Capítulo II: Fatalidad

Draco abrió los ojos, pero no notó ninguna diferencia en cuanto a lo avanzado del día. O al menos, eso creía, porque el sol apenas se había movido de su posición desde cuando ese hombre sin rostro lo sumió en la inconsciencia. Se puso de pie, sobándose la cabeza, moviéndola hacia todos lados para comprobar que todo estaba en su lugar y se tocó el lugar donde el garrote lo había impactado. Tenía un enorme hematoma que le latía contra la palma de su mano.

No tenía idea de lo que le esperaba en la costa.

Arreglándose su capa, se adentró en el puerto. Pero la primera señal de que algo no andaba bien saltaba a la vista, porque no había nadie en las calles, los comercios, vacíos, los bares estaban desiertos, ninguna pareja se amaba en la plaza ni en las aceras. Era algo similar a cuando hubo una epidemia que mató a unos doscientos habitantes en el pueblo; nadie salía de sus casas, las calles en el mismo estado que ahora. ¿Se trataría de algo similar?

Draco llegó al muelle. Allí, el caos era total. Parecía ser que todo el puerto estuviera concentrado allí, mirando, unos con cara de incomprensión, otros de un espanto visible a millas. ¿Qué podría haber causado tal pandemónium en los muelles del puerto?

Se hizo un camino entre los hombres, mujeres y niños, apartándolos con cuidado, tratando de ver lo que había sucedido en la costa con sus propios ojos. Por encima de las cabezas de la multitud podía divisar densas volutas de humo que ascendían en espirales hacia el cielo cubierto de espesas nubes. ¿Se habrá incendiado una embarcación?

Y seguía abriendo un sendero entre la marea de gente que observaba, petrificada y horrorizada, el espectáculo desconocido y posiblemente aterrador. Draco se preguntaba a cada segundo, a cada paso que lo acercaba a la playa, qué demonios había ocurrido que movía a tantas personas a agolparse contra la línea costera, mudos de pánico y dolor mal disimulado. Para bien, o para mal, no tardaría en averiguarlo, tan pronto como pasara a ver lo acontecido en primera fila, tan pronto viera el horror desatado en las aguas someras de la costa.

La última persona salió de su vista, y Draco pudo ver el desastre en toda su dolorosa extensión.

En efecto, había un barco que se consumía en llamas, despedazado en la quilla, cuerpos quemados o ensangrentados se podían ver en la cubierta destruida. Sin embargo, no era la única embarcación que había sufrido tal suerte. A lo largo del arrecife, muchos otros barcos yacían varados como ballenas en la playa, destrozados, otros quedaron ensartados contra las rocas y de otros, lo único que quedó fue un mástil que sobresalía del mar, las velas rasgadas y que ondeaban lastimeramente con la brisa. Draco no podía entender qué había causado tanta destrucción. ¿Cómo, en una noche, podía haber ocurrido tamaña tragedia?

Draco tuvo que apartar a un océano de gente para volver sobre sus pasos. La única forma de saber cómo había ocurrido todo eso era visitando una pequeña tienda ubicada en la plazoleta del puerto. Su capa ondeaba frenéticamente a medida que el hombre daba pasos rápidos y agitados en busca de una respuesta a lo que había ocurrido. No sabía por qué, pero había algo en todo eso que le causaba una profunda incomodidad, como si, de alguna manera, él fuera responsable de la catástrofe que había segado cientos de vidas. Pero no podía ser: todo estaba en orden esa noche en la que compartió su cuerpo con Hermione. El pueblo estaba tranquilo, el faro iluminaba las costas, nada de vientos huracanados ni alguna otra anomalía climática que hubiera desatado aquel caos.

