Me apetecía mucho colgar este capítulo, así que lo he adelantado una semana ^__^ Espero que os guste =)
Innocent, Vigilant, Ordinary
Capítulo Diecinueve: Santificado
—¿Quieres explicarme por qué tienes una calabaza encima de la mesilla de noche?
—Solo si me dices por qué tienes un moratón alrededor de tu ojo izquierdo.
Jake y yo nos observábamos fijamente, uno frente al otro, en los pocos metros de espacio que había en mi habitación. En principio habíamos planeado pasarnos toda la tarde matando a los demonios de los deberes para poder ir a una fiesta de Halloween que daban en La Push. Ahora, sin embargo, nuestros planes se habían desmoronado gracias a los pobremente disimulados secretos a los que nos aferrábamos con desesperación y que hacían que la normalidad fuera algo inalcanzable. Ninguno de los dos íbamos a ceder porque las pruebas que teníamos contra el otro ya establecían que estábamos escondiendo algo. La evidencia, demasiado vívida e imposible de ignorar, le gritaba a Jacob en un vibrante tono naranja que algo más había capturado mi atención, y a mí en un entramado de colores negros, violetas y azules que la violencia se había convertido en parte de su vida.
—Es Halloween. Bueno, casi. Quería celebrarlo. —Arqueé una ceja, determinada a que su tapadera se abriera antes que la mía.
—Me tropecé. —Dio un paso hacia delante para enseñarme que no estaba dispuesto a echarse atrás.
Sin embargo, este no había sido el principio de nuestra pelea. El Primer Acto sucedió cuando apareció en el porche de Charlie con el mismo aspecto que Rocky al final de la película, y yo me negaba a jugar el papel de su Adrienne y admirar su machismo. En cambio, me enfadé. Fue cuando mi "¿qué narices te ha pasado en la cara?" fue contestado con un "no quiero hablar de ello", que la pelea comenzó. Me negaba a felicitarle por haber perdido los papeles y haberse destrozado la mitad de la cara. Por el contrario, Jake exigió respuestas ante mi reciente actitud evasiva, especialmente quería saber por qué me habían puesto un parte el día antes, obligándome así a cancelar nuestros planes. Ambos preguntamos muchas cosas, y no podíamos entender por qué le molestaban tanto al otro.
Ahora, nuestro enfado se transformó en un silencio impregnado de frustración. Jake era cabezota, pero yo lo era más. Ninguno de los dos pronunció ni una sola sílaba durante veinte minutos.
Nunca me había peleado con Jake, ni siquiera cuando era su amiga. No sabía qué hacer. Quizá le apaciguaría una disculpa sincera , pero no estaba muy segura de por qué debería estar pidiendo disculpas.
Huelga decir que sentía una culpabilidad demoledora por lo que fuera que había hecho que el control desapareciera entre Edward y yo, pero un "lo siento" no sería suficiente. Ni siquiera podía decir con palabras lo que estaba sintiendo, por lo que sería imposible explicárselo a Jacob. Lo interpretaría de forma equivocada y pensaría que estaba rompiendo con él cuando era lo último que deseaba hacer. Quizá me preguntaría por qué simplemente no dejaba de hablar con él, porque no le cortaba de mi vida. Y yo sería incapaz de mentir. Y entonces todo lo que Jake y yo teníamos, explotaría. Jake no sería capaz de volver a confiar en nadie, y yo me condenaría a un infierno de auto-compasión y odio.
A lo sumo, podría disculparme por no haberle contado los pequeños momentos que Edward y yo compartíamos en el colegio, las horas que nos tirábamos en el almuerzo hablando de nada y de todo, y de las miradas que cruzábamos en Inglés cada vez que el Sr. Berty comentaba algo sobre lo que no estábamos de acuerdo. Sin embargo, dejar entrar a Jake sería un error, como lo era confesar haber bebido y conducido, cuando lo único que habías hecho era tomar una cerveza sin alcohol. Después de todo, no había hecho nada malo.
