CAPITULO 14: CAPERUCITA Y EL LOBO
Lily Pov
-Arriba, dormilona - Murmuró una voz a la distancia.- Es tarde.
Pronto recordé donde estaba y la voz se me tornó conocida. En mi adormecimiento me acurruqué aún más a las sabanas sin dejar de extrañarme por mi propia actitud. El mundo debía de estar invertido; generalmente era yo la primera en levantarse y Mar con la cual había que luchar para que se despegase de la cama.
Entre la oscuridad de mi interior se colaron varias imágenes de aquella semana en la mansión McKinnon. Descontando las insultantes comentarios de la madre de Mar contra los muggles y los empalagosos discursos del Señor McKinnon que debíamos soportar antes de cada cena, aquella había sido por mucho la mejor última semana de vacaciones de mi vida.
-¿Todavía duerme?- Escuché preguntar a Alice luego de que abrieran las ventanas y yo escondiera mi rostro entre las sábanas.
Y he ahí el porqué de que yo no sea la primera en levantarme. Luego de horas y horas de charla con Frank, Alice nos mantuvo despiertas casi toda la noche contándonos la nueva noticia; Eran novios. Imagínense la emoción de la tímida Alice y lo que nos costó sonsacarle hasta el más mínimo detalle. En realidad, lo que me costó. Generalmente Mar no servía para las charlas amorosas por lo que quedó descartada. Hermione, por otra parte, es demasiado comprensiva, no quería presionar a Alice a contar algo que ella no quisiera. Entonces quedaba yo, y como era la única esperanza de Mar (la cual ama saber hasta el más ínfimo detalle nuestra vida casi tanto como jugar al Quidditch o comprarse ropa a diario) no tuve más remedio que intentarlo. Costó lo suyo, pero luego de varias preguntas sutiles y unos cuantos comentarios comprensivos, Ali aflojó la lengua.
-¿Crees que deba ordenar a Blaser que la despierte?- Cuestionó Mar refiriéndose a su desagradable elfo doméstico.
No me malinterpreten, los elfos domésticos me encantan. Su adorable manía, aunque casi enfermiza, de servir a los magos es algo honorable. Pero Blaser, el elfo de la familia McKinnon, podía ser de todo menos honorable. Y aún menos adorable.
Tantos años en la casa habían infectado su cerebro con creencias ridículas y él no hacía más que profetizar lo que su ama decía. Cuando se le comunicó (Mar disfrutó ese momento como si estuviera saboreando un dulce especialmente sabroso) que tendría que servir a dos hijas de muggles literalmente hundió su cabeza en un jarro con agua por unos cuantos minutos, aunque no sin antes golpearse repetidamente con una olla en todo su cuerpo. El elfo estaba loco, es verdad, pero eso no quitaba que justifique sus actos como si lo hacia Hermione, a la que trataba tan mal como a mi.
-Sólo un rato más.- Murmuré por entre las sábanas previniendo cualquier atentado contra mi persona, tan pronto escuché a Alice estar de acuerdo con la idea.
-Hoy iremos al Callejón Diagon, ¿recuerdas?
-¿Como olvidarlo? Si los tortolitos pasarán su primer día de novios juntos en El Caldero Chorreante.- Se burló Mar sin dejarme contestar. Me volteé justo a tiempo para ver como Ali fulminaba con la mirada a la rubia.
-Es verdad, Ali. Lo había olvidado completamente, lo siento.- Me disculpé entrando rápidamente al baño. Cuando salí ya ninguna se encontraba con el piyama puesto, por lo que me apresuré en agarrar alguna de mis ropas. Tomé la primer remera que encontré y el mismo jean que había utilizado el día anterior y volví al baño para cambiarme.
Luego de colocarme la ropa y peinarme el cabello, me miré al espejo pensando que no estaba tan mal por haber dormido muy poco la noche anterior.
-¿Ya estás lista, Lils?- Preguntó Hermione del otro lado de la puerta. Salí del baño con una sonrisa mientras asentía con la cabeza.
