Siento haber tardado tanto en subir, pero la universidad me ha absorbido casi todo mi tiempo, estamos de exámenes. Espero que os guste este capítulo. ¡Gracias por los comentarios!


Capítulo Veinte: No correspondido

Me pasé la mañana del 31 de octubre en un perpetuo estado de terror. Una siniestra neblina cubrió la noche y convirtió a Forks en un escenario perfecto para una novela de Stephen King. Una pequeña tienda sufrió un robo la noche anterior, y tuvieron que llamar a Charlie a las dos de la madrugada para que fuera a la escena del crimen. En el colegio, Tyler Crowley se envolvió con una cinta, atada con un lazo en la base del cuello, y le anunció a todo el mundo que su traje de Halloween era "El Regalo de Dios para las Mujeres". Sin embargo, a pesar de lo horribles que pudieran parecer estos acontecimientos, nada se podía comparar con el descubrimiento de que estaba completa y absurdamente enamorada con cierta persona que no estaba interesada en mí y que no era mi novio.

Y todo por culpa de una estúpida calabaza.

Encontré a la maldita culpable en el suelo mientras caminaba hacia el monovolumen, exactamente en el lugar que yo había esperado ver los pulverizados restos de la calabaza que había roto la noche anterior. La sustituta era del mismo tamaño y forma, y si no hubiera estropeado a la calabaza número uno, no me hubiera dado cuenta de que era diferente.

Pero sí me había dado cuenta, y estaba segura de que Edward era el culpable que se había colado en mi porche, limpiado el cuerpo de la primera calabaza y sustituido ésta. Y todo tuvo que ocurrir entre la medianoche y las 7 am. La pregunta debería de haber sido por qué, pero eso ya lo sabía: él me entendía. Ya le había contado lo acostumbrada que estaba a perder calabazas de Halloween por culpa de algunos vecinos, y se había acordado. Siempre me escuchaba con atención, sin importar cuán poco interesante fuera lo que estuviera diciendo.

No podía ser amor, pero en cierta medida, le importaba, aunque fuera solo como amiga. A veces me encontraba pensando que podía sentirse solo por su intimidante inteligencia y belleza, tanto por fuera como por dentro, y que por eso también me necesitaba. Tal vez mis interminables cadenas de desgracias le animaban el día; a veces podía ser graciosa sin proponérmelo. Tenía novio, así que me veía como algo seguro, y por ello estaba dispuesto a abrirme las puertas y dejarme entrar, aunque solo fuera durante unos pequeños y perfectos momentos de vez en cuando.

De forma milagrosa, nos habíamos convertido en amigos, puede que del tipo de amigos que se cuidaban y preocupaban entre sí. El accidente de la calabaza me había demostrado que me protegía de una forma dulce y platónica; seguramente para él, teníamos una de las amistades más puras.

Como quisiera poder pensar lo mismo, pero estaba cansada de correr, de negar la magnética atracción que llamaba a cada terminación nerviosa de mi cuerpo hacia él. Siempre querría a Jake, pero sentía algo muy diferente por Edward, algo poco familiar pero que estaba segura de que era amor. Era un amor a galaxias de distancia de lo que Jake y yo compartíamos, pero era aterradoramente poderoso. Edward nunca querría ser mío, pero una parte de mi ya le pertenecía.

No tenía ni idea de dónde nos dejaría a Jake y a mí. Nunca podría abandonarle, pero no podía volver a ser la misma; algo dentro de mí había cambiado de forma permanente.

Salí del coche a mitad de camino hacia el colegio, y vomité en los rosales de un vecino. Apenas podía funcionar, y sabía que hoy no podía ver a Edward. Solo una mirada, y sabría que me había convertido en lo que él odiaba: una idiota enamorada incapaz de ser el tipo de chica que él quería. Sin embargo, a pesar de lo mucho que odiaba ese pensamiento, quería que él me quisiese, que me viera como yo le veía a él, hermoso y conmovedor, inteligente y amable.

