Disclaimer: Saint Seiya © Masami Kurumada/Shueisha/Toei animation.
CAPÍTULO 2.
La falta de comunicación entre individuos debe ser uno de los males que se escaparon de la caja de Pandora cuando ella y Epimeteo la abrieron a pesar de la prohibición de Zeus y las advertencias de Prometeo. Lo digo porque de la mala comunicación derivan los mal entendidos, las discusiones, las rupturas, los fracasos, las guerras y las hecatombes.
Si la gente fuera completamente consciente de sus alcances, haría la lucha por buscar una manera de hablar siempre con sus semejantes; pero muchas veces uno se ahorra el decir algo porque cree que está de más o porque siente que el que le escucha ya lo da por supuesto. ¿El resultado? Terminas lamentándote de por vida.
Hyoga, June y yo nunca nos sentamos a hablar sobre la prueba a la que nos había sometido Saori con tranquilidad, para buscar posibles soluciones a su problema. De haberlo hecho, muy seguramente nos hubiéramos ahorrado esa serie de eventos tan desafortunados a los que terminé orillándolos con mi continuo acoso. Al presentarme en la puerta de su casa con el salvosabequé de Saori, lo hice sin la intención de jorobarles la existencia, y creo que si se los hubiera dicho en lugar de ponerme rojo y adelantar el papel como toda excusa para justificar mi visita, ellos nunca me hubieran clasificado como el enemigo del cual debían cuidarse las espaldas. Ellos también pudieron haberme jalado las orejas para hacerme ver la horrible tensión a la que los estaba sometiendo, en lugar de resignarse y aceptar las reglas de Atenea como irrefutables.
Definitivamente, la falta de comunicación es terrible.
No sé exactamente qué decía el papelucho de Saori, pero de seguro contenía varias amenazas para el par si no se volvían una pareja lo más rápido posible. No se me ocurre otra explicación del por qué el trato con Hyoga de repente se volvió tan forzado e hipócrita, algo así como si estuviera tratando con un completo extraño siendo que nos conocíamos desde muy chicos.
—Pasa, pasa, Seiya —Hyoga me cedió el paso haciendo un sinfín de reverencias. Cuando ya estuve dentro se mantuvo permanentemente inclinado; me daba la impresión de que intentaba por todos los medios obtener una estatura inferior a la mía —¿Quieres un refresco? ¿O tal vez té o café?
—Nada, estoy bien —respondí bastante incómodo ante tanto servilismo.
—¿Ya desayunaste? —Insistió él.
—No, pero no tengo hambre, gracias.
—No es bueno que te malpases —señaló, arrastrándome a la cocina donde encontramos a June con un palo, revolviendo agua con pintura en una cubeta—. Vente a comer, June estaba a punto de preparar el desayuno.
June, con la cara salpicada de pintura amarilla, se volvió indignada hacia nosotros al oír semejante afirmación.
—¿Yooo? —Torció la boca, dedicándonos un gesto de enfado descomunal —¡Prepáralo tú, yo no soy tu gat…!
Hyoga se le dejó ir, la agarró del brazo y le dio la vuelta con brusquedad, con la intención de que yo no oyera lo que le dijo a continuación:
—¡Idiota, no empieces! Ten, lee —y le dio el papel que había redactado Saori—. Van a quitarnos al bebé si no empiezas a cooperar.
June se volvió entonces hacia mí, esbozando una sonrisa imposible. ¿Han visto esas sonrisas que lucen las perfectas amas de casa que aparecen en los comerciales de los años 50´s? ¿No? Pues entonces imagínense una digna de anuncio de pasta de dientes.
—¿Seiya, te gustan los huevos con tocino? —Me preguntó de la manera más encantadora que se puedan imaginar. Casi les puedo jurar que vi un aura rosa desprenderse de su cuerpo en forma de florecitas.
—Eeh… Pues casi no…
—Pues qué lástima porque es lo único que sé preparar —se llevó una mano a los labios y rió de una manera que hasta la fecha no he podido clasificar, mezcla extraña de picardía fingida, desprecio, burla y nervios.
