¡Hola!

Ahora veremos un poquito más de Mèdard, ¡es la piedra angular! XD


**6**

"Auror: Harry J. Potter", garabateó con desgana sobre el formato de informe. Mientras antes saliera de ese engorroso papeleo, mejor.

"Asignación: Maxime Mèdard, Director de Asuntos Internacionales", contuvo la arcada.

"Anexos: Draco Malfoy, Asistente de Dirección", rápida mirada hacia el frente.

"Día: 25", y parecía una eternidad.

"Hora de registro:…", revisó el alto y delgado reloj de pie, junto a la puerta que daba hacia la oficina de Médard. "12:37".

-Potter.- lo llamó el rubio, después de haber leído y contestado un pergamino que el moreno lo había visto recibir hace apenas segundos. -El director Mèdard tiene una reunión fuera de agenda con el director de comercio francés.-

-¿Ahora?- miró al rubio mientras éste se levantaba de su escritorio y avanzaba hacia la oficina del director. Dejó su carpeta sobre el escritorio del rubio y se levantó para acomodarse la túnica de salida. -¿Dónde?-

-En veinte minutos, en la embajada de Francia.- Draco le contestó rápidamente y ambos entraron en la oficina principal. –Director.-

-¿Sí?- escribió algo sobre un pergamino de particular color violeta.

-El director Dusatoire acaba de enviar un mensaje, la reunión que tenía con el canciller británico fue cancelada. Dice que puede recibirlo durante el almuerzo, en la embajada.-

-Excelente.- sonrió el hombre, con sus blancos dientes.

-Lo espera en veinte minutos.-

-Búscame algo apropiado.- contestó el hombre, encaminándose a una hermosa puerta de caoba, disimulada junto al librero lleno de tomos de leyes internacionales. Por lo que Harry había visto, allí se encontraba un amplio y lujoso baño, con ducha e incluso un enorme espejo de cuerpo entero.

¡Ah, sí! Draco por muy capaz que fuera, también hacia esas pequeñas minucias, tan cotidianas, como buscarle un traje "apropiado" a su jefe. Harry al principio había pensado que era una tonta excentricidad, pero Mèdard realmente no paraba en su casa en todo el día y muchas veces tenía reuniones con gente de importancia, no podía aparecerse con una camisa que había sido usada durante todo el día.

Sin contar con que el hombre era del tipo deportista y llegaba a la oficina cerca de las 8:30 de la mañana. Después de hacer una ruta de trote y unos cuantos ejercicios en un gimnasio muggle, cercano al Ministerio. Por lo menos eso le había dicho McQueen, el auror que vigilaba de Mèdard fuera de su horario de trabajo. Al momento de llegar a su oficina, una conveniente muda de ropa ya lo esperaba en la banqueta fuera de la ducha. Todo gracias a su aplicado asistente. Harry a veces pensaba en Draco más como una esposa abnegada.

Era justificado, aunque le produjera un rodar de ojos cada vez que veía ese sonso ritual de acicalamiento. Y esta vez no fue la excepción.

-¿Tienes la presentación lista?- preguntó el hombre a través del sonido del agua de la ducha.

-Por supuesto.- para el momento de responder, el agua ya había sido cortada. Harry le calculaba duchas de 5 a 10 minutos, era increíble, cuando él mismo demoraba mínimo veinte minutos.

Mientras tanto el rubio abría el secreto closet, detrás del vistoso librero. Lo primero que hizo fue elegir el traje muggle, levitando con rapidez el pantalón de tela que utilizaría su jefe para la anticipada reunión. Harry que no sabía mucho de trajes formales, sólo pudo distinguir que era negro, con suaves líneas claras y pinzas en el frente. El saco, del mismo género y diseño, fue depositado en una percha cercana, al igual que la túnica negra con forro azul e hilos de plata, que dispuso después.

-¿Y los gráficos?- esta vez se escuchó el sonido de frascos y el agua del lavamanos corriendo. –Pierce dijo que no los tendría hasta la próxima semana.-

-Me los entregó ayer.- dijo, escogiendo esta vez una camisa, entre la inmensidad de modelos y colores que habían disponibles. –Sólo necesité ofrecerle esas entradas para el partido de Puddlemere…- sonrió suavemente.

