Capítulo trece: Irresponsable.
—No, Quil, no lo estás haciendo bien. Se supone que tiene que salir mucho más alto que eso.
—Eres un idiota. Son los petardos los que están mal, no mis habilidades pirotécnicas. —Quil esbozó una media sonrisa, enfureciendo aún más a Embry. —Ya sabes que soy todo un experto.
Era sábado por la tarde. El sol todavía se estaba poniendo, pero Jacob y sus amigos estaban demasiado impacientes para esperar a que el sol se fuera por completo detrás del horizonte. La desaparición de Sam y su misteriosa aparición dos semanas después habían aplazado sus planes de encender los petardos ilegales de Embry. Ahora, el grupo habitual, sin Leah ni Sam, estaban en First Beach. Al principio las expectativas de todo el mundo habían sido altas, pero cuando Quil y Embry comenzaron a discutir, tuve la sensación de que la tarde iba a ser un aburrimiento.
Jacob estaba sentado a mi lado, jugando distraídamente con un mechón de mi pelo. Desde la cena de cumpleaños no habíamos vuelto a hablar de mis planes universitarios. Pero eso no significaba que hubiera olvidado sus comentarios acerca de lo responsable que era para tomar riesgos cuando se trataba de mi futuro. Sus palabras me cruzaban la cabeza cada pocas horas, burlándose de mí. —"No eres de las que hacen cosas sin pensar… Eres lista y sensata." —A pesar de sus buenas intenciones, Jake casi me había comparado con un golden retriever.
Mientras permanecía en mi actitud pasiva-agresiva, Jake se levantó y se acercó a sus amigos a ofrecerles sus consejos. Pocos minutos después, Jake empezó a reír a carcajadas junto a Quil, mientras Embry se alejaba hacia la orilla suspirando melodramáticamente.
—Estos son muy malos. A Embry le han timado. —Sacudió la cabeza, encendió unos cuantos de los defectuosos petardos, y volvió a mi lado. —Bueno, ¿y qué te apetece hacer esta noche, Bells?
Normalmente me hubiera conformado con acurrucarme cerca de Jacob y ver alguna película de acción con él y sus amigos, o quedarme en la playa y charlar con los demás. Sin embargo, hoy me sentía alocada e incluso un poco rebelde. —Mike Newton hace una fiesta en su casa. Podríamos pasar.
Jake me miró con escepticismo. —¿Tú quieres ir a la fiesta de Mike Newton? —Sonrió, alzando una ceja y colocando la mano sobre mi frente. —¿Te sientes bien?
—Siempre estamos aquí, Jake. Nos vendría bien variar un poco. —Me molestaba su cinismo, así que añadí con aire desafiante, —además, va a haber alcohol.
—Nosotros no bebemos, Bella. —Palidecí ante su demasiado confidente uso de ese "nosotros". Me miró recelosamente. —¿Por qué quieres salir con un puñado de gente que ni siquiera te gusta para hacer algo que odias? ¿Qué es lo que te pasa?
—No sé si me gusta beber o no, Jake. La única vez que probé alcohol fue en la boda de Renee y Phil. —Pero Jacob tenía razón, yo no bebía. Siempre había pensado que no tenía sentido y que era irresponsable, pero aquella noche quería ser inmadura y correr riesgos. No era lo mismo que pedir la admisión en una universidad de la Liga Ivy, pero también era un riesgo. De pronto me sentí obligada a cometer los mismos errores que los adolescentes, aunque solo fuera por una noche. Era algo peligroso, idiota e imprudente, pero demostraba que Jake, en cierta forma, estaba equivocado sobre mí.
—No te entiendo, Bella. Se me ocurren mejores formas de pasar un sábado por la noche que beber cerveza barata con un grupo de gente que apenas conocemos. ¿Qué te parece si nos juntamos con unos amigos de la reserva y nos vamos a Port Angeles? ¿A cenar y a ver una peli? —Se acercó un poco más y me observó con atención. —O podríamos quedarnos solo tú yo. Comer pizza aquí en la playa. ¿Qué opinas?
—Creo que prefiero ir a la fiesta con mis amigos y hacer algo diferente. Por una vez. —Sabía que estaba actuando así a causa de mi amargura. Después de todo, nunca había llamado a Mike y al resto de mis compañer0s, "amigos". Sin embargo, tenía la sensación de que Jake estaba intentando calmarme como si fuera un niña petulante. Además, no podía aguantar que Jake nunca se hubiera alejado más allá de veinte millas de La Push, y sin embargo fuera yo quien no se arriesgaba.
—¿Pero qué te pasa? ¿Por qué estás discutiendo conmigo? —Jake parecía más herido que enfadado.