Hyoga y yo nos unimos al jolgorio con tono forzado. Hyoga me miraba de reojo además, estudiando mis reacciones. Yo deseaba que me tragara la tierra.
June se apoderó de la cocina y Hyoga me invitó a ver la tele por mientras; pero yo iba ahí con órdenes de proteger a Natasha, así que pregunté por ella.
Él no puso reparos en llevarme al improvisado cuarto del bebé, al que se veía habían desocupado a toda prisa para dejarle espacio. En la pared del fondo estaba dibujado el inicio del estanque donde nadaban unos patos bien feos, lo que explicaba la pintura embarrada en el rostro de June.
Hyoga, con el rostro iluminado por una sonrisa, me hizo señas de que me acercara a la cuna. Y entonces tuve la oportunidad de observar el objeto de la discordia, al que no pude apreciar el día anterior por el ajetreo, en todo su esplendor.
Natasha es una niña en verdad linda, chapetitos incluidos, el cabello rubio y rizado y unas pestañotas que para qué les cuento. En ese momento dormía, pero les juro que me provocaba tanta ternura que se me antojaba abrazarla y estrujarla como a uno de esos animalitos de peluche que Miho guarda en su cuarto. Doy gracias a los dioses porque ella no estuviera presente, porque de haberme propuesto lo del niño en ese instante le hubiera hecho caso. "Es normal que tus padres se peleen por ti, angelito", me acuerdo que pensé, viendo cómo Hyoga miraba con amor a Natasha.
El desayuno resultó una porquería, por cierto. Los huevos se le quemaron a June, el tocino estaba crudo y hasta frío y la mentada malteada sabía a leche agria. De por sí no me gustan los desayunos tipo americano, y así menos. Aún así, yo me sentía con la obligación de no contrariar a mi anfitriona, que se había quemado con el aceite a juzgar por la ampolla que se estaba empezando a inflamar en su mano derecha. Ella me veía apremiante, esperando el veredicto para su platillo.
—¿Está bueno? —Preguntó.
—Pues sabe medio raro —respondí yo, haciendo un esfuerzo sobrehumano para masticar sin tomarle sabor a ese amasijo.
Viendo mi cara, Hyoga decidió probarlo. Después se deshacía en arcadas de asco.
—¡Seiya, no te comas esa bazofia! —Gritó, arrebatándome el plato.
Recogió la bajilla de la mesa y luego estampó toda la comida de June en la basura. Ella lo siguió a la cocina y ahí empezaron a pelear; oí sus gritos e insultos desde el comedor.
—¿Cómo le das de comer esa basura? ¡Se puede enfermar y así nos va a ir!
—¿Pues qué querías? Yo no sé hacer de comer, por eso siempre como en la calle. Debiste cocinar tú entonces en lugar de obligarme.
—Eso debiste decirme antes para encargar algo. ¡Aich! ¿Por qué no piensas? ¡Eres una inútil!
—¡Inútil tu abuela, putito!
—¡HEY! ¿Se calman los dos? —Interrumpí yo, parándome frente a la puerta. June y Hyoga voltearon a verme, asustados—. Se supone que en una relación debe haber respeto mutuo. Dígnense en no decirse de palabrotas ni humillarse entre ustedes, por favor.
June y Hyoga bajaron las cabezas, muy apenados.
—Y ahora dense la mano… —ante mis palabras, ellos se miraron con asco —¿Qué pasa? Les digo que se den la mano, no que se besen. Dense la mano y pídanse perdón.
June y Hyoga se estrecharon las manos.
—Perdón, no debí gritarte —dijo él.
—Perdóname, no quise llamarte puto… —dijo ella.
—¿Ven? Así está mejor— asentí yo, orgulloso del avance que había logrado—. Hyoga, ¿puedo ver la tele? Pasan un programa en la mañana que no me pierdo por nada del mundo.
—Adelante, estás en tu casa. Tú has lo que quieras.
Los dejé en la cocina tomados de la mano, viéndose fijamente con ojos que me imaginé eran de interés sentimental, pero que en realidad eran de odio.
—…Debí haberte llamado hijo de perra —espetó June una vez que los hube dejado solos —¿Qué derecho tienes tú de dejarlo hacer lo que se le hinche el güevo? La casa es mía, el arrimado aquí eres tú.