Harry que esperaba desapaciblemente a que terminaran con todo ese embellecimiento de Médard, se había acomodado cerca de la puerta. Mirando al rubio registrar cajones y descorriendo colgadores, levitando zapatos en dirección al baño y escudriñando entre las corbatas. Cuando lo vio escoger una camisa en un tono gris, que al moreno le recordó inmediatamente los propios ojos del rubio, se sobresaltó por su siguiente acción…

No pudo evitar tensarse ligeramente, frunciendo un poco el ceño, mirando las manos pálidas y la tela color plata entre ellas… acercando la prenda hacia su nariz.

Draco no parecía ser consciente de su presencia, mientras tomaba con ligereza la camisa entre sus manos, procurando no arrugarla y la llevaba a su rostro, aspirando el sutil aroma que seguramente le recordaba a Maxime Mèdard. Sus ojos cerrados, mientras inhalaba y sus fosas nasales se llenaban de alguna sensación particular.

Por primera vez a Harry, ese contacto, ese quehacer tan cotidiano y aparentemente sin importancia, se revelaba como la acción más íntima y afortunada que el rubio podía ofrecer al director.

-Después del almuerzo me gustaría que contactaras con Cooper, quiero que esté enterado de cualquier acuerdo tomado hoy.- Mèdard salió del baño, vistiendo solamente los pantalones y los zapatos que habían sido levitados. –Se reunirá con Dusatoire y el director de transporte mañana en la tarde.-

El rubio le tendió la camisa, con la seguridad de quién ha hecho eso miles de veces. A pesar del desnudo pecho del hombre, de los pectorales que mantenía a sus 42 años, de los hombros fuertes y el camino de vello negro que descendía por su abdomen duro, a través de su ombligo y perdiéndose bajo la ropa interior.

-¿Hablará con el señor Smith de tesorería?- preguntó, mientras se decidía entre las dos corbatas que había sacado. Una de un marengo pálido, ligeramente azulado. La otra era definitivamente azul como el forro de la túnica, pero adornada con suaves líneas de celeste plateado. Las acercaba al pecho de Mèdard, contrastando los diversos diseños junto a la brillante y fina tela de la camisa.

-Sí.- asintió, abotonándose la camisa con rapidez. Ambos estaban demasiado cerca. Demasiado. –Smith hará alguna de sus rabietas si no es puesto al corriente también.- masculló con gesto hastiado. Cuando comenzó a ordenarse la camisa dentro del pantalón, el rubio prosiguió alistándole la corbata. Deslizando la pieza de suave seda por sobre los hombros del director, levantándole el cuello de la camisa a continuación. Arreglar nudos de corbata parecía una actividad diaria para Draco… Harry no quiso pensar en esa posibilidad.

-Siente una celosa envidia de Cooper…- advirtió, con una ceja alzada. –Continuar mostrando una deferencia especial por Smith, podría ser beneficioso para convencer a Hacienda.-

Lejos de importarle la conversación, Harry miraba el cuadro delante de sus ojos, bajo un extraño interés ansioso. Los observaba sin poder evitarlo, casi como si su mirada estuviese adherida a esa interacción privada. Íntima y secreta. Viendo al cuarentón vestirse con una normalidad alarmante, cerrándose los pantalones tan cerca del rubio que era obsceno; mientras Draco deslizaba las manos por sus hombros, arreglando el cuello de la camisa y exacerbando el contacto alisando arrugas inexistentes y costuras bien puestas en su lugar. Ajustándole el alfiler de corbata y las colleras en las muñecas, acercándole el saco y quitando de él pelusas invisibles.

Apenas y podía pestañear o respirar, temiendo ser descubierto en algún tipo de espionaje o insolente voyerismo, mientras ellos comparten bajo esa aura de armónica comunión. Cuerpos cercanos, charla convencional, manos que se conocen mutuamente y calor físico, que no parece extraño o inapropiado. Cuando se da cuenta de las expresivas miradas del rubio, Harry no sabe qué sentir. "Eso" que se estaba fraguando ahí, era evidente… y que él supiera, Maxime Médard era un hombre casado. ¡Draco Malfoy tenía 2 años cuando ese tipo estaba celebrando su matrimonio!

¡Qué mierda era eso! ¡El tipo podía ser su padre!… uno bastante joven, pero su padre al fin.

