Como siempre, gracias por los comentarios. Espero que os guste.


Capítulo Diecisiete: amigos

La idea de comer nunca me había aterrorizado tanto. Para disminuir mi propio miedo, intenté trazar, casi obsesivamente, un plan de juego. Espagueti sería, definitivamente, un error. Con la roja y acuosa salsa, y los fideos tan largos que los tenías que absorber hasta que el plato se vaciase. Por otro lado, la ensalada tenía demasiados tipos de vegetales que se me podían quedar entre los dientes sin que me diera cuenta. Un sándwich sería lo más seguro, aunque con mi suerte, terminaría ahogándome y asfixiándome con un trozo de tomate. Los posibles humillantes escenarios seguían pasándome por la cabeza, y ni una vez me pregunté cómo es que Edward Cullen podía transformar algo tan mundano como la comida en el evento social más importante del año.

Al final de la cuarta clase, me convencí de que si Edward se acordaba de su invitación, me limitaría a beber agua y comer un par de galletas saladas; cuanto menos riesgo, mejor. Solo si se acordaba. O si no había cambiado de opinión. Entré en la cafetería sola después de haberme escondido en el baño durante cinco minutos para tranquilizarme.

Edward no estaba; Alice estaba sentada, sola, con la espalda hacia la puerta. Debería haberme preparado para su ausencia; siempre que quería verle, no estaba. Mis nervios se transformaron en desilusión. Por supuesto que no estaba; seguramente solo me lo había propuesto en un arrebato de compasión, y ahora se arrepentía. Cogí dos trozos de pizza para intentar animarme un poco. Bajé la cabeza y caminé hacia mi prisión social donde Mike, Jessica, Lauren y algunos otros ya estaban sentados.

Antes de que pudiera dar un paso más, él me salvó.

De la nada, Edward apareció detrás de mí. —¿Has cambiado de idea? —Me preguntó, su voz dudosa pero su expresión firme.

Su aliento me rozó el cuello. No me molesté en jugar más. —Por supuesto que no. —Se puso a mi lado. Ignorando el nudo de mi garganta, continué. —Enséñame el camino.

Intenté no mirar a nadie mientras seguía a Edward hasta la esquina donde Alice estaba sentada, jugando con la comida. Al ver su figura, me detuve. Aunque Edward estaba a varios pasos de distancia, pareció darse cuenta de mis dudas y se giró hacia mí.

—¿Te estás arrepintiendo, eh? —Sonaba arrogante, como si se hubiera esperado que no me atreviera a llevar a cabo nuestros planes, pero no consiguió engañarme. Vi cómo la angustia le cruzaba el rostro segundos antes de que hablara. Quizá estuviera tan cansado del instituto como lo estaba yo; quizá fuera esa la razón por la que nos llevábamos tan bien, la razón por la que a veces parecía querer estar conmigo.

En un susurro apresurado, le pregunté. —¿Sabe tu hermana que hoy me voy a sentar con vosotros? —Con todo el estrés, se me había olvidado meter a Alice en la ecuación. Ahora, a pocos metros de distancia, una nueva ola de ansiedad tensó los músculos de mi cuello. No me podía imaginar a la fría chica de Español dándome la bienvenida con los brazos abiertos.

—Relájate, ya lo sabe.

Los nervios se apoderaron de mí, e incluso llegué a tragar saliva con fuerza, como los dibujos animados cuando se daban cuenta de que se habían caído de un precipicio y ya no tenían tierra bajo los pies. De ninguna manera esto va a salir bien, pensé mientras apoyaba la bandeja de la comida en frente de Edward. Alice estaba a mi derecha. No me hacía falta girar la cabeza para saber que me estaba mirando.

Abrí la boca para decir algo, aunque fuera para reconocer que no pertenecía con ella o con su hermano, pero antes de que pudiera decir nada, ella soltó. —Hola, Bella. Encantada de conocerte. —Puso los ojos en blanco. —Bueno, ya sabes, conocerte oficialmente, ya que no hablamos mucho en Español.

Mi boca aún estaba abierta, tanto, que mi mandíbula empezaba a doler. Quizá dije 'hola' en respuesta, pero no estaba completamente segura de nada, ya que me daba la sensación de que estaba viviendo un episodio de La Cuarta Dimensión. Eventualmente, regresé a la realidad y le lancé una mirada a Edward, quien observaba a su hermana con atención. No tenía ni idea de lo que estaba pasando.

