Trabas en la muerte
Nota: Para mi gran desgracia, los personajes no me pertenecen, pero yo les pertenezco a ellos.
Katie
-¡KATELYN, LÁRGATE YA! ¡ESTA LUCHA ES MÍA!- recién ahí entendí que era mejor que corriera o la siguiente en caer sería yo. Tomé a Percy y a Luke por los brazos y los obligué a correr conmigo. Inmediatamente pensé en alertar a su padre, pero luego pensé en mi cabeza clavada sobre la estufa en la habitación de Cassandra y cambié de idea. Megera sería. Esa Erinia tenía que entender que necesitábamos su ayuda. De las tres, era la que más apreciaba a mi amiga, así que asumí que vendría con nosotros en cuanto se lo pidiera.
Dejé a ambos héroes en las afueras del palacio negro y entré. Ni Hades ni Perséfone estaban presentes en el Salón del Trono, pero las furias sobrevolaban el enorme trono de huesos como si hubiera alguien presente allí. Era muy probable que el Señor de los Muertos estuviera haciendo buen uso del Yelmo de la Oscuridad, pero decidí arriesgarme. Era eso o nada.
-¡MEGERA! CASSY NECESITA AYUDA- grité. La enorme Furia bajó planeando, látigo en mano. Se detuvo frente a mí y plegó las alas correosas a la espalda. Aunque era la más hermosa de las tres, espantaba. Tenía la piel blanca, rajada y deshaciéndose permanentemente, como si cambiara de piel. Los ojos eran completamente negros y tenía marcas rojas en el rostro, como si hubiera llorado luego de maquillarse. No tenía labios, sino simplemente un hueco por donde comía y hablaba.
En medio de la histeria, le hice un breve resumen de toda la situación desde que habíamos abandonado el Inframundo hacía dos días. ¿Tan poco tiempo había pasado? Cuando llegué a la escena que se desarrollaba en el Flegetonte, aparecieron Alecto y Tisífone a los costados de su hermana. Ya no podría disuadirlas de venir. Cassy iba a matarme, pero lo que estaba haciendo era por ella.
Salí corriendo por las enormes puertas de palacio, las tres castigadoras siguiéndome en el aire. No me detuve para avisar a Percy ni a Luke, sino que seguí corriéndome, y ellos, al ver a mis acompañantes, corrieron tras de mí.
A medida que nos acercábamos, la lucha se iba agrandando. Solo quedaba un hilo para que Theo fuera libre al fin. Luego, solo quedaría la muerte, o como prefería llamarla, la liberación final y definitiva.
Theo calló y Cassy lo libertó al fin. Apreté el paso. Tenía que llegar con ella cuánto antes. No iba a permitir que sufriera sola toda la situación. La llamé, pero no pareció escucharme. Cuando derrapé junto a ella levantando una nube de polvo, alzó sus ojos hacia mí. Lloraba.
Alecto, Megera y Tisífone se acomodaron contra ella, abrazándola, cubriéndola con sus alas, protegiéndola de sí misma. Bastante bien la conocían como para saber que en cualquier momento intentaría algo estúpido para herirse. Luke y Percy se quedaron atrás, supongo que en señal de respeto… o miedo.
-Katie, necesito a las Moiras. Ahora. Necesito un sudario para Theo.- asentí, y vi a las tres ancianas materializarse frente a mí. Portaban una tela gris con bordes negros. Sería suficiente para cubrir al hombre que mi amiga había amado tanto.
-Tánatos, cuídalo bien- susurró en la frente del cuerpo, lo besó y lo entregó a las Moiras quienes lo tomaron de sus brazos, depositándolo en el suelo y cubriéndolo con el sudario.
-¿Qué emblema debemos bordar?- preguntó Átropos. Cassy se puso en pie, las furias sujetándola suavemente por los hombros, y se soltó el colgante en forma de rosa negra. Se lo tendió a las tejedoras, que hicieron aparecer el emblema, disolviendo el dije en la tela. Mi amiga no pudo resistir más y cayó llorando en los brazos de Megera. Las tres ancianas tomaron al cadáver amortajado por hombros, costado y pies y lo arrojaron al río de fuego. Su cuerpo descansaría en su prisión, pero su alma alcanzaría los Elíseos.
Las furias acariciaron la espalda y los hombros de mi amiga hasta que cesó el llanto, y fue lo suficientemente fuerte como para erguirse y caminar por sus propios medios.
-Alecto, Megera, Tisífone, se los agradezco mucho. Cuando termine con esto las recompensaré a las tres. Ahora, por favor, volved a palacio. Mi Padre debe estar extrañándolas.- Hizo un amago de sonrisa que más parecía una mueca de dolor y las Furias volvieron volando a la fortaleza negra. Luego, Cassandra comenzó a caminar en dirección al Érebo, ignorándonos olímpicamente a todos. Supuse que no querría hablar del tema y me ubiqué a su lado. La tomé de la mano y no me apartó, sino que apretó mi mano con fuerza y me sonrió, los ojos llenándosele de lágrimas.
Caminamos hacia el palacio y me soltó. Por la puerta se pasaba de a uno. Los esqueletos que guardaban el camino le palmeaban la espalda o la reverenciaban. El Inframundo se volvía cada día más raro. En lugar de entrar dobló por el jardín de Perséfone y tomó tres duraznos. Me ofreció uno a mí y otro se lo comió a ella.
-¿No hay duraznos para nosotros?- preguntó Percy. Debía estar muriéndose de hambre.
-Tómalos si quieres, pero luego no podrás digerir una sola comida de Sobre la Tierra. Ya, me vale que Perséfone salga durante seis meses. A saber que conjuro realizaron ella y su madrecita. Así que te recomendaría que dejes esas frutas en paz.- sonrió, terminó de comerse su durazno, grité "NOOOOOOOOOOOO" y estampó el último durazno contra una ventana.
-Maniobra de distracción, ¡CORRAN!- y salió disparada hacia la parte trasera del castillo.
