Disclaimer: Sí les había quedado alguna duda de si Hetalia era mío, lamento informarles que, desgraciadamente, no me pertenece, es propiedad de Himaruya Hidekaz. No intento ganar nada con su creación, esto es sólo con fines de entretenimiento.
Wow, creo que está vez si me pase! Lo lamento mucho en, serio! Los dejé casi dos meses sin actualizar! Ni para que les dé escusas tontas ¿verdad? Sólo decir que intentaré que no se vuelva a repetir y, a cambio de mi larga ausencia, les traigo un súper capitulazo, en serio súper largo y bastante divertido de escribir, pero con eso de la escuela no tuve mucho tiempo. Oh bueno, pero finalmente aquí esta y espero que lo disfruten mucho!
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Cambio de Cuerpo
Capítulo 7: ¡Pasta! ¡Piano?¿Planes?
Italia se quedó estático conteniendo la respiración, como a un niño al que acababan de atrapar en el medio de una travesura, sin saber que hacer o decir.
El pollito sobre la rama lanzó un feliz "pio" y, aleteando rápidamente para prevenir la caída, se bajó del árbol. Se fue dando saltitos hasta su dueño que se agachó y lo recogió suavemente.
-¿Qué estás haciendo aquí? –Preguntó Prusia colocando a Gilbird sobre su cabeza con ternura. Se quedó mirando a su hermano, desconcertado por la mirada que ofrecía, el pelo despeinado, la cabeza ladeada y los ojos semicerrados.
El aludido no respondió, Italia seguía sin saber qué hacer, podía recordar que Alemania le había dicho algo respecto a la persona que se encontraba frente de él, pero no podía recordarlo con claridad, y dentro de su cabeza se desarrollaba toda una revolución, mientras su mente se daba de topes tratando de acordarse. ¿Qué era todo lo que le había dicho Alemania?
-¿West? –Prusia se acercó a su hermano, visiblemente preocupado de la cara de ausente que tenía en el rostro- ¿Estás bien?
Nada. Italia seguía perdido, pensando. Que ahora notaba era algo verdaderamente difícil de realizar. Intentaba recordar la conversación que había tenido con su amigo.
Lo que Alemania dijo:
-Ahora, lo que debes de hacer, recuerda, intenta imitar mi conducta lo más que puedas, no hables de más, no hables de pasta, no coquetees con las mujeres de mi casa, no le lleves la contraria a mi jefe, no cantes, no llores, ni supliques piedad, no te metas en problemas, no seas… bueno tú. También recuerda alimentar y sacar a pasear a mis perros, tienen una estricta rutina de ejercicios y quiero que te apegues a ella lo más que puedas y por favor, no les des de comer pasta. ¡Ah! Se me olvidaba lo más importante, no quiero que te acobardes sí alguna otra nación aparece, pero siempre quiero que recuerdes que si esa persona llega a mi casa, olvides todo lo que te dije, te metas debajo de alguna mesa y me hables lo más pronto posible ¿entendido?
Lo que Italia entendió:
Recuerda, intenta imitarme lo más que puedas, no hables de más, habla de pasta, coquetea con las mujeres de mi casa, canta, no llores, suplica piedad cuando te metas en problemas. También recuerda alimentar y sacar a pasear a mis perros lo más que puedas y por favor, dales de comer pasta. ¡Ah! Se me olvidaba lo más importante, si alguna otra nación aparece, olvida todo lo que te dije, metete debajo de alguna mesa y me hablas lo más pronto posible ¿entendido?
-Muy bien –Gritó de repente Italia, sobresaltando a Prusia. Se puso a mirar alrededor en busca de alguna mesa, pero como estaba en el medio de un parque, la presencia de una mesa hubiera sido un tanto extraña, pero había una banca, Italia se quedó mirándola pensando en si sería lo mismo.
El sobresaltado y sacado de oda Prusia se quedó viendo a su hermano con más preocupación que antes, ¿qué diablos le sucedía?
-Un momento –Dijo Italia deteniéndose en sus pensamientos acerca de la banca, obviamente hablando consigo mismo- Alemania dijo que "si una nación aparecía", él ya no es una nación ¿será lo mismo?
Se quedó estático por otros 5 minutos mientras meditaba la situación, y llegó a una esperada solución.
-No sé qué hacer –Y dejó caer la cabeza abatido.
Prusia seguía observándolo, aunque disimuladamente había empezado a alejarse de su hermano mientras asentía con la cabeza, siguiéndole el juego. Bueno, ni tan disimuladamente ya que Italia se dio cuenta y se le quedó viendo, divertido. El prusiano notó que habían descubierto su plan y se detuvo, los dos se quedaron mirando y luego de un momento incómodo se echaron a reír.
El estómago de Italia rugió molesto, hambriento. De todos modos ya era hora de la cena.
-¿Quieres ir a cenar? Hay un buen restaurante aquí cerca. –Dijo Prusia aún pensando que la actitud de su hermano era rara, pero pensando que de todos modos Alemania siempre había sido raro.
-¡Qué bien! –Saltó Italia aplaudiendo felizmente, sacando de onda nuevamente a Prusia- Pero… -el italiano se detuvo, pensando que tal vez no era tan buena idea- Se supone que debería de hablarle a Alemania… oh bueno, ni siquiera sé donde hay un teléfono ¡Vamos!
Y el italiano en cuerpo alemán tomó la mano de Prusia que seguía observándolo en shock y se alejó dando saltitos llevándose fácilmente al hermano de su cuerpo con él.
El camino hasta el restaurante fue tranquilo, pero el nerviosismo de Prusia iba en aumento con cada cuadra que pasaban. Sí bien su hermano siempre había sido muy raro en comparación con él, esta nueva actitud era simplemente imposible. Todo relajado, todo feliz y despreocupado, definitivamente ese no era su hermano. Prusia observó a su compañero, iba felizmente a su lado recitando una y otra vez Ve~.
Finalmente llegaron hasta un pequeño establecimiento, acogedor y con un buen número de gente que hablaban animadamente, obviamente bajo los efectos del alcohol, algunos se veían bien pasados. Era uno de esos restaurants-bar con un ambiente no precisamente familiar.
