Disclaimer: Saint Seiya ©Masami Kurumada/Shueisha/Toei Animation.


CAPÍTULO 3


No recuerdo mucho de mi estadía en el maletero a no ser por el traqueteo del coche o el intenso calor… y hasta puede que esas sensaciones hayan sido producto de mi delirio, ya que Hyoga me mantuvo sedado todo el tiempo hasta que llegamos a aquella cabaña.

He de fiarme por entero, pues, de lo que mis conocidos y amigos me han dicho que pasó, de las noticias que Saori guarda en su videoteca y del diario personal de Reda. Las declaraciones en conjunto no ensalzan a nadie en particular, así que por ello las doy por ciertas e invito a quien lea esto a que haga otro tanto. Después de todo, ¿qué gana una persona al describir sus acciones tal cual fueron, cuando sabe que la sociedad las tachará de malignas? Nada; si acaso que se le tome por un individuo honesto.

En fin, sigamos.

Cuando se dieron cuenta de mi desaparición, ellos ya llevaban un día de ventaja. Pero no nos precipitemos, vayamos por partes. Quiero explicar todo lo más detallado posible para que se entienda mejor:

Yo mantenía a Miho informada de los avances que hacía en mi nuevo y muy odiado trabajo. Ella siempre se ha interesado por mis cosas (incluso más que yo mismo) y se prestaba a escucharme con infinita paciencia todas las noches, mientras yo me desahogaba contándole las mil y un penurias que me hacían pasar Saori y esa pareja dinamita. Miho procuraba darme ánimos recibiéndome con una buena cena y palabras de aliento, todo para no dejarme caer en la tentación de mandar la profesión chueca de Tatsumi al carajo. Según ella, podía aprovechar la oportunidad para volverme un profesionista en serio, como intentaba hacer Shun en sus ratos libres.

De un tiempo a la fecha, a ella le había dado por extender su apoyo más allá del momento en que yo llegaba de trabajar, y me marcaba seguido al celular (Tatsumi me había dado uno) para contarme chistes o platicarme sobre cualquier tontería que pudiese mantenerme distraído mientras pasaba las horas en ese agobiante departamento. Esa mañana, justo después de que Hyoga y June se colaran a la cochera del vecino para aventarme dentro del auto —según indica el registro de llamadas perdidas— Miho cumplía con su rutina. Obvio que no pude contestarle, pues aparte de que yo andaba noqueado, el celular se me había resbalado del bolsillo y caído al piso de la sala mientras era transportado por mis improvisados secuestradores.

No le dio importancia pensando que si yo no respondía era porque estaba muy ocupado. Dejó que pasaran dos horas y después volvió a marcar, para no parecer una acosadora celosa o algo por el estilo.

Pasó lo mismo: nadie le respondió.

A la tercera llamada, ella comenzó a inquietarse, pues conocía demasiado bien el nivel de daño que podía provocar el golpe de un Caballero si él se lo proponía. Yo nunca le había hablado pestes de Hyoga ni de June y ella conocía demasiado bien a Hyoga como para saber que, siendo yo su amigo, nunca me lastimaría, pero… Bueno, no supo explicarme muy bien, pero su intuición la estaba volviendo loca y tuvo que correr rumbo al departamento para cerciorarse de que yo estuviese sano y salvo.

Imagínense su horror cuando descubrió que el departamento estaba vacío, con el contenido de las cajoneras de la alacena y los roperos revueltos, y el baño vuelto una zona de desastre: el agua que salía de los tubos retorcidos brotaba a chorros entre los escombros en que se había convertido la cerámica de la bañera; el shampoo embadurnaba el suelo y el agua que corría rumbo al resumidero desdeñaba lavar la sangre que salpicaba los azulejos y que hacía buen rato ya se había secado. En chinga que se deja ir a la mansión Kido, a avisarle a Saori de su macabro hallazgo.

Rápidamente, Saori reunió un equipo de investigación y criminología que ella misma financió para más discreción. Entre las pesquisas descubrieron que la sangre no era mía sino de Hyoga. Apenas se plantearon teorías de su muerte cuando tuvieron que descartarlas, pues descubrieron que al vecino le habían robado el auto y que en su cochera había más rastros de sangre de la misma persona. Hyoga debía manejar el auto, puesto que ni June ni yo sabíamos conducir.

Y entonces la investigación sufrió un pequeño percance que iba a acabar saliéndonos muy caro, pues el secretismo por el que Saori estaba pagando se vería frustrado por el desmemoriado dueño del auto. Para empezar el señor no recordaba de qué marca era su coche, ni mucho menos el número de la matricula, pues aseguraba que nunca le había dado importancia a cosas tan superficiales. De lo único que tenía entera certeza era que el auto era color blanco. Para acabarla de amolar el hombre, además de desmemoriado y vale madrista, también era muy desordenado. Pasó horas buscando los papeles de su vehículo sin hallarlos entre el montón de cajas que guardaba en su bodega y que no se había dignado en ordenar jamás.

No quedaba de otra. Los detectives tuvieron que acudir a Vialidad para obtener más datos del coche si querían atrapar a los fugitivos. Y aquí fue donde la puerca torció el rabo. Los hombres de Saori no dudaron en valerse del apellido Kido para obtener la información más rápido, ahorrándose la burocracia y el papeleo. La gravedad de su comportamiento, sus trajes negros y los transmisores en sus oídos para mantenerse comunicados con la central, terminaron por llamar la atención de uno de los empleados, quien casualmente tenía contactos con la prensa. Saboreando ya su recompensa por tener entre manos una posible noticia muy gorda y morbosa, llamó a su socio, Un tal Sen Kurosawa, mejor conocido en el medio como el reportero más sensacionalista e inescrupuloso del Japón. Kurosawa era el terror de la alta sociedad y los medios del espectáculo, pues su pluma había terminado por arruinar los matrimonios y la fama de muchas figuras de la política y la farándula. Muchas fueron las personalidades que habían pedido que rodara su cabeza, alegando que sus escritos no tenían ni pizca de realidad; sin embargo, los editores sin miramientos se las ingeniaban para mantener a salvo a su reportero estrella, quien les agenciaba cuantiosas ganancias.