-¡Vamos!- Exclamó Alice desde la puerta de la habitación. Tomé un abrigo y me dirigí junto a mis amigas hasta las escaleras. Antes de bajar Mar se detuvo y volteó hacia una habitación que había en el camino. La puerta estaba abierta y se podía ver a Steve, el hermano mayor de Mar, con su rubio cabello sobre su cara enmarcando un bonito rostro, dormitando sobre su cama. La más pequeña de los McKinnon nos hizo señas para que no hagamos ruido mientras se acercaba a su hermano lentamente.
Una vez allí conjuró un vaso con agua prácticamente sin hablar (me sorprendió el que hubiera mejorado tanto con los hechizos silenciosos) para luego verterlo por completo sobre el rostro de su hermano.
-¡Pero que demo... ¡Mar!- Profirió el rubio pegando un salto bruscamente
-Lo siento, pero no podía permitir que duermas siendo que tienes que cumplirle una promesa a tu hermana favorita.-
-Eres la única. Y déjame decirte que no tienes nada de favorita.- Murmuró enfadado luego de secarse con su varita.
Mar hizo un puchero y abrazó a la fuerza a su hermano.
-Yo sé que tu me amas, Stevy.-
Nosotras reímos sin poder evitarlo, causando que Steve se ruborizara. Apartó a su hermana con delicadeza y bajó rápidamente las escaleras camino a la sala murmurando. Mar rió y nos indicó que lo sigamos. Nos esperó abajo junto a la chimenea de la casa. A su lado se encontraban la madre de Mar, que al vernos (en especial a Hermione y a mi) desapareció elegantemente por una de las puertas, y su padre que nos saludó con un gesto cordial.
-Buenos días, padre. Hoy iremos al Callejón Diagon a comprar algunos útiles y a pasar el día. Dile a Blaser que no cuente con nosotras para la cena, ¿Esta bien, padre?
-De acuerdo, hija.- Respondió viéndose feliz de que las sangre sucias no comieran en su casa, por lo menos por una noche.- ¿Tu tampoco vuelves, hijo?
-Sí. Sólo iré a acompañarlas, veré que lleguen bien y volveré en un rato. Sabes que Londres ya no es tan seguro.-
La rubia rodó los ojos al tiempo en que su padre asentía con monotonía. Steve tomó un poco de polvos flu de una pequeña caja junto a la chimenea y nos dio un poco a cada una. Decidimos desaparecer en sólo dos viajes por la enorme chinea de la Mansión McKinnon, que no desentonaba ni un poco con la casa. Alice y yo fuimos las últimas en aparecer en El Caldero Chorreante, donde varios magos se aglomeraban para entrar o salir del Callejón Diagon. Saludamos a Tom, el tabernero, y nos dirigimos hacia la parte de atrás del negocio. Con unos cuantos toques de la varita de Steve a los ladrillos del muro de piedra, pudimos visualizar después de algunos meses el majestuoso callejón exclusivamente para magos.
Vi por el rabillo de mi ojo como Ali consultaba su reloj y parecía relajarse. Un poco más adelante nuestro Steve y Mar hablaban sobre una nueva escoba de Quidditch, mientras que Hermione echaba un rápido vistazo hacia Flourish y Blotts.
-¿Llegamos temprano?- Pregunté a Alice, ya que no se había quedado en El Caldero.
-Sí. Iré a dar unas vueltas con ustedes y volveré a tiempo.-
-¿Me acompañas, Lily?- Cuestionó Hermione. El grupo se había parado en medio de la calle sin que me haya dado cuenta, por lo que volví unos cuantos pasos hasta donde estaban ellos.- Voy a ver unos libros.
-Está bien.- Saludamos a los demás con un gesto y cruzamos la calle hacia la tienda Flourish y Blotts. Luego de atravesar la pequeña puerta nos vimos rodeadas de pilas de libros que llegaban literalmente hasta el techo.
