Su abuelo había sido un hombre con un increíble talento para las matemáticas, poseedor de una inteligencia privilegiada y, según sus propias palabras, con una gran capacidad para "observar lo que los demás pasan por alto". Había sido gracias a ese "don" que hizo crecer la fortuna familiar invirtiendo de manera inequívoca en una gran variedad de nuevas formas de hacer negocios.

En su juventud, durante la segunda guerra mundial, se había enlistado voluntariamente en la Armada de los Estados Unidos, y aunque intentó ocultar su condición de multimillonario, en cuanto se supo que era el dueño de una de las más grandes fortunas de América, sus superiores intentaron mantenerlo a salvo cumpliendo labores administrativas. Sin embargo, el suboficial de marina de 3a clase Hodgins logró demostrar su valía siendo parte importante del equipo de especialistas en traducción de códigos enemigos durante la batalla de Midway en el Pacífico.

Su padre fue el único sobreviviente de tres hermanos, se convirtió en un hombre duro y poco expresivo a partir del dolor que le produjo ver morir a sus dos hermanas menores, siendo aún niñas, víctimas de una enfermedad degenerativa hereditaria, de la que él era portador y que probablemente transmitiría a sus hijas mujeres.

Después de años de matrimonio fue solo gracias al inmenso amor por su esposa que decidió apostar por el futuro y tener un hijo. El día que su esposa entró en trabajo de parto, él estaba en una reunión a 100 Km de Washington, felizmente logró llegar al hospital en el preciso momento en que el doctor salía de la sala de partos a informar a la familia que se trataba de un varón… ese anuncio lo transformó en el hombre más feliz del mundo, ese día se reconcilió con Dios y agradeció en un rezo silencioso por ese niño… un bebé de ojos azules y cabello rubio ensortijado que con el paso de los años se convertiría en el único heredero del grupo Cantilever.

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Haciendo sonar su copa golpeándola suavemente con una cucharita, Sweets intentaba llamar la atención de todos los asistentes a esa cena, "creo que deberíamos seguir con otra historia" empezó a decir. Y antes que pudiera agregar algo más fue interrumpido por el único agente del FBI presente esa noche, "escúchame atentamente Sweets, no intentes hacer un análisis psicológico de nuestros recuerdos… ¿entendido?", le indicó en un tono que a todos les pareció divertido, menos al directamente involucrado que cómo siempre no pudo evitar sentirse intimidado por las palabras de aquel hombre.

Luciendo una sonrisa pícara en los labios y levantando las cejas retadoramente Angela insistió "yo creo que ya es turno de Booth, ¿no les parece?", y agregó recorriendo con la mirada los rostros de todos los presentes en esa mesa, "muero de ganas por escuchar como ponías en funcionamiento todas tus armas de encantador antes de caer en las redes de Brenn".

"Yo nunca le he lanzado ninguna red a Booth" reclamó la antropóloga frunciendo el ceño, pero al observar la mirada comprensiva que le dedicaba su mejor amiga, aclaró en voz alta, "oh, ya entiendo es una metáfora", y luego levantando su copa con agua hasta la altura de sus labios, procurando que únicamente el padre de su futura hija escuchara sus palabras agregó "más tarde, cuando estemos en casa, me explicas de qué red habla Angela".

El ex francotirador no pudo contener una suave carcajada, e imitando el gesto de la mujer que sin proponérselo lo convertía en el hombre más feliz, levantó su copa de vino hasta la altura de sus labios, inclinándose sobre ella hasta que sus rostros quedaron a pocos centímetros de distancia, para susurrarle al oído "te amo Huesos".

Sin esperar a que Booth decidiera si aceptaba el reto de Angela o no, el anfitrión de esa noche poniéndose de pie y haciendo una reverencia indicó "si me permiten, le toca contar su historia al rey del laboratorio…" y antes de iniciar su relato tosió falsamente indicando a su atento auditorio que debía permanecer en silencio.

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"Un pequeño cínico, ese era yo, mis padres tenían una vida muy complicada, como ocurre en la mayoría de familias inmensamente ricas, mi padre vivía para hacer dinero y mi madre para sus obras de caridad… yo crecía en esta casa enorme, sintiéndome muy solo a pesar de estar rodeado de gente, con la cabeza llena de frases que me asustaban… se suponía que yo debía crecer para convertirme en el dueño del mundo o algo así, pero yo solo quería ir a la escuela y tener amigos como cualquier otro niño.

Mis padres deseaban que mis capacidades se desarrollaran sin distracciones y por eso yo era educado por tutores que debían fortalecer las competencias que me convertirían en un genio de los negocios… tienen una idea de lo difícil que es, para un niño que solo quiere estar en el lago, cubierto de tierra y bichos, descubrir que su futuro ya está planificado, que algún día tendrá que ser un hombre de negocios quiera o no.

Después de la muerte de mis padres, poco después que cumplí diez años, mis abuelos paternos dejaron su residencia en Europa y regresaron a Washington para encargarse de mí, yo prácticamente no los conocía, solo sabía que había un juicio para decidir quien conservaba mi custodia y que mis abuelos estaban luchando contra los tutores designados por mis padres.

Recuerdo que ese catorce de febrero empezó como cualquier otro sábado, después de desayunar en el pequeño comedor privado que tenía en mi dormitorio, me vestí y bajé decidido a pasarme toda la mañana jugando en el lago; pero justo antes de salir de la casa sentí una voz que me llamaba '¡Jacky!', al girar para ver de donde venía la voz comprobé que era mi abuelo, nunca antes nadie me había llamado de esa manera.