La tienda que buscaba brillaba por ausencia de bullicio. Las frutas y verduras, los pescados y demás productos del mar hacían notar la soledad en la que yacían en los mostradores, los periódicos, apilados en un rincón, ni siquiera se agitaban con el murmullo del viento. Draco se dirigió a la pila de papeles que esperaba encima de un mostrador polvoriento y deteriorado y tomó uno de los ejemplares. Como esperaba, la tragedia en las aguas costeras ocupaba casi toda la primera plana, pero no era eso lo que le interesaba.

Bajo el nombre del periódico, los ojos del hombre ubicaron la línea que le diría qué fue lo que realmente había ocurrido en el mar. Y, para su consternación, miedo y repulsión por él mismo, las letras y números que observaba casi con una insana obsesión no mentían.

14 de febrero de 1885

Draco se llevó las manos a la cara, sus rodillas se doblaron solas y dio con ellas en el piso de madera del recinto. Le parecía increíble que estuviera prácticamente un día entero inconsciente por un golpe en la cabeza; recordó el momento en que un desconocido lo arrojó a las tinieblas por motivos que desconocía, el nombre tatuado en su brazo. Estaba seguro que había visto ese nombre en otro lado, pero el recuerdo exacto no venía a su mente en esos momentos, momentos en los que apenas podía razonar. Ahora que había visto la prueba definitiva de que todo lo que había ocurrido era culpa de él, lo atormentó una nube negra de premoniciones enfermizas y desconcertantes.

Era todo culpa suya.

Sólo 101 pasos lo distanciaban de la playa y la casa en la que había consumado sus sueños y había hecho realidad otros, pero a qué costo. Un día de oscuridad era suficiente para que las naves viajaran ciegas en la noche, sin una luz que los guiara a través del roquerío, estrellándose contra los arrecifes, hundiéndose en las frías aguas de la costa o incendiándose como luciérnagas monstruosas, protestando en agonía, lamentando con crujidos y rezongos mudos la falta de una guía que los condujera por aguas más seguras. Era una auténtica tragedia griega lo que le estaba sucediendo: por querer una noche de pasión, una flota entera de barcos había encallado en las rocas que sobresalían del océano manso.

Había sólo una cosa que hacer, y debía hacerlo rápido.

Cruzó el puerto como una exhalación, con el corazón en un puño y la respiración agitada y superficial. Si alguien descubría que él había sido el responsable de toda la destrucción y la pérdida de todas esas vidas, su viaje sería muy corto. Y ocurría que tenía una responsabilidad crucial en la vida de los habitantes del pueblo costero.

Sus pies lo conducían por el mismo fatídico sendero donde un desconocido le había arrebatado la visión del mundo. Sus pasos eran amortiguados por la hierba alta, toda la atención del pueblo se concentraba en el desastre en el muelle, nadie iba a saber dónde estaba ni adonde podría haber ido. Estaba cerca de la playa, lejos del arrecife, el sol estaba en su máxima altura, un bote con remos esperaba la llegada de su amo, a medio camino entre la tierra y el mar. Nadie miraba, nadie tenía la más leve idea que él estaba allí, una ocasión perfecta para escapar y librarse de los agravios de los demás. Empujó el bote hasta que éste flotó perezosamente sobre las olas rompientes, se subió a la diminuta embarcación, tomó los remos y se dirigió a la roca sobre la cual se alzaba el faro, sin luz, sin guía… sin guardián.

Los habitantes del puerto estaban demasiado tristes y desolados como para fijarse en el bote que se acercaba al faro, el cual llevaba al culpable de todas las muertes y todas las pérdidas materiales, materializadas de una forma aterradoramente obvia en la superficie del mar. Entre tanta fatalidad, nadie podía pensar siquiera en que había un responsable, alguna persona a la que se pudiera echar la culpa, alguien que pagara, de la forma que fuera, las consecuencias de sus actos. Todas las miradas acribillaban los barcos hundidos, quemados o varados, imaginándose que en cubierta hubiera algún sobreviviente que pudiera contar la verdad del desastre. Pero ningún cuerpo tirado sin orden ni misericordia sobre las tablas de alguna embarcación se movía, ninguna podía clamar por ayuda, ninguna podía dar un nombre que apuntara al responsable.