Mi compañera de lectura y yo nos separamos, sin percibirlo, de acuerdo a nuestros intereses. Me dirigí casi involuntariamente hacia la sección de libros de Pociones mientras que Hermione caminaba para el lado contrario.
Leí unos cuantos títulos interesantes, y con el deseo de tener más dinero y poder comprármelos todos, elegí uno al azar. En cuanto tomé Pociones para Magos Avanzados Volumen III noté a alguien del otro lado del estante. Sólo podía ver una porción de su cabello, pero eso era suficiente para reconocerlo.
Comencé a percatarme de que estaba teniendo una acalorada aunque muy discreta conversación con uno de sus compañeros de casa. Me quedé escuchando sin poder evitarlo.
-Por supuesto que estoy de su lado.- Aseguró Snape con voz amenazadora.
-Entonces debes demostrarlo. En todas las vacaciones no has aparecido. ¿Hiciste ya tu trabajo?- Preguntó Lestrange escéptico. El recuerdo de cómo había hechizado a Alice se despertó en mi con tanta violencia, que por un instante estaba decidida a cruzar la tienda y propinarle un puñetazo en su rostro. Sin embargo la respuesta de Snape me obligó a quedarme en mi lugar.
-Ella no ha pasado la Navidad en su casa.-
-No sé como lo harás, Snape. Pero te sugiero busques alguna forma de demostrar tu lealtad o el Señor Tenebroso se encargará de ti.-
Señor Tenebroso. Aquello me recordaba la charla pendiente con Dumbledore. Por supuesto que ya había averiguado lo suficiente del tema como para estar al tanto de lo que ese mago en contra de los muggles profetizaba y de la supuesta organización que dirigía el director de Hogwarts para luchar contra sus vasallos.
Estaba convencida de que Severus no acabaría en un buen camino, pero jamás pensé que terminaría como esclavo de ese tal Lord Voldemort. Y mucho menos estuviera pasándole información sobre una amiga. Porque si bien ya no éramos tan cercanos, yo aún sentía un gran cariño por él. Pero evidentemente él no lo hacia. Yo sólo era una asquerosa hija de muggles más, y como tal, debía de ser exterminada. Por que eso es lo que hacía Voldemort, ¿Verdad? ¿Y qué otra cosa iba a querer que hiciera Snape conmigo si no era matarme a mi o incluso a toda mi familia?
De pronto temí por mis padres, a quienes había dejado solos e indefensos en mi hogar. Pero una holeada de tranquilidad me abrigó al darme cuenta de que Severus había estado toda la semana en su casa y si hubiera querido.. asesinar a mi familia, lo hubiera podido hacer cómodamente.
Aunque traté de evitarlo mis ojos se llenaron de lágrimas. Coloqué con cuidado el libro devuelta a su lugar y caminé en forma monótona hacia la salida. No me preocupé en buscar a Hermione ni en tratar de pasar desapercibida por los Slytherins. Lo único que quería era salir de allí lo más rápido posible.
No podía creer que siendo El Callejón Diagon tan grande, y Londres aún más, hubiera tenido que cruzarme con Snape y escuchar aquella conversación. Esto había sido mil veces peor que enterarme de que Snape sería un futuro Mortífago. En esa ocasión pensé que mi ex amigo en realidad jamás me haría daño, pero ahora no estaba tan segura.
¿Que pasaba si Voldemort se lo obligaba? ¿Acataría las órdenes de su señor o tendría compasión por una vieja amiga?
Sin darme cuenta de cómo había llegado me encontré a varias cuadras de la tienda de libros, estática mientras cientos de personas pasaban a mi lado sin prestarme atención. No llevaba reloj por lo que no sabía si era tarde. Decidí dar un paseo a solas para despejar mi mente antes de buscar a mis amigas.
Caminé unas cuadras más y al llegar a una esquina visualicé a varios Slytherins a mitad de la otra cuadra, entre ellos Snape y Lestrange. Me giré bruscamente para irme de allí antes de que me vieran cuando choqué con una persona.
