¡Gracias por vuestros comentarios! Espero que este capítulo os guste.
Por cierto, no dudéis en preguntar si véis alguna palabra que no entendáis u os suene rara. Alguna vez me ha pasado, y no solo en este fic, que algunas palabras se traducen/escriben de forma diferente dependiendo del país de donde se venga. Yo soy española, y sé que nuestro vocabulario a veces es diferente al que se usa en Sudamérica, por ejemplo. Solo quería mencionarlo, por si acaso xD
Capítulo Catorce: Vertiginoso
Los ojos de Edward se abrieron como platos. Antes de que pudiera procesar cualquier tipo de pensamiento, desenvolvió sus brazos de mi cuerpo, me ayudó a sentarme en el muelle y dio un paso hacia atrás.
—¡¿Eres suicida?! —Parecía enfadado, aunque no sabía por qué.
—No, Edward. Estoy borracha. —Intenté levantarme, pero la gravedad tenía otros planes para mí, así que me resigné a quedarme en el sitio.
—Sí, eso es obvio. Lo que no es tan obvio es por qué sentiste la necesidad de caminar encima de un muelle resbaladizo en plena oscuridad sin ningún tipo de respeto hacia tu propia seguridad. —Edward estaba lívido. —Tampoco entiendo por qué alguien como tú consume alcohol en exceso en primer lugar.
Sabía que debería haberme sentido asustada por la severidad de su voz, pero aún estada demasiado distraída por lo que acababa de pasar. Además, ahora estaba acuclillado a mi lado, repasando mi cuerpo con sus ojos en busca de algún tipo de herida o rastros de locura. Era demasiado.
Sumergida en un estado de completa embriaguez, murmuré, —creo que me acabas de salvar la vida… —Gracias en parte a la cerveza, añadí con admiración, —eso es tan guay.
Hizo todo lo posible por mostrarse disgustado, pero había algo raro en su expresión. —No era guay. —Dejó escapar un suspiro exasperado y me observó, mientras yo le sonreía como una idiota. —Dios mío, estás borracha.
Debía estarlo, porque mi ansiedad se había disipado y convertido en una inexplicable alegría. Casi había muerto, aunque había estado en esta situación tantas veces que ya ni me afectaba, especialmente ahora con esta repentina euforia.
—Gracias. —Me sentía radiante. —Por salvarme la vida, quiero decir.
Edward puso los ojos en blanco, pero esbozó la más leve de las sonrisas. —No lo menciones. La próxima vez ten más cuidado.
—Sí, sí. —Hice caso omiso a su preocupación, porque no me conocía lo suficiente para entender que la precaución era irrelevante; este tipo de desgracias siempre me perseguían. No quería centrarme en sus actos heroicos si eso significaba tener que explicar mi destreza con el peligro.
Cambiando de tema, le pregunté. —¿De dónde has salido? Pensaba que estaba sola.
Sin mirarme a los ojos, respondió. —Estaba cerca de los árboles, tomando el aire.
—¿Tomando el aire? Ni siquiera estabas dentro. Te hubiera visto, créeme.
—Estaba por ahí.
—No, no lo estabas. No pareces el tipo de los que salen de fiesta con adolescentes de instituto. —Mi voz sonaba burlona. Esperaba que no pensara que estaba intentando ligar con él.
—Podría decir lo mismo de ti. —Dijo, mirándome con curiosidad.
—Sí, bueno, estoy abriendo nuevos horizontes, socializándome más, probando cosas nuevas. Están siendo los mejores tiempos de mi vida. —Mi intento de sonar casual no resultó efecto.
—Seguro que sí. —Alzó una ceja.
—¿Qué? Es verdad. —Le seguí el juego. —Deja de intentar atraparme para que diga algo estúpido.
—Entonces dejar de mentir, —me retó.
