Capítulo III: Las fauces del destino

El viaje de Draco hacia las Cavernas de los Ecos fue largo y penoso, no por el camino, no por la fatiga, sino por los remordimientos que iban asediándolo desde que lo desterraron del puerto. Aunque sabía, en teoría, que aquellos pensamientos eran innecesarios y que perdía el tiempo recordando todos esos acontecimientos, la culpa era demasiado grande y el cuerpo exánime de Hermione aferrándose desesperadamente a la cubierta, escarcha cubriendo su cabello, su piel fantasmagóricamente pálida, le recordaban que fueron sus hechos los que la condujeron a tal destino. Era una horrorosa ironía que haciendo el amor con ella sellara su suerte, un último momento de felicidad antes de hundirse en las tinieblas por culpa de su propio amante. Era demasiado. Y el único lugar seguro al que podía ir era a la cueva, el lugar donde ella había caído rendida a sus brazos.

El mar rugía y el cielo estaba oscuro, pero aún eran las tres de la tarde. Las primeras gotas de lluvia mojaron las rocas y Draco divisó el promontorio bajo el cual la gruta esperaba por el único hombre en el pueblo que la había visitado. El hombre desterrado por sus coterráneos se cubrió con su capa, viendo que la lluvia aumentaba su fuerza con el paso de los minutos. El ambiente era, de algún modo, conspiratorio, como si el entorno pudiera presentir lo que iba a suceder después. Los árboles se inclinaban a causa de la fuerza del viento, las olas cobraban mayor altura al chocar contra las rocas, el sonido era ominoso, premonitorio.

Una ola particularmente enorme hizo que Draco quedara empapado, pero parecía no darle mucha importancia. ¿Qué era importante para él en esos momentos? Acababa de perderlo todo, no tenía nada que le importara; todo lo que le restaba era una vida sin propósito, una vida errante, con un destino tan fijo como el clima del mundo. Cuando puso un pie en la gruta, un ulular que atribuyó a las corrientes de aire dentro de ésta se hizo escuchar en el vacío. Pero Draco, habiendo estado tantas veces allí, no oyó un silbido extraño, sino una voz, una voz que parecía llamarlo, una voz que rebosaba pena… y arrepentimiento.

-¿Hermione? –interrogó el recién llegado-. ¿Eres tú?

Un segundo ulular despeinó sus cabellos.

¿Por qué no me dijiste que eras el Guardián del Faro?

-Sólo quise salir a tierra firme por un momento –exclamó Draco, también sonando arrepentido.

Tenías un deber con el puerto. Y saliste a tierra, ¿sólo por mí?

Draco iba sintiendo cada vez más amargura en su corazón.

-No lo hice por ti. Ignoraba que existías.

¿Y no pudiste, siquiera un momento, meditar, pensar en las consecuencias de tus acciones?

-¿Acaso ninguna mujer puede amar a alguien como yo?

No, Draco. Ninguna. Tu deber te margina del resto del mundo y debiste estar preparado para enfrentar tu destino. ¿No pudiste ver que muchas vidas estaban en tus manos? Familias fueron destruidas por tu culpa. Yo morí por tu culpa.

Draco creyó que ella estaba siendo injusta.

-¿Son tuyas esas palabras? No lo creo. Tu eres cómplice de lo que sucedió.

Porque no me dijiste quien eras. Se supone que el Guardián del Faro es una persona desconocida para el resto de la gente. Nunca debe salir de la torre, tiene que vivir solo, convivir con el océano. Si hubiera sabido que eras él, no habría hecho el amor contigo.

-Pero lo hiciste, a expensas de tu prometido. –La voz de Draco se alzaba de a poco-. Tampoco me dijiste nada acerca de él. Aceptaste pasar la noche conmigo, sin que yo supiera que estabas comprometida. Ambos somos culpables de lo que sucedió.

La gruta quedó inesperadamente en silencio. Parecía que la tormenta había amainado ya. Era como si Hermione no tuviera palabras para defenderse, porque también había contribuido, de alguna forma, al desastre de ese día. Además, el faro brilló la noche en que había estado con ella, la Perla Blanca. Era ese odioso tipo que lo dejó inconsciente esa mañana el culpable de todo.

Un nuevo silbido sobrevino mientras Draco navegaba en sus elucubraciones.