Normalmente no solía verle hasta la hora del almuerzo, pero al ser hoy el único día en el que quería evitarle como si fuera una enfermedad incurable, le vi nada más pisar el linóleo de la entrada principal. Mi cabeza me dijo que tenía que correr, pero no pude más que quedarme quita y observarle mientras guardaba sus cosas en la taquilla. Quería correr hacia él, envolver su cuello con mis brazos, y concederle todo lo que pudiera para hacerle feliz. Se había gastado 2.99 dólares y tres litros de gasolina para comprarme una calabaza nueva, y a pesar de lo mucho que quería resistirme, estaba dispuesta a pagárselo con las mejores partes de mí misma durante todo el tiempo que quisiera, ya fuera una hora o el resto de su vida.

Cerró la taquilla y se giró. Y entonces, esbozó una sonrisa que le iluminó el rostro. Sus ojos brillaron y sus pómulos se alzaron cuando sus labios se giraron en una sonrisa, y nos quedamos mirando dentro de un mar de gente que por suerte nos dejaba a varios metros de distancia. Alguien me empujó con el hombro en respuesta al sonido del timbre, pero no me moví.

Sin darme cuenta, mi mano le saludó y mi rostro se convirtió en una insensata expresión de esperanza, éxtasis y gratitud.

Él no respondió, sino que empezó a caminar hacia mí.

Antes de que fuera demasiado tarde, mi estómago dio un vuelco y mis pies se apresuraron en la dirección opuesta.

La poca dignidad me quedaba me ayudó a impedir la ruina de la frágil relación que tenía con Jake y la preciosa pero peligrosa amistad que había forjado con Edward. Estaba muy lejos de estar a salvo, pero haría lo que hiciera falta para mantener el status quo.

Y eso significaba esconderme en el cuarto de baño durante el almuerzo. Solo me quedaban unos 30 minutos cuando un par de zapatos de cuero rojo aparecieron bajo la puerta.

—¿Bella? —Su voz sonó suave al principio, pero después se volvió insistente. —¡Bella! Soy Alice. Sé que estás ahí dentro. ¿Te encuentras mal? —Golpeó sin piedad la hoja de metal que nos separaba.

—Sí, eh, no. —En mi antigua mesa de la cafetería podría haber faltado un mes y nadie, excepto Mike, se hubiera dado cuenta. Sin embargo, Alice, una chica que era prácticamente una desconocida, se había embarcado en una misión de búsqueda después de solo 30 minutos. Aparentemente, Edward no era el único Cullen que me desconcertaba más allá de la razón.

—¿Por qué no estás comiendo con nosotros? —Sonaba entristecida.

Estoy perdidamente enamorada de tu hermano, y no confío en que pueda resistirme a saltar encima de su regazo y empezar a besarle como si fuera una ninfómana sentenciada a muerte.

Pensé en mentirla, decir algo sobre un dolor de estómago, pero me había mentido tanto últimamente que ya no tenía energías. Además, aunque no conociera mucho a Alice, me caía bien y me apetecía caerla bien. —Yo… no me siento bien. Necesito quedarme aquí un poco más.

Decía mucho sobre mi estado mental y sobre la severidad del problema que tenía con Edward, cuando prefería que pensase que tenía alguna asquerosa dolencia de estómago potencialmente relacionada con el cuarto de baño, antes de que supiera que había caído por él.

—¿Quieres hablar sobre ello? —Evidentemente había adivinado que mi enfermedad no era física. Jodidos Cullen y su percepción.

—No, gracias.

—Oh… de acuerdo.

Yo era la que tenía un nudo en el estómago y lágrimas en los ojos, y sin embargo, me sentía mal por la decepción en su tono de voz. —Es sólo que… he tenido un fin de semana horrible. Supongo que aún estoy recuperándome. —Era imposible que me recuperara de haberme enamorado de Edward, pero tampoco podía decírselo a Alice.

Creí que iba a cansarse de mi autocompasión y salir corriendo, pero para mi sorpresa, el resto de su cuerpo se unió a sus tacones rojos. Cogió varios trozos de papel higiénico y se sentó sobre ellos, apoyándose contra la pared.