Suspiré. Sabía que estaba buscando una pelea, pero tenía mis razones. En el tono más tranquilo que pude encontrar, le expliqué. —Mira, me gusta salir con tus amigos, pero es lo único que hago. Charlie está preocupado porque piensa que estoy demasiado tiempo contigo, que no tengo vida propia.
Jacob respondió sarcásticamente. —Sí, tienes razón, Bella. Estoy seguro de que Charlie estaría mucho más feliz si te marcharas a una fiesta y te emborracharas en lugar de pasar la noche a solas conmigo. —Y entonces añadió la frase que me terminó de enfurecer. —Esto no es propio de ti.
Las aletas de mi nariz se dilataron. —Estás muy equivocado, —respondí automáticamente, totalmente consciente de que Jacob tenía razón. —E incluso aunque sea algo que normalmente no hago, ¿qué pasa? No hay nada malo en probar cosas nuevas.
Me levanté y empecé a andar hacia el monovolumen, felicitándome interiormente cuando no le pregunté al Dr. Snow si podía conducir con la nueva tablilla que me había puesto. Ese silencio había significado un sí, al menos para Charlie, quién no me había comentado nada cuando el viernes por la mañana cogí el coche sin esperar a que él se ofreciera a llevarme a clase.
Jacob me alcanzó fácilmente. Me bloqueó el camino colocándose frente a mí.
—Puedes contarme lo que realmente te pasa. Podemos superarlo juntos, —me suplicó. —No tienes por qué huir y beber cerveza barata para hacerme enfadar.
—Ah, ¿crees que esto es por ti? —Mi voz sonaba tan acusadora que casi no la reconocí. —¿La única razón por la que quiero hacer cosas fuera de lo normal es enfurecerte a ti? Jake, esto es por mí. —Y hasta el momento en que lo dije en voz alta no me di cuenta de que era la verdad. Esto no era tanto por Jake, sino para probarme algo a mí misma, probar que me atrevía a arriesgarme, aunque fuera algo tan ridículo como ir a una fiesta.
Cruzándose de brazos, me dejó pasar. —Está bien, Bella. Ve y pásatelo bien.
Ignorando su comentario, pasé de largo sin mirar atrás. Forcé a mi coche a ir lo más rápido posible de camino hacia Forks. Solo cuando me acerqué a casa de Charlie disminuí la velocidad. Salí precipitadamente del monovolumen y me dirigí directamente hacia el teléfono que estaba en la cocina.
Después de cuatro toques, me contestó. —¿Angela? ¿Vas a ir a la fiesta de Mike esta noche?
—Eh, no creo, Bella. —Su padre era sacerdote, pero crucé los dedos, rezando porque Angela ignorara ese hecho y decidiera pasar un poco más de tiempo con Ben fuera de las clases. —¿Por qué? ¿Tú vas? —Sonaba sorprendida; me estaba hartando de esa reacción.
—Sí. Podríamos ir juntas, si quieres. Quiero decir, no tienes por qué beber, pero me gustaría que vinieras. —Si Angela me acompañaba, me podría evitar los inevitables flirteos de Mike, y además, a pesar de lo que le había dicho a Jake, estaba un poco nerviosa. No era de las que le gustaban las fiestas. Esperé con impaciencia a su respuesta.
—Vale, —me dijo. —Iré. Pero no me siento muy cómoda con esto, Bella. No me gusta beber.
Veinte minutos después, le escribí una nota a Charlie, diciéndole que estaba con Angela, y salí de casa donde ella me estaba esperando en su coche. La saludé con una sonrisa, esperando poder disminuir tanto sus nervios como los míos. Al final no surtió mucho efecto, dado que los diez minutos del viaje los pasamos en silencio.
Apenas eran las ocho cuando llegamos, pero la fiesta ya había empezado. El tiempo era anormalmente bueno, por lo que muchos de mis compañeros de clase estaban desperdigados por el césped de los Newton. Todos sujetaban vasos de plástico rojo.
Angela y yo nos acercamos tímidamente hacia la casa, donde Mike nos vio inmediatamente. Parecía sorprendido.
—¡Joder! ¡Habéis venido! —Su voz retumbaba con tanto entusiasmo que cualquiera que no le conociera pensaría que habíamos resucitado de entre los muertos. —Dejad que os traiga unos vasos para beber.
Cuando volvió, Angela rechazó amablemente su vaso, pero yo cogí el mío, intentando mostrarme segura. —¿Dónde está el barril de cerveza? —Mi voz sonó más aguda de lo normal, y supe que mi fachada había sido descubierta.
Mike me sonrió calurosamente. —Ven, te enseñaré cómo tienes que echártela para que no acabes con el vaso lleno de espuma.
