Bueno, adelanto un poco la actualización para aligerar un poco la historia xD Espero que os guste.


Capítulo Dieciséis: Conocidos

En mi cabeza, el plan era sencillo: me haría amiga de Edward Cullen, me pegaría a él como el pegamento si hacía falta, hasta que supiese todo acerca de su vida. Eventualmente descubriría algo que me ahuyentara de sus encantos, algo que le cambiaría de ese hermoso enigma con quien compartía conversaciones extrañas pero extremadamente interesantes, en alguien real y mediocre. Seguramente descubriría alguna pasión por el rap y las carreras de camiones, o que se pasaba la mayor parte del tiempo admirándose delante del espejo. Quizá fuera un maleducado con sus padres o inadmisiblemente egoísta. Con el tiempo, demostraría que era cruel, aburrido o vanidoso. En resumen, mis esquemas me permitirían descubrir que no merecía mi involuntaria fascinación. Tenía que matar hasta la última de las mariposas que revoloteaban por mi estómago cada vez que estaba en presencia de Edward; tenía que ver a Edward como veía al resto de los chicos del instituto: inmaduro, irritante, irrelevante. Después de descubrir todos sus defectos, volvería a ser capaz de querer a Jacob como cada fibra de mí ser, sin remordimientos o segundos pensamientos hacia mi futuro, nuestro futuro.

En la realidad, el plan era mucho más difícil de lo que había esperado.

El lunes llegué a clase totalmente volcada en mi nueva misión. Después de la fiesta de Mike, Edward había admitido a regañadientes que me encontraba interesante, tanto, que accedió a convertir nuestra relación en una de conocidos. No pensaba dejar que escapara de su promesa; de hecho, pensaba levantar aún más nuestro trato y saludarle el en pasillo cada vez que le viera, y en el comedor a la hora del almuerzo. No era lo suficientemente valiente para sentarme en su mesa, pero haría todo lo que estuviera en mi poder para ser amiga suya. Y pronto, su rostro se armonizaría con la del resto y podría volver a mi vida normal, donde mi corazón latía a una velocidad normal y mis sentimientos estaban reservados exclusivamente a Jacob Black.

Sabía que Edward mantenía las distancias porque estaba preocupado de que fuera como las demás chicas que se desmayaban a cada palabra suya o que se enamoraban nada más ver su deslumbrante rostro. Pero estaba equivocado. Apenas le conocía, pero ya sabía que me ponía de los nervios; después de un par de semanas con él, le encontraría tan intolerable como los demás.

Mantuve los ojos alerta durante toda la mañana, pero no le vi. A la hora del almuerzo me preparé mentalmente para saludarle desde la cafetería, pero para mí desánimo, ni él ni su hermana estaban allí. El lunes se volvió martes, y para el miércoles ya estaba nerviosa y ansiosa después de pasar otra clase de inglés junto a una mesa vacía.

¿Dónde narices está? Me pregunté mientras entraba en la cafetería el jueves al mediodía y descubría que la mesa de Edward y Alice aún estaba vacía. Incluso dentro de mi cabeza mi propia voz sonaba asustada.

Al principio me pregunté si esta vez iba a ser una ausencia tan larga como su primera semana de colegio, pero intenté calmarme y me recordé a mi misma que esta vez era diferente. Alice tampoco estaba, y Edward no había mostrado ningún signo de revulsión hacia mí. Tienen que volver; nadie desaparece con un mes de clase y se cambia a un colegio diferente. Quizá estén de vacaciones, o alguno de sus familiares de Alaska haya muerto y estén en el funeral. Las excusas empezaban a amontonarse, pero no pude terminar de creerme ninguna de ellas. El hecho de que los Cullen desaparecieran debería haber sido toda una bendición, pero teniendo en cuenta mi implacable obsesión con sus últimas ausencias, sabía que mi plan original de investigar a Edward era la única solución para quitármelo definitivamente de la cabeza.

