Luego de preguntar en recepción del Hospital de Forks por Charlie Swan, corrí por el pasillo blanco inmaculado, que tan solo el color me hacía sentirme terriblemente mal. Allí sentada había una mujer que parecía que no había dormido en días. Era Reneé. Su típico brillo estaba apagado. Tenía la vista perdida en la pared, como si fuera lo más importante del mundo
-¿Mama?
-¡Oh, Bella! Hija, no sabes cuánto me alegra verte. No me creía capaz de enfrenar esto por mí misma. Lo siento, se que vives en la otra punta del país, pero estaba aterrada, y no sabía a quien llamar, y…
-Tranquilízate. Estoy aquí. – Dije abrazándola, haciendo mi mejor por calmarla. Fue un intento fallido porque apenas lo hice comenzó a llorar incontrolablemente. – Ya, ya. Veras como se pondrá bien – Apenas pudiendo controlarme; pero debía ser fuerte por ambas, porque si no, no lograríamos nada. Al contrario; las cosas se pondrían peor.
Luego de un rato tuve el coraje de preguntar
-¿Qué es lo que le han diagnosticado?
-Por ahora, nada. Le están haciendo algunos estudios. Lo importante es que está estabilizado, y que está en buenas manos. Ya sabes Cullen, ha nacido para hacer esta profesión, ¿Sabes?
Por supuesto, Carlisle Cullen, el médico local de Forks, que probablemente podría estar ganando fortunas en algún hospital reconocido, pero no, se quedo en Forks. La manera en la que había usado la palabra "Cullen", sonaba como si no estuviera hablando de Carlisle para nada. Asique lo ignore.
Debió haber sido el viaje, el estrés, o tal vez la noticia por la que me dormí sobre el hombro de Reneé, mientras esperábamos por noticias. Pero el sentir que alguien me observaba fue lo me despertó. Al abrir los ojos no había nadie. Me gire para verla a Reneé igual de dormida al igual que yo hace unos segundos.
Me di cuenta de que si no me levantaba en ese mismo momento dormiría tal vez 48 hs, de lo cansada que estaba. Había una de esas maquinas de café express, por lo que puse monedas para uno. Dejaría que Reneé durmiera algo más.
Mientras agarraba el pequeño recipiente con café, alguien toco mi hombro para llamar mi atención.
-Disculpe señorita… - una voz masculina comenzó. Me agarro con la guardia baja, por lo que al girarme derrame todo el líquido sobre lo que sería "el uniforme" de los médicos.
-Oh, lo siento mucho, no fue mi intención – Pase la mano por la gran mancha marrón, como si pudiera sacarla haciendo eso, y debajo de la fina tela sentí unos marcados abdominales. Y levante mi mirada para encontrarme a la victima que le había derramado café.
-No te preocupes, igual ahora termina mi turno, así que…
La mirada verde esmeralda me encandilaba, como si me estuviera quemando. Y así, divago por mi cuerpo, y sentí como si esos ojos me estuvieran desnudando. Se paso la mano por los cabellos bronces y dorados nerviosamente.
-¿No te conozco de algún lado? - ¿Qué si me conocía de algún lado? ¡¿Si me conocía de algún lado? Por supuesto que sí, imbécil.
-No, no. Para nada. Nunca te había visto, en realidad – Rece porque me creyera, porque era una horrorosa mentirosa.
-Oh, entonces soy Edward Cullen. – Dijo ofreciéndome la mano. Ni siquiera la mire, por lo que la bajo. - Trabajo aquí, soy el jefe de guardia de noche los lunes, los miércoles, y jueves. Y el resto de días por la mañana, si descontamos los fin de semanas que voy turnando.
-Genial, debo irme. Adiós.
-¿No me dirás tu nombre?
-¿Debería?
-Pues, si. ¿No sería algo descortés? – Mira quién habla de ser descortés, Cullen.
-Probablemente.
Y con eso, me aleje y camine hasta la salida del hospital y de ahí, tome el autobús hasta que me dejara en la estación más cercana a la casa de mis padres. Agradecí que tuviera un juego de llaves de la casa de mis padres. En el camino le deje un mensaje de texto a mi mama, explicándole que más tarde iría al hospital pero que quería ducharme y dormir unas horas.
Cosa que al final hice. Busque entre mi ropa, algo decente para dormir, y encontré unos pantalones chándal algo sueltos y una remera de la universidad. Al acostarme en la cama note lo dura que era, como si fuera la cama de alguien más y no de mi infancia. La lluvia tampoco colaboraba para que me pudiera dormir. Caía incesantemente sobre el techo de manera violenta.
Bienvenida a Forks, Bella.