Pues bien, este señor Kurosawa y sus aliados se apresuraron a reunir un montón de gente que hicieron mítines frente a las oficinas de la policía y de la Fundación Graude, acusando a ambas instituciones de solapar los delitos que cometía la segunda para aumentar sus riquezas y mantener su reputación impoluta. El jefe de policía tuvo que llamar a una conferencia de prensa para desmentir los rumores y exigió a la presidenta de la Fundación Graude, Saori Kido, que entregara los avances de su investigación, cualesquiera que fuesen, a las autoridades correspondientes. Saori, a su vez, negó tener entre manos ningún disturbio grave entre su gente y le pidió al jefe una disculpa pública por su falsa acusación.

Lamentablemente, los directivos, consejeros y accionistas de la Fundación no le creyeron, pues conocían de antemano, gracias a los informes de sus espías industriales, que ella organizaba actividades por su cuenta que mantenía en secreto incluso a ellos (se referían al dinero que desviaba a las arcas del Santuario, quiero yo pensar); temiendo por sus beneficios y sus buenos nombres, empezaron a presionarla por todos los medios posibles, amenazándola con dar a conocer ciertos secretos ilícitos relacionados con su dirigencia, y finalmente ella tuvo que ceder a cooperar con la policía.

Pobre Saori, hasta la fecha se lamenta de lo que su mal liderazgo y su falta de carácter ocasionaron a Hyoga y a June. No se podía creer que algo tan simple como la custodia de una niña tomara dimensionas tan catastróficas.

Pero bueno, seamos justos: ella no fue la única responsable. Hyoga y June cooperaban comedidamente a que su caso se convirtiera en insalvable.

.

A chorrocientos kilómetros de Tokio, Hyoga conducía el auto robado, ajeno a la futura fatalidad que empezaba a destilar de la pluma de Kurosawa. De pronto, el cacharro soltó dos que tres pedorretas y se negó a seguir su marcha. Hyoga bajó a ver qué tenía y al intentar abrir el cofre se quemó una mano con él.

—¡Agh, mierda! ¡Maldita chatarra!

Furioso pateó la defensa, con tanta fuerza que levantó el auto unos cuantos centímetros del suelo. El coche cayó dando tumbos sobre sus llantas delanteras. Natasha se asustó con la súbita sacudida y comenzó a llorar.

—¡Hey, ten cuidado, animal! ¡Estás asustando a la niña! —Reclamó June, acunándola en sus brazos para tranquilizarla.

Hyoga se acercó a la ventanilla de June y coló una brazo dentro para acariciar la cabeza de su hija.

—Discúlpame, princesa, no era mi intención —le aseguró afligido.

Al ver su mano quemada, June suspiró. Estaba muy cansada por la presión acumulada en el día, así que creía entender el por qué de sus arranques de mal humor. Por ese momento, procuró llevarla en paz.

—¿Qué es lo que tiene el auto? ¿Por qué se paró? —Le preguntó a Hyoga.

—Es el radiador. Se ha quemado —Hyoga torció el gesto y se irguió —¡Con un carajo! ¡Cómo se me pudo olvidar ponerle agua!

—¿Y eso es muy malo?

—Tanto como para que el coche ya no avance —Volteó a mirarla —¿Qué vamos a hacer? No puedo llevar a Seiya a cuestas, llamaríamos demasiado la atención.

—Pues muy fácil. Estamos en medio llano; matémoslo aquí y deshagámonos de él, así no nos preocupamos por la carga —solucionó ella con calma.

—¡Qué no! —Estalló Hyoga —¡Entiende que no voy a matarlo, es mi amigo!

—¿Y? Estamos hablando del bienestar de tu hija. Es obvio que tú no tienes en claro cuáles deberían ser tus prioridades —replicó June, mirándolo impasible.

June adoptó una actitud retadora. En un gesto de hastío, Hyoga se pasó una mano por la cara.

—No sé porque me molesto en hablarlo contigo. Es obvio que a ti no te interesa lo que le suceda a Seiya. Pero a mí sí… y escucha esto: a Shun también. Ignoro el concepto retorcido que tú tengas sobre la amistad, pero a un amigo no se le mata a mitad del monte sólo porque de repente te estorbó.

—¿Pero sí se le puede secuestrar y encerrar en un maletero, verdad? ¿Eso es lo que entiendes tú por amistad?

Hyoga le lanzó una mirada furiosa y se alejó unos pasos del vehículo a largas zancadas.

Estaba muy confundido. No tenía ni idea de qué hacer a continuación conmigo, ni a dónde ir a esconderse ni cómo salir del país. Todo se había vuelto patas arriba de la noche a la mañana. Fue a sentarse sobre el pasto a unos cuantos metros del coche, lejos de la presencia de su muy odiada cómplice y los berridos estresantes de Natasha. Quería invertir el tiempo en trazar un plan, pero estaba tan fatigado que en lugar de pensar se quedó dormido.

Lo despertaron las gotas de una llovizna que de pronto se volvió tormenta. Hyoga regresó a refugiarse dentro del auto. El cielo ya estaba oscuro y para enterarse de la hora exacta sintonizó la radio. El locutor anunció que eran las 7:48 p.m.

—Come —convidó June, pasándole unos sándwich que ella había preparado.

—¡Wack! Este jamón se está echando a perder —observó él, una vez que los hubo probado.

—Es por el calor. Hemos pasado todo el día viajando. Estuve revisando las provisiones que trajimos y me di cuenta de que la mayoría es comida perecedera. Dentro de poco no tendremos qué comer.

Hyoga se pasó el bocado con dificultad.

—¿Qué vamos a hacer? —Inquirió June, con desesperación.

—¡Maldición, mujer! ¿Cómo quieres que lo sepa? —Se crispó Hyoga.