Pero nada de esto hubiera sucedido si no hubieras salido de la torre.

Ahora, la voz ya no sonaba arrepentida, sino que furiosa. Draco tembló de susto ante la imponente voz de Hermione. Sin embargo, crispó los puños y encaró al viento con firmeza.

-Tú me deseabas también. Es culpa nuestra. No puedes negarlo, porque tus ojos te delataban. Querías estar conmigo, querías, deliberadamente, ser infiel a tu prometido. Te habría importado un comino si yo fuera responsable de todas esas vidas o no.

Otra vez el viento dejó de soplar en la caverna. Draco respiró hondo, buscando la calma entre tanta tormenta mental. Quería que Hermione, aun estando en el otro mundo, entendiera que no había sido culpa enteramente suya, que ella también tenía parte en todo lo que había ocurrido. Estuvo esperando un largo rato a que el soplido del viento se hiciera escuchar nuevamente, sentado en una roca y meciéndose levemente.

Tienes razón… también tuve parte en esto. Lamento haber sido tan testaruda.

-Lo fuiste –dijo Draco, recuperando el temple-. ¿Por qué te fijaste en mí?

Por la misma razón que hallé para fijarme en ti.

-¿Curiosidad?

En este caso, nosotras lo llamamos deseo. Una curiosidad genuina, como la que me mostraste, implica sentir un deseo, un deseo inocente que termina convirtiéndose en una pasión impetuosa e imposible de controlar. Y, lo único que queda es… dejarse llevar… como lo hicimos esa vez.

-No me tortures, por favor –suplicó Draco. Le era difícil de soportar que estaba hablando con una voz incorpórea perteneciente a una mujer que había hecho suya y que ahora no estaba con él.

No lo quise hacer. Olvidé que estás vivo.

-No te preocupes.

Hubo una pausa. La caverna estaba en paz, pese a que muchos habían muerto de forma involuntaria en el mar. Fue el eco de la voz de Hermione la que rompió el silencio.

¿Qué harías para estar conmigo?

Draco supo que era una pregunta con trampa. Decidió no contestarla, porque hacerlo, implicaba desear algo imposible, algo que estaba más allá de la capacidad humana.

-Es tiempo que me vaya… aunque no sé a qué lugar. Quizá a una ciudad sin mar, donde no tenga ninguna responsabilidad que implique tener vidas en la mano.

El viento sonó como si alguien se riera de un chiste muy gracioso.

No quiero que te vayas. Quiero que estés conmigo.

-No… no puedo quedarme en este cueva hasta que envejezca.

Hermione soltó otra risa que alborotó los cabellos de Draco.

No… me refiero a estar conmigo de verdad. Estoy en un lugar fantástico, deberías verlo.

-Lo haré cuando muera.

Pero es mucho tiempo el que tengo que esperar, y no hay un atajo.

Draco no estaba muy entusiasmado con la idea de suicidarse sólo para estar con Hermione. Prefería vivir en otro lado y tratar de rehacer su vida. No podía desperdiciar toda una vida sólo por una mujer.

-Nos reuniremos cuando sea el momento –sentenció Draco en un tono definitivo. No se escuchó ningún silbido ante aquella declaración mientras él abandonaba la cueva. Pisaba con cuidado las rocas resbaladizas y, después de poco andar, halló el camino hacia las montañas. Se trataba de un sendero traicionero, lleno de bifurcaciones y caminos sin salida que resultaba difícil saber si se iba a la ciudad de más allá de las montañas o terminaría en un acantilado. Sólo esperaba que no hubiera niebla…


Había anochecido y Draco había caminado por horas, en medio de una espesa niebla que no le permitía ver más allá de unos cuantos pies. Sabía que la ciudad de más allá de las montañas estaba al norte y mantuvo esa dirección, memorizando cada curva que daba el camino. Esperaba ver luces borrosas en la lejanía para ese momento pero, lo único que podía distinguir era una negrura casi total. Pero no era lo único que pasaba por su cabeza en esos momentos.

