Dónde habita la muerte
Nota: Para mi gran desgracia, los personajes no me pertenecen, pero yo les pertenezco a ellos.
Cassandra
Jamás admitiré esto, pero no nos veíamos nada mal como los tortolitos de las historias. A decir verdad, era bastante patético, pero se sentía… bien. Al menos, se sentía correcto. Así debía ser. Íbamos caminando de vuelta al Érebo, lentito, disfrutando cada segundo en silencio, como si fuera el último. Tampoco es que el último estuviera demasiado lejos. Es más, estaba más cercano a cada paso que dábamos.
Katie y Percy ya habían vuelto, pero a ninguno le sorprendió que estuviéramos tomados de la mano. Tánatos estaba repantigado contra la muralla exterior, ¿riéndose?
-Tánatos, quita esa sonrisa de tu cara o te haré llorar por tu mamaíta. Kate, me alegra que hayas tenido éxito en tu misión. Sobre la mía… no puedo decir lo mismo.- Procedí a darles un resumen de la conversación con Hécate, pero más que un resumen fue una sentencia de muerte. A Katie casi le dio un infarto con la noticia de las vidas, pero se sobrepuso. No, se resignó. Esa era la palabra justa, resignación.
-De acuerdo, me suicidaré contigo. Ya qué, tampoco es divertido vivir por siempre.- sonrió. Se estaba sobreponiendo a lo que más temía y odiaba sólo porque yo se lo pedía. Así que eso es la amistad. A buena hora descubrí que la persona que me acompañó toda mi vida era una de las personas a las que más quería y apreciaba. Aunque, sinceramente, me conformaba con el hecho de haberlo descubierto.
-Gracias Katie- sonreí.- Anda, ponte en pie Muerte, tienes trabajo que hacer.
-No sabes lo mucho que me gusta oírte decir eso. ¿Sabes hace cuánto intento arrastrar tu alma conmigo? Ahora que lo logro no opondrás resistencia, así que no será tan divertido como esperaría, aunque de todas formas, ahora que se resignaron, una gran actuación morbosa no tiene gran sentido. ¿Dónde planean morir? Supongo que en el Tártaro, es un lindo lugar para sacrificios. Bien oscuro y neblinoso.
Bueno, al menos había alguien más que veía el lado positivo de la muerte. Conmigo ya éramos dos. Lo mejor de todo es que Tánatos era la única persona a la que le gustaba su trabajo, todos los días, todo el año. Matar gente era su vocación, y le iba perfecto. Todos piensan que la muerte es vieja y malvada, siempre torturando familias y destruyendo con todo a su paso, en cambio, Tánatos era hermoso, tanto como la libertad puede serlo. Era un ángel oscuro, de túnica marrón rojiza y alas de cuervo, llevaba el cabello negro algo largo. No le llegaba a los hombros y se le erizaba en las puntas. Tenía aspecto de adolescente con sonrisa de duendecillo. Cualquiera estaría encantado de irse con alguien así.
-Haz lo que quieras, me trae sin cuidado Tánatos, solo mátanos y déjate de jueguecitos.- Katie estaba molesta, la muerte no era precisamente algo que adorara. Nunca me había contado sobre la forma en que murió. Bien podría haberlo averiguado, pero decidí respetar su silencio a favor de nuestra amistad. Algún día volvería a preguntarle, pero no era éste el momento.
Comenzamos a caminar hacia el Tártaro. El Flegetonte apareció ante nosotros. Seguimos por la orilla, pasamos la roca de Theo y nos detuvimos frente a la zona más ancha del río. Al otro lado casi parecía saludarnos el Destino. Un camino de roca fundida se formó a nuestro paso. No parecía demasiado sólida, pero aguantaría hasta que cruzáramos completamente el río, luego se desvanecería. Unos demonios guardaban la puerta, pero nos dejaron pasar cuando me vieron. Volvía a "casa". Avanzamos por el interior de una cueva oscura hasta que vimos luz azulada cerca. Entonces la marcha se hizo lenta. La última marcha.
El agujero directo al Tártaro apareció frente a nosotros. Un camino se hacía visible, y en el centro una plataforma con dos pedestales largos se erguían amenazadores.
-Bien, ya hemos llegado- dijo Tánatos. Era tan fácil para él. Le di un golpe en la nuca y se volteó para mirarme enfurecido, pero cambió la mueca por una sonrisa de comprensión. A pesar de haber vivido con la muerte sobre mis hombros, no me resultaba fácil desprenderme de todo, mucho menos de Luke. Afrodita me las pagaría todas, pero ya habría tiempo para la venganza más tarde, o eso quería creer.
Katie se colocó junto a mí. El miedo se había esfumado en ella, y sólo quedaba la curiosidad. Intenté desprenderme de Luke, pero me sujetó y… me besó. Afrodita las pagaría más caras aún. Le devolví el beso y nos separamos. El final se avecinaba, y la despedida se había concretado. Él había tomado su decisión, y lo había hecho bien.
Mi amiga, Tánatos y yo caminamos hacia el centro de la plataforma. Tánatos tomó su guadaña más afilada mientras nosotras nos recostábamos en los pedestales. La Muerte creció hasta llegar a una altura de siete metros y la mortal hoja se alargó por lo menos tres. Pasó el arma sobre nosotras y… morimos.