Me cansé. —Está bien, Edward. Estoy aquí para demostrarle algo a mi novio, que piensa que no me arriesgo y que soy muy responsable. Pero, ¡sorpresa!, —señalé el muelle en el que estaba sentada, —ya se lo he demostrado. Terminé incómoda y cansada de todo el mundo, así que salí aquí fuera para jugar la parte del solitario borracho y casi me mato. Hasta que apareciste tú. Fin. —Respiré hondo, sorprendida de que siempre pareciera tan interesado en mis palabras. —Tu turno.
En un movimiento rápido cambió de posición y se apoyó sobre los codos. —¿Mi turno de qué, exactamente?
—De decirme algo personal tuyo. Estoy cansada de ser siempre la que habla mientras tú te sientas en silencio.
Edward parecía genuinamente perplejo. Después de unos instantes en silencio, me contestó con arrogancia, —tengo un problema muy grave, y es que permito a todos los que me rodean se deshidraten. —Se irguió. —Voy a cogerte un vaso de agua.
Le fulminé con la mirada, negándome a romper nuestro contacto visual. —Tiene sentido.
Odiaba que estuviera tan oscuro, porque tenía curiosidad sobre algo. Ignorando el hecho de que me había salvado la vida y centrándome en su actitud burlona y arrogante, comenté, —seguramente hoy están negros.
Edward se paralizó, su intento de levantarse del muelle olvidado. —¿Qué has dicho?
Todas mis inhibiciones, junto con mi orgullo, se habían esfumado, por lo que le miré fijamente y repliqué, —a veces, eres… amable conmigo. En esos días, tus ojos son claros, como de un tono ámbar. —Edward me observaba con fascinación. Quizá también estuviera borracho. —Pero otras veces eres un imbécil, y entonces son de color negro. Así que tengo esta teoría de que eres dos personas. Edward, el de los ojos ámbar y que es interesante, y Eduardo, el de los ojos negros que ata a su hermano gemelo en el sótano. —No pude evitar la carcajada que me salió.
—Estás borracha. —Por primera vez desde que le conocí, su voz sonaba insegura.
Edward se movió para levantarse, pero se movía con inusual lentitud, como si fuera a cámara lenta.
Me sentí incómoda y satisfecha a la vez. Refiriéndome a mi teoría y no a su acusación, sonreí burlonamente mientras utilizaba mi recién descubierto poder para enfadarle. —Averigüémoslo, ¿no crees?
Sin pensar, me incliné hacia él para ver mejor el color de sus ojos. En cuanto lo hice, mi cerebro perdió la capacidad de formar pensamientos conscientes. Estábamos a unos diez centímetros de distancia, nuestros rostros inmóviles, nuestros ojos sin pestañear. Ninguno de los dos se atrevió a respirar.
Al principio, Edward parecía que se quería apartar, pero entonces la nube de conflicto despareció de su inmaculado rostro, y su expresión se volvió vulnerable y aturdida. Necesitaba desesperadamente que alguno de los dos alargara la mano para que nuestra piel pudiera tocarse, pero estaba congelada por la manera en la que sus ojos me perforaban, era tanta la intensidad que podría haber jurado que ya estábamos tocándonos. Durante ese breve segundo, olvidé mi nombre y al resto de las personas que conocía. Nadie podía interponerse entre los dos; yo existía por él, y él por mí. Estaba borracha no por la cerveza caliente mezclada con la sangre, sino por la inflexible magia de la mirada de Edward Cullen.
Un voz en la cabeza me dijo que nada de esto era real, que necesitaba mirar a otro sitio porque el fuego que empezaba encenderse entre Edward y yo era peligroso. La cerveza y yo ignoramos a la voz, pero el momento se había perdido. Edward parpadeó y se alejó.
Sin respirar, se levantó de un salto y caminó por el muelle hasta el jardín de los Newton. —Agua, —murmuró. —Necesitas agua. —Se detuvo durante un instante, y se giró hacia mí. —No te muevas; no me gustaría pescarte de ese estanque.
Todo lo que pude hacer fue asentir. Edward desapareció dentro de la casa, y yo intenté entender por qué la electricidad aún sacudía cada nervio de mi cuerpo.