Pese a que había hecho caso omiso a las palabras de Hermione en la cueva, ahora pensaba más en ellas. Ella, como ya sabía, era la mujer a la que más había deseado en su vida y no iba a poder olvidarla tan repentinamente, así como la proposición que le había hecho: estar con ella para siempre, reparar el daño que había hecho al pueblo y a ella, alejándola de su prometido y de la vida que iba a tener cuando zarpara junto a él hacia tierras desconocidas y grandes ciudades. Y, a medida que trataba de recordar el camino hacia el norte, aquellos pensamientos se colaban en él en mayor medida que antes, haciendo olvidar sus propósitos y su determinación de rehacer su vida en otro pueblo, libre de las responsabilidades del mar. Era como si éste, en cierta forma, lo estuviera llamando.

Ya era noche profunda. El canto de los grillos se escuchaba con tanta claridad que asustaba, la luna no se podía ver a causa de la niebla y se podía oler un aroma familiar pero fuera de lugar. Draco, extraviado, divido entre sus necesidades y sus deseos, no podía entender por qué sentía ese olor, debería estar lejos de éste y de todo lo que ello implicaba. El camino sinuoso iba en bajada, estaba descendiendo por la montaña, pero la bruma le negaba la posibilidad de identificar donde demonios estaba. Y, a medida que caminaba, el sendero se fue haciendo menos visible; el pasto cubría la tierra a intervalos, y además, no era tierra, era arena, arena fina y dorada…

Era arena de mar.

Y, como si estuviera sordo todo ese tiempo, Draco pudo escuchar las olas rompientes del océano que acababa de dejar.

Sus rodillas se hundieron en la arena, queriendo gritar sin conseguirlo. Su cabello rubio se confundió con el suelo, queriendo llorar sin conseguirlo. No podía entender por qué estaba de vuelta en el puerto que lo vio nacer, convertirse en el ángel de la guardia de los veleros y caer por una tontería. Podía ver todo lo sucedió desde que abandonó el faro hasta ese momento y le pareció una eternidad, siglos cuando menos, aquella cantidad de tiempo, pese a que habían sido sólo dos días. Para el tiempo de mundo, era una pestañada, un abrir y cerrar de ojos, en el que su vida pasó de ser aburrida a ser puesta en tela de juicio.

Las horas pasaban, y Draco parecía estar dándose de cabezazos contra callejones sin salida en un laberinto hecho de arrecifes de preguntas sin respuesta. ¿Qué debía hacer? Volver al puerto no era una opción: allí había conocido el auténtico repudio público. Tratar de hallar de nuevo el camino implicaba esperar hasta que la niebla se disipara, y sabía que eso no iba a pasar hasta el mediodía por lo menos, aparte que estaba cansado. El sueño no le molestaba, pues ya estaba acostumbrado a dormir poco y a ratos, pero lo que realmente lo tenía de cabeza eran las palabras de Hermione.

No quiero que te vayas. Quiero que estés conmigo.

No… me refiero a estar conmigo de verdad. Estoy en un lugar fantástico, deberías verlo.

Y tomó una decisión.

Draco caminaba con cuidado a través de los arrecifes, sabiendo que le quedaba poco tiempo. Su objetivo no estaba a mucha distancia, pero algunas rocas estaban muy escarpadas y era necesario tener ojo avizor para no resbalarse en la superficie húmeda. Y, después de saltar entre dos arrecifes y escalar una roca, llegó adonde quería. La luna apenas era visible a través del manto de nubes, pero le bastaba para saber lo que necesitaba saber.

Un par de horas después, las olas comenzaron a ganar altura, así como el mar. Pasando tanto tiempo en el mar, sabía cuándo subía o bajaba la marea. La espuma le llegaba a los pies todavía: faltaba un poco más. Un poco más para pagar sus errores y terminar con el odio de los habitantes del puerto.

No vio que el mar casi cubría la roca del arrecife. Demasiado tarde vio que una ola se elevaba por encima de él, casi como las fauces de un gigantesco monstruo de mar. Sintió el olor a algas antes de caer, como ayer, en la oscuridad.

Abrió los ojos y se encontró en un ambiente familiar.

Sintió su ropa totalmente mojada y cubierta con arena de mar. Tenía la boca salada y le dieron ganas de vomitar, pero se le pasaron al instante. Después de estar minutos tirado en la playa del puerto, se puso de pie y miró en lontananza. ¿Realmente había muerto, o sólo estuvo inconsciente? Todo estaba en su lugar: los arrecifes, el puerto, el faro…

Draco pudo ver lo que parecía una bandera blanca ondeando al viento. Teniendo una extraña sensación, corrió a toda la velocidad que podían sus piernas, creyendo ciegamente que era lo que creía que era. La figura se iba haciendo cada vez más discernible y, cuando ya estuvo a suficiente distancia, pudo ver con claridad el cabello castaño y el vestido de la mujer que deseaba. Miraba hacia el mar, como esperando algo o a alguien. Draco se acercó con más calma, recuperando el aire, en todo momento pensando en si ese era el lugar del que ella le había hablado.