El jueves por la tarde me encontraba de un humor de perros. Después de las clases, los ánimos que Jacob me dio para matricularme en Dartmouth me trajeron una sonrisa a la cara, pero mis nervios aún seguían a flor de piel. Cuando Charlie llamó a casa y dijo que iba a traer mi pizza favorita para cenar, supe que me encontraba en un serio aprieto al no tener la cena para distraerme. Incluso el tiempo me estaba poniendo nerviosa. Siempre era causa de celebración que dejara de llover en Washington durante unas cuantas horas, pero el hermoso y soleado tiempo que había durado ya cinco días en Forks solo me cabreaba porque no pegaba con mi estado de humor.

El viernes no ocurrió nada nuevo, y mientras aparcaba el monovolumen en frente de la tienda de los Newton, estaba prácticamente segura de que mi estado de humor no podía empeorar. Mike me saludó alegremente cuando entré por la puerta, pero yo solo pude emitir un gruñido como respuesta mientras me ataba el delantal de trabajo y me dejaba caer en el asiento de la caja registradora.

Mike me sonrió comprensivamente desde el otro lado de la tienda, donde estaba ordenando las botas de montaña. —¿Una semana dura?

—La peor de todas. —Observé a través de la ventana la plaza del pueblo. Mi único alivio fue ver el repentino cielo nublado; al menos el tiempo estaría acorde con mi estado de ánimo.

—Dicen que esta noche se acerca una tormenta fuerte, —reflexionó Mike. —Apuesto a que hoy vendrá menos gente de la normal. Nadie quiere acampar con la lluvia. —La mayor parte del negocio de los Newton se basaba en la gente que visitaba la zona los fines de semana.

—Ya, menuda suerte. Me gusta cuando esto se pone lleno de gente.

Mike me sonrió. —Sé a lo que te refieres; así se pasa el tiempo más rápido. Además, anima un montón a mis padres; incluso me dejan volver un poco más tarde a casa cuando el negocio ha ido bien. —Su expresión animada se desvaneció cuando sus ojos se desviaron hacia el escaparate. —Oh, genial, —gimió.

—¿Qué? —Pregunté, siguiendo la dirección de su mirada y topándome con un jeep rojo enorme que se dirigía hacia nosotros.

—Agh. Los Cullen vienen.

Mi corazón se detuvo. —¿Los Cullen? ¿Vienen aquí?

Mike estaba demasiado alterado para darse cuenta de mi súbito temor. —Vienen siempre; son unos entusiastas del aire libre. Seguro que han estado toda la semana de acampada. —Entre dientes, añadió, —jodidos con suerte.

Desvié los ojos hacia mi delantal naranja y consideré seriamente esconderme en el almacén. Había estado toda la semana impaciente por ver a Edward, pero no así, no delante de toda su familia vestida como una obrera de la construcción.

Antes de que pudiera hacer caso a mis instintos, Mike me preguntó, —¿puedes atenderles tú, por favor? Me ponen enfermo, Bella. Es solo estar en la misma habitación y se me ponen los pelos de punta. —Se dio cuenta de mi expresión escéptica, y añadió. —Ya lo verás. Solo espera a conocerles. Especialmente al grande.

Su expresión era tan patética que no pude decirle que no. A regañadientes, esbocé una sonrisa comprensiva y me giré hacia la ventana. El jeep estaba aparcado justo en frente de la tienda, y pude distinguir tres ocupantes. Los dos primeros salieron a la acera, uno de ellos alto y rubio, y el otro enorme y muscular, con el pelo rizado y negro; entonces entendí porque Mike le tenía miedo al grande. Entrecerrando un poco los ojos, distinguí a la tercera persona que se había quedado sentada en el asiento del copiloto. Me devolvió la mirada, y a pesar de mis pocas ganas de verle en esos instantes, le supliqué a Edward con la mirada que saliera del jeep y entrara dentro. Mis esperanzas se rompieron cuando vi la expresión rígida de su rostro, que decía claramente que no tenía ninguna intención de responder a mis silenciosas súplicas.