—Entonces, hablemos sobre algo para distraerte de lo que sea que te ha hecho refugiarte en el baño público.

—Um, ¿vale?

Resultó que a Alice le encantaban las preguntas, especialmente cuando las hacía ella. Me preguntó por mis películas favoritas, las prendas de ropa que más me gustaban, los nombres de mis abuelos, los sitios a los que había ido de vacaciones… Cada vez que empezaba a contestar, me interrumpía con una pregunta totalmente diferente. Me recordaba a una versión muy alterada de su hermano, siempre preguntado por mí, pero nunca dando información sobre ella.

El interrogatorio siguió hasta el final de la hora de la comida. —Ha sido divertido, Bella. ¿No crees? —Se había pasado los últimos treinta minutos sentada en el suelo de un cuarto de baño, reuniendo los detalles más triviales de mi vida, y sin embargo seguía con su burbujeante vivacidad.

Yo aún no había salido de mi escondite, pero tenía que admitir que me había calmado bastante en los últimos minutos, aunque todavía no tuviera muy claro lo que Alice encontraba "divertido". —Sí, supongo que te debo una. No soy exactamente la alegría de la fiesta.

Vi como se levantaba de su manta de papel higiénico. Apoyándose contra la puerta, me preguntó. —¿Vas a salir o qué?

Podía oír a nuestros compañeros empezando a salir de la cafetería. —Creo que no tengo otra opción.

Mis paralizantes nervios volvieron con aún más fuerza cuando recordé que ahora tenía que verle; la siguiente clase era Inglés, y no podía permitirme otro parte. De mala gana, me arrastré fuera de mi refugio de suelo imperfecto y porcelana.

Alice me recibió con una amable sonrisa. —Sea lo que sea, Bella, sobrevivirás.

—No estés tan segura. —Estuve a punto de hacer una mueca, pero me estaba mirando con tanta empatía que el sarcasmo sonaba maleducado. Se giró para marcharse, pero la detuve. —Gracias, Alice. De verdad.

Ella sonrió y replicó. —Buena suerte, Bella.

No tenía ni idea de cuánta falta me hacía.

Aún quedaban tres minutos para que empezara la clase de Inglés, y eso era demasiado tiempo. Podría desvelar fácilmente mi secreto en apenas un segundo. Me recorrió un escalofrío al pensar en el daño que podría causar con doscientos segundos. Recordé el tablón de anuncios del pasillo al lado de la clase del Sr. Berty, y decidí esperar allí hasta que la clase empezara.

Y lo hubiera hecho, excepto que Edward se estaba paseando de un lado a otro delante de él. Nada más doblar la esquina, se detuvo y se giró hacia mí.

—Bell…

—Deberías estar en tu mesa, —solté, confusa y acusadora.

—¿Estás bien? No estabas en la cafetería y… —Su expresión vaciló cuando se fijó en algo que había en mi rostro. No podría ser comida, porque no había comido casi nada en veinticuatro horas, pero me sentí igualmente incómoda. Acercándose, alzó la mano con lentitud y la acercó a mi frente, pero luego se lo pensó mejor y la dejó caer. Con preocupación e intensa ira, preguntó, —¿por qué tienes moratones por toda la cara? ¿Qué te ha pasado?

Con el cataclísmico descubrimiento de que estaba enamorada de la persona equivocada, me había olvidado de mi estruendosa caída por las escaleras. Los moratones apenas eran visibles, y hasta ahora, nadie, ni siquiera Charlie, se había dado cuenta del pálido color púrpura que me salpicaba la frente. Sonando como una actriz de película de televisión, respondí, —me caí por las escaleras.

—¿Y qué? ¿Aterrizaste con la cara? —Su voz sonaba tan furiosa que me recordaba a Charlie en sus momentos de más enfado, aparentemente tranquilo pero a punto de explotar. Edward se inclinó hacia mí, y mi rostro se quedó a pocos centímetros de su cuello, haciendo que mi respiración se volviera irregular. Gracias a Dios que estaba mirando mi frente en lugar de mis ojos, porque no podría haber soportado mantener su mirada e inhalar su intoxicante aroma a la vez.