Algo en su cuerpo pareció encabronarse después del shock inicial, porque comenzó a sentir caliente desde su pecho hasta su cara, de una manera irremisible y furiosa. Sus manos estaban sudando y su mandíbula le dolía de tensión… los latidos de su corazón comenzaron a acelerarse. ¡Malfoy no podía estar interesado en un zopenco como ese! Tenía sus cosas buenas y su atractivo, sí, pero era un hijo de puta con todas sus letras. No podía. Simplemente no podía ser verdad.

Ese recién descubierto Draco, amable, atento, comprensivo e inteligente, no podía sentir algo por alguien tan… ¡opuesto!, tan arrogante, tan soberbio y hosco. ¡Era como una horrenda mezcla entre Lucius Malfoy y Severus Snape!

El moreno estaba seguro que si veía algo más de eso… iba a vomitar por la nariz. O algo igual de traumático.

Si había que ser honestos, Harry había pensado que esas muestras de consideración y respeto por parte del rubio hacia él, hacia el ponderoso Salvador-de-causas-perdidas-Potter habían significado "algo".

-Listo.- murmuró finalmente, plisando de manera correcta el cuello de la túnica y acomodando debidamente botones y broches sin usar.

-¿Qué tal?- pregunto al vuelo, mientras convocaba un delgado maletín de piel negra, desde un lado de su escritorio. Esta vez el hombre no vio el rostro complacido del rubio.

-Como siempre…- musitó apreciativamente, sus parpados habían bajado mansamente, en un gesto de placentera admiración. Había que joderse.

-¿Tenemos conexión flu a la embajada?-

-Si, ya está pedida.- Draco se lamio nerviosamente los labios. –Iré por mi túnica del Ministerio.-

-No. Te luce mejor el negro que ese horrendo color arena…- el hombre hizo un gesto despectivo. –Vamos a tu oficina por la presentación.-

Cuando Draco se giró hacia la puerta, lucia una radiante sonrisa… que se hizo mierda, cuando conectó su mirada con Harry. El moreno lo miró fijamente mientras el rubio ampliaba sus ojos y abría ligeramente la boca, en un gesto de absoluta sorpresa. No se había acordado del estúpido auror en misión de seguimiento para protegerlos. No se había acordado que su némesis Potter, lo estaba mirando. Seguramente no se había acordado de nada, ni de nadie, teniendo al cuarentón medio desnudo delante.

Harry se sintió un poquillo, muy-muy poquillo, casi nada… de indignado y dolido. Hubiese dicho algo, quizás soltado un bufido irritado o algo así de evidente, pero simplemente entrecerró los ojos. Mirándolo. Acribillándolo mortalmente si era posible.

Hasta que Mèdard deslizó su mano izquierda por la cintura del rubio y lo hizo apurar el paso, hacia su oficina. "No podemos tardar", le murmuró cerca. Sin importarle ser observado por el insignificante auror, que estaba realizando ese "trabajillo" intrascendente.

Harry los siguió pisoteando hacia la oficina del rubio y los vio alistar unos cuantos pergaminos dentro del maletín del director de asuntos internacionales. El rubio agitó nerviosamente su varita y dos pequeños pergaminos color azul se levantaron convertidos en avioncitos, iniciaron su viaje pasando por un pequeño espacio abierto sobre la puerta, dispuesto para tal efecto.

-Nos vamos por la chimenea uno del departamento.- anuncio el rubio y se encaminó hacia la puerta de salida, con una pequeña carpeta de cuero. A juego con la de su jefe.

-Excelente.- respondió el hombre.

Harry los siguió a través del Departamento de Relaciones Internacionales, hasta un pequeño hall con dos chimeneas, de uso exclusivo para el director y personal importante dentro del Ministerio. A su paso, el moreno pudo ver al resto de los aurores de la unidad en posición de resguardo, McQueen quien era el encargado de la seguridad de Médard fuera del Ministerio, se reunió con los tres de camino a la conexión flu. El cargo de director era tan "especial" dentro del ministerio, que no necesitaban bajar al Atrio ni siquiera para irse a sus casas. ¡Por supuesto que no se iban a juntar con el resto de la chusma!

Tenía unas inocentes ganas de reventarle algo a alguien.

**7**

La reunión fue amena y llena de provecho para el director Mèdard. Terminando ese lujoso almuerzo con una amplia sonrisa de suficiencia y un contundente apretón de manos, manifestación de los maravillosos tratos que habían acordado.