Los otros dos Cullen entraron ruidosamente dentro del establecimiento. El más grande de los dos se reía incontrolablemente, y el otro sacudía la cabeza y sonreía divertido. Se dirigieron a la sección de pesca mientras yo me apresuraba a ojear un número antiguo de la revista Armas y Municiones que el Sr. Newton guardaba detrás del cajero.

Mis ojos estudiaban el anuncio de un rifle de camuflaje, pero mi cerebro se negaba a procesar ni una sola de las palabras de la página. En cambio, estaba híper consciente de que Edward era capaz de observar cada uno de mis movimientos si optaba por mirar a través de la ventana de la tienda. Por supuesto, me negaba a descubrir si ese era el caso. Estaba tan distraída por mantener un aspecto de despreocupación que di un respingo cuando me di cuenta de que los hermanos de Edward se habían colocado en medio de la tienda. Por fortuna, parecían ignorarme.

El moreno se aclaró la garganta. Girándose hacia el otro, preguntó con voz potente, —¿cuál crees que le gustará más, Jasper? —Sujetaba al menos tres cañas de pescar en cada mano, levantando una por una como si las estuviera pensando con sus enormes manos. Dramáticamente, continuó, —no tengo ni idea de cuáles son los gustos de Edward.

El hermano rubio, supuestamente llamado Jasper, suspiró. —Déjale en paz, Emmett. —Su voz sonaba firme, como si estuviera apaciguando a un animal potencialmente violento.

Emmett sonrió. —No, Jasper, no podemos dejar que Edward se vaya a pescar con una caña con la que no esté al 100% seguro. —Se movió hacia la ventana y la golpeó con el puño.

Dentro del jeep, Edward pareció desviar su atención hacia Emmett en contra de su propia voluntad. Giró la cabeza lentamente hacia la tienda. Era difícil ver a través de los cristales tintados del coche, pero su mandíbula estaba rígida y apretada, indicando frustración.

El rostro de Emmett mostraba una expresión de confusión sobre dramatizada, acompañada de un ceño fruncido. Cambió una caña de una mano a otro. —¿CUÁL QUIERES? —Articuló con los labios pero sin dejar escapar ningún sonido de su boca.

Edward sacudió la cabeza en respuesta, claramente indicando que le daba igual, pero Emmett siguió encogiéndose de brazos y examinando las cañas de pescar. Como si estuviera retratando el papel del palurdo en una obra de teatro, a Emmett casi se le cayeron varias cañas al suelo mientras intentaba mantener el equilibrio. —¿ESTE? —Intentó señalar uno, pero tuvo dificultades en indicar cuál.

Edward asintió a regañadientes, como si le estuviera haciendo un tremendo favor. Sus labios se movieron ligeramente.

—¿QUÉ? —La pantomima de Emmett seguía. Se señaló el oído, y articuló, —NO TE OIGO. —Y entonces, Emmett le hizo señales para que se acercara, a las cuales Edward respondió con una mirada que hubiera puesto a muchos hombres en su lugar. Emmett, sin embargo, ni se inmutó; de hecho, sus ojos se iluminaron aún más de la diversión. —VEN AQUÍ, —sus palabras carecían de sonido, pero podía notar el toque burlón que tenían.

Jasper dijo algo entre dientes, pero no pude entender el qué.

Sabía que debería haberme esforzado más por fingir estar absorta con la revista, pero la interactuación entre los Cullen era demasiado fascinante. No desvié la mirada cuando Emmett se giró hacia mí con una sonrisa de disculpa en el rostro.

—Siento todo esto. Nuestro hermano es un poco complicado.

Emmett debería haberme asustado, o al menos intimidado, con su enorme figura y su potente voz, pero estaba más entretenida que cualquier otra cosa. —Oh, no te preocupes, eso ya lo sé. —Sonreí de medio lado, impresionada ante mi propia confianza.