Mientras el resto del pueblo lloraba y exclamaba al cielo gris, rogando por justicia, Draco abandonaba el bote y entraba en la torre del faro, subiendo apresuradamente las escaleras, en busca de todas sus pertenencias. No iba a partir a otro pueblo sin sus cosas ni su dinero, el cual guardaba celosamente en una pequeña bolsa. Tenía suficiente como para iniciar una nueva vida, lejos del faro, lejos del mar, lejos de las responsabilidades. Mientras se agarraba de barandilla en barandilla, un pensamiento aún más terrorífico fue cobrando fuerza a medida que el cuarto del faro se hacía cada vez más cercano.

Se detuvo. La fuerza de aquel mal presentimiento era tan manifiesta que movió a Draco a desistir de sus objetivos. Respirando hondo, como si la decisión que iba a tomar ahora fuera su sentencia de muerte, desvió la vista hacia atrás y, en lugar de subir, bajó, incluso más rápido de lo que subió. Salió de la torre, las olas rugían cada vez con más fuerza, tomando altura a medida que el día avanzaba, abordó el bote y remó con ímpetu, desviando la proa hacia el arrecife. Remaba y remaba, sintiendo que a cada movimiento de sus esforzados brazos, se acercaba más y más a una verdad que desconocía pero que presentía. La brisa se había convertido en un viento de apreciable velocidad y el oleaje se podía sentir, aún estando a cientos de metros mar adentro. Draco, impulsado por aquella visión de desolación y tristeza, batía los remos casi con violencia, desesperado por saber si su corazonada era verdad o sólo un producto de su imaginación aunque, había algo dentro de él que le decía que no era una invención suya, que aquello había ocurrido en realidad y que él sólo iba a confirmar lo que su intuición ya sabía.

Navegaba cuidadosamente entre las rocas, viendo restos de vigas consumidas por las llamas o rotas en varias partes. Muebles flotaban errantes, al ritmo de las corrientes marinas, algunas de ellas vomitaban ropajes, vestidos elegantes y calzados recién lustrados. Velas rasgadas cubrían algunas rocas, otras todavía ardían y otras yacían intactas, mojándose en el mar, todos recuerdos de un desastre que, de no ser por sus ardientes deseos, pudo evitarse. Era impresionante darse cuenta del poder de la atracción, del deseo y la pasión, de eclipsar las necesidades de la mayoría para reemplazarlas por las de uno. Draco se había preguntado desde que supo que todos los hechos de la mañana eran consecuencias de sus decisiones, qué lo había motivado a abandonar sus deberes como guardián del faro y atreverse a navegar las aguas traicioneras de la costa, beberse una copa de whiskey, posar sus ojos en la hermosa doncella que paseaba por ese lugar, llevarla a pasear, conocer su genealogía y hacerle el amor, todo en una sola noche. Habían sido los mejores momentos de su vida, momentos ahogados por la desgracia que había caído sobre el puerto. ¿Qué era mejor? ¿Abandonar la única guía de los barcos en el arrecife en la oscuridad en miras a disfrutar de una noche mágica o quedarse en lo alto de la torre del faro, vigilando, manteniendo la llama viva, guiando a los barcos ciegos por la penumbra de la costa, plagada de obstáculos fatales?

Pronto, Draco se dio cuenta que eran pensamientos absurdos. El daño ya estaba hecho: las vidas a bordo de esos veleros se habían perdido para siempre y, tarde o temprano, los dedos de muchas personas lo señalarían a él como la fuente de sus tormentos. Pero eso no importaba mucho; lo que realmente lo tenía remando en un mar cada vez más intranquilo era ese mal presentimiento que lo atacó desde que estuvo a punto de iniciar sus planes de escape. No podía huir de eso, porque se trataba de algo que lo afectaba directamente, fuera de todo lo demás que había ocurrido.