—Sí, algo así. —Esbocé una incómoda media sonrisa de la que me arrepentí al instante.

Apretó la mandíbula con fuerza y frunció la frente. —Déjame que me aclare: tienes una historia llena de traumatismos graves en la cabeza, te caes por las escaleras, y aterrizas con la cara. —La furia de Edward vaciló cuando me suplicó, —por favor dime que fuiste al hospital.

Puse los ojos en blanco, esperando que mi reacción le ayudara a ver lo absurdo que estaba siendo. —¿El hospital? Psé. Usé un poco de hielo. —Me señalé la cabeza. —¿Ves? Sigo consciente después de tres días.

Sus ojos se abrieron tanto que creí que las cejas le desaparecerían dentro del pelo. —¿Es que…—bajó el tono de voz cuando Angela pasó a nuestro lado — ¿es que no tienes ningún concepto de auto conservación? ¿Eres consciente de las consecuencias que tienten repetidos traumas en la cabeza, especialmente para alguien con tu historial médico, para alguien que se pasó varias semanas en coma? ¿De la cantidad de tejido que puede hacer que…?

—No, Edward, no estoy tan informada en ese tipo de lesiones; mi grado de medicina aún está por el primer semestre. —Estaba siendo ridículo; cualquier tipo de malestar que viera venía de mi corazón, no mi cabeza.

El Sr. Berty apareció ante la puerta. —¿Pensáis uniros a nosotros, chicos?

Por culpa de mi discusión con Edward, no me había dado cuenta de que la clase ya había empezado.

Ignorando el intento del Sr. Berty de parecer intimidante, Edward clavó su mirada en la mía e hizo una señal hacia el aparcamiento. —Vámonos, Bella.

Podía oír cómo mi corazón empezaba a latir con el doble de rapidez. —¿Ir? ¿Ir dónde?

Berty estaba diciendo algo, pero me negaba a dejar que me arrancara la atención del insistente rostro de Edward.

—Al hospital. Necesitas una IRM. Cuanto más tiempo pase, más irreversible será el daño.

Montar en el coche en un viaje sin sentido hacia emergencias significaba tiempo a solas con Edward. Era la peor opción que podía escoger, pero parecía la mejor idea que había oído jamás.

Afortunadamente, el destino, en forma del Sr. Berty, intervino. —Será mejor que peguéis vuestros culos a los asientos, o será otro parte para vosotros.

Edward le miró con el rostro bañado en condescendencia. —Se ha dado un golpe en la cabeza, necesita…

—Buen intento, Sr. Cullen. Pero la Srta. Swan parece tener buen aspecto, así que esta pequeña farsa tuya tiene poco efecto. —Se giró hacia mí con un bufido desdeñoso. —Si pensabas desmayarte, Bella, puedes guardártela para alguien que no ha estado enseñando durante veinticinco años.

Durante el pequeño y poco importante discurso del Sr. Berty, Edward se dedicó a mirarme a los ojos, probablemente intentando buscar cualquier tipo de señal de demencia inducida por la conmoción. Independientemente de sus motivos, estaba abrumada por su repentino deseo de acercarse más a mí. Si al final terminaba desmayada, estaba segura de que no sería ningún tipo de farsa.

Mientras miraba los ocres y preocupados ojos que tenía en frente de mi, luché contra la tentación de acercar nuestros rostros, una tentación que me decía que no podía irme a ninguna parte con él. Con una fuerza que nunca supe que tenía, dije, —lo siento, Sr. Berty. Voy a entrar en clase.

Me negué a mirar a Edward mientras entraba en el aula y me sentaba en mi escritorio, pero oí cómo me seguía de cerca. Dirigí la mirada hacia la pizarra y me senté tiesa como un alfiler en un intento por parecer una estudiante modelo.

Menos de un minuto después, un trozo de papel doblado me dio en el antebrazo y aterrizó delante de mí. En una perfecta y elegante escritura, decía, "Necesitas ver a un médico lo antes posible. Por favor, deja de ser tan cabezota."