Me negaba a mirar hacia atrás, pero podía sentir cómo varios pares de ojos me estudiaban. Seguramente Jessica estaba sufriendo un aneurisma. Alice y Edward se quedaron en silencio. Yo era la forastera, así que no me molesté en romper el hielo, aunque tampoco sabía cómo.

Escapando de la mirada de Edward, Alice me sonrió calurosamente. —Bella, ¿vas a ir al baile del fin de semana que viene?

A pesar de que era el mismo tema que me había llevado al borde de la locura, estaba tan enamorada por el hecho de que Alice Cullen me estuviera hablando como a una igual, que no me importó. —No. —Reconocí el disgusto en mi propia voz. —No bailo. Para nada. Nunca.

Los labios de Edward se torcieron en una sonrisa. —Probablemente sea lo mejor, teniendo en cuenta que no puedes andar sin provocarte una lesión mortal. —Se mordió el labio. Algo me dijo que no había planeado decirme eso.

El hecho de que Edward no pensara antes de hablar, algo que por lo general me pasaba a mí, me hizo reír. —No te preocupes, no me has ofendido, —le dije. —Tienes toda la razón.

Edward volvió a sonreír, pero se detuvo cuando pilló a su hermana mirándole. Me sentí obligada a rescatarle. —Alice, —solo decir su nombre me ponía nerviosa, —¿tú vas a ir?

Ella negó con la cabeza. —Mi familia no está muy involucrada con las actividades del instituto. ¿A que no, Edward?

—Cierto, —dijo con sarcasmo.

—Estoy de acuerdo con ese punto, —murmuré. Jugueteé con mi trozo de pizza, demasiado nerviosa para empezar a comer. Cuando observé las bandejas de Edward y Alice, me di cuenta de que ellos tampoco habían comido.

—¡Ah! —La exclamación de Alice me sorprendió. —Edward, necesito las llaves de tu coche. —Él la miró con escepticismo. —Me acabo de acordar de un cosa que va a pasar en gimnasia, y no me apetece mucho ir. Creo que hoy necesito salir antes.

El rostro de Edward cambió del escepticismo a la comprensión. Depositó las llaves sobre la mano de su hermana. Para mi sorpresa, Alice se levantó de inmediato.

—Estoy realmente encantada de haberte conocido, Bella. Lo siento, pero tengo que irme; si salgo ahora, podré llegar a las tiendas de Port Angeles antes de que se vaya todo lo bueno. —Guiñó el ojo. —Quizá podamos hablar más mañana. —Después, Alice salió de la cafetería antes de que pudiera pestañear.

Cuando me giré hacia Edward, me sorprendió ver su sonrisa avergonzada. Cuando no dijo nada, rompí el silencio. —Tu hermana me recuerda a ti.

Pareció sorprendido. —¿A qué te refieres?

—Los dos sois ridículamente misteriosos. ¿Qué era eso?

Él gimió. —Alice… a veces se comporta así.

—Y quieres decir que…

—Es muy impulsiva. Además, se mete donde no la llaman. —Rápidamente, añadió. —En parte, la razón por la que se acaba de ir es porque pensaba que estabas incómoda.

—Eso es estúpido. No me hacía sentir incómoda. —Era Edward, o cualquier situación conectada con él, lo que me producía un ataque al corazón, pero Alice no era realmente el problema. —De hecho, la encontré muy agradable. No me lo esperaba.

Edward alzó las cejas. —¿Pensabas que iba a ser cruel contigo?

Respiré hondo y tomé una decisión. —Pensaba que me iba a tratar como tú me tratabas al principio.

Edward se cruzó de brazos, después cambió de opinión y se pasó una mano por el pelo. En su defensa, no intentó fingir ignorancia. —Tenía mis razones para ser tan frío. Era necesario…. No lo sé, pero quizá aún sea la mejor opción.

—¿La mejor opción? ¿De qué estas hablando?

No me miró a los ojos. —Ya te lo he dicho. No soy el tipo de persona con la que deberías pasar el tiempo.

