Hombre de su vida
Nota: Para mi gran desgracia, los personajes no me pertenecen, pero yo les pertenezco a ellos.
Luke
-¿Están todos bien?- me encontraba perfectamente. Había vivido la experiencia más horrorosa de mi vida. Del miedo que sentí de buena gana me habría echado a llorar en la túnica de Zeus. ¿A quién en la Tierra se le ocurre crear semejante monstruosidad y luego preguntar "están bien" tan tranquila? Solo a Cassandra.
Habíamos aparecido sobre tierra dura, en medio de un pastizal. Estaban todos tirados contra el piso, pero yo me había golpeado la cabeza contra un muro. Supuse que serían las murallas del palacio de Hades.
-Vamos holgazanes, a caminar. El Flegetonte está cerca de aquí, pero las Benévolas siempre vigilan las almenas del castillo.-Excelente. Alecto, Megera y Tisífone cerca para alegrar la tarde con un dulce té. ¿Quién me alcanza las galletas?
Nos pusimos en movimiento. El lugar era deprimente. Un enorme pastizal gris por el que vagaban almas opacas. Cassandra abría la marcha, y las almas, al sentir su presencia, se agolpaban a su alrededor. Iba con las manos alzadas, acariciando a todas las almas como si las conociera desde hace mucho. Probablemente así fuera. Cada alma que tocaba se volvía momentáneamente luminosa, como un pequeño destello en la oscuridad del lugar. Incluso recuperaban la lucidez, pero era durante un segundo. Un chispazo de conciencia y nada más. Quién habría dicho que la memoria se apagaba luego de la muerte.
Habríamos caminado durante una hora, cuando divisamos a la enorme serpiente de fuego, cruzando el Asfódelo, protegiendo al exterior del Tártaro. Choqué contra la espalda de Cassandra. Ella cayó de rodillas. Sollozaba. La tomé suavemente por debajo del codo, y cuando la ayudé a levantarse me miró tras las lágrimas, tan transparente como nunca. Podía adivinar sus pensamientos, o mejor dicho, sus sentimientos. Dolor y pérdida. Ya los había vivido antes. Pasé mi brazo por su cintura y ella el suyo sobre mis hombros. Katie se apostó del otro lado para ayudarla a caminar entre los dos. Estábamos tan cerca, pero las lágrimas en su rostro la alejaban tanto de mí. Ella amaba a otro hombre y tendría que aceptarlo. Íbamos en dirección de él. Faltaba poco para que conociera a quién le había partido el corazón a la chica que me gustaba.
Una piedra se erguía en medio del Flegetonte. Había cadenas colgando, pero nadie que rellenara los grilletes. Los restos de un camino de piedra se estaban hundiendo de nuevo en el río de lava. Alguien había salido de ese lugar aunque no creía que hubiera sido por voluntad propia. Ese alguien estaba repantigado contra una colina en el medio del pastizal, esperando.
Nos fuimos acercando lentamente, pero el extraño no nos veía. Era ciego. Aún así, sabía que nos percibía. Sostenía una lanza contra su hombro derecho, como si fuera un bastón que usara para caminar. La túnica con que se cubría estaba rasgada y chamuscada. Los ojos, ahora huecos, estaban cubiertos por una cinta de algodón que antaño había sido blanca. No tenía sandalias, pero si una espada enfundada colgando de un cinturón de cuero. Ese chico era definitivamente griego, y de los griegos de antaño.
Cassandra comenzó a sollozar más continuamente, pero en silencio. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, dejando un rastro de piel enrojecida tras ellas. Se libró de Katie y de mí, y se acercó lentamente a quién había sido su prometido. Se arrodilló frente a él y le susurró "Theo, Theo lo siento tanto. Tu pena es mi más grande culpa, jamás podré perdonarme por lo que te he hecho. Tu castigo debería ser mío, mientras que tú tendrías que estar en el Olimpo. Perdóname amor de mi vida".
-Cassandra, no es tu culpa. Amarte no fue mi elección, pero la acepté. Y fue lo mejor que podría haber hecho- la voz de "Theo" sonaba cascada, profunda, rota. La voz de un hombre torturado. Pasó su mano por el crespo cabello de mi amada, acariciándola. Estaba a punto de gritar con la escenita. -Yo ya te he perdonado. Solo queda que te perdones a ti misma, y que me perdones a mí.
-¿Perdonarte? Theo, ¿de qué estás hablando?- TRAMPA, TRAMPA, TRAMPA.
-Lo siento, Cassy. No soy yo quién controla mi cuerpo. Es Urano, se está realzando. Tu letrado hermano tiene la solución. Por favor, es tu turno de perdonar. Te amo.
Unos hilos grisáceos en los que no me había fijado antes rodeaban las muñecas y los tobillos del tipo ese. Era una maldita marioneta. Cuando se puso en pie con tremenda agilidad, Cassandra se echó hacia atrás. Theo empuñó la lanza y yo me tiré hacia adelante para intervenir, pero Cassandra me lo impidió. Alzó un muro de energía negra alrededor de Theo y de ella, aislándose con el malnacido aquel. Tomó el dije del escudo y el de la lanza, y se preparó para dar batalla. No moriría sin dar pelea.
-Theo, esto que está pasando no es culpa tuya. No tengo nada que perdonarte. Serás tú quién deba disculparme a mí, porque voy a matarte. Te amo Theo, pero elijo al hijo de Hermes por sobre nosotros. Lo siento.- seguramente estaba sordo, ¿Qué me había elegido a mí?
-Sabía que elegirías bien mi amada. Prepárate. Aquél que me posee no te lo pondrá nada fácil. Es un excelente luchador. Perdóname Cassy, debería haber luchado más. Lo siento.- una lágrima cayó rostro demacrado abajo a la par que tomaba la lanza y la empuñaba. Cassandra cayó hacia atrás de la impresión, pero enseguida recobró la compostura. Tomó la lanza eléctrica y el escudo de entre los dijes de sus pulseras y se puso en pie, dispuesta a luchar. No era una lucha común y corriente, era una batalla a muerte. Aquél que ganara decantaría la balanza, o eso es lo que esperaba.