"Estoy bien." Respondí, escribiendo furiosamente. "Por favor, deja de comportarte como un loco." Doblé de nuevo la hoja y la empujé con el dedo, pasando de largo a Edward, rebotando en la nuca de Ben Cheney, y finalmente cayendo sobre la copia de Jane Eyre que Angela estaba leyendo. Ella alzó la cabeza, sorprendida.

—LO SIENTO, —le dije con los labios, sin hacer ningún tipo de sonido. Ella me sonrió y me devolvió la notita. Se la lancé a Edward, sintiéndome aún más enfadada que antes por culpa de mi falta de coordinación.

Tuvo el valor de sonreír, divertido, pero eso no le disuadió de seguir con su discurso. Sin esfuerzo alguno, me lanzó la nota y aterrizó en el centro de la mesa. "Te arrastraré si hace falta a un hospital después de las clases si no me haces caso. Tienes que tener más cuidado, Bella. No seas estúpida."

Entrecerré los ojos y esperé a que el Sr. Berty se diera la vuelta. Cuando la atención de nuestro profesor se centró en el libro, me incliné hacia el pasillo y le envié la notita, dándole en la mandíbula antes de caer sobre el regazo. Edward apretó los labios cuando leyó mi respuesta. "No puedo correr al hospital y traer más facturas solo porque seas un hipocondriaco. Mi padre se volverá loco si descubriera que he ido otra vez al médico."

De la nada, una sonrisa arrogante se apoderó de su rostro. "Será nuestro secreto. Confía en mí."

Había tenido suficientes visitas al hospital para el resto de mi vida, y ya estaba al límite en lo que respectaba a Edward, pero me encogí de hombros. Si conseguía escapar tan pronto como la clase terminara, quizá me dejara sola.

Esperé ansiosamente a que sonara el timbre mientras me preparaba para lanzarme hacia el pasillo antes de que Edward pudiera siquiera parpadear esas largas pestañas. Cuando las manecillas del reloj llegaron a las dos en punto, me levanté con una velocidad sorprendente. Pero Edward fue más rápido. Estaba delante de mí, bloqueándome el camino antes de que pudiera dar un paso. Me moví hacia su izquierda, pero él me siguió para que no pudiera pasar. Cuando me moví a la derecha, él ya estaba allí.

—Esto es patético. Déjame en paz, —bufé observado su pecho, que estaba a menos de treinta centímetros.

—Estamos hablando de tu salud, Bella. Deja de comportarte como una niña.

—Está bien. Cuando llegue a casa esta noche, llamaré al Dr. Gerandy y pediré una cita— Mentí. —¿Contento?

—Lo estaría si no estuvieras mintiendo entre dientes, —sonrió torcidamente. —Podemos ir después de clase, mi padre está trabajando hoy y podrá hacerte una revisión sin que nadie se dé cuenta. No tendrás que pagar nada.

—No puedo dejar que haga algo así.

—A él no le importará.

—Pero me importa a mí. No me gusta que la gente me haga favores que yo no puedo devolver. —Cambié el peso de mi cuerpo de un pie al otro, estudiando las baldosas bajo mis deportivas. —Ahora, si me disculpas, me voy, que llego tarde a clase.

Se movió para dejarme pasar, pero antes de que pudiera desaparecer, me dijo, —te veré después de clase.

A pesar de lo mucho que había deseado oírle decir esas mismas palabras, no podía permitirme pasar más tiempo con él. Además, odiaba el hospital, siempre me dejaba con una claustrofóbica sensación de impotencia.

En un volumen imposible de oír, murmuré, —no apuestes por ello. —Haría todo lo posible para estar en el aparcamiento y detrás del volante de mi coche antes de que el timbre dejara de sonar.

Cuando llegaron las tres en punto, me reencarné en el cuerpo de Flash*, y caminé a través de los pasillos con una velocidad implacable, esquivando gente y separando a dos estudiantes de segundo que se estaban succionando la cara en un intento por llegar al aparcamiento. Fui la primera de todos en salir… o eso había pensado.

