Innocent, Vigilant, Ordinary

Capítulo Dieciocho: Calabazas

Después de perder el equilibro tras subir una cuerda en clase de gimnasia, Jessica Stanley cayó seis metros y aterrizó con la cara sobre una barandilla de metal. Este accidente le había costado dos dientes, diecisiete puntos en la frente, pero simultáneamente le había permitido acceso a los cuidados de Mike Newton. Cuando entré en la habitación que le habían dado en el hospital, me dedicó una sonrisa sin dientes y me informó, —ha merecido la pena.

De la culpa, fui a visitar a Jessica el lunes después del trabajo. Afortunadamente, los rumores sobre su empalamiento fueron falsos, ya que a pesar de la distancia de la caída, sus heridas eran relativamente leves. El doctor la informó de que podría volver a las clases en un par de días, pero Jessica me dijo que estaba esperando a que le arreglaran los dientes.

Sin embargo, Jessica estaba extremadamente entusiasmada por discutir el resurgimiento de su relación con Mike. Habían estado saliendo durante un tiempo en primero, y ahora que Jessica se había convertido en una damisela en apuros, Mike quería una segunda oportunidad.

—Tan pronto como me desperté de la anestesia, mi madre me contó que Mike había estado en la sala de espera todo el tiempo. Me trajo flores y todo. —Estaba radiante; incluso los moratones violetas que tenía alrededor de la nariz no podían apagar el brillo de sus ojos. —Creo que podríamos volver juntos. Solo espero que todo esto, —se señaló la cara, —desaparezca para el baile de este fin de semana. No pienso salir a la calle hasta que esto se me cure. Se supone que Mike va a llevar al baile a esa chica de secundaria, pero estoy segura de que si se lo pido vendría conmigo… —Se detuvo y me observó.

—Eh, sí. Quizá, Jess.

Eso la tranquilizó, y la sonrisa atontada le volvió al rostro. —Me duele todo, Bella, pero me siento fantástica. Quiero decir, ¿nunca has sentido que no tenías control sobre ti misma? ¿Como si el amor fuera quien te controlara a ti?

No pude evitarlo, pero fruncí el ceño. —Eso suena horrible. —Prefería estar en control todo el tiempo, y no tenía ni idea de lo que Jessica me estaba hablando. No podía entender por qué alguien renunciaría a su derecho de elegir el camino con el que seguir su vida.

Jessica puso los ojos en blanco, pero la sonrisa nunca le abandonó el rostro. —Oh, Bella. Es increíble. Últimamente he estado pensando mucho en él, y ahora por fin está sucediendo algo entre los dos. Nunca me había imaginado que pudiéramos volver juntos. Por ejemplo, la semana pasada, cuando descubrí que le había pedido a Hannah que le acompañara al baile, volví a casa y no pude dejar de llorar. Nunca me he sentido peor. —El pequeño brillo de desesperación de sus ojos desapareció y se convirtió en una alegría casi ridícula. —Pero ahora creo que todo va a salir bien, y no puedo dejar de sonreír. Incluso aunque me faltan dientes y tengo un aspecto horrible, no puedo dejar de sonreír.

Y no estaba mintiendo. La sonrisa de Jessica se mantuvo adherida a su rostro durante los treinta minutos que me quedé con ella. Estuvimos hablando sobre su optimismo estimulado por el amor, y no me di cuenta de quién había estado llevando la conversación hasta que Jessica se giró hacia mí. —¿Es así siempre?

Fruncí el ceño. —¿El qué?

—El amor, tonta. ¿Es así siempre? —Su voz se volvió preocupada. —¿O con el tiempo desaparece?

Estudié su rostro antes de responder a la pregunta. Sus labios se curvaron como si evidenciaran su maniaca alegría. No podía recordar haber sentido nunca ese tipo de felicidad. Durante la mayor parte de las veces, mis emociones siempre habían estado bajo control. Con Jake, nuestro amor había florecido con lentitud. Tan despacio, que nunca había sentido como si me hubiera enamorado; si no, más bien, como si hubiera estado dando pasos pequeñitos, hasta que un día llegué a la conclusión de que nuestro destino era estar juntos. Nuestro amor no era un amor imprudente como el que Jessica estaba sintiendo. Jacob y yo teníamos algo diferente, algo más que simple deseo; confiábamos el uno en el otro de una manera que hacía que lo nuestro fuera responsable y verdadero.