En eso el coche sufrió una ligera sacudida.

—Ese es Seiya —apuntó él, aliviado de no tener que pensar en soluciones—. Ya le toca su dosis.

Salió y se disponía a abrir el maletero, cuando la luz de unos faros lo alertó justo a tiempo. Una destartalada camioneta Ford aparcó a su lado y el chofer bajó la ventanilla.

—Hola, hombre. ¿Problemas con tu nave? —Le preguntó el chofer en inglés.

Hyoga lo miró sin entender, escurriéndole el agua hasta por los codos. El hombre volvió a repetir su pregunta. Al parecer este señor pensaba que Hyoga era norteamericano, juzgándole, supongo, por sus fachas.

Hyoga no maneja bien el inglés salvo por una que otra frase, así que le tomó tiempo deducir qué intentaba decirle ese sujeto. Mientras pensaba, June abandonó el vehículo y se puso a un lado de Hyoga, mirando al conductor de la Ford de manera amenazante.

—¿Qué? ¿Nos ha descubierto? —Le preguntó ella a Hyoga usando el griego —¿Lo matamos?

Hyoga se espantó con la propuesta.

—¡Deja de proponer eso! —Le contestó en japonés —¿Estás loca?

—¡Oh, hablas japonés muy bien! —Sonrió el hombre entonces—. Mejor para mí.

Se bajó de la Ford con un paraguas en la mano. June se puso tensa de inmediato y adoptó una kata, dispuesta a romperle el cuello de una patada. Afortunadamente, Hyoga logró impedirlo dándole un pellizco.

—¿Qué tiene tu coche, amigo? —Preguntó inocentemente el señor, ignorante de la tentativa de homicidio de June —¿Necesitas ayuda?

—Es el radiador —respondió Hyoga distraídamente.

—¡Oh, eso es malo! Bueno, vengan a mi casa y duerman ahí. En la mañana, si quieres, vamos a buscar una grúa y remolcamos tu coche con el mecánico.

—Gracias, es usted muy amable.

—¡Nada! ¡Nada! —Rió el hombre—. Hay que ser amables con los turistas. Si un día voy a tu país, trátame igual, ¿eh? —finalizó, dándole unas palmaditas amistosas sobre el hombro.

—Je, je —rió Hyoga forzadamente.

June le jaloneó la playera con brusquedad para llamar su atención.

—No me gusta, es demasiado amable. Hay que matarlo —espetó en griego.

—No —contestó Hyoga en el mismo idioma—. Maldición, sospechas de todo el mundo.

—¿De dónde son? —Preguntó el chofer, mirando a uno y otro alternativamente —¿No son estadounidenses, verdad?

Llevaba una lámpara consigo y empezó a husmear con ella por la ventanilla del auto. June estaba con los nervios de punta y si no es por Hyoga, que la tenía sujeta por un brazo, ese hombre hubiese pasado a mejor vida antes de tiempo.

—¡Oh! Tienen aquí un bebito —Exclamó de pronto —¿Es niño o niña?

—Niña —respondió Hyoga. En seguida fue a sacarla.

—¿Cuántos meses?

—Uno y medio.

—¡Qué linda! —Sonrió el tipo, y soltó de repente: —¡Pero vamos a la camioneta, aquí va a pescar un resfriado!

Hyoga lo siguió mientras volteaba a ver a June apremiante, echándole miradas significativas al portaequipajes. Lo que Hyoga intentaba decirle es que no podía abandonarme en el maletero.

—¿Qué le pasa a tu mujer? —Preguntó el hombre una vez que se hubo subido a su Ford, dándose cuenta que June se había quedado estática a medio camino, mirándoles con desconcierto—. Háblale, no la dejes ahí parada.

Hyoga le lanzó una rápida ojeada a su compañera, muy nervioso.

—Amm… disculpe —dijo al chofer—, ¿puedo subir algunas cosas?

—Adelante, pero apúrate o te enfermarás.

Hyoga retornó al lado de June.

—¡No seas estúpida, no te quedes ahí parada! ¡Ya lo hubieras trepado en lo que te dábamos la espalda!

—¿De qué hablas?—Quiso saber ella. Hyoga rodó los ojos.

—¡De Seiya! ¿De quién va a ser? Ándale, ve a distraer a ese tipo en lo que yo lo echo ahí atrás.

—¿Cómo se supone que lo haga?

—Yo que sé. Enséñale pechuga o hazle plática; improvisa. ¡Anda, apúrate!

June abordó la camioneta muy sonriente y el hombre le regresó el gesto amablemente. Ella, sin dejar de sonreír y aprovechando que no traía sostén, se alisó la blusa mojada sobre las tetas. Al tipo se borró de inmediato la sonrisa y cambió su gestó por uno de boba estupefacción. Poco le faltó para que se le salieran los ojos.

Mientras, Hyoga batallaba para sacar mi cuerpo mojado del maletero. Tuvo que arrastrarme sobre el lodo tirando de mis tobillos para llevarme hasta la camioneta porque descubrió que era imposible sujetarme de los brazos con esa lluvia, pues me le resbalaba. Al final logró subirme a la camioneta y me cubrió con las lonas que el hombre llevaba detrás. Hyoga dice que casi se llevó un susto de muerte al ver que yo me retorcía, pues ya volvía en mí.

—¿Dónde dejé la jeringa? —Se preguntaba, esculcándose las bolsas.

Las continuas sacudidas terminaron por alertar al chofer, extrayéndole de las maniobras de distracción que llevaba a cabo June.

—Ya se tardó tu marido. ¿Pues qué tanto hace ahí atrás?

Intentó mirar por el espejo retrovisor, pero June lo sujetó de la cabeza y lo obligó a mirarla a ella. Para terminar de acaparar su atención comenzó a desabrocharse la blusa de manera sensual, sonriendo traviesamente.

—¡Aaay, cabrón! —Farfulló el tipo, clavándole los ojos en el escote.

En eso, Hyoga se subió.

