Si se lo preguntaban podía afirmar sin temor a equivocarse que era el hombre más feliz del mundo, él y la mujer a la que amaba prácticamente desde el día en que cruzaron sus miradas por primera vez, estaban empezando una verdadera vida juntos, creando una familia con la confianza de permanecer unidos por los próximos 30, 40 o 50 años.

Eran muy pocos los que sabían acerca de su difícil infancia, pocos conocían que detrás del mejor agente del FBI se ocultaba la historia de un niño que había sido víctima de la terrible combinación padre alcohólico - madre ausente, un pequeño que rezaba cada noche pidiendo que las cosas mejoraran, que no pedía nada material; un niño que con lágrimas en los ojos rogaba a Dios porque su padre lo amara, por despertar sin temor de ser golpeado otra vez.

Ahora, hecho hombre, un hombre de bien gracias a su abuelo… había logrado perdonar a su padre, y eso, se lo debía a ella, a la mujer que en su difícil lenguaje científico le enseñó que somos dueños de nuestro pasado y que tenemos la oportunidad de escoger y recordar los momentos que nos hacen felices, aquellos que nos dan la fortaleza necesaria para superar las dificultades del presente… gracias a ella aprendió que está en nosotros el poder de mantener las memorias que nos dañan, enterradas en el pasado, y rescatar solo los recuerdos que marcarán nuestra vida ayudándonos a ser mejores.

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"Bueno compadre, creo que llegó tu hora", la ronca voz del dueño de casa provocó las risas de los que compartían esa cena, y en una perfecta sincronía todos voltearon a mirar al agente… todos excepto Brennan, ella tenía toda su atención puesta en su vientre, con una mano sobre él, sentía como la pequeña vida que crecía en su interior se movía y pateaba con fuerza.

Demostrando una vez más lo deseosa que estaba de ser una mujer diferente, de convertirse en una persona capaz de aceptar que la emotividad nos permite vivir a plenitud, la mujer de hermosos ojos azules, tomó una de las manos del hombre que con paciencia infinita le enseñó a creer en el futuro y la colocó sobre su regazo para que él sintiera cómo se movía la pequeña hija de ambos, diciendo en voz baja "te amo Booth".

El hombre sonrío dichoso y con delicadeza acunó su cabeza en el cuello de ella, besándola suavemente en el cabello, detrás de la oreja derecha, mientras le susurraba tiernamente al oído "lo se Huesos, yo te he amado desde siempre", luego, sin romper el contacto visual con ella, en voz alta afirmó "está bien, ante tanta insistencia… sigo yo".

Sin prisa, respiró profundamente y se acomodó de manera que con su brazo izquierdo pudiera envolver en una caricia los hombros de su compañera, manteniendo su mano derecha entrelazada con las manos de ella que reposaban sobre el vientre en que se revolvía inquieta la hija de ambos… recién entonces, dedicó una mirada a todos los presentes esa noche y empezó.

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"Era mi primer catorce de febrero desde que empecé a vivir con mi abuelo, tenía doce años y solo quería entender porque mi padre nos había abandonado, qué era lo que yo había hecho mal, porqué había dejado de quererme… ya saben las cosas que torturan a un niño que piensa que todo ha sido culpa suya.

En la escuela los maestros organizaron una fiesta con los chicos de mi grado por San Valentín y Pops había insistido durante días intentando animarme de asistir, pero yo no estaba de humor para fiestas… solo quería que las niñas me dejaran en paz, no quería ser el Valentine de ninguna de mis compañeras de clase. Desde el inicio de esa semana, las chicas de la escuela me habían regalado corazones de chocolate, caramelos y tarjetas, intentando obligarme a invitarlas a ser mi pareja en la fiesta, pero yo solo quería estar solo.

Ese día, por la mañana, durante las clases, mis amigos se burlaban por la manera en que las niñas insistían en prodigarme atenciones, y yo no quería ser malo con ellas así que con el ceño fruncido recibía sus regalos sin decir media palabra. Cuando me di cuenta que el recreo iba a ser insoportable, me negué a trabajar en clase, obligando a la maestra a castigarme de manera que conseguí quedarme a solas en el aula mientras mis compañeros salían a descansar.

Por la tarde, ya en casa, Pops aceptó mi decisión de no ir a la fiesta con mis amigos de clase, pero seguramente con la intensión de distraerme y apartarme de los recuerdos que me mantenían malhumorado y triste, me pidió que llevara a Jared a la fiesta de San Valentín que organizaban en un local de juegos … al principio me negué porque era una fiesta para niños chicos, pero el abuelo me lo pidió como un favor especial, así que al final terminé aceptando… incluso entonces, no había nada que yo no hiciera por mi abuelo.