Los dos entraron y se sentaron en una mesa del fondo, no pasó mucho hasta que uno de los meseros se acercó a los recién llegados.
-¿Qué les sirvo? –Preguntó un joven con cara de cansancio.
-Queremos dos cervezas y… –Empezó a decir Prusia, pero Italia lo interrumpió.
-Eh… en realidad yo prefiero un poco de vino –El italiano miró al mesero con una agradable sonrisa, no notando que su compañero abría los ojos desmesuradamente y se ponía pálido- Y también –Italia levantó el pequeño menú que estaba en la mesa frente a él- un plato grande de espagueti.
El mesero anotó todo en una pequeña libreta y tomó el menú de Italia, luego se volvió hacia Prusia.
-¿Y usted?
Sin embargo este seguía con la mirada puesta en su hermano, con creciente recelo. De pronto el hambre se le había ido así que sólo le hizo una señal al mesero con la mano para indicarle que no quería nada. El mesero se retiró tomando también el menú de Prusia y se alejó, dejando a los dos hermanos solos.
Italia cruzó la mirada con Prusia y le dedicó una sonrisa, y eso fue todo, fue más de lo que el prusiano pudo soportar.
-¿Qué diablos te picó? –Empezó a decir mientras le tomaba la temperatura, le tomaba el pulso, le abría los ojos para mirarle las pupilas, le abría la boca para mirarle la garganta, y ya que estaba en eso, aprovechaba y le metía el dedo ensalivado a la oreja- Tú no eres así, ¿qué te paso? ¿Te caíste de un acantilado de cabeza? ¿Te fumaste algo raro? ¿Hicieron experimentos extraños contigo?
-¿Qué? No… ah basta, no hagas eso –Decía Italia intentado alejar a Prusia que no dejaba de toquetearlo.
En un desesperado intento por deshacerse de las "codiciosas" manos del prusiano, lo empujó, pero desacostumbrado como estaba a la nueva fuerza que tenía, usó de más y terminó lanzándolo contra la silla y derribándolo con todo y ella. Prusia fue a caer de espalada, dándose un buen golpe en la cabeza y quedando no de una forma precisamente cómoda con su asiento oprimiéndole los riñones. El alboroto causó que todo el bar silenciara y observara con curiosidad a los causantes, después de todo aún era muy temprano para que comenzaran las discusiones.
-¡Lo lamento! ¡Lo lamento! ¡No quería hacer eso! Yo… –Empezó a disculparse el italiano, preocupado de que su acción le fuera a traer problemas. Se acercó temeroso a donde había ido a parar su hermano. Este, al parecer, se encontraba bien, sólo un poco confundido.
-¿Estás bien? –Preguntó inocentemente Italia mientras le tendía la mano a Prusia para ayudar a incorporarse.
-Creo… –Respondió este sosteniéndose la cabeza con las manos y reprimiendo una mueca de dolor, pero ignoró la gentil mano que se le ofrecía y casi enseguida saltó contra el italiano- ¿¡Quién te dio permiso de tocar mi awesome persona?
Prusia encaró al pobre Italia con enojó y este sólo temblaba y se encogía aún con toda la gran estatura del cuerpo de Alemania.
-¡Lo lamento! ¡En serio que no era mi intención! ¡De verdad! –El prusiano se le quedó viendo sorprendido, sintiendo como su infundado y un poco ridículo enojo se iba como lavado con un balde de agua fría, viéndolo ahí, simplemente temblando, rogando… ¡rogando! De pronto se sintió débil, como si acabara de pescar un resfriado. Buscó apoyo en la mesa frente a él, aún sin quitarle los ojos de encima a su hermano.
A su lado apareció, casi de la nada, el mismo mesero joven y de aspecto cansado, cargando una bandeja con el pedido de la extraña pareja.
Ante la visión y el aroma de la humeante pasta sumergida en salsa de tomate, Italia olvidó todos sus problemas y hasta la situación en la que s encontraba. Se sentó a la mesa feliz mientras el mesero le ponía el plato, una botella de vino y una copa delante de él. Le murmuró un rápido "Grazzie" al joven y se dedicó en cuerpo, mente y alma en el suave sabor de la salsa mientras enrollaba en su tenedor una buena cantidad de espaguetis.
Prusia seguía ahí, parado. Observando, como si no fuera algo natural al mesero mientras colocaba su vaso lleno de cerveza en la mesa. Luego, lentamente buscó a tientas la silla que se había caído y la levantó aún en ese estado entre el limbo y el infierno. Se dejó caer duramente y se concentró en el claro líquido burbujeante de su vaso durante unos segundos, hasta que el sonido de alguien sorbiendo algo lo sacó de su ensoñación. Le dirigió una mirada de soslayo al italiano sentado delante de él, este ya había acabado su cena y ahora intentaba alcanzar la salsa que había quedado empinándose el plato. El prusiano ni cambió la expresión de su cara, solamente tomó su vaso de cerveza y se lo bebió completo en dos grandes tragos. El líquido le quemó la garganta pero poco a poco sintió la calidez característica de la bebida, acompañado de una deliciosa sensación placentera, después de todo no hay nada mejor luego de un fuerte golpe en la cabeza que intoxicarte con alcohol.
Prusia dejó su vaso vacío en la mesa y exhaló pesadamente, dirigió otra pequeña mirada a Italia que había logrado acabar con todo y dejar el plato reluciente de limpio, pero a cambio se había dejado una línea de salsa sobre el labio superior.
-No aún no –Dijo en voz baja el prusiano mientras le hacía una seña al mesero para que le trajera otra cerveza.
Una hora y mucha cerveza después.
-En serio… aún no lo comprendo… yo era… yo era… espera ¿Qué era? –Prusia se había ido acercando más y más a Italia con cada vaso de cerveza que se tomaba y ahora prácticamente lo abrazaba. Hacía aproximadamente 35 minutos que había empezado a decir incoherencias mientras el rubor que le cubría las mejillas se hacía más marcado y no cesaba de contar historias sobre cosas que Italia no entendía.