Estaba claro que el alcohol me había dañado el cerebro. Es la cerveza, Bella. La cerveza te está volviendo loca. Nunca, nunca vuelvas a beber tanta cerveza.
Me repetí mentalmente el mantra que más estaba necesitando últimamente. Todo esto le es irrelevante a Edward Cullen. Estoy encaprichada con él, es un hecho, pero no irá a nada más. Quiero a Jacob Black. Él es real. Edward es… fantasía. Debajo de su deslumbrante exterior, tiene que ser tan ordinario y aburrido como los demás. Alguien que tiene esa cara no es tan afortunado de tener también personalidad.
Tenía todo el sentido del mundo. Edward era el típico chico que todas deseaban, pero que ninguna de nosotras podría conseguir. Era solo una fantasía; estaba segura de que si le llegaba a conocer, conocer de verdad, no sería más que una versión diferente de Mike Newton. Esa idea me gustaba. Mientras observaba a Edward a través de la ventana del salón, caminando entre la muchedumbre con un vaso de agua helada, me prometí que me haría amiga suya por el bien de mi cordura.
Salió elegantemente de la casa y atravesó el mismo patio que tantos problemas me había dado, pero justo cuando se desvió para evitar un pequeño grupo de gente, Edward se encontró con un obstáculo. Lauren, claramente borracha, apoyó una mano sobre su hombro. Edward la miró como si ella fuera capaz de transferirle el virus Ébola a través de los dedos. Lauren desvió brevemente los ojos hacia el muelle donde yo me encontraba, y después se inclinó hacia él, derramando la mitad de su bebida sobre su camiseta en el proceso.
No pude entender sus palabras desde una distancia tan larga, pero no necesitaba estar más cerca para interpretar la respuesta de Edward. Levantó su mano con las yemas de sus dedos, como si fuera un trozo de ropa sucia, y caminó hasta el muelle, sin importarle que Lauren perdiera el equilibrio en el proceso y colisionara con un gnomo de jardín.
La más fuerte de las risas estalló desde mi estómago. Pronto, éstas se convirtieron en carcajadas histéricas. Apenas me di cuenta de que la mayoría de la gente que estaba en el patio me miraba con una mezcla de extrañeza y diversión. El único rostro que podía ver era el de Edward, que se reía de mi repentina locura eufórica.
—¿Has visto algo gracioso?
No me molesté en ocultar el placer que sentía. —Acabas de arruinar la vida de esa chica. Espero que lo sepas.
—Los gnomos no son tan peligrosos; sobrevivirá. —Sonrió sin compasión y me tendió el vaso de agua. Me negué a distraerme con lo blancos que eran sus dientes.
—No, estúpido, no me refería a eso. —Algunas veces los chicos eran tan densos. —A Lauren le gustas, pero es demasiado arrogante para darse cuenta de que estás totalmente fuera de su alcance.
Cuando él no respondió, detuve mis carcajadas y observé su reacción. Otra carcajada se me escapó de los labios cuando vi su cara. Me tapé la boca con la mano.
—Edward, ¿estás avergonzado?
No estaba rojo, pero por la manera en la que se miraba los pies supe que estaba incómodo.
Sonrió con arrepentimiento, y respondió. —Si no estuviera preocupado de que acabaras en el fondo de este estanque antes de que la noche terminara, te dejaría aquí para que te defendieras de esa chica. —Sacudió la cabeza en lo esperaba que solo fuera una irritación fingida. —Está verde de la envidia que te tiene.
Resoplé sonoramente. —Cállate. Es la abeja reina en Forks. Yo solo soy la chica rara con la que tiene que tratar en el instituto.
—Deja de decirte esas cosas, Bella. No tienes ni idea de cómo te ven el resto. —Sus ojos brillaban con intensidad. Tuve que detener la conversación antes de que se fuera de las manos. Si quería mantener una amistad con Edward tenía que dejar de caer como una tonta en sus encantos.
—Uff. Ni me importa. —Me levanté y avancé con vacilación hacia el patio. —Deberá irme ya a casa; tengo que llegar pronto.