En desquite por el insulto a su madre, Hyoga le aplastó los dedos. June gimió de dolor y él le tapó la boca con brusquedad.
—Cállate el hocico —le advirtió—. No hace falta recordarte lo que hará Seiya si gritas o le vas con el chisme.
Los días pasaron y en cada visita descubría que el ambiente se iba poniendo más y más tenso. Hyoga seguía desempleado porque nadie quería contratarlo por su facha de extranjero, así que vivían muy cortos de dinero con lo poco que ganaba June. A Natasha nunca le hacía falta qué comer porque para sus padres era prioridad; pero a June y a Hyoga… bueno, con decirles que un día llegué, abrí el refri y estaba por completo vacío. Tanta era su hambre y su falta de energías que últimamente ya ni me hablaban ni se molestaban en saludarme. Se la pasaban frente a la tele, sentados en el piso, viéndola con ojos ausentes. Recuerdo que yo rondaba los cuartos para no verlos, distrayéndome con las historietas de la Shonen Jump que me encontraba en los cestos de basura de la calle. Eso sí, parando bien la oreja por si estallaba otra discusión como la de la vez anterior.
—Has algo, mantenido.
—Esto es tu culpa —se excusó Hyoga—. Si no hubieras estado acosándome, yo no hubiera tenido que renunciar a mi empleo.
—¿Mía, disculpa? —June lo miró con indignación—. No fui yo quien te dijo que lo dejaras. Además, si no te hubieras empeñado en desaparecer con la niña, yo bien la hubiera acostumbrado a mi leche y podríamos mantenerla con mi pecho y gastar sólo en pañales.
—Eras tú la que no quiso verla cuando nació, no me salgas con eso. Si apareces al mes de estarla criando con leche de lata qué culpa tengo yo de que no quiera la tuya.
June de repente interrumpió la pelea y anunció que tenía que irse a trabajar y entró en la cocina. A Hyoga se le hizo muy sospechoso y la siguió pensando que tenía escondida la comida y cuál va siendo su sorpresa cuando descubrió a June zampándose un vaso de leche a base del polvo que le daban a la niña. Se puso furioso, agarró a June del cabello de la nuca y la jaló hacia sí para verle la cara.
—¡Perra, no te tragues la comida de mi hija!
Ignoro qué iba a hacerle, yo salía del baño cuando los caché en esa posición. Por un segundo pensé que aquello era otra pelea; pero Hyoga, al verme, atrajo a June y la besó, así que me tragué el engaño. Muy abochornado, fui a sentarme en la sala para seguir leyéndome mi revista, pensando ingenuamente que estaba realizando un maravilloso trabajo. Momentos después, June salió corriendo a la calle y Hyoga fue a sentarse conmigo; le sangraba el labio.
—Je, se emocionó un poco —explicó, limpiándoselos con un pedazo de papel.
Yo sentía las orejas muy calientes. No pude evitar reírme.
—Ha de ser muy ardiente por las noches, ¿no?
Sí, ya sé: qué pendejo, pero no era mi culpa. Si hubieran mandado a alguien más observador, como Shiryu o Shun, apuesto a que eso no les hubiera pasado. Las noches de esa pareja ardían tanto que bajo la ropa estaban llenos de verdugones; yo veía a veces unos en los brazos de June o en el cuello de Hyoga, pero me imaginaba que eran chupetes, no golpes. ¿Cómo iba a saberlo? No iba a meterme en el baño con ellos para examinarlos minuciosamente.
—Oye, Hyoga, quise prepararme un sándwich hace rato y no había nada en el refri —le dije de repente, como por casualidad.
—Ah, es que no hemos ido a surtir la despensa, no vayas a creer que nos estamos muriendo de hambre o algo por el estilo. Je, je, jeeee —ese último "je" me sonó a neumático desinflándose.
—Vamos al mercado, tengo hambre —le dije, dándole una palmada en la pierna —¿Tienes tiempo?
Comimos allá y de vuelta llenamos la alacena y todo el refri. A Hyoga casi se le salían los ojos de ver tanta comida y se deshizo diciéndome que luego me lo pagaba todo. Yo me sentía muy bien por haber realizado mi acción del día.