Y aún así… me sentía como el anti-Cristo. A través de mis calculadas omisiones, estaba engañando a la persona que más quería en el mundo. Y lo peor de todo es que no podía dejar de hacerlo. Edward era como el oxígeno para mi. Por fin había hecho un amigo dentro de las paredes del Instituto de Forks, alguien que podía mantenerme cuerda en medio de aquella agotadora monotonía social.
Si al menos cada terminación nerviosa de mi cuerpo no anhelara su tacto como la nicotina.
Si al menos mi existencia consciente e inconsciente no girara en torno a la idea de sus largos y blancos dedos rozándome la piel desnuda.
Si al menos no me pasara la lengua por los labios de forma compulsiva cada vez que me sonreía.
Afortunadamente, mi cárcel hormonal solo me encarcelaba a mí. Aunque yo fuera demasiado débil para resistirme, Edward sin duda no tenía problemas. La evidencia estaba en todas partes: desde la forma en la que se alejaba cada vez que rozaba mi brazo contra el suyo "sin querer", hasta cómo se desvanecía de la faz de la tierra al final de la clase, sin preguntarme siquiera el número de teléfono o si me apetecía quedar a tomar un café. Yo estaba cegada del deseo y de la admiración con todo lo que tuviera que ver con Edward Cullen, pero para él, yo solo era el entretenimiento del día que hacía que las clases pasaran un poco más deprisa.
Le fruncí el ceño a Jacob, que me fulminaba la mirada. Supuse que Jake tenía derecho a sentirse enfadado, pero de ninguna manera lo estaba por la verdadera razón. Era imposible que supiera que había desarrollado unos sentimientos no-platónicos por el inalcanzable Adonis que se sentaba frente a mí en la cafetería. Tenía curiosidad, así que pregunté, —¿qué tienes en contra de las calabazas?
Le lanzó a la calabaza una mala mirada, como si hubiera insultado a su madre. —Está encima de la jodida mesilla, Bella.
Cierto, era un poco raro dormir a pocos centímetros de una calabaza, pero la había colocado allí dos días antes, después de mi escapada con Edward, y aún no me había molestado en bajarla al porche donde debería haberla colocado para mantener viva la tradición que mi madre y yo teníamos. ¿Cómo podía Jake sentir tanta hostilidad hacia una calabaza? —Quería cambiarla de sitio, pero no he tenido tiempo. ¿Desde cuándo te ha importado la decoración de mi mesilla de noche?
Caminó encima del parqué y relegó la calabaza al suelo, dejando a la vista el resto de mis cosas. Entre las botellas vacías de agua y los clínex usados, había una vieja foto que nos sacamos cuando condujo su coche por primera vez, un anillo de plástico que Jake ganó en unas fiestas, y un trébol de cuatro hojas enmarcado. La foto estaba estropeada y el marco se había caído, así que la imagen estaba boca abajo.
Jacob estaba rígido y con una expresión severa. —Solía mirar a esta mesilla y sentir que, en cierto modo, dormía contigo cada noche. El hecho de que pusieras esa foto me hacía sentir que era especial para ti. Sin embargo, estas últimas semanas has dejado que se desmoronase, como si ya no te importara.
—Muy sutil, Jake. —Espeté, con voz aguda y cortante. —Ahórrate las metáforas que son obvias. He estado ocupada y no he limpiado la habitación. Además, como ya sabes, estoy ocupada con los trabajos de Cálculo y la redacción de Inglés. No es nada personal.
—Deja de mirarme como si estuviera loco. Llevo repitiéndote lo mismo todo el tiempo, pero no me escuchas: no eres la Bella de siempre, y lo odio. —Sus manos apartaron el pelo que le caía sobre los ojos y lo colocaron bruscamente detrás de las orejas. —No tengo ni la más remota idea de cómo te va. Te castigan en el instituto, pero ni siquiera me dices por qué. Siempre estás callada cuando estamos juntos, y últimamente me besas como si fueras un jodido robot.
