EL ARTE DE UNA TRAICIÓN

DEBAJO DE UNA PIEDRA, NO SOLO HAY GNOMOS.

La manera más rápida de encontrar algo, es comenzar a buscar otra cosa.

Ley de Murphy

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Londres es una ciudad oscura y fría, su clima acorde con las tierras del norte. Por encima sus calles son historia, siglos condensados en avenidas Cosmopolitan y otras tantas adoquinadas como si aún esperaran a los carruajes alados por caballos. Pero es otro mundo muy distinto en las cañerías y eso lo sabe muy bien una rata.

El laberintico espacio que recorre el subsuelo de Londres es casi infinito y es seguro que en todo mapa, por más actualizado que este faltaría al menos un pasadizo o una curva por registrar, pero eso no importa para sus inquilinos roedores, ellos lo consideran el lugar perfecto para formar su hogar.

Pero es extraño en verdad que halla una rata en particular, extrañamente más limpia y gorda de lo usual, que corra como si el rabo se le estuviera incendiando. Sus diminutas pataticas apenas si pueden con su regordete cuerpo, porque en su manita izquierda le falta un dedo.

Si el hombre comprendiera la lengua de los roedores, esos chillidos y gruñidos que esta rata en emite con insistencia serian fácilmente interpretados como una retahíla interminable de insultos."Pedazo de idiota mentecato retrasado estúpido chucho pulgoso" así sin comas, porque ni respiraba entre gruñido y chillido.

Normalmente las ratas no son muy fanáticas de los viajes largos y esta no es la excepción, su respiración entrecortada y su panza prominente son evidencia que prefiere el fino arte de divagar entre las brumas de los sueños ha aventurarse en sitios desconocidos, las ratas les agradan los espacios cómodos con alimento fácil, una casa llena de niños que dejen la comida tirada y una madre ocupada es casi siempre lo ideal.

Sin embargo, el viaje de esta particular rata de ciudad no obedece a causas tan mundanas como una casa con esas particularidades, su huida es una retirada estratégica con el fin de buscar el sitio adecuado para aguardar el momento propicio para su retorno, una rata inteligente sin duda alguna.

Por fin, después de mucho andar, en serio es mucho andar un par de años para una rata, sale al campo abierto y la campiña británica le recibe con una hierba cubierta de fino roció, corre con entusiasmo al comprender que si ha encontrado semejante sitio debe estar a años luz del peligro del que ha huido. Si pudiera saltar y gritar de alegría lo haría, pero es mejor pasar desapercibido y es que nunca se sabe si un gato ronda las cercanías.

Anda y anda todo el día hasta que llega el anochecer, sabe que no puede detenerse hasta asegurarse de estar en un sitio seguro para pasar la noche y lo encuentra en un pequeña madriguera bajo una loza de piedra, se tira bajo esta a sus anchas y pronto cae en un profundo sueño que ni siquiera una bomba le interrumpiría.

Pero tan pronto como se duerme, o al menos según su percepción, una luz le enceguece mientras le alzan de su delicada cola y sus ojillos enfocan al vándalo que le lastima de semejante forma, un chiquillo pecoso, flacucho y pelo rojo, aunque esto ultimo lo adivina porque las ratas son daltónicas y en realidad lo que ve es un chico de pelo gris, cosa ilógica por supuesto.

Se retuerce con furia y desesperación, intenta morderlo y rasguñarlo pero todo es en baldé, el niño lo tiene bien sujeto y a buena distancia de su cuerpo, chico listo.

¡Mamá aquí no hay gnomos, solo una rata!—grita con chillona voz.

Vaya Percy, esos bichos se han dejado de aparecer desde que Charlie coloco aquella trampa— comento con entusiasmo la madre.

Percy observa a la rata con sumo interés mientras esta se retuerce entre sus dedos, los ojos de ambos se encuentran en un instante, azul y negro fundiéndose en una compresión cósmica de una unión inevitable, en realidad no era más que la solución a el capricho del niño de tener una mascota y la resignación de esta a su ineludible destino.

Mamá, ¿puedo quedármela? Por favoooor— pidió Percy con excesiva dulzura.

No —

Mamá prometo cuidarla—

No—

Mamá pero mírala— dijo, enseñándole el animal a una madre claramente asqueada—esta lastimada y se puede morir en cualquier momento, no puedo ser tan cruel de negarle un hogar a un animal indefenso—

No—

Pero mamá yo la cuido y la alimento y la curó— continuo con terquedad.

No—

No tendrás que comprarme una lechuza—

Esas fueron palabras mágicas que el niño no quería pronunciar, pero una lechuza no era tan genial como una rata, una lechuza se largaba durante días a cazar o llevar las cartas y solo la vería de vez en cuando, con una enorme y gorda rata podría tener algo mas genial que sus hermanos.

Promete que la cuidaras, la alimentaras, no la dejaras caminar por ahí y la bañaras—

Lo prometo madre— dijo con enorme solemnidad.

De acuerdo y como la llamaras—

Pues será Bartolomea—dijo entusiasmado, alzo a su nueva mascota hasta ponerla a nivel de su cara, la enorme rata parda giraba sobre su eje como un trompo y se estaba mareando, si no tuviera tanto pelo Percy hubiera visto el tono verdoso que estaba adquiriendo su piel. Pero como todo buen niño lo que estaba buscando era ese algo que le identificaba como una señora rata, pero en vez se encontró con un trió de cosas que eran de un señor rata.

Mamá no es una rata—declaro con convicción.

Percy no era idiota, él sabia que las ratas eran enormes y eran niñas, los ratones eran enanos y niños, pero esto era desconcertante por completo.

—Es un rato 1—dijo.

Su mamá solo lo miró con aquel cariño que solo una madre puede tener, antes de estallar en estruendosas carcajadas hasta el punto de que sus azulados ojos lagrimearon y su regordete rostro se coloreo con un intenso rubor.

¡No te rías!—suplico un colorado Percy.

Su madre solo le sobo el cabello con enorme cariño, para luego alejarse hacia la casa y dejar a su pequeño con el enorme dilema que suponía bautizar a su recién adquirida mascota. Percy miro al animal por largos minutos, buscando una oreja de Roger o un bigote de Timoteo pero no había nada que se pareciera a un blackie siquiera, era una rata difícil.

Te llamare scabbers—

Y el señor scabbers vivió feliz por largos años, niños por montones que le dejaban tiradas enormes cantidades de comida, una madre lo suficientemente ocupada para que le ignorara la mayor parte del tiempo y acceso ilimitado al mundo mágico, la casa perfecta.

1) Esto proviene de mi más tierna infancia, según mi irrebatible lógica los nombres de animales femeninos terminaban en a y los masculinos en o; así el caballo se casaba con la caballa, la rata con el rato y si hubiera sabido inglés el dog con la doga.