—¡Bah! Considéralo algo así como un regalo de bodas anticipado. Porque te vas a casar con June ¿Qué no?
—Gracias, no sabes el paro que nos haces.
Había cambiado hábilmente el tema, pero yo ni en cuenta.
Hyoga seguía con eso de querer agradecerme, así que terminé aceptándole una sesión de masaje que me ofreció. Entramos al cuarto, me desnudé y él se puso manos a la obra.
—Eres muy bueno —observé sinceramente, echado boca abajo en la cama —¿Por qué no buscas trabajo de esto?
—No estoy certificado —respondió él.
—Hay que hablar con Tatsumi, él es bueno consiguiendo ese tipo de cosas… ¡Ay! ¡Ay! ¡Ahí me duele!
—Flojito, flojito. Relájate, Seiya.
Comunicación, comunicación, comunicación. Hasta el lenguaje corporal envía señales a los demás. A Hyoga le tengo tanta confianza que no le doy importancia a que me vea en pelotas o a que me dé masajes. Tanto me relajé en su presencia que me quedé bien dormido y no desperté hasta las nueve de la noche. Mal, olvidé que June era harina de otro costal. Entre ella y yo no fluía la misma confianza que tenía con mi amigo y debía andarme con pincitas a la hora de tratarla. Fui un estúpido por no tomarla en consideración.
Creo entender dónde estuvo el problema. Al parecer, June entró al cuarto mientras dormía y me encontró en ese estado tan poco decente, porque cuando me desperté y me despedí de ella para irme al orfanato, en lugar de responderme con su habitual y forzada cortesía, me echó ojos de pistola. No le di importancia, porque June era una tipa muy antipática y ese comportamiento era frecuente en ella. Me acuerdo que pensé, cuando iba de camino a mi casa, que cómo era posible que Shun fuera amigo de una persona tan sangrona. De haber sabido que aquel ridículo accidente iba a ser la causa de mi desgracia al día siguiente, hubiera dado la vuelta y pedido una disculpa como Dios manda.
A la mañana siguiente, June me abrió la puerta y me barrió de arriba a abajo.
—Buenos días, June —la saludé. Yo estaba de muy buen humor. Ese día me había levantado con mucha energía.
—Buenos —me respondió de malas.
—¿Qué hay de comer? Me muero de hambre.
—Ahí hay que tragues ¿Qué no? —Me dio la espalda y entró a su casa, dejándome la puerta abierta—. Has lo quieras, tienes manos.
Tanta grosería me dejó en ceros.
—¡June, sé más amable! —Le gritó Hyoga, que había escuchado todo.
June soltó una exclamación desdeñosa y se fue rumbo al baño, diciendo que no quería que la molestasen.
—Disculpa, Seiya. Hablaré con ella. Ahorita vengo a prepararte el desayuno.
Me alarmé cuando lo vi entrando al baño a pesar de las indicaciones de June.
—¡No entres sin tocar, pervertido! —Vociferó ella de inmediato.
—¿Qué demonios pasa contigo? —Contraatacó él con tono no menos fiero—. Todavía que nos hace el favor de arrimarnos qué comer… ¡Esa no es manera de tratar a la gente!
—¡Jah! ¿Y con qué le pagaste el favor? ¿Con Cuerpomatic? ¡Pinche par de jotos!
"Dioses, qué geniecito", me dije. No me gustó que me insultase de esa manera. Me puse a dar vueltas en la entrada de la casa, sin decidirme a intervenir para frenar esa discusión; estaba muy enojado, la verdad, y no podía pensar con claridad salvo para devolverle los insultos a June mentalmente. Pensé en largarme y decirle de una vez por todas a Saori que se consiguiera a alguien verdaderamente capacitado para lidiar con ese par, porque yo ya estaba harto.
—¿Ahí vas de nuevo? —Continuó Hyoga—. Ya te dije que sólo le di un masaje, no me lo eché. ¿Qué en tu mente no cabe que alguien haga favores a cambio de nada?