Teniendo en cuenta que por la tarde tendríamos una celebración, la maestra nos había dejado poco trabajo para la casa. De modo que cuando terminé de hacer mis deberes, Jared todavía no estaba listo para la fiesta. Mientras lo esperaba aproveché el tiempo para sacar de mi mochila todos los regalos que había recibido… sin siquiera detenerme a leerlas, cogí todas las tarjetas que me habían regalado las niñas de mi aula y con furia las fui rompiendo una por una… luego cogí los dulces dispuesto a votarlos a la basura, pero decidí que no estaba bien desperdiciar todos esos chocolates y caramelos, así que cogí los que me parecieron más apetitosos y los metí en los bolsillos de mi casaca para comerlos mientras esperaba a Jared, los demás terminaron refundidos en el cajón de mi mesa de noche.

Cuando por fin llegamos al centro comercial, la celebración se desarrollaba en un espacio exclusivo para niños, los animadores no aceptaban que ningún padre ingresara, solo podían pasar los niños. Jared sonreía feliz mirando la decoración del salón, todo lleno de globos, guirnaldas y figuras de ángeles, corazones y besos colgando del techo, él tenía seis años y si mal no recuerdo era uno de los niños más pequeños de la fiesta, en cambio yo quizás era el mayor, muy incómodo, avergonzado por estar allí entre todos esos pequeñines me senté en una silla, casi escondido junto a un laberinto, desde el que podía observar todo el lugar… si lo pienso bien, desde entonces demostraba cualidades que fueron vitales muchos años después cuando fui francotirador.

Muy cerca de dónde estaba había una mesa repleta de golosinas y bebidas que era el deleite de los pequeños, estaba yo distraído mirando a Jared, cuando de pronto escuché en el laberinto junto a mi a unos niños fastidiando a una pequeñita, 'arrímate come libros, deja pasar' le gritó uno de ellos mientras que el otro la empujó bruscamente agregando en tono burlón 'ándate a leer a tu casa'... la nena perdió el equilibrio y cayó al piso sorprendida, creo que por instinto me puse de pie para ayudarla, pero antes que pudiera hacerlo ya estaba de pie mirándome directo a los ojos con gesto desconfiado… 'hola, solo te quería ayudar' fue lo único que se me ocurrió decirle y aunque no recuerdo exactamente cuales fueron sus palabras me dio a entender que ella no necesitaba ayuda…"

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En ese momento, Brennan interrumpió el relato acotando, "te dije, tengo siete años y no necesito ayuda para ponerme de pie", y sin agregar una palabra más la mujer que en incontables ocasiones afirmó no creer en el destino, buscó con la mirada los ojos del hombre que la tenía sujeta entre sus brazos y le dedicó una sonrisa cómplice, un gesto con el que le afirmaba una vez más que ahora sí creía en el futuro, que sabía que él permanecería junto a ella durante todos los años que les quedaran de vida, con la certeza de que ellos dos serían capaces de crear una vida juntos.

El mejor agente del FBI agachó la cabeza levemente para que nadie pudiera ver el brillo en sus ojos, las lágrimas que asomaban en ellos por la emoción de comprobar una vez más que superando todos los errores cometidos por ambos, que a pesar de la carga abrumadora del pasado tan difícil que los dos habían tenido que vivir cuando aún eran demasiado jóvenes para enfrentarse a todo ese dolor solos; que muy por encima de todas sus diferencias y quizás precisamente por ellas, finalmente sus caminos se habían convertido en un solo sendero, una sola vida compartida por dos seres humanos que se complementaban, que se entendían sin necesidad de las palabras, porque sus corazones latían al mismo ritmo.

Un hombre y una mujer que habían aprendido a confiar, a creer, a aceptar que aunque nunca sería sencillo, ellos dos formaban una familia desde hacía bastante tiempo atrás, mucho antes incluso de que supieran que producto del amor que se tenían nacería una nueva vida… una familia que se había construido día a día, desde el mismo instante en que descubrieron que sin temer podían colocar su felicidad en las manos del otro.

El grito de Angela fue instantáneo "lo sabía" exclamó con genuina emoción, cualquiera que la hubiera escuchado sin saber a qué se refería podría jurar que estaba celebrando el número ganador de una lotería, juntando sus manos en el aire agregó "desde la primera vez que los vi juntos, estaba segura que eran el uno para el otro", luego se volteó a mirar a todos los amigos presentes esa noche que habían quedado enmudecidos por la sorpresa, asombrados por comprobar una vez más que el destino sí existe, e indicó sonriendo "bueno… realmente, todos los teníamos claro… todos, excepto ustedes".