—Listo —anunció, cerrando la portezuela. Se volvió y entonces se dio cuenta de que June estaba a medio encuerar —¡¿Qué haces?!

—¡Nada! —Respondió el hombre por ella rápidamente y arrancó.

El hombre (cuyo nombre es harto conocido gracias a Kurosawa, pero que aquí omito por motivos bochornosos y por respeto a sus familiares) era soltero y vivía solo en su granja. Hyoga y June hicieron del griego el idioma de su crimen, así que el señor no les entendía ni jota, pero por los ademanes violentos y el tono de voz exaltado que usaban entendió que la relación de esa pareja no iba bien. Erróneamente, creyó que June trataba de llamar su atención; así que mientras Hyoga se afanaba en atender a la llorona Natasha, quien había terminado enfermándose por los drásticos cambios de clima, el hombre aprovechó para escabullirse dentro del baño, donde minutos antes se había metido June para ducharse y evitar un resfriado.

—¡Fiu! ¡Qué curvas y yo sin frenos! —Dice June que exclamó él, recargado junto a la puerta.

Ágilmente, June se envolvió con una toalla y lo miró con espanto.

—Ocupémonos de lo nuestro mientras tu marido está entretenido —dijo el sujeto, avanzando hacia ella.

Alargó la mano para abrazarla y June lo rechazó de un arañazo.

—¡Aléjate, animal! —Vociferó ella en japonés para asegurarse de que le entendiera.

—¿Ani…? —Por unos instantes el hombre parpadeó, extrañado de que ella hablara japonés. Pero al darse cuenta del insulto y sabiéndose rechazado, se puso como energúmeno —¡Óyeme, zorra, fuiste tú la que me coqueteó desde el principio! ¡Ahora me cumples!

Un consejo, si un día cachan a una amazona en pleno baño y ella amablemente les advierte que se alejen con un: "Aléjate, animal", mejor háganle caso antes de que cambie de parecer o les pasará lo mismo que a este pobre tipo que ignoraba las reglas del Santuario. Este hombre se topó con que la chica que intentaba someter era más fuerte que él: al intentar arrinconarla contra la pared, recibió en un dos por tres un codazo en la mandíbula y un rodillazo en los bajos; fue derribado boca abajo y, aplicándole una llave, June le partió el brazo derecho en dos. Él gritó entonces, alertando a Hyoga y haciéndolo correr para ver qué pasaba. Pero ya era demasiado tarde, cuando Hyoga llegó al baño se encontró con que June ya había mandado a su anfitrión al otro barrio de una patada en la nuca que le fracturó la espina dorsal y, de pasada, el cráneo.

—¡AAAAGH! —Gritaba Hyoga —¡¿Pero qué hiciste?! ¡LO MATASTE! ¡LO MATASTE!

—¡Intentó pasarse de listo! —Se excusó June, respirando agitada.

—¿Y qué? ¡Lo hubieras dejado, no te vas a morir por echar pata! —Hyoga se llevó las manos cabeza y miró impotente el cadáver —¡Santo Dios! ¡Pobre hombre, y todo por intentar ser amable!

June estaba furiosa. Se indignó tanto que las palabras se le atoraban en la garganta y por un momento sólo pudo gesticular. Finalmente, incapaz de desahogarse como Dios mandaba, rompió a llorar:

—¿Amable? ¡Intentó violarme, pendejo! —Logró decir apretando los dientes, sintiendo que se ahogaba de coraje —¡Te dije que no me gustaba, que era muy sospechoso! ¡La gente no es amable porque sí! ¡Siempre quieren algo a cambio! ¡SIEMPRE!

June apartó a Hyoga de un empujón y salió corriendo. Hyoga, incapaz de comprender la supuesta irracionalidad de su compañera, salió al pasillo y gritó:

—¡Hey! —Señaló el interior del baño con energía —¡Hey, siquiera ayuda a enterrarlo, esto lo hiciste tú!

—¡Muérete, pinche mierda!

A Hyoga no le interesaba en lo más mínimo el herir los sentimientos de June con tanta saña, sólo tenía cabeza para Natasha y en lo mala que se le había puesto. En su mente todo era culpa de June, por haber puesto del revés el mundo perfecto que compartía con su hija de un día para otro de manera egoísta, sin importarle si tenía que sacrificar el bienestar de Natasha en aras de satisfacer su propia carencia de compañía y cariño.

La verdad sea dicha, él tampoco estaba siendo muy racional. Su completa falta de tacto y su incapacidad de ponerse en los zapatos de ella era prueba de ello. Quisiera saber qué hubiese hecho él si el dueño de la granja le hubiera pedido las nalgas a cambio del alojamiento que les estaba dando en lugar de a June.

El malestar de Natasha no pasó de esa noche, pues gracias a los tés y a los cuidados constantes que su padre le había dado, logró dormir lo necesario y amaneció repuesta.

Sin embargo, Hyoga aún debía enfrentarse a la problemática del cadáver en el baño. Buscó una pala para enterrarlo, pero cuando fue en busca del cuerpo se topó con que este había desaparecido. Temiéndose lo peor (que el tipo no estuviese muerto en realidad y haya salido a delatarlos con la policía), lo buscó por toda la casa y, cuando llegó al patio, se encontró con que June ya se le había adelantado. En ese momento, ella le tiraba encima las últimas paladas de tierra. Cuando acabó, se pasó un mechón de cabello detrás de la oreja y miró a Hyoga con determinación. Sus ojos todavía estaban enrojecidos por el llanto de la noche anterior.

Hyoga sintió vergüenza de sí mismo al verla, pero no le pidió disculpas. Ella tampoco reclamó. En ese momento, sin decir nada, se dieron cuenta de que iban en el mismo barco y que si no lograban trabajar en equipo terminarían por zozobrar. Hyoga se acercó a June y le tendió la mano; ella se la estrechó.