Algo dentro de mí saltó. ¿Él estaba criticando mis besos? Quería a Jacob con cada fibra de mi ser, pero nuestra relación física no se podía comparar con el vínculo emocional que compartíamos. Jake besaba con pasión, pero siempre me había preguntado si me besaba por ser yo o porque era un adolescente de dieciséis años besando a una chica con pulso.
Quizá fuera el enorme hematoma que le rodeaba el ojo izquierdo y que se negaba a explicar, o quizá solo hubiera perdido la compasión por los demás, pero fuera lo que fuera me hizo espetar, —Al menos yo no empujo la lengua dentro de tu boca en un estúpido intento por demostrar que te quiero. Al menos cuando te toco lo hago porque eres tú y no por mis hormonas. Te lo juro, Jake, pero a veces pienso que me besas por ti y no por mí, por nosotros.
Mi madre solía guardar viejas copias de la revista Cosmo en el baño. No le prestaba demasiada atención, pero aún recordaba un artículo titulado "Las reglas para no romper con tu novio", el cual decía que si se quería seguir con mi novio debía darle espacio para estar con sus amigos, no interrumpirle mientras veía un partido, y nunca, bajo ninguna circunstancia, criticar su habilidad para besar. No estaba demasiado preocupada por haber decepcionado a los de Cosmo, pero la expresión en el juvenil rostro de Jake me confirmaba que me había convertido en una especie de niña satánica.
Ambos nos paralizamos al instante, aunque mi cuerpo estaba en posición de ataque mientras que los hombros de Jake se habían hundido en defensa. Rápido, estúpida, arréglalo antes de que sea demasiado tarde. —¡Me encanta besarte! —Grité, haciendo que la desesperación se tragara cualquier verdad que Jake hubiera podido encontrar en mis palabras. —¡De verdad! ¡Te lo juro!
Él no respondió. En cambio salió de mi habitación, cerrando la puerta con furia desenfrenada. Yo corrí tras él, moviéndome más rápido de lo que me había movido en toda mi vida. Jake alcanzó la puerta principal cuando mis pies se trabaron entre sí y propulsaron mi rostro hacia las escaleras de madera. No estaba segura de lo que vino primero, si mi agudo grito o la serie de golpes contra las escaleras, pero una vez llegué al piso de abajo lo único que pude oír fue un aplastante silencio. Mis alrededores giraban cuando intenté incorporarme mientras contraía diferentes partes de mi cuerpo para descubrir que hueso me había roto esta vez.
No me hizo falta abrir los ojos para saber que Jake estaba a mi lado, horrorizado. —¡Bella! —Se arrodilló y colocó una mano bajo mi nuca con delicadeza. —¿Puedes oírme? ¿Estás bien?
—Mmmm. —No parecía haberme roto ningún hueso. Los moratones, sin embargo, dejarían al ojo de Jake en muy mal lugar.
—¡Bells! ¡Abre los ojos, por el amor de Dios! ¡Mírame!
Le hice caso. Mis ojos se encontraron con los suyos, haciéndome sentir como un monstruo. —Lo que te he dicho antes era una mierda, ¿vale? Soy una idiota, yo…
Hizo una mueca, pero lo dejó correr. —Luego. Solo dime que te encuentras bien.
—Creo que… —torcí el tobillo. —Estoy bien. —Llena de moratones, pero no rota. Al menos no físicamente, aunque me lo merecía.
—Bien, —suspiró. Extendió su mano y me ayudó a levantarme.