—No, no cabe, fíjate, viendo pruebas tan contundentes: estaba desnudo durmiendo sobre MI cama. No me importa lo que tú y tus amigos se hagan mutuamente, pero no quiero que los revuelques dentro de mi casa. Natasha no va a crecer viendo las mañas de su padre, creyendo que está bien ser… —hizo una pausa, buscando las palabras —¡ANORMAL!
—¡YA ESTÁ BUENO! —Estalló él—. Entiende, Seiya no es de esos. Ahora sal y pídele una disculpa.
—¡Nunca! Si tanto te urge ve tú a lamerle los güevos; al cabo eso es lo que te gusta, ¿no?
Algo restalló con el eco del baño: una bofetada seguida del quejido de una voz femenina. El sonido se repitió, pero esta vez fue Hyoga quien se quejó. Enfurecidos los dos, estalló otra pelea: Hyoga se lanzó a apretarle el pescuezo y, en su caída, June se llevó la jabonera de porcelana. Cuando oí el fregadazo que se dieron contra el suelo, tuve que tragarme mi enfado y corrí a ver qué demonios sucedía y entonces los descubrí intentando matarse mutuamente. June ya estaba morada bajo el apretón de Hyoga, pero eso no le impedía darle de golpes en la sien con la jabonera, tan fuerte, que ya hasta lo había descalabrado.
Yo grité que se detuvieran, pero no me hicieron caso… con la adrenalina fluyendo en sus cuerpos dudo que siquiera me escucharan. Así que corrí con la intención de separarlos; pero en mis prisas no vi el charco que dejó la botella de shampoo al reventarse, resbalé con él y me di un santo chingadazo que me dejó inconsciente. Sólo así la agresiva pareja se dio cuenta de mi presencia y de que la estaban cagando pero si bien sabroso.
—¡Mierda! ¡Ahora sí la armamos en grande! —Exclamó Hyoga, con el cabello mojado en sangre y la mejilla escociéndole por los arañazos que le había dejado la bofetada de June —¡Cuando Seiya despierte y le vaya con el chisme a Saori nos van a quitar a Natasha!
—¡No podemos permitirlo —gritó June al borde de la histeria—, hay que matarlo!
Hyoga casi sufrió un soponcio.
—¿Estás loca? ¿Cómo crees que lo voy a matar? Hay que huir, eso es lo que haremos.
—¿Y a dónde? No podemos salir de Japón, no tenemos dinero para el pasaje y no hablemos de irnos nadando; acuérdate que hay que cargar con la niña. Y aunque corriéramos este despertará y puede darnos alcance.
Según Hyoga, June se fue contra mí, a patearme las costillas con saña. Bueno, le creo, ella tenía motivos suficientes para odiarme.
—¡No lo patees! ¿Qué te ha hecho?
—¡Es su culpa! ¡Muérete, imbécil! —Decía, intentando reducirme el costado a papilla.
—¡Basta! —La sujetó y le dio la vuelta, para que lo viera a la cara—. Yo también pienso en eso —dijo refiriéndose a su futuro escape—; si mantenemos a Seiya inconsciente podemos huir sin que hable.
—¿Cómo lo harás? —Bufó ella y agregó con ironía: —¡No me digas que vas a retroceder cada que despierte para darle un golpe y que no dé la voz de alarma!
Su alegato tenía bastante lógica, he de reconocer. Menos mal que Hyoga es un tipo inteligente y no sucumbe tan fácil ante las crisis… bueno, en parte. Su solución no me deja del todo conforme, pero debo darle las gracias; si todo hubiera dependido de June, ahora yo no estaría relatando esto.
—Es obvio, vamos a tener que llevarlo también.
—¿¡Qué!? Pero…
—No hay más que hacer, piénsalo: si lo matamos vendrán en nuestra contra con todo el peso de la justicia y, en cambio, si lo mantenemos de rehén y dan con nosotros, tenemos la posibilidad de intercambiarlo por nuestra libertad—. Me levantó por las axilas—. Ayúdame, ¿quieres?
Y así fue como acabé dentro del maletero de un auto robado. Hyoga compró un sedante para animales en una veterinaria y de cuando en cuando paraban en la carretera para inyectarme pequeñas dosis y mantenerme K.O.