-Lo siento.- Murmuré incorporándome lo más rápido posible para irme aunque una mano en mi brazo me lo impidió.
-¿Evans?
Levanté la vista encontrándome con una mirada gris inquisidora. Dejé de intentar caminar por lo que Black me soltó aunque me escondí (todo lo que pude) detrás de su cuerpo.
-Hola, Black.- Saludé sin poder ocultar mi tono nervioso. Lancé una mirada rápida hacia el grupo de Slytherins asegurándome de que no nos hubieran visto, y mi gesto no le pasó desapercibido a mi acompañante. Sin siquiera contestarme se volteó hacia las serpientes. Estudió el grupo por un momento y empezó a caminar hacia la dirección contraria de prisa. Imaginé que quería que lo siguiera, y si no quería, me fui con él de todas formas. Cualquier lugar lejos de ellos estaba bien para mi.
Doblamos la esquina y caminamos unos cuantos metros antes de parar. Black se volteó hacia mi con el semblante más tranquilo y con su pose natural intacta.
-¿Como estás, Evans? Es extraño encontrarte por aquí.- Dijo, obviando preguntar porqué estaba yo tan cerca de unos Slytherins, hecho que agradecí interiormente.
-Bien, gracias. ¿Tú como has estado?- Pregunté tratando de que no se notara que estaba agitada por caminar tan rápido. Aunque fuera delgada no me vendría mal un poco de ejercicio. ¡Pero es que en Hogwarts no se practicaba otra cosa que no fuera el odioso Quidditch!
-Muy bien. Vinimos a buscar algunas cosas que necesitábamos de Gambol & Japes para el regreso a clases.- Informó demasiado resuelto para estar hablando de que habían ido a comprar artículos de broma para introducir a Hogwarts. Lo miré con el semblante serio.
-¿Y James, como Premio Anual, aprueba esas cosas?- Sirius abrió la boca para contestar aunque yo no esperaba en realidad ninguna respuesta.- Nosotras vinimos a acompañar a Alice. Tenia una cita con Frank-
Black cerró al boca al escucharme y se llevó una mano al mentón
-Es verdad. Estaban todas juntas en casa de McKinnon.- Murmuró pensativo. Por un momento no dijo nada más aunque parecía querer hacerlo. De pronto desistió de su idea, frunció los hombros en un gesto y suspiró.- ¿Cita con Frank, dices?
Aunque no esperara esa pregunta traté de explicarle sin muchos detalles que Alice y Frank estaban de novios. Black emitió una sonrisa sincera y con un "Ya era hora" dio por terminada aquella conversación.
-Bueno, Black. Fue extrañamente agradable hablar contigo.- Y en verdad lo era, me había hecho olvidar a Snape por un rato.- Pero ya debo irme. Mis amigas deben estar buscándome.
-De acuerdo. Yo también voy a buscar a los demás.- Y con un saludo se alejó en busca de los otros Merodeadores. Lo observé irse por un momento hasta que obligué a mis piernas caminar por las largas calles tratando de no perder detalle por si veía a alguna de las chicas. O a algún Slytherin.
Por suerte pronto conseguí dar con Alice y Frank, quienes daban un paseo por el callejón, y me dijeron que el grupo completo estaba en El Caldero Chorreante tomando algo. Dejé a la parejita sola y caminé por entre la gente hacia el lugar.
En el camino pasé por fuera de Gambol & Japes. La enorme tienda de chascos estaba repleta y la fila para comprar excedía el negocio. Entre las personas que se encontraban en la acera distinguí a cuatro cabezas que se me hicieron muy conocidas. Me acerqué para saludarlos (y de paso, poder regañar a James por introducir esos artículos en Hogwarts) cuando la fila avanzó y ellos por fin entraron a la tienda.
Asomé mi cabeza por la puerta ahora cerrada y pude verlos un poco más allá inspeccionando las novedades del mes. De pronto, sentí como tocaban mi espalda y rápidamente me di la vuelta.