Jessica me estudió con anticipación. —Creo el amor es diferente para todos, Jess. —Me observó con desconfianza, incitándome a mentir. —Supongo que no tiene por qué desaparecer, si no quieres. —Sospechaba que eran sus hormonas adolescentes lo que le causaban ese estado de éxtasis. Por supuesto, lo que sentía por Mike desaparecería con el tiempo. Nadie podía construir una relación a base de deseos irresponsables e impulsivos.

Le lancé una última mirada antes de irme a casa. Se despidió con la mano, radiante de alegría, y después rozó los pétalos de las margaritas de un florero al lado de su camilla. Gemí interiormente. Quizá no fuera lujuria, después de todo. A lo mejor le habían dado unos analgésicos muy potentes.

Cuando llegué a casa, descubrí que las preguntas de Jessica me frustraban, aunque no podía entender por qué. Para quitarme a Jessica de mis pensamientos, me pasé la noche hablando con Jake por el teléfono sobre los planes que tenía para mejorar su coche. Incluso aunque me perdía con todo lo que tuviera que ver con carburadores o caballos, sus entusiásticas descripciones eran la distracción perfecta. Evité hablar sobre mí, ya que solo implicaría preguntas a las que no estaba preparada para contestar. Eventualmente, llegaron las doce de la noche, y terminamos nuestra conversación. Estaba demasiado cansada para hacer los deberes, especialmente las traducciones de Español que teníamos para el día siguiente. Al final, me quedé dormida en la cama, aún con las luces encendidas y con un libro de texto sobre mi regazo.

Mi pereza me pasó factura la mañana siguiente. Salí de casa apresuradamente, y apenas llegué a clase antes de que el timbre dejara de sonar. La Sra. Goff empezó a hablar en un perfecto y fluido Español, esperando que nosotros le respondiéramos de igual forma las ocho de la mañana. Puse los ojos en blanco cuando se enfadó al ver que nadie estaba tan entusiasmado como ella por el argumento de Don Quijote.

Instintivamente, la Sra. Goff pareció darse cuenta de mi irritación. Mirándome directamente, inquirió, — "¿Puede alguien describir por qué mintió Sancho a Don Quijote acerca de Dulcinea?"

Por supuesto, nadie levantó la mano para salvarme. A pesar de que ni siquiera me había dicho nada, mi rostro comenzó a sonrojarse. Todavía no había llegado a la mitad del trabajo; no podía siquiera fingir una respuesta medianamente sensata.

Los ojos de la Sra. Goff se entrecerraron minuciosamente. —Bel…

Antes de que la Sra. Goff pudiera decir mi nombre, Alice Cullen disparó la respuesta en un perfecto español. La Sra. Goff pareció sorprenderse, pero la respuesta de Alice le satisfizo. —Muy bien, señorita Cullen. — Los ojos de la profesora dejaron de observarme, y esperé a que Alice me mirara para poder darle las gracias, pero no se giró hacia mí.

Sufrí el resto de la clase sin más problemas. Cuando la hora terminó, me acerqué hacia Alice, que estaba guardando los libros. A pesar de su amabilidad ayer en la cafetería, me sentía nerviosa. Silenciosamente, para que la Sra. Goff no me oyera, respiré hondo y le dije, —gracias.

Alice esbozó una sonrisa. —De nada, Bella. —Para mi sorpresa, me acompañó por el pasillo. —Te vendrás con nosotros a la hora de la comida, ¿verdad? —Parecía esperanzada.

—Eh, supongo, siempre y cuando sea bienvenida.

Mis palabras la confundieron. —¿Y por qué no ibas a serlo?

Me sonrojé, incapaz de encontrar una respuesta razonable a su pregunta.

Se dio cuenta de mi incomodidad y añadió cálidamente, —creo que hablo por Edward cuando digo que a los dos nos desilusionaría mucho que no te sentaras hoy con nosotros. —Sonrió y revoloteó hacia una de las aulas, entrando dentro y dejándome aliviada y desconcertada a la vez.

Durante las tres siguientes clases, me obsesioné con sus palabras. No me había imaginado lo que había dicho: los dos, Edward y yo. ¿Qué significaba? ¿Hablaba de mí con Alice? ¿Y si era así, qué le decía? Tenía que ser algo positivo, o si no Alice no hubiera insinuado que Edward también quería que me sentara con ellos.