-Ah no sé –Respondió el italiano mientras Prusia se perdía entre los efectos del alcohol, obviamente divertido, tratando de incitarlo a que continuara, aunque ni siquiera entendía bien de lo que le hablaban.
-Sí, eso… era una gran nación… ¡ah! Dios, era tan awesome… ¿por qué acabó? –Prusia acercó más a Italia y le pasó el brazo por los hombros, descansando la cabeza sobre su pecho. Súbitamente el buen humor de Prusia se había ido, ahora parecía melancólico y buscaba apoyo en su hermano. Italia le palmeó la cabeza tímidamente- Lo bueno, es que aún te tengo a ti.
-¿A qué te…? –Antes de que Italia alcanzara siquiera a formular la pregunta, Prusia se había puesto de pie y lo jalaba para que él también se levantara.
-Larguémonos de aquí, ya me cansé –Y acto seguido se fue hacia la puerta tambaleándose ligeramente. Italia lo siguió fielmente sólo deteniéndose para pagar la cuenta que el prusiano muy hábilmente había logrado eludir.
Pese a que no había pasado mucho tiempo, la noche ya se cernía victoriosa y el cielo ya estaba completamente plagado de estrellas. En la calle no había ya casi nada de gente y las farolas alumbraban a duras penas las callejuelas, dejando muchas esquinas sumidas en la oscuridad, dándoles un aspecto tétrico. Pero pese a todo esto, Prusia caminaba sin miedo alguno con su andar inseguro con Italia pisándole los talones.
Aunque Italia no se detuvo a preguntarle al prusiano a donde era que iba, le daba la ligera impresión que se tambaleaba rumbo a la casa que compartía con su hermano. El camino al principio fue muy silencioso, ninguno de los dos dijo ni una palabra. Prusia parecía muy concentrado en no caerse y no errar el camino, lo que parecía ser un reto doble para su intoxicada mente, Italia en cambio iba disfrutando del paisaje y preguntándose por qué era que Alemania le tenía tanta desconfianza a su hermano, era obvio que era un buen sujeto y al italiano le agradaba.
No tardaron mucho tiempo en llegar a la casa y Prusia entró como si ni siquiera se acordara del sujeto que lo seguía. La casa estaba a oscuras, los ayudantes ya se habían recogido a sus respectivos hogares y habían dejado la casa lista para la llegada de la nación y de su awesome hermano.
Prusia se detuvo al llegar al vestíbulo, Italia lo había seguido sólo lo suficiente como para encender las luces y comprobar que las tres mascotas de Alemania e incluso el pequeño Gilbird ya se hallaban en la casa.
-Qué bueno que supieron llegar~ –Canturreo el italiano a los perros con felicidad, ignorando la resentida mirada que los tres le dedicaban.
-Sabes… –Empezó el prusiano sobresaltando a Italia y atrapándolo a medio camino rumbo a la cocina- Me alegra tenerte como hermano, yo no logré cumplir con lo que decía, pero tal vez tú si puedas.
Italia se quedó estático sin saber que decir o hacer, simplemente, mirando sorprendido a Prusia.
Este se acercó lentamente clavando sus rojizos ojos en los ahora azules de Italia.
-Que bueno es tener a alguien que continúe con el legado ¿no crees? –Dijo el albino con una sonrisa mientras eliminaba el espacio que los separaba- Me alegra tanto que seas mi hermano –Italia intentó restaurar el espacio entre los dos, pero llegó a una esquina y ya no tuvo salida- De verdad que me alegro.
Prusia se acercó al rostro de su hermano, e Italia pudo sentir el aliento del albino a escasos centímetros mientras una gota le resbalaba por la frente, intentó decir algo pero las palabras parecían atascadas en su garganta. Algo en el subconsciente del italiano le decía que no debía hacer eso, que no estaba bien, pero había algo en esta persona que le recordaba tanto a Alemania, que simplemente no sabía qué hacer. Quería detenerse pero su rostro estaba ya tan cerca…
Desde algún lugar de la casa se escuchó un fuerte gruñido seguido de varios ladridos y patas que correteaban por todos lados. Aquel sonido, que parecía tan fuera de lugar, los sorprendió más de lo que lo hubiera hecho una vaca voladora. Atrapados infraganti en una acción por demás comprometedora, sin mencionar incorrecta.
Italia decidió no desperdiciar la oportunidad que se le presentaba y, mientras Prusia miraba desconcertado y desorientado hacía todos lados intentado enfocar, se escabulló lejos de él, yéndose hacía la estancia, ya venía siendo hora de acatar la única regla del alemán que el veneciano recordaba.
Sobre una mesita de patas finas, se encontraba el objeto de interés de Italia, un pequeño teléfono negro. Rápidamente marcó el número que le interesaba, aún temblaba mucho y eso le dificultaba el oprimir los botones, estaba sudando, hasta ahora se daba cuenta mientras se pasaba la mano por las empapadas sienes. Lanzó una mirada al lugar donde seguía el prusiano, ahora sentado sobre el suelo. Hasta él había llegado el pequeño Gilbird y su dueño lo sostenía con manos maternales mientras lo miraba en los ojos y le susurraba un "eres tan lindo… de veras que sí". Pero no tuvo mucho tiempo para pensar en lo que veía, cuando la voz que tanto deseaba escuchar apareció luego de tres cortos timbrazos.
-¿Ja? –Italia se sorprendió escuchando su propia voz con ese tono tan autoritario que nada bien iba con él.
-¡Alemania! ¡Ayuda! Yo… –Empezó a decir, sin saber siquiera por dónde empezar. Hasta que escuchó una serie de insistentes ladridos, Prusia había logrado ponerse de pie y ahora le lanzaba piropos a un no muy feliz pastor alemán que lo miraba con el seño fruncido desde debajo del sofá.
-¿Qué fue eso? –Preguntó Alemania que había alcanzado a escuchar la conmoción y se preguntaba que terrible cosa habría hecho su amigo.