Me negué a soltar sus dedos. —Escucha, Jake, déjame explicarte. —Él desvió la mirada hacia la puerta. —Sé que últimamente no estoy siendo yo misma. Creo que solo te dije lo del beso para picarte… Quiero decir, nunca pensaría algo así. Pero me siento… rara. Muy, muy rara. Y eso me está haciendo muy cruel. Creo que la gente del instituto me está volviendo loca. —Era parcialmente verdad; la mayoría de mis compañeros me freían el cerebro, pero uno de ellos, el que era en realidad el problema, hacía que mi corazón latiera con ferocidad. —Así que me estoy comportando como una persona horrible y egoísta. Es… No sé cómo explicarlo.
—Te está sangrando la nariz. —La voz de Jacob sonaba vacía, pero entró en el baño y salió con papel higiénico.
Retorcí unos trozos antes de metérmelos en cada orificio. El blanco papel se tiñó de rojo, y de pronto nuestros papeles se invirtieron; ahora yo era Rocky, llena de sangre y rota, y sin mi Adrienne. Jacob estaba cruzado de brazos. Cada día iba aumentando de tamaño, sus ojos estaban a millas de distancia de los míos, y cada vez se parecía menos al chico al que yo quería. Me sentí enferma.
La única salida que había era la de menor resistencia, así que inspiré hondo a través de la boca y dije, —El martes hice pellas. Había un examen sorpresa, y no estaba preparada, y de pronto se me antojó comprar una calabaza, igual que los que Renee y yo solíamos dejar en el porche el día de Halloween. Así que uno de mis compa… uno de mis amigos y yo nos escapamos. Cogí mi calabaza, y al día siguiente, me pusieron un parte.
Jake me conocía lo suficiente para saber que lo impredecible era una de mis marcas registradas. La calabaza tendría todo el sentido del mundo para él, solo porque no tendría nada de sentido antojar decoraciones de Halloween. —¿Y porque no me lo has dicho desde un principio? ¿Por qué tanto secreto, Bells?
Bells. Lo tomé como una buena señal; cuanto más abreviara mi nombre, en menor peligro me encontraba. Me merecía un "Isabella" por mis comentarios anteriores, pero porque Jake era un santo, me concedió un indulto.
—No lo sé, —dije. Él confiaba en mí, y yo la estaba fastidiando. —Bueno, la verdad es que mi amigo, con el que fui a comprar la calabaza, era Edward Cullen. Ahora somos amigos. No quería decírtelo porque pensé que te enfadarías. O que al menos te sentirías incómodo con toda esa estúpida historia de que los Tribales Mayores odian a los Cullen. Así que me callé, y no debería haberlo hecho. Pero él, su hermana y yo… nos sentamos juntos a comer. Son geniales, Jake. —Para asegurarme, añadí. —Lo siento. Necesitaba amigos. Apesta estar siempre sola en el instituto.
Necesitaba compañía.
Jake resopló. —¿Compañía? ¿Es todo lo que es para ti?
Se me escapó una histérica y exagerada carcajada. —Oh, por favor. No tienes nada de lo que preocuparte, Jake. —Le observé con los ojos como platos, sin comprender por qué no entendía algo que era obvio. —Él y yo somos como manzanas y naranjas. —Una perfecta y brillante manzana roja, y una abollaba y demasiado madura naranja. —Sin preocupaciones, te lo prometo.
Técnicamente no le estaba mintiendo, aunque me sentía como si lo estuviera haciendo. Aunque no tenía ni idea de cuál era, en realidad, la verdad.
Me cogió de la mano y me llevó hasta la cocina. Debía quererme de verdad, porque solo el amor verdadero podría explicar por qué me cogió el papel de la nariz, lo tiró a la basura, y me limpió el magullado rostro con un paño mojado. Me besó en la frente y me dijo con severidad. —No me guardes más secretos, Swan. Lo digo en serio.
—Mira quién habla. —Dije, rozando suavemente su moratón.
Él desvió los ojos hacia el techo y se pellizcó el puente de la nariz antes de volver a mirarme. —Paul, un chico de mi clase, y yo tuvimos una pequeña pelea, eso es todo.