Harry se mantuvo en una mesa cercana, observando el intercambio de ideas y de palabras, con un muy apetitoso y frugal almuerzo a disposición. Como era costumbre del rubio. Pero no pudo tocarlo. Simplemente se había mantenido durante la hora y media de reunión-almuerzo, escudriñando caras, gestos, movimientos y contactos. Se habría levantado para pasearse por el comedor, como león enjaulado, pero el cuarentón lo había mandado a sentar lejos la primera vez que lo hizo, el primer día de seguimiento. Le había escupido con evidente desagrado, que parecía un niño de primaria que no se podía quedar quieto.

Si no estuviese seguro que iba a ser expulsado del comedor, lo habría hecho de buena gana y para puro joderlo.

Draco, que se había mantenido a un lado de Médard, apenas comiendo y tomando nota de cada palabra mencionada en la reunión, se había mantenido convenientemente concentrado en su trabajo hasta que sus miradas se cruzaron de nuevo… Harry no podía negar que esa había sido su intención desde el comienzo.

El rubio había vuelto la mirada hacia cualquier lugar. Desde entonces concentraba sus ojos entre su plato, el pergamino a su lado, ese tal Dusatoire y el embajador francés.

**8**

Después de esa bendita reunión, Mèdard y Draco conversaron con los antes mencionados Cooper y Smith, en pequeñas charlas informales y convenientemente separadas.

Para cuando Harry dejó al rubio en el Atrio como era su costumbre, en un extraño e insulso mutismo, ya eran cerca de las nueve de la noche.

Draco se había despedido escuetamente, antes de meterse a la chimenea vacía y nombrar una conocida calle del Mile End. Sí, en el Londres muggle.

**9**

Las cosas no habrían seguido tan extrañas, si no fuera porque Mèdard parecía encantado con ese exhibicionismo gratuito… o eso le parecía a Harry. ¡Bien! Si había que ser objetivo, eran cosas que siempre habían estado ahí, pero el moreno no los había sabido y –quizás inconscientemente-, no había querido ver.

Esas miradas de comprensión, ese toqueteo innecesario, esos momentos de cercanía que le crispaban los nervios, esas extensas y acaloradas conversaciones donde el tipo parecía regodearse de su infinito intelecto. Incluso esas estúpidas bromas que sólo ellos entendían. Era para jalarse el puto cabello…

Aunado al evidente encandilamiento de Draco, por el director. Era algo que simplemente se salía de sus parámetros, verlo tan solícito, tan atento, tan… complementario. Anticipando cada uno de los movimientos del hombre, leyéndole la mente como una pareja en sincronía. Si Mèdard le decía que enviara un formulario a no-sé-quién, pues Draco ya lo había enviado y lo estaba recibiendo de regreso. Que si había traído el documento de no-sé-qué, el rubio ya lo tenía en manos dispuesto para el él. Que si se acordaba dónde había dejado el diminuto papelito azul que la tarde de ayer tenía en las manos, Draco lo sacaba mágicamente de alguno de sus bolsillos… Era patético. ¡Patético!

¡Ese no era el Malfoy que conocía!

Harry lo miraba y le entraban ganas de zarandearlo.

**10**

Viernes de salchichas fritas y cerveza muggle. También había de ese menjunje "Hummus" con galletas de salvado, que tanto le gustaban a su castaña amiga. Podía ser nutritivo y lleno de saludable fibra, pero con semejante aspecto, semejante nombre y semejante sabor…

-¿Cómo van las cosas con Mèdard?- le preguntó Hermione ese fin de semana. Ella lo miraba con sus brillantes ojos, deseando escuchar alguna otra de las maravillosas gestiones del jodido hombre. La gente casi pensaba que todo lo que tocaba ese tipo se convertía en una mina de riquezas. No se daban cuenta que más se parecía al cuento de la "Perdiz de Oro" (*). -¿Alguna novedad?-

-Ninguna que te interese.-

-Supe que estaba haciendo unas excelentes negociaciones para el sector secundario.-

-Creo.-

-¡Harry!-

-Mira, lo único que te puedo decir es que el hombre es un verdadero idiota… no, un jodido arrogante…- hizo una mueca. –Mejor que eso: un bastardo hijo de puta.-

-Después que me dijiste que te tocaba lidiar con Malfoy, pensé que el bastardo hijo de puta sería él.- comentó Ron, mientras se echaba otra salchicha frita a la boca. –No es que sea la niña más bonita del baile, pero al menos está tratable.-

-Si… también lo pensé, pero nada más lejos de la verdad. No sé qué le habrá pasado, pero está bastante cambiado… hasta es agradable conversar con él.-

-Ya sabes que después de lo de sus padres…- acotó Hermione y Harry supuso que era cierto. Su madre había muerto apenas iniciada la guerra y Lucius había sido condenado al beso del dementor.