La miró a los ojos… era la misma hermosa doncella con la que había pasado la noche, pero parecía ausente, como si no perteneciera a ese lugar. La tocó y no tuvo reacción alguna, como una marioneta. Draco se fue sintiendo cada vez más desilusionado, pues creyó que ella lo iba a reconocer de inmediato y que se iba a vivir juntos a una hermosa casa. La tomó de la mano y ella caminó junto con él, pero su rostro permanecía inexpresivo, como si no tuviera alma. Y, en ese momento, se dio cuenta que no había estado inconsciente.

Estaba muerto.

Y ese lugar no era el puerto, ni la playa. Era alguna extraña clase de infierno. Siempre había creído que el infierno era un lugar grotesco, agresivo, lleno de flamas y demonios con cola puntiaguda y tridentes con el mismo calificativo. Pero no servía de nada entender: estaba allí, no en el lugar que Hermione le había prometido. No tenía ningún sentido preguntar qué había pasado, porque sabía que no iba a obtener respuesta. ¿Qué podía hacer?

Corrió hacia el mar, para tratar de ahogarse y amanecer en un mundo mejor, pero era como si la Tierra completa diera la vuelta junto con él, no pudiendo alcanzar la orilla de la playa. Y supo que no había manera de morirse en ese lugar. No podía vagar de un lado a otro porque, de algún modo, sabía que no tendría sentido. Lo único plausible era llevarse a la mujer que en un momento era Hermione y que ahora era una triste réplica de una persona a la que amó hace ya siglos.

Y ella hacía las cosas de la casa, obedecía cualquier orden de él sin cuestionamientos. Le hacía el amor cuando quería, ella le llevaba el desayuno a la cama, hacía las compras, todo lo que él deseaba, incluso sus más retorcidos deseos. Y así, Draco, el Guardián del Faro, una vez respetado en silencio, se fue consumiendo en el pecado en esa imitación de planeta, su averno particular, volviéndose cada vez más detestable y odioso, pues jamás veía sus deseos cumplidos.


Un poeta caminaba por la orilla del mar, en el mismo lugar donde el Guardián del Faro había perecido y halló el cuerpo ensangrentado y maltrecho de quien velaba por la seguridad de los veleros en la noche. El poeta, conmovido por la trágica muerte de esa persona, hizo a un lado sus enseres y cavó una tumba a la orilla del mar, enterrando al hombre allí y clavando una cruz allí con el siguiente obituario:

Aquí yace el Guardián del Faro

Por negligencia, por culpa, por remordimiento

Su suerte será distinta de la persona a la que entregó su corazón

Se consumirá en deseos insanos

Nunca sus verdaderos sueños se harán realidad

Pues escogió otro camino para alcanzar la inmortalidad

Más corto, más fácil

Y el precio es más alto

Sólo puede soñar para que el mar le devuelva lo que era suyo

Un sueño eterno que jamás se cumplirá

Aquí yace el Guardián del Faro

Por gracia de él mismo, por gracia del destino.

Una vez que el poeta hubo terminado con su faena, abandonó la playa.

Se dice que los habitantes del puerto que veían aquella inscripción en la tumba de Draco, fueron olvidando el odio hacia él y, cada vez que alguien quedaba en paz con él, le depositaba una concha marina alrededor de la tumba. Con los años, el lugar estuvo lleno de conchas y ahora, ya no con odio, sino con respeto. Era el lamentable recordatorio del poder de la tentación para cambiar y destruir vidas.

Y, al menos un sueño de los muchos que tenía el guardián se cumplió: apaciguar el odio de sus coterráneos. Se dice que cuando eso sucedió, Draco se ganó el corazón de Hermione y vivieron juntos en el más allá. Otros, creen que declinó y ahora vive vigilando el faro de los océanos del paraíso. Pero, en lo que todos estaban de acuerdo, era en que, al menos, Draco finalmente descansaba en paz.