Una nave yacía de costado frente a él. Varios cuerpos flotaban en el agua, sin vida, restos de escarcha cubrían sus pieles, pálidas como la luz de la luna. En cubierta también había personas que no respiraban, corazones que no latían ni miembros que se movían. Y, en una intensa y desproporcionada oleada de entendimiento, divisó un cuerpo ataviado con un vestido blanco, aferrándose a la barandilla de proa, a medio salir del agua. Supuso que había muerto de frío, en las aguas congeladas de la noche, pero eso no era lo más terrible.

Draco se acercó a la mujer sin vida y, apenas la tocó, supo que sus peores pesadillas se habían hecho realidad.

Había memorizado la textura de su piel desde la noche pasada, tan suave, tan lisa… el color de su cabello le decía de una manera tan rotunda que Hermione, la Perla Blanca, había sido entregada en sacrificio al arrecife, por culpa de él. Había estado inconsciente mientras su barco zarpaba sin guía hacia otras tierras, la luz muerta, las rocas invisibles a los ojos de los vigías, obstáculos letales que cobraron la vida de la única mujer cuyo calor había podido sentir hasta ese momento. La culpa se incrementó de una forma tan dolorosa que Draco no pudo soportarlo, todo intento de escapar del puerto evacuó su mente. Sabía que no importaba cuán lejos fuera, su recuerdo y su muerte lo perseguirían hasta el final de sus días; cualquier cosa que le hicieran, incluso si lo crucificaran por su fatal descuido, era mejor que vivir fuera del puerto pero con la pesada carga de la muerte de Hermione.

Navegando con cuidado entre las rocas, se acercó al muelle más cercano y, como él esperaba, todas las caras se volvieron hacia Draco. Nadie conocía al Guardián del Faro, no sabían que quien se acercaba era el responsable de la destrucción de incontables naves mercantes y de pasajeros y de cientos de muertos en el mar. Advirtieron que su rostro estaba marcado por un poderoso sentimiento de culpa y una tristeza inenarrable. El desconocido se puso de pie, abandonó el bote y se abrió camino a través del mar de gente. Se detuvo frente a una casa, curiosamente frente al tribunal del puerto y miró a todos los presentes con miedo y dolor grabados en piedra en su cara.

-Nadie sabe quién soy, nadie jamás me ha visto en este pueblo hasta ayer. Pues, tengo que decirles que no soy un forastero venido de tierras lejanas. Soy el responsable del desastre que acaban de ver todos. Soy el culpable de que todos esos barcos se hundieran en el océano y que todas esas vidas se sumergieran en la oscuridad de la muerte. Debía estar en mi lugar de siempre, custodiando la luz del faro, iluminando el camino de los barcos en la oscuridad.

Un hombre, robusto y cuyo torso no estaba cubierto con prenda alguna, exclamó al aire:

-¿Y qué estabas haciendo, mientras casi toda la flota de barcos de este puerto se hundía en las aguas?

Draco supo que era una pregunta legítima, pero no era fácil de responder, porque eso implicaba revelar que había estado en compañía de una mujer… y no de cualquier mujer. Le era demasiado embarazoso decir que había compartido lecho con la Perla Blanca.

-Bajé a tomarme un whiskey, pasé la noche fuera de una casa, mirando las estrellas antes de irme cuando el sol ya estaba saliendo por el este. Pero un sujeto cuyo rostro no puedo recordar, me golpeó en la cabeza y estuve inconsciente un largo tiempo. No supe cuánto tiempo pasó hasta que pude ponerme en pie de nuevo y pensé que no había transcurrido mucho tiempo pero, cuando vi los barcos hundidos, humeando en la distancia, entendí que era otro día…

Las caras de todos los presentes no podían expresar más odio. Ese hombre, quien estaba de pie delante de todos ellos, era el Guardián del Faro, quien velaba por la luz del faro en medio del océano, se aseguraba que por las noches iluminara las aguas traicioneras y librara a los barcos de encallar en las rocas afiladas. Pero ninguna luz se pudo ver anoche, no había luna, una noche cubierta de nubes, aguas agitadas… caos predecible.