Me acerqué mi plaza de aparcamiento y ahí estaba, sonriendo como el Gato Risón, con su largo cuerpo apoyando despreocupadamente contra mi coche. —¿Ibas a algún sitio? —Preguntó con inocencia fingida.

—A casa. Muévete.

—Buen intento, pero necesitas ir al médico. —Dejó a un lado la arrogancia, y me suplicó. —Por favor, Bella.

—Mira, gracias por preocuparte y todo eso, pero estoy perfectamente. Tengo cosas que hacer, así que muévete.

Ni siquiera se movió, simplemente me observó. Respirando hondo y apretando la mandíbula, dijo, —esto es por tu propio bien.

Antes de darme cuenta, se acercó a donde yo estaba, se agachó y me echó por encima del hombro como si fuera Scarlertt O'Hara.

Me estás tomando el pelo, Edward. Bájame. Ya. —Estaba haciendo todo lo posible por mantener el tono de voz, pero mi preocupación por estar simultáneamente enfadada y extasiada hizo que mi objetivo fuera imposible. Horas antes me había comprometido a evitarle a toda costa, y ahora sus brazos me sujetaban las piernas y mi cara se rozaba contra su espalda. Normalmente solía mantener mis promesas, pero hoy me había convertido en blasfemo fracaso.

Cuando llegamos a su coche, abrió la puerta del copiloto con una mano. Dejándome caer sobre el asiento, me señaló con el dedo, y dijo, —no te muevas.

—Te odio, —ladré, pero a pesar de su comportamiento chauvinista y su afán por estar en control de todo, lo contrario no podría ser más cierto.

—Lo superarás. —Estaba prácticamente silbando cuando entró en el coche, realmente contento al haber conseguido lo que quería.

Durante el trayecto hacia el hospital nos mantuvimos en silencio. Edward jugueteó con la radio mientras que yo me cruzaba de brazos y fruncía el ceño.

Estaba hecha un lío, aunque antes prefería clavarme un tridente que mostrárselo a Edward. Él me estaba cuidado, y yo lo odiaba con toda mi alma. De acuerdo, era obvio que tendía a exagerar, pero estaba preocupado por mí. Solo pensarlo me produjo una agradable sensación en el pecho, pero después me sentí como la basura porque Jake siempre hacía todo lo posible por mí, y nunca le daba crédito. De hecho, le daba tan poco crédito que estaba tirando al suelo su confianza en mí por alguien que nunca me querría, alguien que nunca se dedicaría a mí como Jake estaba dispuesto.

Edward aparcó y me miró, expectante. —Mira, sé que…

—Acabemos cuanto antes. —Abrí la puerta del Volvo y lo cerré con fuerza tras mi espalda.

Edward me guió hacia la puerta principal, ignorando los comentarios de los enfermeros de "Bella Igual a Desastre Sobre Piernas". El despacho del Dr. Cullen estaba en la segunda planta, escondido en un rincón abandonado. Edward apenas llamó a la puerta antes de que su padre nos invitara dentro como si nos hubiera estado esperando desde hace horas.

Después de que Edward le explicara la situación, el Dr. Cullen se giró hacia mí y me preguntó mi versión de los hechos. De mala gana le conté mi caída, admitiendo que me había sentido un poco mareada después de que mi cabeza se golpeara contra la barandilla y después contra el suelo.

El Dr. Cullen me dio la respuesta que estaba temiendo, que el IRM era la mejor opción a esas alturas debido a los posibles síntomas latentes que no se podían detectar a primera vista. —Pero no te preocupes, Bella, lo haremos rápido; nadie tiene por qué saber que estás aquí. —Sabía que se refería a Charlie, no a los trabajadores del hospital, y por ello me sentí agradecida. Lo último que quería era preocuparle con otro problema de salud; despertarme del coma y encontrarme con su devastado rostro sería algo que nunca podría olvidar.

De alguna manera, el Dr. Cullen consiguió meterme en la habitación con la alargada y tubular máquina sin que nadie nos viera, encendiendo él mismo la máquina mientras Edward se retorcía las manos y observaba el techo con una expresión indescifrable.