Una rubia intimidantemente hermosa apareció repentinamente dentro de mis pensamientos, y me recordé a mi misma que Edward no me profesaba ningún tipo de sentimientos románticos. Después de todo, ayer vi con mis propios ojos el tipo de chicas con las iba. Además, yo tenía a Jake.

Ignoré lo mejor que pude los sentimientos de culpa al pensar en Jake solo por los celos que la que la curvilínea novia de Edward me provocaba. El timbre sonó, dando por finalizada la cuarta clase de la mañana, y salí en dirección a la cafetería. Aún no estaba acostumbrada al recién entusiasmo que sentía cuando llegaba la hora del almuerzo, por lo que llegué a la cafetería antes que la mayoría de la gente, incluidos los Cullen. Me hice paso por el lugar y me senté en su mesa, dubitativa. Estaba demasiado nerviosa para empezar a comer, segura de que en cualquier momento Edward aparecería y me obligaría a irme y sentarme en mi antigua mesa donde Lauren ya estaba sentada, admirándose con un pequeño espejo. O aún peor, me ignoraría por completo y se sentaría en otro sitio.

Focalicé toda mi atención en tamborilear los dedos contra la fría bandeja de plástico, así que no me di cuenta cuando se me acercó por la espalda. —Tiene un aspecto horroroso, —dijo, refiriéndose al filete que había elegido para comer. Sin embargo, no parecía disgustado… De hecho, parecía contento porque una sonrisa le bailaba en los labios.

Mientras el pánico se evaporaba de mi cuerpo, me encogí de hombros, en falta de una respuesta mejor, y bebí un poco de mi limonada. Se sentó en la silla de en frente, si molestarse en parpadear mientras me observaba. Cuando no dije nada, me preguntó. —Bueno, ¿alguna novedad? —Aún me sorprendía la atención con la que esperaba a que contestara sus preguntas. Cómo lo echaría de menos cuando se cansara de mí…

—¿El pequeño accidente de Jessica Stanley parece haberles reunido a ella y a Mike Newton de nuevo? —Me salió como un pregunta porque no estaba segura de cómo respondería a los cotilleos del instituto. No tenía nada mejor que comentar, al menos nada que me atreviera a decirle.

Para mi alivio, sonrió con maldad, señalando así su interés. —Debe romperte el corazón saber que Mike Newton haya encontrado a una persona nueva a la que manifestar sus afectos.

Casi puse los ojos en blanco. Por supuesto, Edward tenía que mencionar algo así. —Sí, bueno… Una chica solo puede decir no un millón de veces antes de que Mike entienda el mensaje.

—Oh, tampoco me haría muchas ilusiones sobre la idea de que se haya rendido. Con solo una palabra ya le tendrías corriendo hacia ti. —Edward bromeaba, pero había un tono extraño en su voz.

Hice una mueca.Muérdeme**.

Él dejó de reírse, y la luz que había estado brillando en sus ojos se oscureció.

—¿Qué? —¿Le habría ofendido? Solo por si acaso, seguí hablando. —Creo que a Mike Newton solo le gustan un tipo de chicas. Un tipo de chicas que no soy yo. —Sonreí con inocencia. Esperando que dijera algo para no sentirme tan rara.

Como si los dioses hubieran oído mis plegarias, Alice llegó, sentándose grácilmente sobre su silla. —¿De qué estabais hablando? —preguntó, ignorando la expresión amarga de Edward. —¿Tipos? —Girándose hacia mí, dijo, —¿y cuál es tu tipo, Bella?

Edward cogió la cuchara y comenzó a trazar dibujos en su sopa.

Alice me sonreía alegremente, por lo que, a pesar de mis pocas ganas, intenté responder. —Eh… En realidad no tengo. Yo, eh, solo he salido con una persona, así que… Supongo que diría que mi tipo no es Mike Newton. Es todo lo que tengo, lo siento. —Mis traidoras mejillas estaban ardiendo. Incluso me negaba a mirar a Edward para ver lo que estaba haciendo.

Alice se reclinó sobre la silla, claramente tranquila a pesar de la tensión del ambiente. —¿Y cómo es tu novio, entonces? Quiero decir, ¿él sería tu tipo, no?