Emmett me estudió durante unos instantes antes de responder con una sonrisa, —seguro que sí.

El sonido de la puerta del coche cerrándose me sobresaltó. En un nanosegundo, Edward abrió las puertas de la tienda, las campanas anunciando vanamente su llegada.

—¡Ah, aquí estás! —Exclamó Emmett con un alivio demasiado enfatizado. —¿Cuál quier…?

—No me importa. —Dijo Edward entre dientes.

—Edward, cuando estemos cerca de los peces pensarás otra cosa. Ya sabes cómo te pones. —Le enseñó las cañas que tenía como si fuera la azafata de un concurso de televisión.

Sin mirar, Edward cogió el que estaba más cerca. Para su sorpresa, Emmett le soltó el resto de las cañas en los brazos. —No te precipites. Piénsatelo bien. Estaremos en el coche. —Emmett salió alegremente por la puerta. Jasper le lanzó una mirada de disculpa a Edward antes de seguir a su hermano.

La puerta se cerró sonoramente detrás de Jasper, y Edward y yo nos quedamos solos.

No pude evitar esbozar una gran sonrisa. —Hey.

Estaba de pie en medio de la habitación, su expresión llena de sorpresa, mientras intentaba que las cañas de pescar no se le cayeran de las manos. Era todo tan ridículo; apenas pude contener la carcajada que me nació de la garganta.

Su enfado con Emmett se evaporó cuando sus ojos me miraron. Respondió a mi sonrisa con otra suya, e intenté no derretirme sobre el suelo. —Hola, Bella.

Llevó las cañas de pescar hasta el mostrador y las dejó encima con elegancia. —Debería disculparme por…

Sacudí la cabeza. —No te preocupes. De hecho, tu hermano me pareció muy divertido.

—Él estaría completamente de acuerdo contigo, pero para el resto de nosotros es más irritante de lo que creerías. —Edward desvió la mirada hacia el jeep. Emmett estaba sentado en el asiento del conductor, subiendo tanto el volumen del estéreo hasta el punto de que las cañas de pescar empezaron a vibrar encima del cristal del mostrador.

—¿Has decidido cuál quieres? Porque si necesitas ayuda… Tengo cero experiencia.

Sonrió. A pesar de su comportamiento inicial, parecía de buen humor. —No necesito ayuda. Cogeré este mismo. —Levantó la caña más cara de todas y me la tendió.

Mientras me acercaba a la caja para registrar su compra, le pregunté. —¿Dónde has estado metido toda esta semana? Te has perdido una semana fascinante en inglés. El Sr. Berty trajo a clase a una historia corta que escribió él mismo, y era asombrosamente horrible. —Esperaba que Edward no se diera cuenta de que no podía parar de sonreír.

—Mi familia y yo decidimos irnos al norte, cerca de Alaska, de caza. —Pronunciaba las palabras con cuidado. ¿Por qué tiene que ser siempre tan misterioso cuando responde a preguntas sobre su vida? Quizá sea él quien se transforme en el Yeti del que el Sr. Crowley hablaba tanto…

Me llevó un poco de tiempo darme cuenta de que Edward y yo nos habíamos quedado mirando en silencio. Él se negaba a desviar los ojos, los cuales estaban de un predecible color ámbar que pegaba con su buen humor. Fui yo quien miró hacia otro lado para buscar una bolsa grande para su caña de pescar. —Es un largo viaje solo para cazar. Os debe de gustar mucho.

Él se rió ente dientes, manifiestamente divertido por algún chiste privado que nunca me contaría. —Supongo que sí. —Se inclinó ligeramente hacia el mostrador, sin molestarse en incorporarse cuando le di la bolsa de plástico. —No puedo evitar preguntarte, ¿qué tal llevaste tu recuperación del sábado anterior?

Me sonrió burlonamente, y sentí como el calor me subía a las mejillas. —Sobreviví. No sé si alguna vez lo has oído, pero el Tylenol es una droga milagrosa.