Sin embargo Italia no fue el único interrumpido, ni siquiera era el único que tenía problemas. Alemania también se las estaba viendo negras con España, luego de que lo cachara descubriendo el interesante uso del rulito italiano, y con Romano, al cual el español no había dejado ir y que pasaba el rato molestándolo y desesperándolo.
Italia seguía con la mirada a Prusia sin estar completamente seguro de que hacer, el perro le ladraba amenazadoramente pero este ni parecía darse cuenta mientras intentaba sacarlo de debajo del sofá con una mano y con una sonrisa en la cara. Gilbird no parecía muy contento de que ya no fuera el foco de atención de su dueño y le picoteaba insistentemente una oreja. El italiano no sabía si ir a alejarlo del perro antes de que pasara algo malo o mejor dejar todo al destino y mantenerse alejado de otro posible arranque cariñoso.
Alemania intentaba mantener a Romano a raya ya que este no dejaba de molestarle diciéndole, con su usual modo de hablar tipo camionero de la quinta estación, que era un pervertido por haber andado "toqueteando" el cuerpo de su hermano. Obviamente el español no se había podido quedar callado y la historia ya había ido a parar a los oídos de Romano, para horror del alemán. En cambio España simplemente observaba divertido.
La situación de los dos lados de la línea telefónica no era precisamente buena, y menos si uno toma en cuenta la naturaleza no muy paciente de Alemania.
Prusia se acercaba al perro, que ya le mostraba ferozmente los dientes con enojo, era obvio que el perro estaba a un pelo de rana calva de pasar de las amenazas a la acción.
Romano había empezado a picarle las costillas al alemán mientras este intentaba escuchar lo que pasaba por la otra línea, al español le pareció divertido el jueguito y decidió unirse, también toqueteando al alemán.
-¡Basta ya los dos! –Gritó este intentando alejarse, bastante frustrado porque no lo dejaban escuchar.
Italia hacía ya rato que se había alejado del teléfono y observaba fijamente a Prusia, simplemente vigilando haber a qué hora el perro le saltaba encima y se lo cenaba, sin embargo, el grito de su amigo lo llevó de nuevo al lado del aparato.
-¿Qué sucede? –Preguntó el italiano de nuevo al teléfono ahora siendo él el que prestaba atención a lo que sucedía al otro lado de la línea.
-¿Qué? –Preguntó Alemania un poco desconcertado, olvidando completamente que había estado hablando por teléfono- No, no era a ti… ¡Espera! –Gritó esta vez a España, enojado de que siguiera el, hasta ahora inocente, jueguito de Romano.
Prusia se lanzó contra el perro, Italia observó aterrado como este se defendía, pero increíblemente no parecía lograr alcanzar al prusiano que seguía sonriendo tontamente mientras luchaba contra el canino.
-Prusia… bájate de ahí –Dijo el italiano consternado por la rapidez con que el hermano de su cuerpo había dominado al can.
-¿¡Prusia! –Lo único capaz de regresarle la atención al alemán, lejos de los constantes picoteos de sus dos contrincantes, era su hermano, su awesome, no tan cuerdo, pervertido y un tanto lunático hermano.
-Eh… esto, sí –Respondió Italia luego de observar que los otros dos perros también se le echaban encima al prusiano en ayuda de su compañero- Esta… emm… haciendo cosas raras.
-¡Maldición! –Exclamó Alemania ante la imagen mental de lo que su hermano podría estar haciendo que se considerase raro.
España, intentando aprovechar que el alemán estaba distraído, jaló levemente el rulito italiano, para horror de Romano y desconcierto del afectado.
-¡NO TOQUES ESO! –Gritaron ambos para mayor diversión del español mientras un muy mal disimulado rubor se extendía por la cara de los dos.
-¡Auch! –Exclamó Italia alejando el aparato de su oreja, el súbito aumento de volumen le había lastimado el tímpano- ¿Qué sucede?
Justo en ese momento a Prusia le daba un ataque de risa histérica. Los perros habían sido sometidos con bastante habilidad y parecía que sus lastimosos intentos de liberarse le producían risa. El pequeño Gilbird se había ido a posar sobre la cabeza de su dueño y piaba felizmente al son de la risa de su maniático dueño, dando por resultado una escena que merecía ser recordada.
Del otro lado de la línea un extraño sonido desconcertó al ya muy desconcertado Italia. Se escuchó una especie de rugido y luego el sonido de algo cayendo estrepitosamente. Un par de gritos, algunas maldiciones mal articuladas, quejidos de dolor y… silencio.
Por varios minutos todo quedó sumido en una inquietante tranquilidad, de esas que no pueden augurar nada bueno. Italia escuchaba con el corazón en un puño, incluso Prusia había guardado silencio (más porque estaba muy ocupado sosteniendo una pelea de mirar fijo con el pastor alemán que por otra cosa). De pronto se volvieron a escuchar sonidos, como alguien apoderándose del teléfono y que respiraba entrecortadamente.
-¡VEN PARA ACÁ INMEDIATAMENTE! –Fue lo último que Italia alcanzó a escuchar antes de que Alemania colgara abruptamente el teléfono.
El italiano se quedó con el teléfono aún en la mano y con cara de no entender absolutamente nada de lo que acababa de suceder. Cerca de él Prusia volvió a reír maniáticamente.
No muy lejos de ahí…
-En serio, ¿podrías dejar de hacer eso? Es desesperante –Reclamaba Hungría a Austria que ya llevaba cerca de hora y media, simulando con los dedos, que tocaba un piano sobre un pedazo de madera que había encontrado por ahí.
Los dos estaban fuera de la casa de Suiza, sentados en el jardín en una pequeña banca de piedra, con todo el maravilloso paisaje del territorio suizo frente a ellos. Austria se había conseguido una plancha de madera y con un plumón había delineado una especie de teclado en ella, también se había sujetado el ahora rubio cabello con una liga debido a que le resultaba terriblemente molesto. En cambio Hungría jugueteaba con el delicado listón que sujetaba su ahora corto pelo, acomodándolo de un lado y luego del otro.