-¡Mentira! ¡Yo estaba allí! ¡Te vi salir de la casa de la Perla Blanca! –vociferó un hombre entre la multitud. Vestía una capa negra, tenía el cabello negro, revuelto, como si alguien hubiera barrido encima de su cabeza y usaba lentes redondos-. ¡Pasaste la noche con ella, maldito bastardo! ¡Abandonaste el faro, tu responsabilidad, para hacer tuya a una mujer prometida!

Draco sabía que merecía que lo acusaran, pero aun así, no estaba preparado para sentir el odio de la población del puerto.

-Ella jamás me dijo eso.

-¡Ahórrate tus excusas, cerdo piojoso! ¡Podrías haber preguntado!

Hubo un murmullo general de aprobación ante estas palabras.

-No me pude resistir. Era tan hermosa…

-¿Podrías dejar de meter más la pata? –rugió el hombre de los lentes-. Ella era mi prometida… ¡y ahora está muerta, por tu culpa!

Draco entendió, a la fuerza, que no solo había arruinado la vida de todas las personas del pueblo, sino que había sido el responsable de la muerte de la Princesa del Puerto. Debió haberlo sabido, cuando vio la genealogía en su casa, el nombre grabado en la puerta de ésta, el nombre tatuado en el brazo del hombre que lo aturdió ayer: todo coincidía a la perfección. Hermione era un miembro de la realeza y, al parecer, el hombre que le estaba gritando de forma tan amarga, era el prometido de ella.

-¡Mira! –exclamó el hombre de lentes y se descubrió el brazo, y Draco suprimió un grito al darse cuenta que era el mismo nombre que había visto en el brazo del hombre que le golpeó en la mañana de ayer-. ¡Este tatuaje simboliza nuestro compromiso! ¿Creíste que usábamos anillos? ¡Pues estabas equivocado! ¡Las personas que pasan a ser miembros de la realeza se tatúan en el brazo porque los anillos se pueden perder! ¡Así nos aseguramos de no ser nunca infieles! ¡Y no se te ocurra echarle la culpa a ella, porque tú la conquistaste!

Draco no dijo nada. Significaba que todo era su culpa, desde las muertes en el arrecife hasta la ruptura de una unión real que significaría una prolongada estabilidad en el reino. Evidentemente, él no estaba al tanto de esos hechos, pasando prácticamente los últimos veinte años en la cúspide del faro, manteniendo la luz viva para que los barcos navegaran seguros en las aguas de la costa. Los ojos de los demás expresaban el mismo odio que ese hombre de cabello revuelto y lentes, hacían presagiar la suerte de aquel desdichado guardián.

-¿Quién está a favor de desterrar a este infeliz del puerto, para que nunca más traiga dolor y pesadumbre a este pueblo? –rugió el hombre de los lentes. Para la sorpresa de nadie, todos manifestaron su aprobación, todos querían que ese bastardo hijo del demonio fuera expulsado del puerto, sin pertenencias, sin nada más que la ropa que llevaba puesta.

Draco, subyugado por la unanimidad de la decisión de sus coterráneos, miró a todos los habitantes del puerto con una mirada que denotaba claramente aceptación de la pena que todos le habían impuesto. Destrozado y sintiendo asco por él mismo, el hombre del cabello rubio dio media vuelta y, bajo la mirada atenta y furiosa de los demás, caminó hacia la salida del puerto, camino a los arrecifes de más allá, hacia la caverna en donde, hace milenios le parecía, había conquistado a una mujer cuya vida el mar había reclamado. Era un alto precio por una noche de pasión, una noche de descuido, una noche marcada a fuego por el destino, cientos de vidas perdidas, un culpable.

Y caminaba a paso lento, su destino incierto, aunque quizá haya un final digno para todo esto…

Quizá…