—¿Una pelea?
—Hay… bueno, algunos problemas en la reserva, y Paul no dejaba de decir gilipolleces… Y perdimos el control.
—Oh, genial. Una explicación realmente exhaustiva, Jake. Ahora lo entiendo todo.
—Es complicado. Y estúpido. —Se inclinó contra la encimera, agarrándome de la muñeca para que me apoyara a su lado. Aunque estuviera siendo tan vago al menos me volvía a tocar. —Paul es de mi edad, pero nunca hemos sido amigos ni nada parecido, ni siquiera nos tolerábamos. Pero ahora está todo el rato encima de mí, diciéndome que tengo que crecer y dejar de hacer el tonto con Quil y Embry.
—¿Y es su problema porque…?
—Esa es la cosa, no lo es. Se lo digo, pero entonces me contesta que soy inútil para la tribu. Joder, solo tengo dieciséis años. ¿Cuál es su problema?
Estaba aún más confusa que Jake. ¿Quién era Paul y porque perseguía a mi novio?
—Bueno, —suspiró, —él y Sam Uley están… enamorados, o algo así. Siempre están juntos. Sam también me da las mismas charlas sobre lo de "ser más responsable", aunque es mucho menos plasta que Paul. Ayer me los encontré mientras Quil y yo buscábamos piezas para el nuevo motor que estamos montando. Paul empieza a decir que soy indigno —no tengo ni de idea de por qué— y después se puso a insultar a mis amigos, así que le di un puñetazo.
Jake levantó el puño y se quitó la venda de la cual no me había fijado antes. Debajo de la tela blanca había una serie de rasguños y moratones que hacían que su rostro pareciera perfecto.
Jake murmuró con expresión culpable, —supongo que su cara estaba un poco más dura de lo que había pensado.
—¡Jacob Black! ¡Dios mío, vete al hospital! ¿Qué pasa contigo? —Finalmente, mi Adrienne interior apareció. Lo único que quería hacer era abrazarle y decirle que yo lo arreglaría todo, la actitud de Paul y todas sus heridas, en apenas un segundo.
—Ya he ido al doctor de la reserva, y me ha dicho que no tengo nada roto. Debería ponerle más hielo, pero da igual. —Se encogió de hombros. —Así que Paul me devuelve el golpe y entonces… todo se vuelve extraño. Parecía como si no se estuviera esforzando mucho por hacerme daño, así que yo no estaba realmente preocupado, pero cuando me pegó en el ojo, perdí la consciencia, y cuando desperté, Sam estaba al otro lado del aparcamiento, mirando a Paul como si estuviera a punto de morderle la cabeza. Pelea de novios o algo, no sé.
—Bueno, parece que la fiesta de Halloween será interesante. —Estaba nerviosa por la reacción de Jake. Ir a la fiesta juntos significaría que volvíamos a ser Jake y Bella, y no los gritones temperamentales que habíamos sido en mi habitación.
Él asintió pero no me rodeó los hombros con el brazo como solía hacer. —¿No te vas a arreglar, verdad?
Una oleada de alivio me llegó hasta la cabeza, pero no hasta el agujero que tenía en el estómago. Algo iba mal, pero al menos no me iba a abandonar. —Jake, me conoces mejor que eso.
Él esbozó una media sonrisa.
Le acaricié la mejilla y me giré para hacer lo que debería haber hecho varios días atrás. Tropezándome en el camino, volví de mi habitación con la calabaza en los brazos. Lo llevé hasta el sitio donde pertenecía, diciéndome a mi misma que Renee estaría orgullosa de que aún mantuviera nuestra tradición. Cuando entré dentro, Jake y yo nos sentamos en la mesa de la cocina, y pasamos el resto del viernes haciendo nuestros deberes y observando ecuaciones que no tenían sentido.