Cuando terminamos, el Dr. Cullen me explicó lo que vio en las imágenes, pero me desconecté. —¿Así que lo que estás diciendo es que estoy bien? —Le lancé una mirada fulminante a Edward.

—Bueno, sí, por ahora, pero si hay otra contusión…

—Tendré más cuidado, —prometí, sabiendo que en realidad no haría ninguna diferencia; mi mala suerte y mi falta de coordinación me condenaban a un vida llena de contusiones, huesos rotos y horrible moratones.

Le di efusivamente las gracias por su amabilidad, aunque deseaba estrangular a Edward. ¿Cómo se atrevía a obligarme a oír daños que no podía evitar? Si me caía, me caía. No iba buscando daños cerebrales para echarme unas risas o porque me aburría. Si supiera una forma de detener todas mis caídas, la llevaría a cabo. Desafortunadamente, nunca podría ser Superwoman, invencible incluso en la más mortal de las heridas.

Edward me acercó hasta el aparcamiento para coger mi monovolumen, recordándome a la última vez que me dejó en el mismo sitio, con una calabaza en mano y una sonrisa en la cara. Sin embargo, esta vez estaba demasiado deprimida como para alzar los ojos y decir adiós.

Cuando me moví para abrir la puerta, le dije en tono desafiante, —No pienso darte las gracias o pedirte disculpas.

—No estoy esperando que lo hagas, —respondió suavemente.

—Bien.

—Bien, —repitió.

Tenía que irme, pero no era capaz de dejarle. Quería sentirme furiosa, pero también quería que entendiera lo que me estaba pasando. —No es culpa mía. No puedo evitarlo. Estas cosas pasan…

El me silenció, murmurando una serie de "shhs" pero sin decir nada más.

Cansada de no verle la cara, alcé el rostro y le miré. Quería decirle cientos de cosas, un "gracias", un "lo siento," un "te quiero", pero todo lo que pude decir fue "buenas noches".

—Hasta mañana, Bella. —Sus ojos estaban tristes. Me pregunté si estaba inconscientemente reflejando el vacío de mi propia expresión. Era una terrible amiga si le estaba haciendo sentir tan mal por hacer lo correcto, ignorando mi terquedad para darme la ayuda que necesitaba.

Salí del coche antes de que pudiera actuar en instinto y arruinarlo todo. Busqué mis llaves, consciente de que aún no se había marchado. Me esperaba por bondad, en caso de que mi poco fiable Chevy no funcionara bien. No podía dejarle marchar así.

Corriendo hacia la ventana del copiloto, levanté un dedo para golpear el cristal, pero Edward me adelantó y apretó el botón para que bajara.

En un arrebato, le dije, —tenías razón, y yo estaba equivocada. Debería haber ido al médico después del golpe, pero no me gusta que me recuerden que puede quedarme poco tiempo con esta cosa, —me señalé la cabeza. —Y si alguna vez le dices a alguien que yo te he dicho esto, te mataré.

Él asintió. —No lo haré. —Habría sido mejor para los dos si hubiera dejado de mirarme como si estuviera ahogándose y yo fuera el único salvavidas que quedaba, pero estaba segura de que no era consciente de lo que su expresión me estaba haciendo. —Pero ten cuidado. Eres demasiado temeraria.

Si supiera la razón que tenía. Pensé en Jacob y lo qué significaba para mí: su lealtad y su devoción, la manera en la que me hacía sentir querida y a salvo. Después, pensé en Edward y en cómo había cambiado mi vida, en cómo había hecho que le quisiera a pesar de ser el tipo de persona que debería evitar. Si Edward hubiera abierto la puerta y corrido a mi lado, me hubiera cogido en brazos como antes y me hubiera pedido que abandonara todo y que me fuera con él; lo hubiera hecho sin pensármelo dos veces. Era temeraria, y Edward tenía razón: tenía que tener más cuidado. Tenía que dejarle marchar, pero no podía. Tenía que alejarme, por el bien de Jacob y por el mío… Pero sabía que era más fácil decirlo que hacerlo.