—Edward, para. —Levanté una mano para que dejara de hablar. Necesitaba ser lo más honesta posible si quería convencerle de que no le estaba persiguiendo como una adolescente enamorada. —Solo quiero ser tu amiga. Creo que eres, con creces, la persona más interesante de este pueblo perdido de la mano de Dios. Si me haces volver ahí, —hice una señal con la cabeza hacia mi habitual mesa, —mi cerebro se va a pudrir hasta que ya no quede nada. Las detalladas discusiones que hace Jessica sobre Laguna Beach ya hacen que mi CI* baje 10 puntos. Así que, comparado con eso, prefiero hablar contigo. ¿Es algo tan malo? Deja de evitarme, deja de preocuparte. No estoy…. —Me obligué a decírselo ya. —No me gustas de esa forma. —Estaba roja, pero esperaba que no le quitara mérito a mi improvisado discurso.

Durante toda una eternidad, Edward asintió lentamente con la cabeza, sin hablar, sin mostrar ni un rastro de emoción. Finalmente, sus labios se apretaron formando una dura línea, y pronunció con una voz controlada. —Ya lo sabía. —Mordió un trozo de su manzana, casi rompiendo el corazón de la fruta en dos trozos. Era el primer bocado que había tomado desde que nos habíamos sentado; debería haberme sentido tranquila al ver que mi confesión le había dado apetito, pero no lo estaba. En cambio, me sentía paralizada.

Y me asustaba. Sabía que si no me limitaba a mi plan de hacerme amiga de Edward, el vacío me consumiría. Nunca superaría aquellos sentimientos superficiales que tenía hacia él, y eso me arruinaría. Aún peor, arruinaría a Jacob. No sería capaz de volver a ser la misma hasta que arreglara lo que me había convertido en esta persona que apenas reconocía. Tenía que solucionarlo, o la nada me tragaría entera. Antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo, le dije, —por favor, no te asustes, Edward. Por favor, no te alejes. Es solo que… Creo que podríamos ser amigos. —Ciegamente, continué. —Eres la única persona con la que siento que puedo hablar.

Demasiado lejos, Bella. Has cruzado la raya.

—Sé a lo que te refieres.

Y ahora la acaba de cruzar él.

Parecía aterrorizado de lo que acababa de admitir, incluso aunque mi propia confesión había sido mucho más patética. Mi corazón dio un vuelco ante la idea de ver a Edward sintiéndose incómodo. Por lo que, sacrificando la poca dignidad que me quedaba, reuní todo mi coraje y le sonreí. Casi a regañadientes, él también sonrió. La expresión le llegó a los ojos, y no me pude creer que alguien como él pudiera estar mirando al alguien como yo de forma tan amable, tan abiertamente.

—¿Amigos? —Intentando por todos los medios que no me temblara, alargué la mano hacia él, esperando que me la cogiera como si estuviéramos haciendo un trato.

Él no alargó la suya, pero asintió y dijo, —amigos.

Durante los siguientes minutos, ninguno de los dos dijo ni una palabra. Sin embargo, no fue un silencio incómodo. De hecho, sentí un familiar calor en el pecho, un calor que nunca había sentido en los confines del Instituto de Forks. Estaba en paz. No era un saco de nervios. No estaba enfadada. No estaba sola. Incluso aunque este sentimiento desapareciese tan pronto como quitara a Edward del pedestal al que le había subido inconscientemente, en ese momento me sentía increíblemente agradecida de tenerle en mi vida. Sabía que lo que fuera que tuviéramos no iba a durar mucho, pero lo saborearía mientras pudiera. En última instancia, este tipo de perfección siempre terminaba siendo efímero… aunque no hubiera sentido antes nada parecido para estar segura.

Finalmente, di un mordisco a mi pizza, pensando que ahora sería un buen momento para obtener algunas respuestas. Le sonreí traviesamente antes de preguntar, —así que, si ahora somos amigos, ¿me dirás por qué me miraste en clase de Inglés como si me acabara de revolcar en el abono de caballo?

Resopló, bromeando, lo que atribuí a que estaba divertido al ver que me negaba a rendirme. Con aire condescendiente, replicó, —quizá apestaras de verdad, Bella.

—Está bien. Me rindo. Tú y tus secretos… —Era incapaz de sentirme enfadada con él, no cuando al final estábamos llegando a algo.

—No seas tan crítica. Estoy seguro de que tú también tienes secretos.