Caminé hacia la casa sin mirar hacia atrás. Sabía que si lo hacía volvería al muelle en un instante y le contaría todo lo que él quisiera escuchar. Era mejor que pensara que sus comentarios me habían molestado o que simplemente no estaba interesada en continuar nuestra conversación. Necesitaba unos límites.
Una vez dentro, me hice paso a través de la gente buscando a Angela. La encontré en el sofá, sentada tan cerca de Ben que sus hombros se rozaban cada vez que alguno de ellos se movía. Me mordí el labio. No podía interrumpirles para pedirles, egoístamente, que me llevaran a casa. No me dolía el tobillo, así que estaba segura de que mi tablilla me dejaría caminar hasta casa.
Salí por la puerta principal y apenas llegué hasta la acera cuando Mike me gritó desde el jardín. —¡Bella! ¿Te vas? —Casi no podía mantenerse en pie, y sus palabras se trababan entre sí. No me apetecía ver lo que sus reducías inhibiciones hacían de sus intentos de flirteo.
—Eh, sí. Tengo que volver a casa. —Mi voz aún sonaba alegre por la bebida. Crucé los dedos y recé para que no le animara aún más.
Mike arrugó la nariz como un niño de cuatro años. —¡Ah! Puedo acompañarte. Así estarás a salvo de los delincuentes.
—¿Delincuentes? —Otra ronda de carcajadas me invadió. —¿Te das cuenta de que estamos en Forks, verdad? ¿Estás preocupado por el shitzu* de los Stanley? —Solté una risita a la vez que caminaba calle abajo, consciente de que Mike caminaba detrás de mí a pesar de mis burlas.
Me resigné a ignorar mi nueva sombra, sin embargo, pronto oí sus torpes pasos detenerse abruptamente. Suspiré aliviada, pero antes de que pudiera felicitarme por mis habilidades al repeler a Mike Newton, oí una voz a mis espaldas.
—No te preocupes, deberías quedarte en tu fiesta. Yo iré con ella.
Edward no era tan malo como Mike. Encogiéndome de hombros, le hice una señal para que me siguiera y grité por encima del hombro. —¡Buenas noches, Michael! ¡Bonita fiesta! —Mi voz sonó más alto de lo necesario, lo que me decía que mi nivel de alcohol en sangre aún era muy alto.
Admitir que aún estaba borracha me puso muy nerviosa al pensar en la posibilidad de toparme con Charlie una vez en casa. Sin embargo, mis preocupaciones no me eclipsaron el hecho de que Edward estaba caminando unos metros más atrás. No hablamos nada durante dos manzanas, y el silencio me empezó a poner de los nervios. ¿Y si piensa que estoy interesada por él? Quizá está preocupado de darme falsas esperanzas. Me detuve cuando un pensamiento me cruzó la cabeza. Oh Dios mío, ¿y si Edward me ve como a su Mike Newton personal?
Ignorando mi pobre equilibrio, me giré y le miré. —Me siento rara contigo acechándome por detrás como si fueras alguna criatura de la noche.
La única respuesta que me dio fue su mirada fulminante, pero cambió de posición y se colocó paralelamente en el lado más alejado de la calle.
Pasamos otra manzana en silencio. Seguramente está pensando que estoy colada por él. La frustración acabó mi paciencia. Suspirando con irritación, murmuré, —no hace falta que camines a tres metros de distancia. No soy como Lauren.
Él me miró sin comprender.
Me rendí de ser tan sutil y ladré. —Por el amor de Dios, Edward, no me voy a enamorar de ti si te comportas civilizadamente conmigo de vez en cuando. Puedes relajarte. Este pequeño acto en el que finges que te repulso físicamente es totalmente innecesario.
La mandíbula de Edward se abrió de la sorpresa y sus ojos brillaron con incredulidad. —Increíble. —Su comportamiento era frío, haciendo que mi exceso de confianza inducido por el alcohol disminuyera. Casi me sentí aliviada cuando permitió que la frustración rezumase en su voz. —Eres la persona más difícil y obstinada que jamás haya conocido.