-Lo lamento, pero cuando estoy estresado suelo tocar –Explicó Austria.
-¿Entonces te la vives estresado? –Dijo la húngara en voz baja. Decidió que no le agradaba el listón y mejor se lo quitó, amarrándolo en su muñeca a modo de pulsera.
Austria la ignoró, concentrado como estaba en su canción. Hungría, ya aburrida de sólo observarlo mover los dedos de un lado al otro, se puso de pie y se alejó. Apenas sin levantar la mirada de su improvisado teclado, el austriaco le preguntó.
-¿A dónde vas?
-A investigar a la casa de Suiza.
-No deberías hacer eso.
-¿Importa?
-No, la verdad no –Respondió este luego de un corto silencio.
Mientras Hungría se volvía a meter a la casa pensaba que esa era la conversación más larga que habían tenido hasta ese entonces.
La ahora pequeña húngara se detuvo en la puerta, a decir verdad, lo único que conocía de la casa de Suiza era esa pequeña sala, ahora llena de bellos recuerdos, el baño, la cocina y el cuarto donde Liechtenstein dormía. No conocía nada más y este era un buen momento de hurgar por ahí.
Primero había una habitación a la que quería ir a probar suerte, la última habitación del fondo del tercer piso, de grandes puertas de madera increíblemente gruesas y con un letrero todavía más grande que decía "No Entrar, Privado", prácticamente imploraban que la abrieran y la curiosidad de Hungría le gritaba para que se apresurara.
La cerradura era de esas viejas de metal cuyo mecanismo no era muy complicado. Parecía que alguien había sido muy tacaño como para no cambiar las cerraduras si de un lugar tan importante se trataba.
Hungría sacó un pequeño pasador del bolsillo delantero de su vestido y comenzó a trabajar con una maliciosa sonrisa en la cara. Dio un par de vueltas, metió y sacó, presionó un poco y, luego de unos minutos, se escuchó un click.
La sonrisa de la húngara se ensanchó más, finalmente, su varonil infancia desperdiciada rendía frutos.
Le dio un leve empujoncito y… nada. Ahora se daba cuenta, la arcaica cerradura no era el único método de defensa, lo que la iba a hacer verdaderamente difícil de abrir era que era incluso más pesada que el mismo cuerpo de Liechtenstein.
Empujó, golpeó, casi se lanza de cabeza, se agarró a patearla, simplemente nada. La dichosa puerta no se habría.
-¡Cosa del demonio! –Hungría dio unos pasos hacia atrás, tomó impulso y le dio el más grande puñetazo que había dado en toda su larga historia… mala idea- ¡Auch! ¡Auch! ¡Auch!
Empezó a saltar sosteniéndose la pequeña mano, que probablemente nunca había conocido lo que era la violencia a lo bruto, mientras le rogaba al cielo que el dolor pasara pronto y no habérsela roto. Austria apareció por detrás de ella, aún cargando su pedacito de madera y caminando rumbo a la habitación de Suiza. Se detuvo unos segundos en su camino, miró a Hungría que saltaba maldiciendo, luego a la gruesa puerta y luego al ridículamente grande cartel.
-Sabías que hay que jalarla, no empujarla ¿verdad? –Y dicho esto se siguió caminando.
Hungría se detuvo en sus saltos y, por su expresión, parecía que le acabaran de lanzar un balde de agua fría en la cabeza. Miró a ambos lados y tomó la gran manija.
-Sí, ya sabía –Declaró en voz baja antes de darle un buen jalón. La puerta se abrió con un chirrido, sólo lo suficiente como para que la pequeña nación húngara entrara por ahí.
Lo que ahí había era como para quitarle el aliento a cualquiera. La habitación sola era casi tan grande como los cuatro míseros cuartos que Hungría conocía juntos y estaba más llena de relojes que de pensamientos indecentes Francia. Cuando ella entró, no pudo reprimir una exclamación, había gigantescos estantes, vitrinas y mesas, llenas, casi repletas de un arsenal tan grande que haría que los ejércitos de Estados Unidos, Rusia y Alemania juntos, huyeran espantados como italianos.
-¡Oh por todo lo que es yaoi! –La delicada doncella se quedó como venadito lampareado ante la increíble cantidad de pensamientos y posibilidades que pasaban por su cabeza.
Se paseo por la estancia aún en shock, admirando y pasando delicadamente las manos por cada una de las armas. Las balas para cada una de estas que se exponían eran de las cosas más bellas que Hungría había visto, brillantes, pequeñas y tan letales. Pero claro, no podía solo quedarse viendo ¿verdad? Se acercó a uno de los más grandes estantes donde yacía uno de los más esplendidos rifles y, de nuevo, hizo su aparición la carencia de fuerza de Liechtenstein. El rifle estaba tan pesado que a duras penas la húngara logró cargarlo. Luego de rendirse se decidió por las más pequeñas, no por eso menos hermosas.
Se hizo de por lo menos ocho armas, de diferentes tamaños y potencias, y se paseaba como si luciera las más hermosas joyas de la corona inglesa. Otra idea pasó por su cabeza, se desató el listón de la muñeca y se lo amarró alrededor de la frente, se acomodó bien todo el arsenal que traía encima y se acercó a ver la ventana para admirarse en el reflejo. Pese a que lo que en la ventana se veía era la pequeña y adorable cara de Liechtenstein con mueca maniaca y un montón de diferentes pistolas encima, a Hungría le agradó la vista.
-¡Oh! Hungría Recargada –Exclamó admirándose y con una sonrisa mientras tomaba una posee.
Mientras se examinaba con creciente felicidad, algo llamó su atención, justo al lado de la ventana había un magnifico telescopio totalmente negro- ¿Qué es eso?
Se acercó al pequeño aparato y le echo una ojeada. De nuevo no logró reprimir una exclamación, era algo verdaderamente espectacular, todo se veía como si estuviera justo enfrente de ella. El aparato ya estaba enfocado y le costó varios minutos reconocer el lugar que veía pese a que se la pasaba ahí casi todos los días.
