me estaba acercando al Suburban de Mike, Edward pasó a mi lado, de camino a su Volvo. Me lanzó una sonrisa sarcástica por encima del hombro, y me dijo, —espero que te lo pases bien esta tarde, cumpleañera.

—Cállate, Edward. —Mi voz sonó cortante, pero tuve que morderme la lengua para no esbozar una sonrisa.