Mis rodillas estaban, literalmente, temblando bajo la mesa. De todos los temas de conversación, este era el único que no quería discutir delante de Edward. —Jake es genial. Es mi mejor amigo. —Mi voz sonaba infantil. —Es más pequeño que yo, pero es muy fácil hablar con él.

Alice sacudió la cabeza. —No me refiero a eso. —Se inclinó hacia mí. Ahora no parecía un buen momento para darme cuenta de lo bien que olía. —¿Es mono?

—Supongo.

Alice le lanzó una mirada a Edward, y sus labios se torcieron en una pequeña sonrisa. —¿Supones?

Asentí con la cabeza, no muy segura de a lo que quería llegar.

Abrió la boca para seguir hablando, pero Edward la interrumpió. —¿Has terminado de leer el libro de Inglés? —Su voz sonaba casi ronca, pero me estaba salvando, una vez más, así que no le presté demasiada atención a su tono de voz.

Me avergonzaba un poco admitir que anoche no había hecho nada. —No, esta vez no. Estoy cruzando los dedos para que no haya un examen sorpresa, o algo.

Alice estaba haciendo pucheros desde su asiento. Cogiendo su bandeja, murmuró una excusa sobre tener que coger algo de la taquilla, y nos dejó a Edward a mí solos por segunda vez en muchos días.

Hablamos sobre las clases, cualquier tema relacionado con Jake ya olvidado, lo que hacía que el resto de nuestra conversación se volviera formal pero no poco interesante. Aún no me había acostumbrado a sentarme delante de Edward en lugar de a un lado, como en Inglés, así que nunca antes me había dado cuenta de lo inmóvil que podía llegar a ser. Hasta que se dio cuenta de que le estaba mirando, después de lo cual haría algún pequeño movimiento como si quisiera demostrar algo. A veces se revolvería en el asiento, otras, se llevaría la mano al pelo. Mi favorita era cuando apoyaba los antebrazos sobre la mesa y se inclinaba ligeramente hacia mí. Tenía las mangas dobladas hasta los codos, y me gustaba ver el contraste entre el marmóreo blanco de su piel, y el gris fórmico de la mesa. Llevaba un reloj que parecía caro y que le colgaba alrededor de la muñeca, lo suficientemente suelto para poder meter un dedo entre la correa de cuero y su piel. Fue entonces cuando me di cuenta de que quería tocarle. Su pelo, sus manos, sus brazos; cualquier cosa que moviera. Quería tocarle, o al menos, rozarle con la punta de los dedos.

El recuerdo de su novia solo lo empeoró más. De forma extraña, su mera existencia me hizo sentir más cómoda cuando le miraba. Él ya tenía a alguien, igual que yo, y actuaban como unas alarmas que me frenarían si iba muy lejos. Mi mente, sin embargo, era un área privada. Solo me pertenecía a mí, y me complacía a mí misma. Aún estaba en control de la realidad, pero me dejaba soñar porque pronto, el sueño desaparecería.

Como ayer, caminamos hasta Inglés juntos. Caminaba a un par de pasos de distancia, pero intentaba acercarme más a medida que llegábamos a clase. Cuando Eric Yorkie pasó corriendo a nuestro lado, me choqué ligeramente contra el hombro de Edward, y la sensación hizo que mi corazón comenzara a latir con violencia. Estaba cansada de luchar contra mis reacciones, así que dejé que siguiera y me encontré con me gustaba dejarme llevar.

Edward vio al Sr. Berty antes que yo. —Oh, oh, —murmuró entre dientes.

Seguí su mirada hacia el montón de papeles que el profesor sujetaba en los brazos, unos papeles que solo podían significar una cosa. —Examen, —respondí con el mismo tono de voz.

Edward asintió. Sin considerar las consecuencias de lo que estaba a punto de decir, desvié la mirada hacia su rostro, disfrutando de nuestra proximidad aunque ello significara hacerme daño en el cuello, y le sugerí. —Vayámonos de clase.

Edward sí que había terminado de leer el libro y tenía una impresionante novia a la seguramente vería después de clase, así que hizo lo correcto. —No puedo. —Respondió, sin mirarme.

El rechazo me dolió, aunque supiera ya lo que me iba a contestar. Sin embargo, por orgullo, me negaba a entrar dentro y sentarme a su lado. —Muy bien, —repliqué. —Te veré después. —Caminé en la dirección opuesta, intentando no parecer una niña enfadada, y abrí las pesadas puertas del edificio que daban al aparcamiento del instituto.