-Hey, Lily. ¿Como estás?- Me saludó el prefecto de Revenclaw con una sonrisa. Se la devolví al tiempo en que lo saludaba.
-Que tal, Jeff. ¿Comprando artículos de broma, prefecto?- Regañé con una sonrisa. Jeff me sonrió a modo de disculpa y me invitó a quedarme con él para que no deba hacer toda la fila para entrar. Acepté gustosa y en unos minutos ya estábamos dentro de la tienda.
-Voy a comprar algunas cosas. Luego nos vemos, Lily.- Me dijo mientras ojeaba una lista que tenia en sus manos.
-De acuerdo. Nos vemos luego, Jeff.- Me separé de él en busca de los Merodeadores. Jamás había entrado a la tienda y me sorprendió gratamente lo colorida y alegre que era. Varias ofertas y novedades resaltaban por entre el montón de artículos. Algunos otros productos hasta volaban de un lado para el otro.
Visualicé unos pequeños caramelos de color azul brillante sobre el mostrador y no dudé en acercarme. Tomé una de las muestras y lo giré ante mis ojos varias veces. Comprobé que junto a la canasta de caramelos había un cartel que rezaba "Muestra Gratis" antes de sacarle el envoltorio decidida a comérmelo. Realmente se veía apetecible.
En cuanto mi lengua tocó el caramelo todo mi cuerpo se estremeció. Éste no sabía tan dulce como me lo había imaginado, si no más bien ácido. Terminé de comerlo con satisfacción (no estaba tan mal después de todo), cuando sentí un escalofrío recorrerme desde la cabeza hasta los pies. Fue en ese momento cuando me dí cuenta de lo que ocurría.
Era una tienda de chascos. Y aquellos simplemente no podían ser unos dulces comunes y corrientes. Me apresuré a tantear todo mi cuerpo en busca de algo extraño aunque no noté nada fuera de lo normal. Giré la cabeza hacia ambos lados y un poco más allá pude ver un pequeño espejo colgado sobre la pared. Me acerqué hasta él y casi me da un infarto cuando miré el espejo y no vi nada de lo que esperaba ver.
No tenía el cabello de otro color. Mi nariz no había cambiado de forma. Mis orejas aún seguían en su lugar. Pero simplemente en el espejo no había nada. No tenía reflejo.
Inmediatamente subí mis manos hasta la altura de mis ojos pero allí tampoco había nada.
-Oh Dios mio, soy invisible.-
-No te preocupes, querida. Sólo dura unos cuantos minutos, ya que comiste la muestra gratis.- Murmuró una voz a mis espaldas. Me di vuelta encontrándome con un señor de avanzada edad que me miraba fijamente.
-¿Usted... Usted me ve?
-Realmente no. Pero tampoco estoy acostumbrado a escuchar voces de la nada, y supuse que los caramelos para hacerse invisibles tenían algo que ver. Cada cierto tiempo aparece algún que otro joven que no lee las advertencias y come un caramelo embelesado por su color brillante. Ya le sugerí varias veces a mi esposa que cambie la cesta de lugar, aunque nunca lo hace.
Sentí como lentamente mis mejillas retenían mi sangre. Y aunque el anciano no pudiera verme, me sentía terriblemente avergonzada. Me disculpé con el señor y decidí leer las advertencias para enterarme que había comido. El cartel estaba junto a la cesta de caramelos, pero éstos eran tan brillantes que supongo que nadie se detenía a leerlo.
Caramelos para hacerse invisible.
Toma uno de estos y desaparecerá cualquier rastro de ti. ¡Aprovecha para vengarte de aquellos fortachones de la escuela! ¡O hazle pasar un mal día a tu jefe!
Duración: 30 minutos.
Advertencia: La muestra dura 13 minutos.
Efectos Colaterales: Posibles mareos, sensación de incredulidad o catarro.