Halloween caía en lunes, pero la tribu lo celebró el sábado. Cuando llegamos a First Beach, la arena estaba salpicada con varios grupos de diferentes edades, la mitad de la gente acurrucaba bajo los paraguas, y la otra arropada con chubasqueros. Agarré a Jake de la mano buena y nos acercamos hacia la fogata.
Charlamos sobre temas poco importantes, alejándonos de las calabazas y de los moratones. Durante aproximadamente una hora, nos los pasamos bien.
Y entonces llegó Sam Uley.
Un chico hosco que sería la recién descubierta némesis de Jake, Paul, flanqueaba el costado de Sam. No había visto a Sam en casi dos meses, no desde la noche en la que adquirió y después renunció a la condición de persona desaparecida, y no me podía creer lo enorme que era. Había oído de chicos en la veintena que habían dado un estirón, pero lo de Sam era fuera de lo normal. Antes apenas llegaba al 1,82, pero ahora estaba cerca de los dos metros.
Paul no era mucho más pequeño. No me podía creer que Jake tuviera el valor de pegarle en la mandíbula; y el hecho de que el rostro de Paul no tuviera ninguna evidencia de la pelea me decía que no era alguien con el que te gustaría cruzarte.
Al estudiar la masiva figura de Sam no me había fijado en que Leah se escondía detrás de él. Si no hubiera sido por lo próxima que se encontraba a él, hubiera tardado más en reconocerla. Su antes sedoso pelo negro estaba sujeto en una desordenada coleta. La sonrisa que solía bailarle en los labios había sido sustituida por una mueca desesperada. Sin embargo, la mayor diferencia de todas era su relación con Sam. Antes iban juntos a todas partes, siempre tocándose afectuosamente hasta el punto de ser incómodo para los demás, pero el Sam y Leah que una vez conocimos ya no estaban. Ahora, Leah se colgaba del brazo de Sam como un perrito desamparado, dando zancadas demasiado grandes para sus piernas, para poder seguir su implacable ritmo. En cuanto a Sam, sus ojos miraban a todas partes menos a ella. Tenía un aire de superioridad que nunca antes había tenido. Los miembros más antiguos de la tribu le saludaban con respeto, y él respondía como un rey otorgando un saludo a sus súbditos.
—¿Ves a lo que me refería? —Murmuró Jake entre dientes.
No podía despegar los ojos del extraño trío formado por Sam, Leah y Paul mientras caminaban por la playa. —Completamente.
Jacob tomó precauciones extra para evitarles, pero la expresión devastada de Leah me dieron ganas de consolarla. Nunca habíamos sido realmente amigas, pero al ver que cómo nadie la miraba me sentí obligada a acercarme.
Besándole a Jake en la mejilla, hice una señal con la cabeza en dirección hacia Leah, que estaba sentada sola. —Volveré enseguida.
Jake me agarró del brazo. —No quieres hacerlo, créeme. Hay una razón por la que nadie quiere estar con ella.
—Pero lo está pasando mal, se nota que…
Soltándome el brazo, suspiró con exasperación. —Como quieras. Será tu funeral.
Dudosa, fui sorteando a la gente hasta llegar a su lado. —Hey, Leah. —Mantuve el tono de voz suave pero firme.
Ni siquiera se giró en mi dirección. Con una malicia que no hubiera imaginado que su débil y cansado cuerpo pudiera destilar, siseó, —No quiero hablar sobre ello.
—¿Eh? —No me dio tiempo a borrar la cautelosa sonrisa que había esbozado.
Se giró hacia mí, mirándome como si fuera una serpiente a punto de atacar. —Quieres saber qué ha pasado con Sam. Y yo no sé absolutamente nada, así que lárgate de aquí.
—No, Leah, yo no…
—No tiene nada que ver contigo. Vete.
Sin decir ni una palabra, me fui y volví con Jake.
Su expresión claramente decía "te lo dije".