Su arrogancia se desvaneció y su voz se volvió grave. —Me alegro, pero no me refería a eso.

Entrecerré los ojos. Sabía cuál era su estrategia, y me gustaría decirle que podía relajarse; no había roto con mi novio para perseguirle a él. Intenté decirme que Edward era insufriblemente vanidoso, pero en su defensa, cualquiera con un rostro así tendría unas buenas razones para preocuparse de que las chicas dejaran de lado a sus seres queridos en un vano intento por ganar su afecto.

Me guardé mis pensamientos, y sonreí. —Jake y yo estamos genial. Se portó muy bien. —Suspiré. —De hecho, "portarse bien" ni siquiera le hace justicia; fue todo un santo comparado con mi… comportamiento. —Me sonrojé al recordarlo.

Los músculos de su cara se relajaron, dando aún más peso a mi teoría. Edward asintió con sinceridad. —Me alegro. —Cogió la bolsa y se irguió. Después me preguntó, —¿así que la historia de Berty no era exactamente un Shakespeare?

No me importó que mi rostro se iluminara como un fuego forestal. —El personaje protagonista era un centauro, Edward. Escogiste la semana equivocada para marcharte.

Sus carcajadas llenaron la tienda. —Estoy de acuerdo. —Debería ser la iluminación, porque me pareció ver cómo sus ojos brillaban. Tamborileó el mostrador con los dedos y se giró hacia la puerta. —Te veo el lunes, Bella.

Todo lo que pude hacer fue asentir con la cabeza y sonreír. Cuando fui capaz de contestarle, ya había salido de la habitación.

Las semanas siguientes intenté realizar mi plan lo mejor que pude, pero Edward me seguía evitando tanto como podía. No estaba llegando a ninguna parte; no descubrí nada sobre él que me pudiera quitar mi obsesión. Hablábamos todos los días en inglés, pero nunca fui capaz de conseguir ninguna respuesta directa a las preguntas personales que le hacía. La mayor parte de las veces discutíamos sobre las novelas que leíamos para clase o sobre el nuevo peluquín del director. Intentaba evitar hablar sobre mi vida privada, pero a veces Edward me conducía hacia ese camino.

El primer avance en nuestra interacción fuera de las clases de inglés empezó el lunes siguiente a la visita de los Cullen a la tienda de los Newton. Dada su sociabilidad en la tienda, me atreví a saludarle con la cabeza cuando pasé al lado de su mesa en la cafetería. Él me respondió con una leve sonrisa. Continuamos con esta rutina durante varias semanas. Finalmente, la eterna curiosidad de Jessica salió a flote. La vi cómo observaba nuestro pequeño saludo mientras me acercaba a nuestra mesa.

—¿Qué pasa contigo y con Edward Cullen? ¿Sois amigos, o algo? —Era octubre, y había traído una botella de sidra* para compartir. Debería haber sabido que su generosidad tenía un precio.

—Nos sentamos juntos en inglés, así que nos ayudamos a mantenernos despiertos durante las clases del Sr. Berty. —Tomé un sorbo de mi vaso de sidra y pretendí no ver la expresión intrigada de Jessica. —Eso es todo.

—No habla con nadie más excepto contigo o su hermana, Bella. —Dijo, como si me estuviera acusando de algo.

—Apenas habla conmigo, excepto en Inglés. —Y me volvía loca; me sentía como un detective siguiendo un rastro de pistas cuando se trataba de Edward.

Lauren fingía no escuchar, pero era una actriz penosa. Sabía que aún estaba enfadada por la manera en la que Edward la había ignorado en la fiesta de Mike.

Jessica se inclinó hacia mí con una sonrisa conspiradora. —¿Te gusta Edward?