Estás haciendo pellas, me dije, intentado ajustarme a la idea. Nunca había hecho algo parecido, ni siquiera cuando sabía que me iban a elegir la última para jugar al voleibol en gimnasia, o cuando me daba cuenta que había hecho mal un trabajo de inglés. Pero hoy, estaba haciendo pellas. Y me sentía bien. Fuera apenas había niebla, las otoñales hojas de los árboles, que se habían caído al suelo, estaban teñidas de colores vivos. La fría brisa que me envolvió me hizo sentir libre.

Entrando en mi monovolumen con una radiante sonrisa en los labios, giré la llave para arrancar el coche. Nada. Lo intenté otra vez. Todavía nada.

Mi momento de rebelión arruinado por una batería muerta. —Solo tú, Bella, —me dije en voz alta, mirándome en el espejo retrovisor. Dejé que pasaran tres minutos antes de darle una tercera vez a la llave. Nada de nada.

Dejé caer la cabeza, mi barbilla rozando mi esternón, mientras abría la puerta del coche, desilusionada. Cuando alcé la mirada, me quedé sin aliento. Me había acostumbrado tanto al ruido que hacía mi camioneta que había olvidado lo silenciosos que eran el resto de los coches. Eso explicaba cómo no me había dado cuenta de que un Volvo plateado se había acercado hasta mi comatoso Chevy.

El suave ruido de la ventana al bajarse rompió el silencio. —Tú ganas. Vámonos. —Todo lo que tuviera que ver con él, incluso el frío y oscuro cuero del interior de su coche, se volvió caluroso y acogedor.

Sin dudarlo un segundo, caminé por los pequeños charcos del suelo y abrí la puerta del copiloto. Sabía que estábamos cruzando aún más líneas al pasar más tiempo juntos fuera de las propiedades del instituto, pero nada podría haberme convencido de hacer lo contrario.

El interior del coche olía como él, dulce como la miel. Me mordí el labio para no esbozar una sonrisa estúpida. —Has cambiado de idea.

—Se me conoce por hacerlo de vez en cuando. —Puso el Volvo en movimiento.

—¿Y cómo has escapado?

Se giró hacia mí. Su expresión divertida se convirtió en una de agonía. Apartando una mano del volante, se la colocó sobre el estómago, y con mucha convicción, me dijo, —de repente, me he empezado a sentir mal.

Me reí, y su fingido dolor se transformó en una sonrisa maliciosa.

—Bueno, me alegro, —dije, todavía riendo como si me estuvieran haciendo cosquillas. —Si no, tendría que haberme tragado el orgullo y volver ahí dentro; mi coche no arrancaba.

Él no respondió, centrando su atención en la carretera. Fue entonces cuando me di cuenta de que no sabía hacia dónde íbamos. —Bueno, —dije. —¿Y cuál es el plan? —Estaba extasiada, seguramente porque me sentía como Bonnie y Clyde escapando de un banco*.

—No hay ningún plan. Te voy a llevar a casa. —Parecía pensar que lo que yo quería era irme a casa.

—Ni de broma, —solté con tal fervor que Edward alzó las cejas con sorpresa. —Puede que tú hagas pellas todo el tiempo, pero esta es mi primera vez. No puedo ir acasa. Tengo que hacer algo divertido.

—¿Divertido? —Se notaba no sabía muy bien qué pensar al respecto.

—O al menos memorable.

Observé cómo tenía algún tipo de debate interno. Por suerte, su respuesta final me dijo que el lado correcto había ganado la batalla. —¿Y a dónde quieres ir?

Mi habitual inseguridad me hubiera consumido a estas alturas, pero me sentía tan a gusto con Edward, que dije lo primero que se me vino a la cabeza. —¿Sabes? Hace años que no compro una calabaza.

—¿Una calabaza, eh? —Edward no comentó nada sobre la húmeda niebla que impregnaba el aire a nuestro alrededor, ni la simple extrañeza de mi idea. En cambio, sus ojos brillaron, casi como si entendiera el razonamiento tras mi repentina necesidad de comprar una calabaza.

—No pareces sorprendido.

Edward me miró por el rabillo del ojo. —Bella, todo lo que dices me sorprende. —La sonrisa de su rostro me impidió sentirme avergonzada por mi infantil deseo. —Supongo que tienes algún sitio en mente.