—En realidad, no. —Me mofé. —Prácticamente te digo todo lo que pienso. —Casi. —De hecho, es algo que me saca de quicio.

Edward se reclinó sobre la silla. —No tengo ni idea de lo que pasa por tu cabeza. Eso sí que me saca de quicio.

—Lo mismo digo.

Sonrió de medio lado. La sonrisa le iluminó el rostro. —Sé que me voy a arrepentir de esto, pero si quieres saber algo, solo tienes que preguntar.

Sospeché al instante de su súbita franqueza. —¿Así que puedo preguntarte cualquier cosa?

—Por supuesto. —Se dio cuenta de mi cínica reacción en seguida. —Eso no significa que te vaya a contestar, pero puedes preguntarme lo que quieras. Cuando quieras.

A pesar de su invitación tan abierta, no iba a malgastar ni un segundo. —Vale. Aquí va una pregunta: ¿por qué evitas a todo el mundo en el instituto? Podrías ser Míster Popularidad, si quisieras. Sin embargo, no quieres; te escondes, igual que yo. No estoy segura de entenderlo.

Necesitaba que me dijera que se creía mejor que el resto de nosotros, probar que sobresalía sobre los demás. Estaba buscando grietas en su perfecta fachada, pero me decepcionó.

—No pertenezco con esta gente. Supongo que se puede decir que crecí hace mucho tiempo, y no puedo fingir que soy como los demás. Ellos no me entienden, y yo no les entiendo a ellos. Vivo en un mundo completamente distinto. —Sus ojos me observaron con gentileza. —¿Y tú? Hay varias personas que desearían entrar dentro de tu cabeza, conocerte mejor. —Desvió los ojos hacia la manzana destrozada de su bandeja. Tuve que agudizar el oído para oírle, —aparte de mí, claro.

Crucé los dedos y recé porque mi rostro no estuviera tan rojo como lo sentía. —No quiero que me conozcan. Nunca seré como ellos. No quiero las mismas cosas que ellos. La popularidad sería mi peor pesadilla.

—¿No quieres gustar a la gente? —Preguntó silenciosamente, sin rastro de asombro o de acusación.

—Odio ser el centro de atención. Solo quiero vivir mi vida sin una audiencia. —De algún modo, sin darme cuenta, Edward había cambiado el foco de la conversación hacia mí. Era hora de tomar las riendas. —¿Y tú? ¿No estás cerca con nadie más a parte de tu familia?

Sus palabras salieron con rapidez. —En realidad, no. No necesito a nadie más en mi vida.

Incrédula, abrí la boca de la sorpresa. —Nadie puede poner un límite en cuanto a la cantidad de personas que deja entrar en su vida, Edward. Esa es una actitud muy negativa. —Sonreí, irónica. —Y te lo digo yo, la solitaria perpetua, eso ya es algo.

De pronto, la expresión de Edward se volvió melancólica. —Normalmente no es un problema. Me siento extremadamente afortunado de tener a mis padres, mis hermanos y hermanas. Son más de lo que me merezco, la verdad. Además, como ya he dicho antes, leo muy bien a la gente, y sé cuándo no merece la pena.

—Pero no puedes leerme a mí. —Entonces, lo entendí. —De ahí que me sigas hablando, ¿cierto?

Se tomó su tiempo para contestar. —He conocido a mucha gente y vivido en más lugares de los que podría contar, pero tú… —Se detuvo, y apretó la mandíbula. —Eres diferente, diferente de todas las personas con las que me he encontrado.

Dejé que el pelo ocultase mi rostro para crear una barrera más que necesaria entre los dos. —Dame un poco de tiempo, Edward, y te darás cuenta de que no lo soy.

Estaba jugando a lo mismo que yo, esperando que algún día hiciera algo que le demostrase lo poco atrayente que podía llegar a ser. Si aún no lo había descubierto, no tendría que esperar mucho más; era de todo menos diferente.

Los estudiantes empezaron a rodearnos mientras se acercaban a la puerta, indicando que la hora de la comida estaba próxima a terminarse. Edward se levantó como un destello, pero me esperó antes de empezar a caminar hacia Inglés. Cuando nos acercamos a las puertas de cristal, observé mi reflejo. Apenas me reconocía. Normalmente me encogía sobre mi misma para estar más cerca del suelo en caso de que me cayese, pero como pude ver en mi reflejo, estaba erguida, caminando con seguridad al lado de un chico que hubiera parecido un holograma* si no hubiera rozado su brazo con el mío en el pasillo. Pero más sorprendente aún fue mi rostro. En lugar de mi habitual indiferencia, mis mejillas estaba sonrosadas y mis ojos brillaban.