Ambos caminamos hacia mi casa en silencio. Cuando estuvimos a una sola manzana de distancia, empecé a sentirme culpable. Edward me había salvado la vida y me había mantenido compañía en una noche que hubiera acabado conmigo llorando en la cama, y al final había terminado discutiendo con él. Estaba segura de que estaba acostumbrado a que las chicas cayeran a sus pies; ¿cómo iba a saber él que yo no era una de ellas, que lo único que quería era su amistad? Él estaba siendo racional, y yo me estaba comportando como una niña.
Me detuve; él también, pero no nos miramos a la cara.
Al final me di por vencida. —Me estoy comportando como una idiota. Lo siento. Me has ahorrado un viaje al hospital, quizá incluso la morgue. —Intenté reírme con mi pequeño chiste, pero Edward solamente me observó. Los dos éramos conscientes de que la morgue podría haber sido una posible realidad.
—De todas formas, gracias. —Tragué saliva mientras los nervios me causaban una extraña sensación en el estómago. —Me gustaría que pudiéramos ser amigos. Yo, em… Creo que eres… —Enrojecí. No quería que me malinterpretara, pero también necesitaba ser honesta. —Me gusta hablar contigo. La mayor parte del tiempo lo paso en La Push, —sabía que entendería mis implicaciones, —pero cuando me obligan a quedarme en Forks, hablar contigo hace las cosas mucho menos aburridas, ¿entiendes?
Sus ojos se desviaron hacia el suelo. —No soy el tipo de persona con la que deberías trabar una amistad, Bella. —Hablaba con solemnidad. Me pregunté si me había imaginado el rastro de decepción que oí en su voz.
—Oh. —Asentí, deseando poder convencerle de que solo quería amistad, nada más.
Se pasó las manos por el pelo y caminó en círculos, claramente indeciso por alguna razón. —Pero quizá pudiéramos ser solo… conocidos. —Me sonrió con cuidado. —Después de todo, inglés sería un aburrimiento sin ti.
—Suena bien. —Controlé mi reacción y simplemente asentí. Nunca había tenido la intención de que Edward y yo nos convirtiéramos en amigos del alma; la promesa de hablar un poco más dentro del instituto era suficiente… Además, ambos éramos muy diferentes; él era guapo y tenía todas las ventajas que la vida tenía que ofrecer por delante, mientras que yo era simple y normalmente invisible hacia los demás. No era estúpida; sabía cuál era mi lugar. Además, el poner unos límites a nuestra interacción también era una necesidad, al menos a lo que mi relación con Jake concernía.
Caminamos un poco más antes de que Edward dijera con curiosidad. —¿Y de qué color son hoy?
Sabía exactamente a qué se refería, pero si quería empezar a olvidar nuestra conversación en el muelle tenía que fingir ignorancia. —¿A qué color te refieres?
Se señaló los ojos con un dedo, y yo desvié los míos hacia el frente. No necesitaba que me lo recordarse.
Mordiéndome el labio, respondí con rapidez. —Algo entre medias. Creo que hay tres versiones de ti en lugar de dos.
Edward no sonrió, pero respondió, —¿Tres? El hermano malo debe tener las manos llenas, con tantas personas que encadenar en el sótano…
—Muy gracioso. —Afortunadamente, aún estaba demasiado intoxicada como para avergonzarme.
Doblamos la esquina en silencio, aún con Edward a tres metros de distancia.
Un poco de aquella alegría inducida por el alcohol aún estaba atrapada en mi pecho, esperando como un poltergeist espera a causar estragos, pero cuando mis ojos se posaron en el porche de Charlie, el poltergeist salió volando.
Jacob estaba sentado en las escaleras con las manos en la cabeza. Cuando oyó nuestros pasos, levantó la cabeza. Su expresión miserable se mezcló con una de confusión cuando sus ojos se desviaron de Edward a la expresión culpable de mi rostro.
Shitzu: es un perro vigoroso, copiosamente cubierto de pelo, de porte altivo y una cara en forma de crisantemo.