—Dobla a la derecha en el stop, y sal fuera del pueblo.

El siguió mis instrucciones sin hacerme sentir en ningún momento la necesidad de explicarme. Lo que, por supuesto, me dio aún más ganas de contárselo todo, sin importar lo estúpido que pudiera sonar. —Mi madre solía hacerme comprar una calabaza cuando era pequeña, justo antes de Halloween. Nunca llegábamos a decorarlo, así que eventualmente se convirtió en nuestro pequeño chiste, donde dejábamos una simple y vieja calabaza en el porche cada octubre. —La melancolía me invadió hasta que recordé lo que solía descubrir cada mañana del 1 de noviembre. —Pero siempre había algún estúpido que nos aplastaba la calabaza a pedazos. —Suspiré, encanta de ver cómo a Edward le entretenía mi historia. —Al menos nunca nos esforzamos mucho con ella.

—Eso lo hacen mi madre y Alice todos los años. Les encanta Halloween.

Ladeé la cabeza. —Edward Cullen, ¿acabas de ofrecerme voluntariamente información sobre ti mismo? —Pregunté, fingiendo incredulidad.

—Ten cuidado con lo que dices, o no volverá a ocurrir, —replicó, pero su sonrisa le traicionaba.

Entramos en un terreno lleno de calabazas a las afueras de Forks. El dueño era un granjero local que también vendía árboles de Navidad en diciembre. Los árboles se agitaban con la brisa, y a lo lejos pude distinguir el destello naranja de las calabazas.

Llevaba puestas unas zapatillas, así que no me preocupaba caminar sobre el fango hasta las calabazas, pero los pies de Edward eran otra historia. Hice una mueca. —Tus zapatos parecen muy caros. Porque no me esperas aquí mientras yo voy…

Él agitó la mano con despreocupación. Ya estaba a mitad de camino de la primera fila de árboles antes de que pudiera salir del coche. —¡Eh, espera!

Edward no tuvo ninguna clase de problemas al caminar entre el lodo y las ramas de los árboles, pero yo apenas podía mantenerme en pie. Él me cogió una o dos veces antes de que pudiera hacerme realmente daño. Y cada vez que su brazo rozaba el mío, mi estómago daba un vuelco. Para hacer una prueba, fingí perder el equilibrio, preparándome de antemano a su contacto; pero no importaba, incluso sabiendo lo que iba a pasar me ponía igual de nerviosa. Sin embargo, no era la peor sensación del mundo; había algo fresco y vívido en esas mariposas que sentía en el estómago.

A medida que nos íbamos acercando a las filas de calabazas, busqué una distracción. Y como la mayor parte de mis acciones en presencia de Edward, no preví la frase que me salió de la boca; quizá inconscientemente sabía que necesitaba más que una distracción… Quizá necesitaba un recordatorio, una frontera. —Tu novia era muy guapa. —Mi voz sonaba controlada, apropiada para una conversación casual. O al menos eso esperaba.

Su rostro se alzó con brusquedad. —¿Qué? —Parecía perdido. Seguramente porque se habría asustado al pensar que podría estar espiándole.

—Oh, la vi ayer. En el aparcamiento. Su coche era tan…

—Ella no es mi novia. —Mis palabras parecieron disgustarle. Parecía un niño al que le había acusado de estar enamorado de la paria de la clase, por lo general la chica gordita o la de los dientes torcidos.

—Um, lo siento. —Me sentía avergonzada por mi osadía, pero había algo más que se escondía dentro de mí. Tras unos segundos, reconocí lo que era: alivio. Un inmenso y colosal alivio. Esa constatación me avergonzó aún más, añadido al hecho de que Edward escudriñaba cada pequeño movimiento de mi rostro.

—¿Pensabas que Rosalie era mi novia? ¿Rosalie? ¿De dónde narices has sacado esa idea? —Su rostro pasó por docenas de expresiones que sugerían sorpresa, horror y una inmensa confusión.

Nunca es buena idea hablar incoherentemente cuando estás completamente avergonzada, pero estaba demasiado ida para pensar con claridad. —¿Qué? No es una locura. Ella es preciosa y tú eres… ya sabes, perfecto. Tienes, y te comprendo, cero interés en todas las chicas del instituto, y ella es la única persona que he visto que está a tu altura, así que… —Me detuve cuando vi la incrédula expresión de su rostro.