Empezó a arrastrarme hacia el barril, pero dudé mientras buscaba a Angela con la mirada. Cuando vi cómo Ben se acercaba tímidamente hacia ella, suspiré aliviada. No pude evitar sonreír cuando me di cuenta de que Ben tampoco tenía el vaso de plástico rojo.
Me costó tres vasos de cerveza comenzar a entender cómo se manejaba el barril. Teniendo muy poca experiencia, pronto comencé a sentirme menos inhibida, pero no lo estaba pasando bien. Mike me hablaba constantemente, pero lo encontré muy difícil prestarle atención. Jessica parloteaba sobre el baile del instituto mientras yo me esforzaba por asentir y hablar durante las pequeñas pausas dentro de la conversación. La mayor parte del tiempo me limitaba a beber, no porque quisiera vivir de forma peligrosa, sino porque estaba incómoda. Especialmente cuando me encontré con Lauren en el salón.
—Ah. Hola, Bella. —Ni siquiera se esforzó en sonreír.
Pasé de largo, murmurando un hola. Detrás de mí, oí cómo le comentaba a Conner con la voz llena de burla, —es agradable ver a Bella Swan bajarse de su pedestal por una vez, y pasar un poco de tiempo con nosotros los plebeyos.
Quizá fuera el alcohol o quizá solo estuviera cansada de fingir ser alguien que no era, pero las palabras de Lauren me afectaron. Mi cara se sonrojó, y busqué una salida de escape. Me precipité hacia el baño, cerrando la puerta con fuerza.
Las lágrimas comenzaron a caer cuando me di cuenta de que no podía cambiar. No era de las que corría riesgos. Había alejado a Jacob porque había tenido razón, porque me conocía mejor que nadie. Mi estúpido e irresponsable deseo de venir a la fiesta solo me hizo sentir peor, no mejor. No me estaba divirtiendo. No encajaba con esta gente. En cierta medida, Lauren había tenido razón. Incluso aunque no pensaba que fuera mejor que los demás, tampoco conectaba con nadie. Al igual que con mis compañeros en Phoenix. La única vez que me había sentido como en casa, contenta con los de a mí alrededor, había sido en La Push. Estos últimos días había intentado luchar contra ello, diciéndome a mí misma que podía entrar en Dartmouth. Pero en realidad, allí no sería feliz, al igual que tampoco lo había sido en Arizona o en el instituto de Forks. Estaba desperdiciando mi única oportunidad para ser feliz.
Me levanté, decidida a marcharme y a llamar a Jacob antes de que lo estropeara aún más. Sin embargo, el hecho de que me había bebido cinco cervezas se convirtió en algo absurdamente obvio cuando el suelo comenzó a girar bajo mis pies. De mala gana, me dije que mi plan de escape tendría que esperar; no quería que Jake me viera así.
En cambio, decidí buscar un sitio en el que recuperarme en soledad. Al otro lado de la multitud de adolescentes bebidos, a través de la ventana, lo encontré. La parte trasera de la casa apenas estaba iluminada, pero reconocí el muelle del estanque de los Newton. Estaba bañado con la luz de la luna, y lo más importante, no había nadie.
Me peleé con la puerta del patio para que se abriera, y eventualmente sentí cómo mis zapatos chocaban contra la hierba húmeda. Casi corrí hasta el muelle. Pronto podría empezar a recuperarme del alcohol a solas mientras me arrepentía de lo mal que me había portado con Jake e intentaba olvidarme del aislamiento emocional de mis compañeros de clase.
La cuesta hacia el muelle era mucho más escarpada de lo que había pensado, y con la sensación de mareo que inundaba mi cabeza, apenas llegué indemne. Manteniendo mi cabeza estable no me ayudó mucho, pero continué hasta el final del muelle, determinada. Me quité los zapatos y la tablilla, queriendo meter los pies en el agua helada con la intención de llegar a la sobriedad antes.
Cuando me apoyé en la pierna buena para quitarme la tablilla, el horizonte cambió de lugar y el pánico me paralizó. Me di cuenta de que me estaba cayendo. En esa mitad de segundo que estuve suspendida en el aire, vi el borde del muelle bajo mis pies, listo para confiscarme la frente con una fuerza inflexible.
Y entonces, justo cuando cerré los ojos en anticipación, todo se detuvo. Estaba inmóvil, flotando en el aire, pero libre del golpe de la madera. Y fue entonces cuando sentí sus brazos a mí alrededor, uno sujetando mi cuello y otro rodeando mi cintura. Abrí los ojos y me encontré con el rostro de Edward a centímetros de distancia.