-¡Es la casa del señor Austria! –Exclamó al reconocer el gran edificio de piedra blanca- ¿Acaso nos estaba espiando? –Aguzó un poco más la vista, lo que el aparato de verdad enfocaba era la gran sala, donde estaba la posesión más preciada del austriaco, su piano- Pero que pervertido –Declaró, casi sin darse cuenta de que la idea no le agradaba tanto como podría parecer.
Algo volvió a llamar su atención, había gente en el salón. Hungría logró ver su propio cuerpo y el de Austria sentados en un pequeño sillón teniendo lo que parecía una agradable conversación. La húngara no logró evitar el pensamiento de que la pareja se veía adorable junta. Suiza descansaba tranquilamente y Liechtenstein estaba sentada muy propiamente de una dama, con los brazos juntos y la cabeza un poco gacha.
Los dos charlaban animadamente y parecían de mejor humor de lo que los verdaderos estaban, se notaba que estaban tomando la situación bastante bien.
-¿En serio? –Preguntaba la ya no tan pequeña Liechtenstein aunque, claro, Hungría no tenía ni la menor idea de lo que hablaban, pero era divertido verlos.
-Claro, no fue difícil –Respondió su hermano tranquilamente.
-Wow, eres asombroso hermano –Dijo esta con una pequeña sonrisa.
Suiza le regresó el gesto y los dos se quedaron viendo durante un momento antes de, aparentemente avergonzados, alejar la mirada y concentrarse en el enorme ventanal que tenían enfrente. La cara de Liechtenstein se ruborizó enormemente y Suiza simplemente se quedó sin ninguna expresión.
-¡Oh vamos! ¡Tómale la mano! ¡Acércate más! –Gritaba Hungría desde su puesto enfrente del telescopio, casi como si estuviera viendo una muy buena novela- ¡o ya tan siquiera míralo! ¡Diablos! Estos niños de hoy ya no saben cómo hacer las cosas –Agregó con un refunfuño al notar que la pequeña simplemente se quedaba quieta, casi sin atreverse a respirar.
El incomodo silencio se prolongo durante un par de minutos más, luego, durante un momento, Hungría logró captar un destello de repentino coraje en los ojos de Liechtenstein ésta aún parecía incapaz de mirar a su hermano a los ojos pero aún así empezó a decir algo, la húngara contuvo el aliento casi con el corazón en un hilo al notar que el rubor de la pequeña nación se extendía todavía más, ya podía imaginarse lo que iba a suceder a continuación.
-Hermano, yo… eh…
-¿Qué? –Respondió este sin quitar la mirada del ventanal, aparentemente recordando cosas pasadas.
Hungría parecía que se quería meter en el telescopio y había empezado a morderse la uñas, impacientemente.
-Yo… eh… bueno, no sé cómo decirlo… yo…
Suiza pareció notar el aparente duelo que su hermanita tenía y despegó la vista de la ventana. Notó el extenso rubor que se extendía por las mejillas de Liechtenstein y antes de que lograra proferir alguna palabra, la puerta del recinto se abrió de sopetón, sobresaltando a los dos hermanos y hasta a Hungría que vio claramente como la puerta se cerraba. Por ella apareció un hombre alto y delgado de mediana edad y de cabello canoso y abundante, la aparición del hombre hizo que los dos hermanos se pusieran de pie como impulsados por una descarga eléctrica y se le quedaran viendo a la aparición como si estuvieran viendo un fantasma.
-¡Ah! Ahí estás Austria –Empezó a decir el hombre al reparar en Suiza- Te había estado buscando.
El aludido no sabía si responder o simplemente quedarse mirando como idiota sorprendido, así que optó por lo segundo.
-Mira, hoy van a venir a cenar unas personas muy importantes y me gustaría que los entretuvieras tocando alguna canción en el piano ¿entendido? –De nuevo, Suiza optó por la segunda opción y a duras penas alcanzó a balbucear un "ah…" Pero su interlocutor no espero respuesta alguna- Perfecto, vendrán a las ocho en punto, estate preparado.
Y apenas dicho esto, se dio media vuelta y desapareció por la puerta sin siquiera dirigirle una mirada a Liechtenstein casi como si no estuviera ahí. Los dos se quedaron quietos, aún parados y con la misma cara de sorprendidos que tenían cuando el hombre entró. Lentamente Suiza se inclinó hasta el oído de su hermana.
-Eh… ¿Quién es ese?
-Creo que es el jefe del señor Austria –Susurró en respuesta la pequeña nación como si temiera que el hombre la escuchara.
Hungría estaba desconcertada ante lo que acababa de ver, pero sabía que no podía ser nada bueno ya que en ese preciso momento Suiza se puso a caminar como loco por todo el recinto moviendo muy rápido la boca y acompañando todo lo que decía con grandes aspavientos de sus brazos, Liechtenstein simplemente lo miraba y movía los labios como si estuviera diciendo algo para calmarlo pero no parecía funcionar ya que Suiza seguía moviéndose erráticamente y lanzándole miradas aterradas al gran piano blanco.
-Muy bien, eso no está bien –Se dijo a sí misma Hungría mientras se alejaba del aparato y se iba en busca de Austria para avisar sobre lo que acababa de ver.
Abajo, el pobre suizo seguía sin poder creer la mala suerte que tenía, ¿cómo era posible que le pidieran que entretuviera a un grupo de gente tocando una canción cuando no tenía ni la menor idea de cómo diablos se hacía eso?
-Tranquilízate hermano –Rogaba Liechtenstein- No puede ser tan malo, te debes saber al menos una canción ¿no? –Suiza le dirigió una mirada incrédula.
-Sí lo hiciera no estaría así ¿no crees? –Respondió este agresivamente aunque enseguida se retracto al ver la reacción de su hermana- Lo siento, no quería decirte eso, es sólo que no sé que voy a hacer.
-Umm… –Liechtenstein se quedó pensativa un momento- Pues no es muy difícil, creo que te podría enseñar un par de canciones.
-¿Sabes tocar? –Preguntó asombrado, esto era algo que no sabía de su hermana.