Durante unos instantes, Edward se mantuvo inmóvil y callado. Yo me separé de él para inspeccionar las calabazas. Eventualmente, terminé alejándome cada vez más del lugar donde se había quedado adherido al barro. Empecé a pensar en todo lo anterior, y llegué a la conclusión de que mi teoría no había sido tan ridícula, al fin y al cabo. Edward tenía que ser consciente de lo increíble que era ella, y de lo increíble que era él. Y ese tipo de personas pegaban entre sí; estaba bastante segura que la teoría de Darwin de la supervivencia de los más fuertes incluía alguna estipulación en ese sentido. Pasaron varios minutos en los que Edward y yo caminamos en lados opuestos del terreno. No le oí acercarse hasta que no estuvo a pocos metros de donde yo intentaba levantar una calabaza que doblaba el tamaño de mi cabeza. Alcé la vista y vi que aún tenía esa expresión de confusión en la cara. —Agh, —exhalé cuando perdí la batalla con la calabaza gigante y me caí al suelo de culo.

Ahogó una carcajada, su rostro finalmente convirtiéndose en una nueva expresión más gentil. —Rosalie es mi hermana, —dijo con simpleza. —No biológicamente hablando, pero es mi hermana. Además, es extraordinariamente cabezota, maleducada y vanidosa. De ahí mi revulsión ante tu increíblemente equivocada suposición.

—No era tan equivocada, —dije, contrariada, poniéndome en pie. Cogí una calabaza más pequeña y la sujeté entre los brazos, caminando hacia una mesa medio derruida para pagar. —¿Quieres una calabaza o no? —Busqué en mi bolsillo y saqué un fajo de billetes de un dólar. Los agité delante de su cara. —Invito yo. Para conmemorar mis primeras pellas del instituto.

Edward sacudió la cabeza, distraído. Pagué al desinteresado cajero, y repetimos nuestra marcha hacia el coche. En el camino, Edward despertó de su silencio y preguntó, —¿a qué te referías con lo de estar a mi altura?

No me molesté en ocultar mi exasperado suspiro. —Otra vez no. —Edward asintió, urgiéndome a contestar. —Tú eres… atractivo, ¿vale? —Me sonrojé, pero no dejé de hablar, y murmuré. —Como si no lo supieras. Nadie quiere acercarse a ti porque estás fuera del alcance de todo el mundo. Intimidas mucho.

Parecían noticias nuevas para Edward. Estaba estupefacto, y si no me hubiera sentido tan humillada, me hubiera reído. —¿Te intimido a ti? —Extrañamente, parecía completamente ingenuo ante cuál sería mi respuesta.

Llegamos al Volvo, pero ninguno de los dos entró dentro. Me incliné para limpiarme el barro de los zapatos, de ese modo estaba fuera del alcance de sus ojos. —No tanto como a los demás. Al menos hablo contigo.

Edward rodeó el coche y abrió la puerta del conductor. —Pero solo porque te hablo yo a ti.

Abrí mi puerta y me dejé caer en la silla de cuero. —Eres increíblemente arrogante, Edward.

Él se encogió de hombros y sonrió torcidamente. Yo le fulminé con la mirada, pero aún me sentía culpable por mi comportamiento anterior. —Hey, siento haber pensado que estabas saliendo con tu hermana. —Quería sonar sincera, pero no pude evitar soltar una carcajada al pedir disculpas, lo que disminuyó su efecto.

Edward parecía a punto de vomitar. —Sí, gracias por recordármelo, —replicó sarcásticamente. —Rosalie. Agh.

—Bueno, menudo insulto. Siento tanto haber pensado que la mujer más guapa de todo Washington era tu novia. Qué terrible por mi parte.

Edward hizo una mueca en respuesta.

—¿Qué? ¿Sueles salir con trols? ¿Con chicas obesas? ¿Chicas con pelo en la espalda? —Mis risas desaparecieron al ver su expresión deprimida.

Sin desviar los ojos del parabrisas, murmuró fríamente. —No salgo con chicas. Nunca.

—Eso… eso no es posible. —Mi mandíbula se quedó suspendida varios centímetros por debajo de mi labio superior, tan abierto, que pude sentir cómo el aire de la calefacción me golpeaba en la garganta. —Alguien tiene que haberte pillado. Mírate; eres… eres simplemente maravilloso. —Y ahí estaba. Estaba babeando. Por él. En voz alta.