-Puede ser.- pensó el moreno, era una lastima que sólo la orfandad le diera humanidad y sentido común. –Lo importante y lo más extraño de la situación, es que si no fuera por Draco me habría lanzado de alguna torre… o me habría criminado a tu adorado Director.-

-¿Draco?- Ron pareció congelarse en su lugar. -¿Desde cuándo mierda es "Draco"?- inquirió.

-Hasta la semana pasada era Malfoy…- Hermione lo miró con cejas levantadas. -¿Pasó algo por ahí, Harry?-

-¿Qué?- el pelirrojo le miró con ojos enormes. Enormes. –No me digas, por favor, no me digas… Harry, ¡no me digas!- Ron casi parecía balancearse consternado.

-No ha pasado nada…-

-No porque no quieras, ¿cierto?- la castaña parecía más que entusiasmada, después de todo llevaba años queriéndole meter novio a Harry, quien ya había pasado por una larga lista de citas concertadas con Griffindors, Ravenclaws y Hufflepuffs. –Ya te dije lo sospechoso que era esa obsesión tuya, aunque si uno lo piensa tiene sentido… tú y él.- de fondo se escuchaba la letanía de Ron "Pero es Malfoy, pero es Malfoy, pero es Malfoy".

-Si, pero no te emociones… él tiene otro tipo de gustos.-

-¡Ah!, sí, O'Driscoll, el que hace los registros en Migración. La secretaria de Doyle me lo "confidenció".- rió. –El Departamento de Relaciones Internacionales es peor que un centro de madres.-

El moreno conocía a ese tal O'Driscoll, parecía ser un tipo simpático y agradable con todo el mundo, pero a Harry le recordaba desagradablemente a McLaggen y no existía virtud posible que le evitara las ganas de darle un par de puñetazos. El hombre se pasaba frecuentemente por la oficina de Draco, ya sea por cosas importantes o sólo para saludar y era un rumor bastante evidente, que el tipo estaba interesado en el asistente de Médard.

Argh, si la cosa se ponía peor. Un Snape/Malfoy o un McLaggen. ¿Qué mierda le pasaba al jodido mundo?

-¿Entonces es verdad?- preguntó el pelirrojo.

-No lo sé.-

-¿Cómo que no lo sabes?, ¿no te gustaba Malfoy?-

-No he dicho que me guste… sólo dije que ahora me agradaba. Cambiar el instinto homicida por la simple cordialidad, no significa que tenga intereses románticos por él.-

-Ah, si claro…- Ron se mofó. –especialmente cuando utilizas tantas bonitas palabras para justificarte. Te digo, Harry, si de verdad te gusta es que eres un masoquista…-

-¿Lo dice alguien que probó su maravilloso café, sin alegar un secreto intento de envenenamiento?-

-¡Ja!- espetó el pelirrojo y se le saltó una miga de pan, desde la boca.

-Ron…- Hermione lo codeó. –Yo creo que no es mala idea, si está siendo agradable y honesto. Además tú mismo dijiste que se están llevando bien, quizás comenzar con una pequeña amistad… - meditó. –No es que te esté diciendo que te cases con él o algo así…- Ron hizo un gesto de arcada. –pero podrías disfrutar un poco de la vida, Harry. Después de tú volátil relación con Zach, creo que deberías incursionar por otros rumbos más… no sé, conocidos.-

-¿Conocidos?- preguntaron los dos hombres.

-Harry…- pareció decirlo como si le hablara a un niño. -¿Hogwarts?, ¿sexto año?-

-Ya…-

-Puede ser, ambos se saben las mañas.- acotó su amigo.

-Pensé que ibas a saltar como una banshee histérica.- le dijo Harry. -¿Te vendiste por una tasa de café y un consejo sobre cómo mejorar el servicio de cafetería en el Departamento de Aurores? Eras una mujer fácil, Ron.-

-¡Ja!- otra húmeda miga de pan al aire, en una parábola llena de saliva.