Mi recién descubierta alegría más que problemática, era catastrófica. Edward me había hecho esto. Y eso significaba que mi plan se me estaba lleno de las manos. Busqué entre mis sentimientos la culpabilidad o el pánico, pero solo encontré harmonía. Busqué un poco más lejos, y finalmente oí a una pequeña voz que me gritaba alarmada, pero el resto de mi cuerpo la ignoró. Sabía lo que la voz quería, que saliera corriendo y nunca más volviera a hablar con mi nuevo amigo, pero no me importaba. Por primera vez, no me preocupé por la opción más correcta; lo único que sabía era que Edward hacía que mis días fueran más agradables.

Tenía derecho a hacer amigos.

No estaba haciendo nada malo.

No iba a alejarme de él.

El estridente timbre señaló el final de Historia y de las clases. Me hice paso dentro de una muchedumbre de estudiantes de grados inferiores, buscando a un estudiante en particular del último curso. Sabía que no tenía coche para volver a casa, porque Alice se había ido a la hora de la comida, así que estaba dispuesta a ser una buena amiga y ofrecerle un transporte, aunque significara llegar tarde al trabajo.

Caminé rápidamente por los pasillos. Quería pillarle antes de que pudiera llamar alguien para que le recogiera. Casi atropellé a Mike cuando pasé por su taquilla.

—¡Bella! —Parecía preocupado. —¿Has oído lo que le ha pasado a Jessica en gimnasia?

—No… —Le hubiera ignorado de no ser por el tono horrorizado de su voz. —¿Está bien?

—No lo sé; estaban subiendo por unas cuerdas, y ella llegó hasta el techo. —Si solo resultaba ser que Mike estaba impresionado por la fuerza de Jessica, le mataría. —Perdió el equilibrio y se cayó al suelo. No cayó en las colchonetas, sino cerca de la barandilla de las gradas.

—Oh Dios mío.

—Lo sé, —dijo Mike, apresurado. —La gente no para de decir que se empaló con algo, porque había mucha sangre, pero creo que solo son rumores. Al menos, eso espero. —Desvió los ojos hacia el suelo, y entonces recordé la larga relación que tuvieron los dos juntos. Tenía un presentimiento de que iba a volver a ocurrir. —Voy a ir al hospital para ver qué ha pasado. ¿Quieres venir?

Sacudí la cabeza. —Tengo que trabajar, ¿recuerdas? Pero si descubres algo, llámame, ¿vale?

Me sentí culpable cuando recordé cómo había hablado de Jessica unas horas antes. Como castigo, decidí no preguntarle a Edward si necesitaba que le llevase a casa, y caminé sola hacia el parking.

Mis hombros se cayeron cuando vi un destello de pelo cobrizo desaparecer dentro de un BMW rojo. El coche era increíble, completamente fuera de lugar en un pueblo como este, pero no era nada comparado con su conductora. Era la mujer más guapa que había visto nunca, con un cabello largo y rubio que caía sobre sus hombros, y unos labios tan rojos como el coche. Su camisa tenía un corte tan bajo, que no podía saber dónde empezaba su escote, que estaba parcialmente escondido detrás del volante. Era un recordatorio viviente de quién era yo y de dónde pertenecía. Era la versión femenina de Edward; al igual que el brillante y exquisito BMW, tenía sentido que Edward perteneciera con ella.

Cuando Edward y su novia salieron del aparcamiento y pasaron al lado de mi monovolumen, me di cuenta de lo aburrido y descolorido que era el color de mi coche. Arranqué el motor y salí a la calle. Mi coche apenas alcanzaba la mitad de la velocidad que tenía el BMW, por mucho que intentase forzar el motor. A diferencia de mí, mi coche sabía de qué era capaz y cuáles eran sus límites. No debería haberle forzado. No volvería a cometer el mismo error.


*CI: Cociente Intelectual.

*Holograma: imagen tridimensional registrada por medio de rayos láser, sobre una emulsión sensible especial.