Andando con vida

Nota: Para mi gran desgracia, los personajes no me pertenecen, pero yo les pertenezco a ellos.

Luke

No iba a permitir aquello, ni ahora, ni nunca. ¿Suicidio? Ni hablar. Me importaba una parra de uvas que tuviera muchas vidas. Si era necesario buscaríamos todas, pero no la de ella. Percy parecía feliz de la vida con el giro que habían tomado las cosas. Pareciera que Cassandra no le importaba, y así era.

-Katie, ve a buscar a Tánatos, yo encontraré a Hécate. ¿Ustedes que harán?- No me había dejado ni hilvanar tres pensamientos que ya había tomado las riendas del asunto. No iba a disuadirla, así que sería mejor que me acostumbrara a la idea de perderla sin siquiera haberla tenido.

-Cassandra, yo voy contigo- dije. Un último camino no me haría demasiado daño.

-De acuerdo, Percy, vas con Katie. Ya sabes dónde encontrar a Tánatos. Como ose a negarse, le das recuerdos de mi parte, y dile que mejor no me provoque cuando esté en mi terreno, él sabrá perfectamente que significa.

Partimos por el mismo lugar por donde entramos, la ventana. Ya se habían calmado todos del golpazo en la ventana, pero aún quedaba un manchón de jugo. En la puerta nos dirigimos, Percy y Katie hacia la izquierda, y Cassy y yo tomamos un camino que iba hacia la derecha, en dirección al Elíseo. Íbamos uno al lado del otro, pero el silencio prácticamente aplastaba, dolía.

-Apenas dije "suicidio" te pusiste verde. Dame una solución mejor, Luke, porque aunque sea inmortal y ya esté harta de quién soy, aún me queda mucho por vivir, más de lo que cualquiera imaginaría.

-Podrías secuestrar y matar a cualquier humano que se te ocurra. Un par de arreglos y listo.- Sonrió, pero no sopeso la idea tanto como me habría gustado. No era una opción para ella, y se notaba.

-La sangre humana no tiene el valor del icor divino. Te mostraría mi sangre, pero soy invulnerable y tal. Aparte, ¿por qué matarlas? No las conozco, así que tendré menos carga de conciencia o como prefieras decirle, pero ¿por qué herir a sus familias por un problema de mi mundo? ¿Por qué debemos hacerles pagar algo que no hicieron?- Ahí entendí que no estaba hablando de las humanas, sino de sí misma. Se culpaba de lo que estaba sucediendo, y veía en las humanas réplicas de ella. Sabía cómo se iban a sentir cuando murieran por nuestra causa, y lo sabía de primera mano. Al final, sólo quería ser libre. Quería por fin dejar sus heridas atrás, y encontrar la libertad en la muerte. Por desgracia, entendía su sentimiento.

Caminamos un par de metros más hasta que nos encontramos en una encrucijada de tres caminos y en el centro de ellos había un ciprés. Habíamos llegado. Una diosa de tres cuerpos, unidos el uno al otro por los costados, se hallaba recostada contra el tronco del árbol. Sonrió al vernos, pero sonrió en especial a mi compañera. A su alrededor flotaban símbolos mágicos, se desvanecían, y volvían a escribirse en el aire, como tinta plateada fulgurante rayando contra la nada, pero dejando su huella en el material.

-Cassandra, niña, dime en que puedo serte útil.- Típico de los dioses, mostrarse serviciales ante los que iban a cometer el acto más descabellado que se les pudiera ocurrir. ¿Dónde se escondía el sentido común cuando se lo necesitaba? Cassandra hizo una reverencia y se arrodilló frente a la mujer nigromante.

-Señora, vengo a pediros un favor. No entiendo el texto en estos libros, y es invaluable la información que contienen.- La diosa hizo un ademán y los libros se abrieron frente a ella y comenzaron a girar, rodeándonos a los tres. Los símbolos mágicos comenzaron a saltar de las páginas y a desdoblarse en el aire, uniéndose y separándose, formando y transformando frases. La hechicera murmuraba frases antiguas en una variante del griego tan antigua que se habría perdido hacía ya varios eones. Al final, los libros volvieron a su estado original, cerrados por los huesos.

-Cassandra, dieciocho vidas son necesarias, y por lo que parece, solo posees diecisiete. Necesitas una más. Habla con tu amiga, la pequeña resurrecta, ella probablemente te ayude, pero deberá superar el miedo que le tiene a la muerte. Tarde o temprano, a todos nos llega nuestra hora, y vosotras dos ya habéis vivido demasiado, más de lo que os correspondía. Ve, niña, tienes mi bendición en esta cruzada que estás por emprender, pero quiero que sepas, que no hay retorno posible de aquello que te propones hacer. Adelántate ahora, y reúnete con tú amiga.-Posó sus ojos sobre mí. ¡Problemas a mí!- Joven Luke, quédate un momento más, tenemos ciertos temas que discutir tú y yo.

Cassandra se puso en pie y se alejó despacio, tan confundida como yo. Sin embargo, se alejó solo lo suficiente como para no escuchar, pero se acomodó para esperarme. Punto a mí favor.

-Escucha, joven, lo que se propone hacer es incluso más noble de lo que te imaginas. No sabes con todo detalle por lo que ha pasado, y eso jugará en su favor. A la hora de elegir, te pondrá esa espantosa mirada de cachorro apaleado que solía usar en mí contra cuando me negaba a enseñarle magia, y créeme que funciona. Enana demoníaca.

-El tema es, Luke, que ella te ama, tanto como tú la amas a ella. Eso te da el poder de elegir sobre su vida y sobre su muerte, mientras ella te lo permita. Espero que tomes la decisión correcta, porque si eliges en contra de ella, te lo reprocharás toda tu vida, y ella te lo reprochará también. Encontrará la forma de volver, y yo, para tu gran desgracia, la ayudaré. Te recomiendo que no te pongas en contra mía ni del destino, porque no sabes nada de lo que se avecina. Por lo que parece, aún no has pasado suficiente dolor. Vete ahora, pero estás advertido.

Me levanté del suelo y me dirigí hacia donde yacía Cassandra. Se irguió, y no opuso resistencia cuando le tome la mano. Es más, puso su cabeza en mi hombro, el lugar que siempre le había pertenecido, y que estaba por desocupar.