Así fue como dio inicio su pacto silencioso. Qué prevenciones, ni qué amenazas de nuestra parte; qué gritos, ni qué luchas encarnizadas de parte de ellos para definir un ganador. A final habían sido las desgracias en común lo que había terminado uniéndoles.

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Comieron y después abandonaron la granja de madrugada, a bordo de la camioneta del occiso.

Nadie descubrió el cuerpo hasta las 9:00 a.m. A Los empleados de la granja no se les hizo extraño que su patrón no se encontrara cuando ellos llegaron a trabajar porque, según eso, a veces solía pasar las noches en casa de sus amigos cuando se iba de juerga y se le pasaban las copas. En uno de los artículos de Kurosawa —buscando, creo yo, conmover a la gente que lo leyera—, se afirmaba que la mascota fiel del granjero, un viejo perro de la misma raza que Hachiko, se la pasó gañendo toda la mañana intentando llamar la atención de los hombres. Cuando al fin consiguió que uno de ellos lo pelara, el perro lo condujo al túmulo funerario donde horas antes él había desenterrado la mano del cadáver. Dicho artículo viene en el periódico amarillista El Vigía, amenizado con una foto a color de una mano cubierta de tierra.

Llamaron a la policía y ésta no tardó en asociar el asesinato con el robo del auto blanco (que resultó ser un Crysler), que encontraron abandonado cerca de la granja. Rápidamente se dio aviso a la prensa y los retratos de June y Hyoga aparecieron en todas las pantallas de Japón acompañados de la leyenda: "Son peligrosos y van armados. Si los ve, por favor, avise a la autoridades; no intente detenerlos por su cuenta".

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Al caer el crepúsculo, Hyoga estacionaba la camioneta fuera del camino.

—¿Qué pasa? ¿Por qué nos detenemos?

—Estoy cansado, necesito dormir, anoche Natasha no me dejó pegar pestaña.

—No podemos parar aquí. ¡Hay que seguir, pueden atraparnos! —Obviamente June se refería a nosotros, los Caballeros; desconocía aún que toda la policía japonesa estaba tras sus pasos.

—Sí, lo sé. Pero no puedo conducir medio dormido, podríamos chocar. No quiero arriesgar la vida de Natasha tan estúpidamente así que… —Hyoga se acurrucó en el asiento —no me queda de otra, te dejo a cargo: tú vigila y yo descansaré un poco.

June chasqueó la lengua, fastidiada.

—¿Ese es tu plan, oh, gran genio omnisapiente?

—No molestes, por lo menos yo propongo algo a diferencia de ti, que para lo único que eres buena es para ocasionar problemas.

June lo fulminó con la mirada y apretó los labios rabiosa; pero debía que, en parte, admitir Hyoga tenía razón. Se puso a tamborilear sobre el guarda codos de la camioneta, pensativa.

—Entonces enséñame.

—¿Eh? ¿De qué hablas? —Quiso saber Hyoga, sin abrir los ojos—. Déjame dormir.

—Enséñame a conducir —aclaró June—. Así, mientras tú duermes, yo avanzo y viceversa.

Hyoga abrió los ojos y la miró con incredulidad. Después de sopesar la idea unos instantes decidió que no había nada que perder.

—Bueno…

Le enseñó lo básico y al poco rato June ya estaba conduciendo sola. Hyoga estaba sorprendido al verla agarrar como si nada las curvas.

—Ya te puedes dormir —le convidó ella, sonriendo con satisfacción—; confía en mí.

Hyoga se había quedado con la boca abierta.

—¿Qué? —Soltó ella con tono agresivo —¿Tengo monos en la cara?

—¡V-vaya, estoy impresionado! —Reaccionó él—. Eres lista, ¿eh?

Era un alago, pero June no se lo tomó como tal.

—¡Deja de creer que soy estúpida! Eres tú quien confía en todo el mundo. Anoche dijiste que no tenía porque darle importancia a que el fulano asqueroso aquel quisiera cogerme hasta las amígdalas, pero no te pusiste a imaginar que pudo haberse pasado de listo con Natasha después.

—¡OH! ¡Pero qué burradas dices, mujer! —Se escandalizó Hyoga, incorporándose.

—¿Burradas? ¿Es que podemos hablar de mis errores, pero no de los tuyos?

Hyoga se puso colorado.

—Perdóname, no debí gritarte ayer —dijo, clavando su mirada en su regazo.

—Sí, no debiste —acotó June—. Debiste apoyarme. Para bien o para mal somos una pareja, y no está bien mandar a la chingada al otro después de que alguien intentó pasarse de listo con él.

Hyoga desvió los ojos a la ventana, incapaz de defenderse ante semejante acusación. Así transcurrieron varios minutos de incómodo silencio.

—Sabes —dijo él de pronto, sin dejar de mirar el paisaje como si este fuera muy interesante—, estaba pensando que… pues bueno, no eres tan mala. De hecho antes de que pasara todo eso… —carraspeó, poniéndose colorado —tú sabes…

—No, no sé —interrumpió June de malos modos, creyéndose atacada—. Si vas a decir lo que piensas de mi, dilo de una vez—. June paró la camioneta y enfrentó a Hyoga—. Yo también quiero decirte un par de verdades, para que te lo sepas.

Hyoga la miró poniéndose muy colorado, luego se rascó la mejilla y desvió la mirada de nuevo hacia la ventanilla.

—¿Ves cómo eres? Siempre que intento hablar contigo te pones agresiva. Detesto eso de ti, las damas no deberían ser así.

—No soy una dama, soy una amazona; que te quede claro. Toda mi vida me la he pasado entrenando duramente, rodeada de patanes como tú que creen que por ser mujer una no puede valerse por sí misma ni ser tan buen guerrero como ellos. Nunca en mi vida he pensado en cambiar mi manera de ser para darle gusto a alguien, y no voy a cambiar de parecer justo ahora.