-¡Ron!-

-Entonces qué, ¿habrá una pelea con O'Driscoll, para ver quien será el macho alfa?- el pelirrojo de verdad parecía divertido con todo ese asunto.

-Hay alguien peor…- soltó con un bufido encabronado. Solo imaginar esa escena tipo Desperate Housewives, le hacía rodar los ojos.

-¿Quien?- preguntó Ron, Hermione pareció captarla al vuelo.

-¡No!-

**11**

Día 35 de seguimiento. Alguna hora de la tarde.

-¿Cuales son los puntos para hoy?- el hombre presionó el puente de su nariz con la mano izquierda.

-El director Cooper envió el memo con lo discutido en su reunión con Dusatoire. Dice que debería hacerse un solo memorándum para el Ministro.- Mèdard movió su mano libre, pidiéndole que pasé el siguiente punto. –Hay que revisar los Manifiestos de la carga de Buggthorn, que llegan la otra semana.-

-Eso debería hacerlo Aduana… o el Departamento de Regulación de Criaturas mágicas.- reclamó.

-El señor Doyle de Aduana ya lo revisó, pero se necesita su firma para dejarla entrar.- el rubio revisó entre sus pergaminos. –El problema es que vienen directo a la Reserva de Animales Protegidos y se necesita un aval de seguridad.- el hombre frunció las cejas. –También tenemos la nueva cuartilla de practicantes en Registro y Anaqueles, hay que revisarlo y dar el visto bueno.-

-Eso no es asunto mío.- masculló.

-Vienen del programa escoses.- Draco se lo quedó mirando y suspiró. –Tengo poción relajante.- ofreció con voz y gesto preocupado. Mèdard asintió.

Harry miró al rubio pasar delante de él, hacia su oficina. Allí rebuscó en una pequeña gaveta, mientras agitaba su varita y ponía a calentar agua.

Mèdard había estado durante toda la mañana en una junta con el Departamento de Economía y Finanzas y al parecer no le había ido nada bien. No es que hubiese entendido algo, pero se había enfrascado –en más de una oportunidad- en un fuerte alegato con un tipo de Hacienda.

Draco, que se había sentado junto a Harry, en una mesa junto a la pared detrás del cuarentón, se había mantenido con los labios apretados durante las más de tres horas de reunión. Parecía estar igual de fastidiado que el director. Algo con la aprobación de unos dineros destinados a no sabía qué gestión, no estaba resultando como Mèdard esperaba. Y el pobre tipo había terminado con una bronca ecuestre… bufando, relinchando, sacudiendo la crin y pisoteando inquieto, por toda la oficina…

Harry se sintió suspirar, mirando otro de esos naturales e íntimos actos de cotidianidad, donde el rubio preparaba poción relajante diluido en un exquisito té de jazmín. Todo hecho por su consagrado asistente. No lo podía creer, ni tolerar.

-Aquí.- dispuso de la fragante infusión delante del hombre.

-Gracias Draco.- era la primera vez que Harry lo escuchaba decir su nombre de pila.

Se escuchó un grueso suspiro de satisfacción por parte del director, después de beber un par de tragos de té. Harry supuso que el hombre debía tener algún tipo de dolor de cabeza por simple tensión. Eso era algo que le pasaba frecuentemente a él, ser auror también era un trabajo demandante. Pero el moreno no tenía a nadie que le sirviera pociones para el dolor… la enfermería del departamento de aurores apenas y tenía poción crece huesos, sin contar con que era autoservicio. O te atendías o te podías ir jodiendo.

No pasó mucho tiempo antes que Mèdard friccionara su cuello con la mano libre, en un tenso intento de distender sus músculos agarrotados. Ese fue aliciente suficiente para Draco, quien se levantó y se situó tras su asiento, extendiendo sus delgadas manos por los hombros, el cuello, la nuca y el inicio de la espalda del hombre. Mèdard sólo cerró los ojos y se dejó hacer, placenteramente.

-¿Por qué Jillian no se hizo cargo de esos practicantes?- murmuró esta vez, con su gruesa voz suavizada y complacida.

-¿Recuerda el hechizo de viento que les llegó desde el Departamento de Misterios?- el hombre ronroneo un asentimiento. –Aun no terminan de ordenar los anaqueles de los últimos tres años…-

-¿Y el hechizo de Restablecimiento?-

-No fue renovado durante esos tres años que ahora están sin catalogar…- hasta la voz de Draco sonó ligera y apacible.