Luego de golpearme la cabeza con la mano por ser tan tonta, me apresuré a salir lo más rápido posible de allí.
Unos cuantos metros antes de la puerta se encontraban los culpables de que yo estuviera ahora invisible. Porque era por culpa de saludarlos a ellos que yo había entrado en la tienda, hubiera comido el dulce y ahora fuera invisible! Lo sé, en realidad es algo tonto, pero a alguien tenía que culpar. ¿Y quién más que aquellos revoltosos Merodeadores? Si ellos no hubieran estado comprando bromas ilegales para Hogwarts, yo no tendría porqué haber entrado desde un principio.
Me acerqué con paso decidido hacia ellos con la intención de echarles la culpa de lo que me estaba pasando. Aunque mientras más cerca me hallaba, más lento caminaba. ¿Que les diría? Y esencialmente ¿Como les diría algo si es que era invisible?
-No te mentiría con algo así, Cornamenta. Si te digo que está aquí, es porque está aquí.- Dijo Black a James mirándolo con reproche. Potter, por otro lado, lo observaba fijamente con el ceño fruncido.
-No creo que Canuto esté mintiendo esta vez, Cornamenta.- Opinó Remus con voz cansina. El castaño se veía agotado y su aspecto no era el mejor. Parecía a punto de enfermarse, si es que ya no lo estaba. Pasó por al lado de los demás retirándose del lugar. Pettigrew lo siguió, mientras que Potter y Black dejaron de mirarse y salieron de la tienda.
Los seguí de cerca con la intención de asustarlos por tener la culpa de que yo estuviera así, aunque no pude hacerlo ya que James comenzó a hablar.
-¿Cómo quieres que le crea si ha estado toda las vacaciones copiando la caligrafía de Lily para luego mandarme cartas de su parte él mismo?- Preguntó a Remus con las mejillas coloradas del enojo.
Vi a Black tratando de evitar reír y me prometí a mi misma que lo haría pagar por hacer aquello.
-Siento eso, Cornamenta. ¡Pero es que era divertido verte tan entusiasmado!.- Explicó el ojigris mientras que Remus negaba con la cabeza en desacuerdo y James lo miraba ofendido.- Esta bien. Estuve mal.- Admitió con desgana.- Pero te juro que esta vez no es una mentira. Evans está aquí y hasta hablé con ella-
James buscó a Remus con la mirada y éste asintió con monotonía.
-No puedo creerlo. ¿El mismo día que nosotros? No les digo que Lily y yo estamos hechos el uno para el otro. Está muerta de amor por mi.-
Decidí que lo de Black pasaría a segundo lugar. Primero debía de lidiar con Potter.
-Recuerda lo que dijo Hermio- Comenzó Remus arrastrando las palabras como si le costara hablar. Me preocupé seriamente por él aunque tuve que girar la cabeza hacia Pettigrew.
-Ya dijiste eso tantas veces que prácticamente lo sabemos de memoria, Lunático. Pero James jamás cambiará.- Interrumpió Peter negando. James lo miró ofendido aunque luego su mirada se ablandó.
-Tienes razón, Gusano.- Murmuró repentinamente cabizbajo.- Debo dejar mi arrogancia de una vez por todas. Así nunca tendré a mi Lily.-
Me sorprendió lo humano que podía llegar a ser Potter con sus amigos. Claro que conmigo lo fue algunas veces, pero siempre me quedaba esa pizca de duda de que si lo hacía sólo como método para conseguir una cita.
-Ella es tan dulce, tan hermosa. No se merece estar con un desconsiderado como yo. Creo que cuando empecemos Hogwarts le diré que se olvide de mi. Que se olvide de la salida a Hogsmeade o que vaya con otro que sí la merezca.-
-¡No!- Exclamé sin poder evitarlo. Inmediatamente me tapé la boca con ambas manos mientras observaba como los Merodeadores giraban la cabeza hacia todos lados confundidos.
-¿Escucharon eso?- Murmuró Peter, que lucía algo asustado.