—¡Cálmate! ¡Cálmate! No buscaba ofenderte. Me parece muy bien que seas independiente, pero… —Hyoga calló, pensaba decirle que también sería bueno que afinara un poco sus maneras, pero no quería alargar más esa pelea porque tenía sueño. Suspiró—. A decir verdad, eso fue lo que me llamó la atención de ti…

June se le quedó mirando impresionada, pero Hyoga agregó a toda prisa:

—¡No quiero decir que me gustabas ni nada por el estilo, es sólo que…! ¡B-bueno, eso: que me parecías agradable! Cuando Shun y yo íbamos a visitarte al restaurante, siempre estabas animada, sonriendo mientras trabajabas. Me parecía muy buena onda que una chica pudiese hacerse cargo de sí misma sin la ayuda de nadie.

June parpadeó varias veces y volvió su vista hacia el volante. Estaba un poco abochornada y confundida.

—Vaya, gracias —dijo, y al fin volvió a echar la camioneta a andar.

Hyoga sonrió.

—¿Sabes? Creo que tu único problema es tu tozudez de mula vieja.

June le sorrajó un putazo en el hombro, furiosa.

—¡AAARGH! ¿Y eso a que viene, bruta? ¡Te estoy haciendo un cumplido!

—¡Pues qué pendejo eres! ¡En la caverna de dónde vienes seguro "mula" ha de ser un gran cumplido, pero donde yo me crié eso es un insulto, baboso!

—¡Auu! ¡Qué carácter! ¿No se suponía que estábamos diciéndonos nuestras verdades?

—Mira, antes de que agregues más estupideces, ¿a dónde se supone que vamos?

—A donde sea, el chiste es huir— respondió Hyoga, tallándose el hombro con saliva.

—No podemos vivir dentro de un coche para siempre —señaló ella—, hay que buscar un refugio decente donde estirarse. Además la comida se nos va a acabar y sin dinero no podemos surtir más.

—Pues ya se nos ocurrirá algo.

—Ya que no tienes un plan, ¿yo puedo sugerir uno?

—¿Tienes uno? —Hyoga hizo una mueca de dolor, el hombro le punzaba.

—Claro déjamelo todo a mí. Tú descansa tranquilo.

—No voy a poder, creo que me fracturaste el hombro.

—¡Ach, qué chillón!

.

Debo hacer un receso para hablar del par de cómplices que se unieron al drama: Reda y Spica, las estrellas de rock que hace poco acababan de extinguirse.

Antes de dedicarse al espectáculo, estos dos eran aprendices de Caballero en la Isla Andrómeda. Ellos, junto a June y Shun, fueron los únicos sobrevivientes de la masacre que provocaron Milo de Escorpio y Afrodita de Piscis por órdenes de Saga. Caídos en desgracia y tachados de traidores, Reda y Spica intentaron recuperar el favor del falso Patriarca llevándole la cabeza de uno de los rebeldes y escogieron la de Shun, su compañero de entrenamiento, por ser para ellos más significativa. Lamentablemente, Shun no quiso cooperar por tan noble causa y los despachó a golpes hasta dejarlos inconscientes.

Dice su biografía "oficial" que Reda y Spica fueron descubiertos por un cazatalentos cuando salían del puerto, después de pelear con unos pandilleros (el "pandillero" Shun, mejor dicho). Tan impactado quedó el hombre con su look de metaleros y sus ojos de matones, contrastando drásticamente con sus caras de niños bonitos, que decidió en el acto que los convertiría en estrellas. Así nació Necrobis, que ocupó los primeros lugares de popularidad durante cinco años consecutivos.

Sin embargo, algo pasó por ahí; Spica se dio al vicio y, entre escándalos, el grupo se fue a pique. En su última actuación, Spica, todo drogado, se subió desnudo al escenario, roció a todo el mundo con agua de riñón y después se puso violento porque empezaron a vitorearlo pensando que era parte del espectáculo.

—¡Me cago en la madre que los parió, manada de imbéciles! —Vociferó Spica a través del micrófono —¡Todos me dan asco! ¡Son unas basuras que se emocionan porque unos artistetes les mean encima! ¿Quieren más mierda? ¡Pues aquí tienen mi real mierda, tráguensela!

Los periódicos cuentan que agarró a una fan y la subió al escenario levantándola del cabello. Ahí la hizo tragarse la caca (¡Iaaak, quiero vomitar!) ante la mirada del público que se partía de risa; pero fue hasta que Spica intentó violarla y ella a pedir auxilio aterrada, que la gente idiota se dio cuenta que aquello no era un show sino un acto de odio puro. Cuando intentaron detenerlo, Spica rompió los huesos de la mitad de los miembros de su banda, los hombres de seguridad quedaron varios meses en coma y hubo fans que tuvieron que abandonar el concierto en camillas. Necrobis se acabó y la pequeña fortuna que habían reunido se esfumó en pagar demandas y cuentas de hospitales.

Reda y Spica acabaron en un Chalet que el representante les consiguió muy, pero muuuuy lejos de la civilización. Ahí Spica podía emborracharse y hacer todo el espectáculo que quisiera porque no había nadie que lo oyera salvo Reda, que día con día se volvía más y más amargado.

Reda llevaba un diario, que había escrito en su afán de entender mejor cómo es que había acabado en tan deprimente situación. Lo hacía también para auto-terapiarse, pues aseguraba que los psicólogos sólo le decían lo que él quería oír con tal de chuparse lo que le quedaba de dinero.

Según cuentan sus páginas, esa noche Spica, medio ebrio para variar, miraba la tele mientras él observaba el paisaje por la ventana, intentando encontrarle un sentido a su muy vacía existencia.

—Redaaa, tráeme más cheve —eructaba Spica, rascándose su abultada barriga.

—Levántate tú por ellas, no soy tu criado.

—¡Redaaaaaaaaaaaa…! —Insistió Spica.

Reda se hartó y le arrojó un cartón de cerveza a los pies.

—¡Ahí está, atáscate como sólo tú sabes hacerlo, marrano asqueroso!

Spica siguió el consejo y al poco rato se empinaba la cerveza sin tomar aire siquiera. Reda lo observaba molesto y cruzado de brazos.