Mèdard dejó caer la cabeza sobre el respaldo de su elegante asiento de cuero negro, suspirando gloriosamente bajo las atenciones del rubio. Dejando que su rostro se relajara de cualquier preocupación, respirando tranquilamente y dejando que sus brazos reposaran lánguidamente a los costados de su cuerpo. Y Draco… él frotaba sus hombros, mientras lo miraba denodadamente. Con esa pequeña sonrisa que Harry ya le había visto esbozar más de una vez.

Apretó la boca para no decir nada… No hables Harry, no hables.

Carraspeó… y para su sorpresa, fue como el paso de una locomotora. Cortando toda esa atmosfera rosa y llena de sentimental entrega… ¡Gh!

Draco se tensó y se lo quedó mirando, pálido, sorprendido, como si lo hubiese pillado haciendo algo malo.

"¿No te acordabas de mí?", quiso decirle, pero solo alzó una ceja en su dirección.

-A veces me olvido de ese sujeto…- esbozó Mèdard, igual de relajado y satisfecho.

Harry apretó la mandíbula. ¡Él era Harry puto-salvador Potter! ¡No "ese" sujeto!

-No sé qué haría sin ti, Draco. Tus manos son un placer…-

-Mnh… gracias, director.- regresó rápidamente a su asiento al otro lado del escritorio.

Volvieron a enfrascarse en… todas esas maravillosas obligaciones que tenía el gran director de Relaciones Internacionales, Maxime Mèdard.

**12**

Té de Bergamota, de manzanilla, de rosa mosqueta… de jazmín -¡gh!, estuvo tentado de escupir dentro del "té favorito" de Mèdard-, Oolong… ¡Café!

Sin saber cuál era el jodido encantamiento para hacer andar la maldita cafetera francesa, Harry agarró el tarro y se vació dos cucharadas del negro polvo en su taza, dos tercios de agua, una y media cucharada de azúcar y un poco de leche.

Revolviendo parsimoniosamente, avanzó hacia la oficina del director, observando desde el marco de la puerta, como Draco daba vueltas y levitaba objetos de un lado para otro. La sacrificada rutina con la cual comenzaba su jornada laboral. Ya eran las 8:15, debía tener todo preparado para que el señorito tomara su ducha y pueda vestir sus elegantes trajes muggles, sus finas túnicas de mago, afeitar la barba incipiente y rociarse esa colonia tan masculina.

El moreno se regodeó con la idea de que en diez años más, ese mismo hombre usaría esas colonias de bebé que usaban los viejos, como Doyle. Causaban más una triste ternura, que incitación. Mèdard tendría unos decrépitos 52, en cambio Harry tendría unos muy bien puestos 35. ¡Ja! Sólo era cosa de esperar…

… También se preguntaba a veces, si la esposa de Mèdard lo vestía por las mañanas cual niño pequeño, disponiendo del albornoz y sus pantuflas de animalitos junto a la cama. Si le preparaba la avena con miel, con fruta picada y una taza de leche chocolatada. Así como Andrómeda lo hacía con Teddy.

-Espero que tu sueldo sea consistente con todo lo que haces, Draco.- era como la segunda o tercera vez que se le "salía" su nombre de pila. Desde ahora lo haría deliberadamente, como el puntilloso cuarentón.

-¿Por qué tanto interés… Potter?- lo miró de reojo, mientras acomodaba algunos pergaminos color amarillo, dentro del archivero.

-Nunca pensé decir esto pero, te están explotando… Draco.-

El rubio lo ignoró hasta acomodar todo, pulcramente, como cada mañana. Entonces caminó hasta él y lo miró directo a los ojos.

-Yo que tú no me bebería esa cosa…- indicó hacia su taza. –te sabrá a rayos… Potter.-

Harry lo miró pasar a su lado, hacía su propia oficina. Con un rápido movimiento de varita, la cafetera francesa comenzó a zumbar.

Mirando inquisitivamente su propio brebaje, dio un pequeño sorbo y casi lo escupió. ¡Era una mierda acida que le iba a perforar los intestinos!

-Es café de grano para cafetera.- rió, sin malicia, pero quizás con un poco de burla.