Normalmente mis habilidades interpretativas eran mucho peores que las de Lauren, pero había practicado tantas veces esa respuesta en mi cabeza que ya estaba preparada. No me importaba que quien me lo preguntara fuera Jessica en lugar de Jacob. —Ni de broma. Solo creo que es una persona interesante con la que se puede hablar. Sólo somos conocidos. —Muy convincente, Bella. Antes de que pudiera felicitarme, continué hablando. —Ni siquiera quiere ser mi amigo. Creo que solo habla conmigo porque le doy pena.

Lauren desvió sus ojos azules en mi dirección, apenas ocultando una sonrisa arrogante. Mi brutal honestidad acerca de mi relación con Edward claramente le había agradado.

Jessica no insistió más. Era obvio para todo el mundo que Edward no me tenía ningún tipo de interés. Estaba fuera del alcance de todas; la distancia que mantenía con el resto de nosotros tenía sentido, incluso para Jessica Stanley.

Cuando todos los ojos dejaron de observarme, me atreví a mirarle. Estaba jugueteando con la comida mientras su hermana le sonreía burlonamente desde el otro lado de la mesa. Hubiera dado el dedo meñique para saber de qué hablaban.

En nuestra mesa, el tema de conversación había cambiando al baile de principio de curso. Jessica hablaba sobre encontrar unos zapatos que pegaran con su vestido. Tyler comentó algo sobre comprarse una nueva camisa de unas tallas más grandes debido al aumento de sus músculos. Lauren calló en la trampa y empezó a tocarle el brazo mientras éste lo flexionaba en demostración. Mike entonces añadió que estaba planeando en encerar su Suburban antes de recoger a su cita, una pesada de segundo año que le había dicho que se parecía a Brett Favre. Cualquiera que viera mi rostro se daría cuenta de que preferiría recibir un balazo en la cara antes que seguir escuchando aquella conversación. Sin embargo, me quedé en mi asiento. No tenía ningún sitio al que ir.

Veinte minutos después, me escapé a Inglés, aunque aún estaba cansada de la horrorosa monotonía de los cincuenta minutos anteriores.

Edward me estudió cuidadosamente cuando entré en clase. Mis hombros estaban caídos y mi cara seguramente estaba sombría. Por supuesto, se dio cuenta de todo. —¿Otra fascinante hora de almuerzo?

Me derrumbé sobre mi asiento, dejando los libros sobre la mesa con demasiada fuerza. —No tienes ni idea.

Afortunadamente, Edward no mencionó nada más al respecto. No quería que supiera lo sola que me hacían sentir mis compañeros de clase. Me molestaban, pero sobretodo me hacían sentir como una chica rara al no importarme los bailes, los cotilleos, o los deportes del instituto. Me pasé el resto de la clase pensando en cómo parecía no encajar en ningún sitio.

El timbre sonó, sorprendiéndome. Edward se levantó y empezó a caminar hacia la puerta, pero de pronto, se detuvo. Se dio la vuelta, y me observó con una expresión llena de conflicto. Dudando, murmuró. —Si quieres, puedes sentarte conmigo y con Alice mañana.

—¿Qué? —Era imposible que me estuviera sugiriendo lo que yo pensaba que me estaba sugiriendo.

—Podrías quedarte conmigo a la hora de la comida. —Me sonrió. —Tómatelo como una especie de descanso de lo que te está haciendo sentir así.

Recordé lo que me dijo la noche que me acompañó a casa, cómo restringió nuestra relación a una de simples conocidos. No pude evitar decir, —comer juntos es lo que suelen hacer los amigos, ¿sabes?

Edward se mantuvo en silencio durante unos instantes antes de suspirar y responder. —Quizá ser amigos no sea lo peor del mundo.

Suprimí lo que seguramente habría sido una humillante y estúpida sonrisa. —Estoy de acuerdo.

Prácticamente fui dando saltitos hasta Historia. Por fin mi plan estaba tomando forma.

Appel cider: Es un tipo de manzana especial que no se come, sino que se bebe. Se saca el líquido, se fermenta, y se forma la sidra.