—¡Mírate! Ahí echado y ocioso hartándote de porquería como un cerdo. ¿No te da vergüenza? ¿Qué diría el maestro Albiore si te viera? ¡Has perdido tu dignidad, Spica!

—Bla, bla, bla… —contestó Spica, indiferente —¿Ya vas de nuevo con eso? Albiore está muerto y al Santuario le importamos un comino. ¿Por qué no vinieron a matarnos cuando casi me cargué a medio mundo en ese toquín? Acéptalo, Reda, tú al igual que yo vales menos que la basura.

Reda se enfureció por el comentario y de una patada en las costillas mandó volando a Spica al otro lado de la estancia.

—¡Habla por ti! ¡Eres tú el que echó su vida a perder no yo! —Escupió con desprecio —¿Por qué tengo que seguir a tu lado viviendo entre esta mierda?

Spica se rió de él.

—¿Por qué no te largas entonces y vas y recuperas tu "honor"? Yo te diré porque: eres un cobarde que no puede enfrentarse a la vida solo —se sentó de nuevo y levantó la botella—. Resígnate, compañero, no puedes vivir sin mí.

En ese momento pasaban por centésima vez en el noticiario la noticia de los asesinos June y Hyoga. Además de homicidas, les había dado por hacerlos parecer como una pareja de extranjeros que intentaban sacar a toda costa a un bebé robado del país. Spica observó todo con ojos vidriosos mientras destapaba otra cerveza.

—Mira: June ha hecho algo con su vida, a diferencia de nosotros, ¿ves? —Alzó la cerveza — ¡Brindo por ti, amiga, que al igual que nosotros te vuelves famosa de la noche a la mañana! Espero de corazón que la fortuna te favorezca mejor que a mí. ¡Salud!

—¡Borracho! —Rumió Reda con desprecio.

Tim Tum. Era el timbre que sonaba.

—¡Wow! ¡Visitas! —Exclamó Spica dando palmadas de emoción —¡Abre, Reda, abre, no es común que alguien se digne en venir!

Reda abrió y en el portal de su puerta aparecieron June y Hyoga. June lo empujó y se metió sin pedir permiso; Hyoga la siguió cargando a su hija en un brazo y a mí bajo el otro.

—¿¡Pero qué…!? —Reda se había quedado con los ojos de plato.

—Ahora no, Reda —interrumpió June, descargando el contenido de la pañalera sobre el sillón que le quedó más cerca.

Spica, al contrario de su sobrio amigo, salió al encuentro de June con los brazos abiertos.

—¡June, cuánto sin verte! —Dijo abrazándola—. Justo te veíamos ahora en la tele, ¿ves? —Y señaló hacia las noticias.

Hyoga frunció el ceño.

—¡Rayos! No puedo creer que Saori haya recurrido incluso a los noticieros para encontrarnos —se volvió hacia June—. Acuérdate de deshacernos de la camioneta por la mañana.

—¿Por qué no ahora?

—Sí, tienes razón—. Hyoga me dejó en el suelo y le dio la niña a Reda—. Ten, cuídamela.

—¡Un momento! ¡Alto ahí, criminales! —Gritó Reda amenazante—. Ni crean que vamos a ser cómplices de sus fechorías.

Hyoga miró con reproche a June.

—¡Dijiste que podíamos confiar en estos tipos!

—Confíen en mi —interfirió Spica—. Reda está muy desesperado por recuperar su honor y puede denunciarlos.

Reda le asestó una patada en el hocico.

—¡Tú cállate, pendejo! —Le gritó.

Natasha comenzó a llorar.

—¡Reda! —Chillaba June mortificada.

—¡Quítale a la niña! ¡Quítasela! —Gritaba Hyoga, intentando recuperar a su hija.

—¡Atrás, proscritos! ¡Los entregaré a la policía! ¡Quédense atrás! —Reda se apresuró a descolgar el teléfono sin dejar de ponerles cuidado.

—¡Reda, no grites, estás asustando a la niña! —Imploró June —¡Por favor, déjame explicarte, escúchame!

Para entonces Reda ya había marcado el numero de la policía; pero Spica, ni tardo ni perezoso, arrancó el cable para interrumpir la señal.

—¡Maldito seas! —Reda miró a su amigo con odio contenido—. Lo que tú quieres es que te reviente la cabeza, ¿eh?

—Escúchala, no seas imbécil —conminó Spica desde el suelo, trozando el cable en pedacitos con unas pinzas —¿Qué más da que le concedas un minuto o dos de tu valioso tiempo?

Pero Reda siguió en sus trece.

—¡No pienso escuchar las mentiras de una despreciable robachicos, asesina y secuestradora!

—¿E-eso han dicho de nosotros las noticias? —Preguntó June, mordiéndose los labios—. Es mentira; lo único que hemos hecho hasta ahora es intentar defender lo que es nuestro. Esta niña es nuestra hija y son ellos los que intentan quitárnosla sin derecho; no hemos hecho más que actuar en defensa propia.

—Pues en las noticias cuentan otra cosa: que se la secuestraron del hospital. Dime, June, ¿ahora te dedicas al tráfico de niños?

June y Hyoga no podían creerlo. Saori había llegado muy lejos.

—¡Estúpido, te estoy diciendo que es mía! —Estalló June muriéndose de indignación —¡Mírala —la señaló—, mírala y dime si no se parece a mí! ¡Es mi hija! ¿Quieres pruebas? ¡Aquí tengo la cicatriz de la cesárea! —Enseguida se medio bajó el pantalón para enseñárselas.

—¡Puagh! —Exclamaron Reda y Spica, asqueados.

—¡Bah! Eso puede ser una operación X, no necesariamente una cesárea —alegó Reda, ya que se hubo recuperado de la impresión.

—Sí, pero no puedes negar el parecido entre ellos —refutó Spica.