—¿Cuánto tiempo lleva así? —Aún estaba en estado de shock.
—¿Te refieres a esa actitud de cabrona que tiene? Bastante.
La fulminé con la mirada. —No la llames eso.
—Lo siento, —gruñó. —Pero no es exactamente la alegría de la huerta. Es así con todo el mundo, no te lo tomes como algo personal.
—¿Por culpa de Sam?
—Probablemente. Problemas en el paraíso, supongo. A lo mejor está celosa de Paul…
Me hubiera gustado que Leah y yo hubiéramos sido amigas; los problemas amorosos parecían estar de moda, y estaba deseando coger a alguien con los pies en la tierra, aunque no hubiera podido decirle toda la verdad.
Jake aún seguía hablando, pero estaba tan acostumbrada a la culpabilidad que se había alojado permanentemente en el agujero del estómago, que no me llegó ninguna oleada de remordimiento cuando me di cuenta de que le había estado ignorando.
—… Seth me dijo que era como si estuvieran contratando niñeras para que Leah no se volviera loca.
—¿Qué decías, Jake?
—Solo te estaba contando que los Clearwater han estado invitando a gente, familia y amigos de la reserva, para que le hicieran compañía a Leah. Creo que Sue y Harry están bastante preocupados de que caiga en algo serio. —En algún momento Jake se había apoderado de un perrito caliente, y se lo estaba tragando sin pausar, como si la estabilidad mental de Leah fuera un tema normal de conversación.
Justo en ese momento, una chica con la piel morena y con pelo negro, largo y liso, se acercó hasta Leah y la abrazó con suavidad. Las dos podrían haber sido hermanas; la chica se parecía mucho al aspecto que solía tener Leah, toda una vida atrás, cuando Sam y ella se besaban como si fuera el fin del mundo. Leah no alzó los brazos para devolverle el abrazo, pero su rostro se relajó levemente, lo que me decía que los Clearwater se traían algo entre manos.
—¿Ves? —Jake me dio un codazo. —Acaba de llegar la niñera.
Escuché a medias la conversación de Jake, el cual no se daba cuenta de mi silencio mientras charlaba animadamente con Embry sobre lo imbécil que era Paul. Sobre todo, me dediqué a observar a Leah.
Sabía cuál era la razón tras la fascinación que sentía por esa chica al otro lado de la fogata. Yo era ella. Sin Jake. Estaba vacía, como lo estaría yo si el centro de mi universo ya no girara a mí alrededor. Lentamente, me convertiría en ella. Podía sentirlo, y las dolorosas punzadas que se clavaban en mi interior podrían no ser una mera posibilidad… Algo me decía que podrían llegar a ser inevitables.
El tintineo de un metal me despertó de la desesperación. A metros de distancia, Sam se había acercado a la parrilla donde Quil había estado haciendo las hamburguesas. Carbones, trozos de carne y algunos utensilios estaban esparcidos a sus pies, y la tranquila y autoritativa expresión de Sam había desaparecido. Ahora, mientras observaba algo frente a él, parecía como si le acabaran de atropellar… y como si gozara de la sensación.
Ignorando la retahíla de profanaciones de Quil, Sam empezó a caminar hacia donde Leah y su amiga estaba sentadas. Sin embargo, en lugar de alargar la mano hacia Leah en su fresco estado de desconcierto, se inclinó hacia la otra chica y la cogió de la mano sin decir ni una palabra. Ella le observó durante unos instantes antes de volverse hacia Leah, para después girarse hacia Sam. Agarrando a Leah protectoramente, la chica le lanzó a Sam una mirada fría y llena de confusión antes de arrastrar a su novia hacia la noche.
—¡Drama! —Murmuró Embry.
Cuando Jake empezó a reírse, le di un codazo con todas mis fuerzas. —¿Cuál es tu problema? ¿Cómo puedes pensar que es gracioso?