-Bueno, no exactamente. Cuando vivía con el señor Alemania veníamos a visitar muy seguido al señor Austria y pues a veces me enseñaba, creo… que aún recuerdo algunas cosas.
-¿En serio? –Suiza ahora se veía esperanzado ante la idea de poder salvar su pellejo, ya que, si el experimento le salía mal había grandes probabilidades de que Austria lo matara.
-Ya regreso, creo que aún recuerdo dónde guardaba el señor Austria el libro con el que me empezó a enseñar –Dijo mientras se ponía de pie y se lanzaba corriendo escaleras arriba.
Mientras, a Hungría le había costado trabajo encontrar al austriaco que se había ido a esconder a un extraño paramo un poco alejado en la parte más recóndita del patio del suizo. Estaba sentado en una banquita enfrente de un hermoso lago rodeado de árboles y muchas especies diferentes de flores, aún sostenía su teclado improvisado pero ya no lo tocaba, ahora sólo se dedicaba a mirara tranquilamente el paisaje, con la mirada perdida y expresión ensoñadora.
-¡Hey! –Intentó llamar su atención la húngara, que llegaba corriendo y respiraba entrecortadamente.
-¿Eh? ¿Qué sucede? –Respondió este dirigiéndole una mirada a su compañera, levemente alarmado por la apariencia que esta ofrecía ya que aún llevaba todo su arsenal encima.
-Algo extraño está sucediendo con Suiza.
-Oh, pero el ya es extraño, no le prestes mucha atención –Dijo este volviendo a mirar el hermoso paisaje.
-No, tu jefe le acaba de decir algo y ahora actúa como loco –Agregó esta ante el aparente desinterés del austriaco.
-¿Mi… mi… mi jefe? –Y de repente los lindos pensamientos que pudiera haber tenido, se desvanecieron al igual que la sangre de su rostro- ¿Pero por qué…? –Antes de que lograra terminar siquiera la frase, recordó aquel compromiso- ¡Oh diablos!
Los dos subieron al vuelo las escaleras, tan rápido como les daban sus piernas y atravesaron la casa completa en tiempo récor, para cuando el aliento les empezó a faltar, ya estaban delante de la enorme puerta. No perdieron ni un instante y antes siquiera que los miles de relojes marcaran un segundo, Austria ya miraba atentamente por el telescopio.
-¿Qué sucede? ¿Qué sucede? –Preguntó impacientemente Hungría mientras el austriaco intentaba enfocar el aparato.
-¡Están sentados frente al piano! –Explicó este mientras fracasaba miserablemente en intentar utilizar correctamente la máquina- ¡Diablos los perdí! ¿Cómo diablos se usa esta cosa? –Exclamó exasperado.
-Haber déjame –Dijo Hungría arrebatándole el telescopio y enfocándolo rápidamente con manos expertas.
Abajo la escena era sinceramente adorable, los dos hermanos en cuerpos ajenos sentados juntos ante el gran piano de cola blanco, muy concentrados. Liechtenstein parecía de verdad estar disfrutando la situación y tocaba las teclas con soltura, en cambio Suiza temblaba enormemente lo que le impedía atinar bien las notas, aparte de que tocaba temeroso como si el piano fuera a morderlo.
-¡Espera! –Exclamó Austria repentinamente, con una mejor idea en la cabeza- ¿Puedes enfocar las teclas?
-¿Para?
-Es que le había enseñando algo de piano a Liechtenstein y si se lo enseña bien a Suiza, puede que no haya necesidad de intervenir –Explicó el austriaco con esperanza.
-Bueno, déjame ver –Dijo Hungría mientras se ponía a trabaja nuevamente. Sólo le tomó unos poco segundos y una mirada rápida para que su expresión cambiara totalmente- ¿Eh, estás seguro de que podrán solos?
-¿Qué sucede? –Austria se apoderó del telescopio. Pese a la situación en la que se encontraba no pudo evitar envidiarle la calidad a Suiza, porque pese a que se encontraban bastante lejos, todo se veía espectacularmente cerca a tal grado de que podía distinguir cada una de las notas que el suizo tocaba con dedos temblorosos y, efectivamente, el color se volvió a escapar una vez más de sus mejillas al notar lo que estaban tocando.
Para empezar, Suiza sólo estaba tocando con la mano derecha, lo que significaba nada de acompañamiento, algo que no estaba nada bien si se quería tocar una melodía mínimamente interesante; además repetía constantemente las mismas notas en un patrón espantosamente familiar: Mi, Re, Do, Re, Mi, Mi, Mi, Re, Re, Re, Mi, Mi, Mi y lo peor se repetía. Era la forma simplificada de una canción ya de por si fácil y para peor de males sin acompañamiento.
Hungría notó la expresión en la cara de su compañero, hasta ella que no sabía nada de piano tenía conciencia de que esa canción no iba a entretener a un grupo de comensales de alto grado.
-¿Y cuál canción es? –Preguntó casi temerosa de la posible reacción.
-María tiene un corderito1…
Mientras…
-¡Ya te dije que no están aquí! –Exclamó ya desesperado Polonia ante los incesantes lloriqueos de Ucrania.
-¡Oh Diablos! ¿¡A dónde se pueden haber ido! –Volvió a lloriquear esta.
-No lo sé, probablemente a lo oscurito –Respondió el siempre sincero y ahora alto Letonia.
-¿¡QUÉ! –A la ucraniana casi le daba un infarto. Estonia intentó abanicarla para evitar que hiperventilara.
Todos estaban reunidos en la gran casa de Rusia, incluso Liet, que había acudido corriendo al escuchar los desesperados lloriqueos de Ucrania.
-Cállate Letonia –Ordenó Lituania acercando una silla para que la ucraniana se pudiera sentar.
-Yo sólo decía –Respondió este inocentemente- Digo, ya sabemos que Estados Unidos no es para nada como el señor Rusia, además que ahora Belarús tiene dos grandes convence hombres, no hay que descartar la opción de…
-¡CÁLLATE! –Gritaron las otras tres naciones mientras, en definitiva, Ucrania entraba en paro. Pero sí, esa era una posibilidad aunque no quisieran admitirla.