Reda miró a la niña muy a huevo, intentando de en balde no encontrar en su fisionomía los rasgos que compartía con los que se decían sus progenitores.

—Es inútil, Reda —continuó Spica —¿Cuántos niños nacen en Japón rubios y de ojos azules? Ésta vez tienes que aceptar que los medios mienten. Si intentas hacerle al héroe, sólo conseguirás el papel de villano.

Reda acabó cediendo, derrotado, y dejó que June recuperara a su hija.

—¿Nos ayudarán? —Quiso saber ella.

Spica sonrió, asintiendo.

—Cuenta con nosotros, nena.

Reda, aún de malas, giró mi cuerpo boca arriba con el pie.

—¿Y este qué pitos toca en el asunto? —Inquirió.

—Es un Caballero —Explicó Hyoga—. Son ellos los que nos siguen. No tengo que explicarles lo mal que la pasaremos si llegara a despertar; hasta ahora he logrado mantenerlo quieto a base de sedantes, pero pronto se terminarán.

—¿Y para qué te molestas en mantenerlo con vida? —Quiso saber Spica acuclillándose a mi lado—. Deberías matarlo y quitarte de chingaderas.

Ok. Ahora estoy seguro que lo de June venía de "familia". Quisiera saber qué tipo de educación recibieron esos tres de parte de su maestro, Albiore de Cefeo. Shun me recontra jura que su maestro era una persona íntegra que nunca hubiera lastimado a nadie sin motivo alguno y que la prueba de ello es él mismo… pero no le creo del todo; Shun ha sido pacifista desde niño sin necesidad de copiarle a nadie más.

Al oír la reiterada sugerencia, Hyoga agachó la cabeza.

—No quiere, es su amigo —dijo June a los otros dos para explicar el mutismo de su compañero.

—Hmm… —Spica se cruzó de brazos y miró a Hyoga con seriedad—. Pues pongámoslo así: eres tú o él.

—¡No lo mataré, eso queda fuera de discusión!

Enfurecido, Hyoga enfiló rumbo a la salida. Antes de que atravesara la puerta, June le dio alcance.

—Espera, ¿A dónde vas?

—Voy a deshacerme de la camioneta.

Hyoga se perdió de vista en la noche, dejándome expuesto a esa bola de locos que se morían por quitarme de en medio.

—¿Qué dices tú, June? ¿Nos lo cargamos? —Volvió a insistir el pelos azules.

—No. No quiero que Hyoga se enoje.

Spica se encogió de hombros.

—Como quieras, pero luego no te quejes.

Reda observaba todo cruzado de brazos, apoyado en la pared más alejada de la habitación.

—¡Bah! No hacen más que complicar el asunto más de lo debido —gruñó.

—Cállate, amargado; ve y enséñale dónde van a dormir.

De mala gana, Reda llevó a June a un cuarto y sacó un futón polvoriento del armario.

—Sólo hay este, pero es grande. Caben bien tu marido, tú y la niña si procuran no retorcerse en la noche.

—Lamento la molestia, no saben el apoyo que esto representa para mí. Les estoy muy agradecida.

Reda desvió la mirada, cohibido.

—¡Jump! No deberías fiarte de Spica, ha cambiado —dijo con tono agrio—. Ahora, cuando no anda tomado, está drogo; hoy la hace buen samaritano, pero mañana quién sabe con qué te saldrá. Si eres inteligente, dormirás aquí hoy y te marcharás mañana.

June intentó hablar más con su amigo, pero este se negó a alargar la conversación y se retiró. Minutos después, Hyoga regresaba, anunciando que se había deshecho de la camioneta tirándola al lago más cercano.

—Ahora podremos vivir sin preocupaciones una temporada. Ocupemos el tiempo en pensar en cómo salir del país. ¿Tú crees que tus amigos puedan ayudarnos?

June asintió, distraída. El darle bibi a Natasha, que casi se había dormido, la mantenía completamente desconectada del mundo.

—¿Ya no te llora? —Hyoga se le acercó y se sentó a un lado de ella, observando todo con curiosidad.

—No, parece que ya se acostumbró a mi presencia —contestó June apaciblemente.

Para ella resultaba un gran alivio tener un techo bajo el cual resguardarse sin sentirse amenazada. Se lo hizo saber a Hyoga, quien asintió comprensivo.

—Tus amigos parecen buenas personas —señaló —, aunque… Bueno, son un poco extraños.

—Bueno, Spica parece un poco cambiado. Antes era menos parlachín. Reda siempre ha sido un quejumbroso, así que no te ofendas.

June rió y Hyoga terminó por contagiarse.

—¿Y ese futón?

—Reda me lo ha prestado. Podemos compartirlo.

Hyoga volteó a verla con sorpresa.

—¿Cómo?

—¿Por qué te pones rojo? No me digas que estás pensando en cochinadas.

Hyoga carraspeó, avergonzado.

—¡No, cómo crees!

—Te lo he dicho porque el suelo está frío, no por otra cosa.

—Sí, lo sé.

—No creas que quiero contigo.

—Yo tampoco quiero.

Pusieron a Natasha en medio y se dispusieron a dormir. Hyoga me contó que él estaba tan nervioso, que tuvo que darle la espalda a las chicas para que June no lo notara.

Mientras ellos estaban disfrutando de la tibieza del futón, yo me había quedado a media sala resguardado por Spica, a quien le habían relegado la importante misión de mantenerme fuera de servicio.

Lo malo del asunto es que antes de traspasar el umbral de aquella casa, en el frasco de Hyoga sólo quedaba lo suficiente para una dosis. A Spica no pareció preocuparle mucho, la verdad; me la inyectó unos minutos antes de irse a acostar para asegurase de que mis quejidos no lo despertarían durante la noche, no porque tuviera miedo de que yo volviera en mí y le apretara el pescuezo, como hubiese imaginado cualquier otra persona en el completo uso de sus facultades mentales.

Pero como muy pronto descubriría, las facultades mentales eran algo de lo que Spica carecía desde hacía bastante tiempo.