Nuestras miradas se encontraron y fue como verme en un espejo, el abuelo y yo teníamos los mismos ojos. Colocando el dedo índice de una de sus manos sobre sus labios me indicó que no hiciera ruido, mientras que con la otra mano me hacía una señal para que me acercara a la puerta de la biblioteca.

Por un momento dudé entre alejarme y seguir con mi plan de ir al lago, o quedarme y hacer lo que ese hombre me pedía, finalmente mi curiosidad pudo más y me acerqué en silencio. Cuando estuve dentro de la habitación, le reclamé 'señor, no me diga Jacky, soy Jack', mirándolo con toda la indignación que a esa edad podía transmitir; mi abuelo ni se inmutó, e imitando mi gesto me respondió 'niño, no me digas señor, soy tu abuelo… y necesito tu ayuda'.

Creo que antes de ese día nunca nadie me había pedido ayuda en nada, con vergüenza debo decir que era un chico mimado, casi echado a perder, acostumbrado a exigir a los demás que hicieran cosas para mi, así que escuchar a aquel hombre grande decir que necesitaba mi ayuda me hizo sentir importante, útil, con esas simples palabras descubrí un sentimiento totalmente nuevo para mi.

Sin esperar a que respondiera o hiciera el menor gesto de aceptación, me sujetó por los hombros y me llevó hasta uno de los escritorios, sobre él encontré un trozo de cartulina roja, cajitas con lentejuelas, goma, tijeras, marcadores y un sobre que parecía contener fotos en el interior. Sorprendido levanté la cabeza para mirarlo interrogadoramente y le dije 'no entiendo señor… perdón… abuelo'.

Con una sonrisa en los labios me preguntó si sabía que se celebraba en esa fecha, recuerdo que respiré hondo y recité 'hoy es el día de San Valentín, un día estupendo para las ventas', orgulloso de demostrarle que sabía lo importante que era esa fecha para hacer dinero.

Como si hubiera dicho el chiste más divertido del mundo, mi abuelo soltó una carcajada y replicó 'digno hijo de tu padre'. Yo lo miré con expresión de orgullo ofendido y entonces él agregó 'tienes razón muchacho, hoy es el día de San Valentín, un día estupendo para entregar tu corazón a los que quieres'. No pude evitar pensar que mi abuelo era muy extraño, me quedé en silencio sin saber que decir, y él aprovecho para empezar a darme instrucciones.

Sin darme cuenta comencé a preparar una tarjeta para la abuela, cuando le pregunté porque no la hacía él solo, extendiendo sus manos frente a mis ojos me señaló que no podía porque sus manos eran muy toscas y grandes dificultándole usar materiales tan pequeños. Yo era un chico listo, así que me di perfecta cuenta que aquel hombre solo buscaba un pretexto para pasar tiempo conmigo, y me sentí muy feliz al descubrir que alguien quería pasar tiempo conmigo sin que le pagaran por hacerlo.

Nos divertimos mucho preparando esa tarjeta para mi abuela, empecé haciendo un corazón sobre la cartulina utilizando las lentejuelas, debajo del corazón escribí 'Be My Valentine' con un marcador dorado, dentro del sobre encontré algunas fotos de mis padres, otras de los abuelos y muchas otras mías… escogimos algunas, las recorté, las pegué en el interior de la tarjeta, y debajo de ellas escribí las palabras que el abuelo me dictó y que nunca podré olvidar… 'para ser feliz, solo debes entregar tu corazón…'.

Cuando terminamos miré la tarjeta con ojos críticos y recuerdo que exclamé en voz alta 'pudimos haber comprado una más linda', el hombre que hasta esa mañana había sido casi un completo extraño me acarició el cabello y levantando mi rostro por la barbilla con una de sus enormes manos, asegurándose que lo estaba mirando directamente a los ojos me dijo 'ninguna otra tarjeta podría gustarle más a tu abuela porque esta la hemos hecho tú y yo'.

Recuerdo que mientras la abuela nos agradecía por la tarjeta nos dijo repetidamente que se trataba del mejor regalo de San Valentín que recibió nunca, yo no entendía cómo algo así la podía hacer tan feliz, y las palabras escaparon de mis labios sin pensar 'cómo puedes ser feliz con tan poco'.

Sorprendidos por mi comentario, voltearon a mirarme y entonces la abuela acariciándome el rostro con un tono de voz muy dulce me explicó 'querido Jacky para ser feliz hay que hacer lo que nos hace felices…', y antes de que pudiera agregar algo más, con una ansiedad que me hacia respirar agitadamente, ojos suplicantes y manos juntas en un ruego, la interrumpí, 'abuela yo no quiero crecer para ser el dueño del mundo… quiero crecer para ser el hombre de los bichos'.

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"Tu abuela era una mujer muy sabia", interrumpió la artista de ojos rasgados, dedicándole al hombre sentado del otro lado de la mesa, una radiante sonrisa que marcaba un par de hermosos hoyuelos en sus mejillas.

"Estoy seguro que se hubieran llevado muy bien de haberse conocido", respondió el hombre de ciencia mirando directo a los ojos de la madre de su único hijo, mientras recordaba otras cenas, tan felices como la de esa noche, compartidas sobre esa misma mesa con sus abuelos.