-Tenías que decirlo –Le recriminó Estonia a Letonia- ¿Sigue respirando? –Preguntó señalando al inconsciente cuerpo.
-Sí, creo –Respondió Polonia- ¿Qué hacemos con ella?
-Llévenla al cuarto del señor Rusia.
-Yo me encargo –Respondió Lituania cargando el pequeño cuerpo y desapareciendo escaleras arriba.
-Eso fue gracioso pero en serio, como que me gustaría saber a dónde es que esos dos se fueron –Dijo Polonia con una risilla mientras se recargaba en la silla donde Ucrania había estado sentada.
-Quién sabe, los dos desaparecieron luego de la conferencia, la señorita Ucrania lleva buscándolos todo el día pero ni rastro –Explicó Estonia con un suspiro.
-¿Me pregunto sí Estados Unidos de verdad habrá caído ante la tentación? –Dijo Letonia obviamente pensando en voz alta, para no mucho agrado del estones- ¿Se lo imaginan? Sería casi incestuoso…
-¡Muy bien! –Saltó Estonia sin dejar acabar a lo que fuera a decir Letonia- ¿No tenías cosas que hacer?
Casi enseguida la ya no tan pequeña nación se entristeció y en su cara apareció una mueca de inconforme rendición, luego de un suspiro una temblorosa sonrisa apareció por sus labios.
-Sí, supongo que es mejor darme prisa –Y se alejó en dirección de las escaleras. Polonia no pudo evitar notar esta extraña reacción.
-¿Pues qué vas a hacer? –Preguntó este, deteniendo al letón en su marcha.
-Eh… tengo que hacer unos trabajos que el señor Rusia me mandó, y será mejor que los haga antes de que regrese –Explicó este tristemente con intenciones de reanudar su camino, sin embargo Polonia se puso de pie y le obstruyó el camino.
-Como que estas tonto ¿no?
-¿Eh? –Preguntó desconcertado.
-¿Para qué lo haces?
-Pues porque cuando el señor Rusia regrese va a querer que todo este ordenado ¿no? –Lituania empezó a temblar como era su costumbre.
-Sí, además es nuestro trabajo –Agregó Estonia en defensa del letón.
-Vaya parece que ese ruso ya les lavó el cerebro –Dijo Polonia con un dejo de frustración- Nadie sabe siquiera donde es que ese amante del vodka se metió, además ahora es la nación más fuerte del mundo, ¿para qué habría de regresar?
Los dos bálticos se quedaron en silencio, procesando las palabras del polaco, aún sin parecer completamente convencidos de no hacer sus tareas y conseguirse lo que probablemente era un reverendo castigo si Polonia se equivocaba.
-Pero… –Empezó a debatir Estonia, pero Polonia no lo dejó ni siquiera terminar.
-¡Oh vamos! No sean tan miedosos –Agregó al ver que los dos ya empezaban a temblar- Les puedo asegurar que Rusia está tomando ventaja de la situación ¿por qué no habrían de hacerlo ustedes?
Estonia y Letonia no sabían que responder, así que por un momento se quedaron callados. En ese momento Lituania apareció por las escaleras.
-Ah… listo… ¿eh? ¿De qué están hablando? –Agregó al ver a los tres presentes en silencio, los dos bálticos con una mueca algo incomoda y Polonia con cara de frustrado.
-No sabemos realmente –Respondió Estonia.
-¿De qué hablo? Fácil, hablo de una revolución –Respondió triunfante el polaco ante la mirada asombrada de los presentes.
Del otro lado del mundo…
-¿Estás segura, Belarús?
-Oh que sí, sólo quédate quieto, se cómo hacerlo.
-Aún no estoy muy seguro…
-¿No qué eras el héroe?
-¡Sí lo soy!
-¿Entonces? Los héroes no tienen miedo.
-No… no tengo, pero no lo sé, ¿no me va a doler?
-Te juro que no, ya tengo práctica así que no te debes de preocupar.
-Está bien…
-Así me gusta, ahora… ¿eh, por qué cierras los ojos?
-Reflejo, lo siento.
-Muy bien, ahora…
-¡Espera! ¡Espera!
-¿Ahora qué?
-No tan rápido, hazlo más lento por favor.
-Umm, no lo creo, así sí te va a doler, hay que hacerlo rápido.
-¿Entonces sí me va a doler?
-Sí lo hago lento sí, por eso quiero hacerlo rápido pero no me dejas acabar.
-¡Damn it2! ¡Está bien, sólo hazlo!
-Bien, ¿listo?
-No… pero ¡dale!
-Ahí va.
Un grito desgarrador cortó el aire alrededor de esa desolada playa aunque claro, no hubo nadie que lo escuchara.
Tsuzuku!
1María tiene un lindo corderito es una canción infantil muy sencilla, la versión original sí tiene acompañamiento, pero aún así es sencillísima, está en cambio es una versión todavía más fácil que usualmente se usa para enseñar a los principiantes, no lleva acompañamiento ya que usualmente se usa para enseñar a los novatos a acomodar la mano en la escala principal del piano. (Fue la primera canción que toqué cuando me enseñaban, como y como que le tengo cierto cariño xD).
2Damn it significa algo así como Maldita sea.
-.
Bien, eso es todo por hoy, en serio espero que lo hayan disfrutado mucho y recuerden, cualquier duda, queja, sugerencia, aplauso, ovación, tomatazo, sartenazo o invasión a mis regiones vitales no duden en decirlo, sus comentarios serán bien recibidos y de nuevo, me disculpo por la enorme ausencia, prometo que no se volverá a repetir e intentare seguir con mis actualizaciones una vez cada semana o cada dos jeje depende de la tarea.
Bueno, como ya es tarde y mañana hay precisamente escuela debo irme a dormir jeje, se agradecen todos los comentarios que me dejaron e intentare responderlos en cuanto tenga un tiempito libre. Bien, sin más, nos vemos la siguiente semana… espero.
TsChÜs!