-Quizás fue el viento..- Murmuró Remus con el semblante serio
-Pareceré loco, pero el viento se escuchó como la voz de Lily.- Acotó James sin dejar de mirar hacia todas direcciones.
-A mi también me pareció que era la voz de Evans. Oh por Merlín, ¿Me estarás contagiando tu estupidez?- Preguntó Black fingiendo estar aterrado. James le dio una colleja.
-Tal vez fue nuestra imaginación. Es que aquello que estabas diciendo sobre Lily es muy estúpido. Si tu la quieres tanto como dices (y sabemos que es así) debes luchar por ella. No debes rendirte. Sé valiente, por algo eres un Gryffindor.- Reflexionó Remus y yo nunca quise tanto a mi prefecto favorito. Por poco voy y lo abrazo allí mismo.
Sirius lanzó una pequeña carcajada que me hizo recordar que debía trazar un plan de venganza contra él.
-El lobito está sensible.- Se burló. Fruncí el ceño sin comprender cuando Remus giró la cabeza hacia todos lados buscando algo con repentina energía. ¿Me habría visto? Miré mis manos (en realidad, donde se suponía que debían estar) para asegurarme que seguía invisible. Cuando lo comprobé y volví a mirar a Remus, éste se hallaba fulminando a Black con la mirada.
-Deja de hacer esos comentarios, Canuto. No sabes cuando puede haber alguien cerca.-
-Mi sentido del olfato lo averiguaría de todos modos.- Respondió Black resuelto mientras fruncía los hombros. No sabía de que estaba hablando, pero de lo que si estaba segura era de que Black no debía de confiarse tanto de sus instintos. Ni siquiera me había notado. Aunque supongo que el dulce contribuyó un poco en eso. ¿Acaso no decía "desaparecerá cualquier rastro de ti"?
-Ya. ¿Cuándo es la próxima luna llena?.- Preguntó James restándole importancia al asunto.
-Dentro de tres días.-
-¡Genial! Estaremos en Hogwarts.- Exclamó Peter. James le pasó un brazo por los hombros sonriente. El prefecto torció el gesto contrariado ante de decir:
-No creo que deberían estar tan contentos por eso.-
¿No estaba feliz por volver a Hogwarts? Pero si en varias ocasiones el prefecto me comentó sobre su afecto hacia el castillo, y aún más, hacia Dumbledore. ¿Se estaría refiriendo a lo de la Luna Llena? ¿Y tenía algo que ver con todo eso el que tuviera ese aspecto tan deplorable?
Cuando mi mente comenzó a atar cabos fue el discurso de reproche de Black, el que me aclaró todo.
-Escucha Lunático, ¿Cuántas veces se puede ver la transformación de un hombre lobo en primera fila? ¡Es Genial! Y ya deja tu pesimismo pre-luna llena a un lado o me obligarás a cambiar a Snape por ti como blanco de nuestra próxima broma. ¿Te gustaría un mensaje en el techo del Gran Comedor que diga: "Aquí vive un gran hombre lobo. Temed por Remus Lupin. Aunque por lo menos, él sí se lava el cabello a diario."?
-Más allá del patético intento por levantarte la moral por parte de Canuto, todo lo que dijo (o su mayoría) es verdad.- Acotó James mientras Black fingía indignarse.- Por lo único que no me gustan las vacaciones es porque no podemos acompañarte en tu transformación. Éso es lo que hace a Hogwarts único para nosotros.
Los cuatro Merodeadores asintieron con una sonrisa mientras que yo no podía salir de mi asombro. ¿Hombre lobo? ¿Remus Lupin un hombre lobo?
En medio de mi sorpresa comencé a sentir como mi cuerpo parecía congelarse y nada de eso tenía que ver con el clima. Recordé que quizás ya habían pasado los trece minutos que duraba el efecto del caramelo y me apresuré a alejarme de los Merodeadores. Eché un rápido vistazo a Remus, quién había mejorado su ánimo y ahora bromeaba con sus amigos, antes de dirigirme hacia un negocio colmado de gente. Con tanto disturbio, nadie notaría que una niña se acababa de materializar a su lado, y en todo caso pensarían que sólo fue una aparición.