-Gracias por avisar…- balbuceó, sintiendo el astringente sabor dejándole la lengua como lija.

-Eso pasa cuando la gente no sabe hacer las cosas por sí mismo…- le picó. Segundos después hizo desaparecer su intento de café.

-Ah, entonces debería tener un asistente… ¿no?- lo miró con sonrisa irónica. –Uno tan abnegado como tú…-

-Vete a la mierda, Potter.-

No pudo evitar reírse. Draco lo miró con cara de furia, pero era evidente que no estaba enojado… era tan claro como leerlo en su hermoso rostro. Estuvo aún más seguro, cuando se le acercó con un verdadero café latte en las manos.

¡Oh joder! Si parecía que de verdad le estaba comenzando a gustar el rubio…

**13**

Harry estaba hastiado. Si antes no le había agradado ese trabajo por ser simplemente estático y aburrido, ahora lo odiaba con justificación. ¡Tenía una excusa muy grande!

Estaba cansado de verlo acicalarse como una puta reina, antes de cada reunión importante. Cansado de verlo pasearse sin camisa, cansado de su personalidad ególatra, de enumerar todas las cosas maravillosas que estaba logrando para la Comunidad Mágica Británica. Cansado de escucharlo decir cuán encantado estaba de la disposición del rubio, del perfecto conjunto que le había elegido, de sus balsámicas manos y su esplendido té. Cansado de escucharlo decir que no sabría qué hacer sin "Draco"…

Harry vio al rubio elegir una camisa de un oscurecido tomo violeta, junto a una contrastante corbata celeste platinado. Como era la tónica cada vez que le tocaba vestirlo. ¡Vestirlo, por Merlín Santo! Cuerpos cercanos, conversación ligera, toqueteo innecesario. Y el moreno siendo ignorado, como si fuera un mueble más dentro de la oficina.

Apretó la mandíbula. No podía evitarlo, no podía evitarlo…

Carraspeó.

Y en un acto automático, Draco se tensó como gato asustado, alejándose disimuladamente del director. Perdió la sonrisa, la fluidez de sus manos, incluso la conversación. Harry consiguió conectar la mirada con el rubio, apenas un momento y supo que estaba nervioso.

-Sal un momento.- el moreno se giro, viendo los negros y penetrantes ojos de Mèdard, observándolo a él. –Sí, tú.-

-Mi trabajo es vigilar de ambos.- dejó casi un segundo de silencio antes de soltar un casi irónico: –Señor.-

-Ve a revisar que los encantamientos de protección estén en su lugar…- desestimó con las manos, en un gesto que le reventó los huevos a Harry. –Estaremos bien…- Draco apretó los labios.

-Señor Mèdard-

-No es negociable auror.-

-Señor Mèdard- el hombre lo detuvo con un movimiento de mano.

-Vaya…- agitó su mano, casi en despedida. –Continúe con su trabajillo, desde el otro lado de la puerta.-

Harry se mantuvo plantado, allí donde estaba. Fingiendo una sonrisa desagradablemente obediente. ¡Oh, sí! Ya sabía por qué alguien quería hacer volar tooodo ese lado del Ministerio…

Draco se adelantó hacia él, indicándole que saliera. Sus ojos casi parecían decir: "¡Mueve el culo, Potter!"

Harry salió de la oficina del director y se quedó sentado en el borde del escritorio del rubio, mientras veía cómo la puerta que conectaba ambas oficinas se cerraba parcialmente. Ver la madera interrumpiendo su visión, sin poder vigilar a sus protegidos… sin poder ver qué hacía Mèdard con sus manos y su varonil encanto, no le gustó nada.

Por primera vez en ese mes se vio y se sintió alejado de Draco y de toda esa situación y… ¡no le gustó! No le gustó no ver al rubio y dejarlo a su suerte, con ese jodido cuarentón. No le gustó imaginarse lo que hacían ahí dentro…

Quería que esa mierda de misión terminara, pero no quería dejar de vigilar… de observar… de mirar al rubio.


Notas aclaratorias:

"Perdiz de oro"(*): Es un cuento de Pedro Urdemales, que me contaba mi madre cuando chica XD… ¡que cosas tan finas! ¡No apto para susceptibles! XD

Gracias a Nympha Nix Nivis, Floor Whitlock, Radharani, Sjare2009 y Shix por darle una oportunidad a ésta historia.

¿Comentarios? =)