—¿Qué? —Preguntó, con el humor aún brillando en sus ojos.
—¡Dios, eres tan adolescente!
—¿Ah, sí? ¿Y eso te molesta? —Bromeó, sin captar lo que le decía.
—Mira, olvídalo. —Estaba tan furiosa, pero lo único que estaba haciendo era comportarse según su edad. Últimamente estaba tan nerviosa, que toda mi furia y ansiedad la proyectaba hacia él. Sin embargo… nada de lo que acababa de pasar había sido gracioso; ni un poco. ¿Cómo es que Jake no podía verlo? No me gustaba que Jake se riera ante el obvio dolor que Leah estaba sintiendo.
Antes de que pudiera bloquearlo, mi cerebro comenzó a formar una horrible sugerencia. Edward nunca hubiera… Mis manos volaron hasta mis sienes, como si la presión pudiera detener mi egoísta e injustificada locura.
Y mientras mis manos apretaban la cabeza hasta el punto en el que mis ojos estaban por salir disparados, todo encajó. Descubrí la verdad que me estaba persiguiendo. Antes me había identificado con Leah, pero ahora lo veía con mayor claridad. Yo era Sam, aplastando a la persona que amaba, empujándola lejos para poder acercarme a un extraño que no tenía ninguna inclinación hacia mí, y que apenas me conocía.
Mantuve las lágrimas hasta que Jake me dejó en casa. La fachada se me cayó cuando el coche de Jake desapareció calle abajo.
Caminando hacia el porche, cogí la calabaza y la estrellé contra la acera. Se rompió en docenas de pedacitos, mezclándose con la pulpa naranja que empezaba a filtrarse por el hormigón.
Con amargura, al menos reconocí que parte de nuestra tradición seguiría viva, incluso aunque ocurriese por mis propias manos en lugar de las de un vecino adolescente.
Aquella noche no me permití llorar y llorar como quería; en lugar de eso, me tumbé en la cama y me mantuve inmóvil. No me merecía el desahogo que las lágrimas me traerían.
A parte de decirme que no era más que una patética excusa de ser humano, el dolor me dijo algo mucho, mucho peor.
Sentía algo por Edward Cullen, algo superficial. Sin embargo, no le conocía, y él no tenía ni idea de quién era yo. Él no sabía que uno de mis primeros recuerdos era cuando el pequeño Beagle (*) de mi vecino fue atropellado por un coche. No tenía ni idea cuál era mi helado favorito ni qué CD estaba dentro de mi estéreo. No sabía que cada vez que un mocoso me rompía la calabaza de Halloween me encerraba en mi habitación y me ponía a llorar, independientemente de que tuviera cinco u once años. Era imposible que pudiera saber lo que me hacía feliz y lo que no.
Pero Jake sí lo sabía. Era la única persona que me conocía de verdad. Así que tenía que hacerlo funcionar. Tenía que arreglarlo porque la historia me decía que solo teníamos un amor verdadero. Estaba siendo una idiota, deseando a Edward como si pudiera llenar mi vacío.
Eventualmente me quedé dormida, levemente satisfecha por el hecho de que, en el fondo, era a Jake a quien realmente quería.
Intenté contentarme diciéndome que todo lo que necesitaba saber lo había aprendido en el pasado, donde Jacob era la única persona capaz de llenar mi vacío.
Nunca había considerado que el futuro tenía algo que enseñarme.
Al menos no hasta la mañana siguiente, cuando me tambaleé hasta el porche y descubrí que la calabaza que había destrozado la noche anterior había sido sustituida por una nueva y reluciente réplica.
Podría haberme alimentado de mentiras, convencerme a mi misma que había sido Charlie o Jake los que se habían escapado a comprar una calabaza en medio de la noche.
Pero sabía que había sido él.
Al igual que sabía que me había enamorado de él.
(*) Un Beagle es una raza de perros cazadores.