Cuando por fin pude volver a ver mis manos y el resto de mi cuerpo, ya no me hallaba tan feliz como pensaba que estaría al ser visible. Parada en el medio de la acera, mi mente daba vueltas una y otra vez sobre el castaño. ¿Cómo nunca me había dado cuenta? Tantas señales, tantas evidencias..
Cada año Remus se ausentaba unos cuantos días por mes con la excusa de visitar a su madre enferma. Quizás en algunas ocasiones era él mismo quién se enfermaba y debía pasar días en la enfermería a cuidado de la señora Pomfrey.
Su aspecto desgarbado, sus cicatrices (algunas más recientes) en el rostro... ¡Hasta la elección de casa! Por supuesto que Remus Lupin era un Gryffindor. No cualquier joven tiene el valor de estudiar en Hogwarts sabiendo su condición. Estando al tanto de que si se enteraba el alumnado, aquellos chiquillos poco informados temerían y sus padres pedirían al director su inmediata expulsión.
Ahora entendía la eterna amabilidad de Remus, su carácter sensible. El que apoyase siempre a sus amigos aunque no estuviera del todo de acuerdo con hacer bromas. Era para demostrar su eterna gratitud hacia sus amigos. Aquellos que se arriesgaban cada mes, y eran tan merecedores como él de ser Gryffindors.
Entonces, ellos compartían con su mejor amigo aquel momento doloroso cada luna llena. ¿Pero es que eran idiotas? ¿Nadie les dijo que es sumamente peligroso estar cerca de un hombre lobo? Ellos pierden la noción de la realidad y mientras están transformados su parte animal controla su cuerpo. Esta bien que se trataba de Remus, pero él no era realmente él mismo cuando la luna llena estaba de por medio.
Y lo más importante, ¿Estaría Dumbledore al tanto de todo esto? Evidentemente sabe que Remus es un hombre lobo, y por eso la enorme gratitud del prefecto, pero ¿dejaría a otros tres estudiantes arriesgar su vida una vez por mes?
-¡Lily!
Me sobresalté sin poder evitarlo y tuve que pestañar varias veces hasta caer en la cuenta de que ya no era más invisible y que Mar podía verme. Traté de darle mi mejor sonrisa aunque supe que había fallado cuando la rubia me miró preocupada.
-¿Estás bien, Lily?
Claro, tan sólo descubrí que el joven del que estás enamorada es un hombre lobo. Y sus amigos y él pasan cada luna llena en Hogwarts quién-sabe-cómo juntos.
-Si.-
-¿Sabes qué? Me pareció ver a los Merodeadores en la Tienda de Quidditch mientras estaba buscándote.- Comentó con un entusiasmo que yo no esperaba oír en esos momentos.
-¿Tu crees que eran ellos? Tal vez fue tu imaginación.- Respondí a lo que Mar torció el gesto.
-Tienes razón. Londres es tan grande, no creo que por casualidad hayamos coincidido en el día para venir al Callejón Diagon.-
-Yo tampoco lo creo. Y pienso que no deberías decir nada de esto a las demás. Ya sabes como se pone Herms últimamente cuando mencionamos a Black y su grupo.- Mar asintió y caminando apresuradamente nos dirigimos hacia El Caldero Chorreante.
No volví a hablarle ni a Mar ni a ninguna de las chicas, y cuando propusieron volver a la Mansión McKinnon fui la primera en estar de acuerdo. Yo sólamente quería acostarme y estar a solas para pensar. Primero sobre lo de Snape, y si debía hablar con Dumbledore acerca de si creía que mi familia podía correr peligro en casa. Y segundo, aunque no menos importante, sobre Remus.
El admirable hombre lobo Remus Lupin.