Sin embargo, Edward no registró nada. Se recuperó en un instante, su expresión altiva y calculadora regresó a sus perfectas facciones. Aunque no caí en su trampa. Era una máscara. Estaba asustado. No sabía de qué, pero tenía toda la intención de averiguarlo.

—¿Por qué? —Pregunté, sin miedo.

Su respuesta estaba preparada; sabía cuál iba a ser mi pregunta. —No suelo tolerar a la mayor parte de la gente.

—Oh. —Con la esperanza de animarle, le di un consejo cliché probado y demostrado. —Encontrarás a alguien. Bueno, yo lo encontré, y me suelo esconder de todo el mundo. Todavía hay esperanza para ti. —Todas estas admisiones me salieron de forma accidental. Lo último que quería era desviar la conversación hacia mi propia vida sentimental.

—Es cierto. Ya has encontrado a alguien. —Su tono de voz sonaba resignado. —Y eres feliz.

—Claro. —Mi respuesta fue idéntica a la que le daba al dentista cuando me preguntaba si me lavaba los dientes todos los días. Para alguien que decía ser un experto en leer a la gente, Edward no pareció darse cuenta del dolor tras mi propia voz.

Intentando cambiar de tema, le pregunté. —¿Quieres que te regale mi calabaza? ¿Eso te haría sentir mejor?

Estaba tan seria y la pregunta era tan ridícula, que Edward rompió a reír. —No, Bella, creo que deberías quedarte tu calabaza.

Lo levanté de mi regazo y lo apoyé sobre el brazo del asiento que estaba entre nosotros. —Toma, quédatelo. Puedes dibujarle una mueca, y así será la calabaza más meditabunda de todo el vecindario.

Se frotó la mandíbula, pensativo. —¿Es eso lo que piensas de mi? ¿Crees que me pienso demasiado las cosas?

—Lo dices como si fuera una sorpresa. ¿Te has mirado en un espejo? —Le sonreí para enseñarle que solo estaba bromeando; parecía casi frágil, no quería hacerle sentir aún peor.

—Muy graciosa. —Nuestros ojos se encontraron. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que me miró así. —¿Crees que debería sonreír más?

Me reí al pensarlo. —Dios, no. Les darás a todas las chicas un ataque al corazón. Además, ya no te reconocería. —En realidad sería a mí a quien le daría un ataque.

Momentos después, llegamos al instituto. Eran casi las tres, y pronto la realidad nos devolvería los pies a la tierra. Mi mano se acercó al manillar de la puerta.

—Gracias por escaparte hoy conmigo, Edward. —Me hubiera gustado no haber sonado tan tímida.

—La próxima vez haz los deberes, Bella. —Esa estúpida sonrisa me estaba acercando al paro cardiaco.

—Sí, mamá. —Dios mío, me podría tirar así para siempre. Avergonzada de mis pensamientos, abrí la puerta. Edward esperó a que mi monovolumen arrancara. Milagrosamente, cuando giré la llave, el motor se despertó con su habitual rugido.

Antes de que pusiera el coche en movimiento, abrí la puerta para contarle lo obvio, que mi coche ya funcionaba. Sin embargo, él ya estaba al lado de mi ventana, con la calabaza entre los brazos. Me la pasó, y yo me giré hacia él, y sonreí. Pero no era mi sonrisa habitual, ni siquiera la que le solía esbozar. Era una sonrisa más amplia, más alegre. Podía sentir cómo las esquinas de mis labios subían, exponiendo mis dientes al aire. Cuando vi mi reflejo, reconocí la extraña expresión de mi rostro. Excepto por la presencia de mis dientes delanteros, no me diferenciaba mucho de Jessica Stanley.

Era oficial. Mis planes para odiar a Edward Cullen no estaban funcionando. Había perdido por completo el control. Los sentimientos dentro de mí eran peligrosos. Solo me quedaba rezar para que desaparecieran con el tiempo. Sin embargo, no estaba segura de querer algo así.


Bonnie y Clyde fueron dos criminales y ladrones muy famosos de EEUU durante la Gran Depresión.

Muérdeme es la traducción literal de "Bite Me". Es una expresión suave para decir "déjame en paz", o "vete a la mierda". Lo he traducido de esta forma para que el texto tuviera ese doble sentido que se pretendía en inglés, aunque en español suene raro.