Nota de autora: Cuando una idea se le presenta a alguien, es imposible ignorarla y no publicarla. Aunque muy probablemente sea el caso, espero que no se me haya colado ningún error. Espero que os divierta este 'último' capítulo.

Anuncio de responsabilidad: Todos los personajes pertenecen a Andrew W. Marlowe, a pesar de que han encontrado su propio camino a mi corazón.


"El teléfono, que interrumpe las conversaciones más serias

y pone fin a las observaciones más importantes,

tiene un romance propio."

-Virginia Woolf-


7. TQ


—¿Estás segura? —pregunta Castle por enésima vez, manteniendo las puertas del ascensor abiertas con una mano.

—Síííí Castle, estoy segura.

—Porque —continua él—, si necesitáis ayuda puedo cancelar la cena con Alexis.

—No. Creo que los chicos y yo podemos arreglárnoslas sin ti —Kate pinta sus palabras con un tono sarcástico—. Además, no nos llevará mucho más tiempo. Tú ve y disfruta de una velada con tu hija.

—De acuerdo —suspira convencido. A continuación, y aunque no hay nadie más en toda la planta, Castle baja la voz a un murmuro bajo y añade—. ¿Te veré luego? ¿Vendrás a pasar la noche?

—Sí, nos vemos en unas horas —Kate le da un pequeño empujón en el pecho, haciéndole retroceder dentro de la cabina del ascensor.

Con el ánimo renovado, Castle sonríe ampliamente y le guiña un ojo.

—Te echaré de menos —menciona él, apretando el botón de la planta del vestíbulo. Kate inmediatamente le responde poniendo los ojos en blanco. Este hombre no podría ser más cursi pero, por otro lado, le encanta oírselo decir.

—Adiós, Castle —se despide ella, agitando los dedos de la mano mientras se cierran las puertas del ascensor y él desaparece tras ellas.

Kate hace una corta parada en el cuarto de baño antes de volver a su mesa. No le da ni tiempo a sentarse cuando su móvil empieza a vibrar sobre el escritorio. Dejándose caer en la silla, se inclina sobre el teléfono y lee la palabra 'CASTLE' en la pantalla iluminada. ¿En serio? Beckett suelta una larga exhalación antes de contestar.

—¿…Sí? —su tono denota una pizca de irritación y cierta impaciencia.

—¿Ya me echas de menos? —murmura Castle, su voz grave y cálida pero a la vez burlona.

Kate puede oír al fondo las bocinas de los coches y el murmullo de las voces de la gente en la calle.

—Castle, acabas de marcharte. No estoy tan necesitada, ¿sabes? No todo mi mundo gira en torno a ti. Por mucho que quisieras que así fuera.

—Sí, lo sé. Es que-

—Si no dejas de distraerme, nunca terminaré —continúa ella, sin hacerle caso—. Así que, si no quieres nada, te dejo, ¿de acuerdo?—Beckett oye la puerta de un coche cerrarse y el ruido de fondo desaparece, y le visualiza subiéndose al asiento trasero de un taxi—. …¿Me estás escuchando? —pero él no responde, demasiado ocupado dándole direcciones al taxista—. Está bien. Castle, te voy a colgar.

—Espera un segundo, Kate.

—Adiós Castle.

—¡No! ¡Kate, espera! Sólo quería saber si-

—No, ya me lo contarás luego —le vuelve a interrumpir—. Voy a colgar. Adiós, hasta luego. Adiós, te quiero.

¡Oh, dios mío! Ha hablado tan deprisa que no es hasta después de terminar la llamada que Beckett se da cuenta de lo que acaba de salir de su boca. Ha sido por reflejo, pero acaba de decirle a Castle que... Kate se queda pasmada mirando el móvil en su mano. Pasan treinta segundos y la pantalla se vuelve negra. Lentamente deja el teléfono sobre la mesa y suelta el pequeño aparato como si le quemara los dedos. A lo mejor Castle no la ha oído, piensa ella. Quizá—

El ascensor anuncia su llegada a la planta de homicidio con un sonoro ding y las puertas correderas se abren. Pisadas acompasadas se bajan de la cabina y se desplazan pasillo abajo. Kate se queda inmóvil y aguanta la respiración, preparándose para lo que viene. Una figura pasa por su derecha, avanzando entre las sombras del corredor tras el tabique divisor, y en cuanto entra en su campo de visión, Beckett reconoce al guardia de seguridad del turno de noche. Kate cierra los ojos por un momento y no puedo evitar soltar un gran suspiro de alivio, su cabeza cayendo hacia delante hasta apoyarse contra el borde de la mesa. Se siente como si hubiera corrido los 100 metros lisos en un tiempo récord. Le falta el aire y los acelerados latidos de su corazón martilleando contra sus tímpanos amenazan con dejarla sorda. Todo está bien, piensa, y una risa nerviosa escapa de sus labios. Castle no la ha oído, vuelve a repetirse ella para sus adentros. Porque si lo hubiera hecho, ya la habría llamado o…

Kate levanta la cabeza de golpe y agudiza el oído ante unos lentos y extrañamente sigilosos pasos acercándose por detrás. No se atreve a volverse, no osa mirar por encima del hombro. Los pasos se detienen muy cerca a su espalda. Beckett traga saliva de forma exagerada y, manteniendo la mirada clavada en el suelo, gira la silla increíblemente despacio. Los zapatos de Castle aparecen ante sus ojos y, centímetro a centímetro, Kate alza la vista hasta llegar a su rostro, hasta encontrase con su mirada. Castle tiene la mano levantada, con el móvil todavía entre los dedos. Sus ojos azules están muy abiertos y su pecho se mueve visiblemente arriba y abajo con cada fuerte respiración. ¿Ha venido corriendo?, se pregunta ella e, inmediatamente, sacude esa estúpida idea de su cabeza.

—¿Me dices…? —comienza Castle—, ¿Me dices algo así, por primera vez y por teléfono, y luego me cuelgas?

—Yo… —las palabras se le atascan en la garganta.

—Kate —Castle llena rápidamente sus pulmones de aire y dice—, ¿Tú me…? ¿De verdad?

—Yo- yo supongo que… sí —Beckett se pone en pie, da un paso hacia él, inclinando la cabeza hacia atrás para mirarle directamente a los ojos, y le susurra—. Sí, así es.

Castle sonríe como un niño en la mañana de Navidad al ver los regalos bajo el árbol. Alarga el brazo y le coge los dedos a Kate. Ella le devuelve la sonrisa y simplemente se miran el uno al otro durante lo que parecen ser horas. De repente, Castle tira de la mano de Kate y la atrae fuertemente hacia él, capturando su boca en un apasionado beso. Beckett sabe que no debe ceder, sabe que no debe besarle en la comisaría, por la única y simple razón de que alguien podría pillarles. Pero la manera en que la está besando, la manera en que le acaricia la espalda, la manera en que moldea sus cuerpos, encajándolos perfectamente… Kate se olvida de dónde está y de todas las razones por las que debería parar, y le devuelve el beso con energía. Levanta los brazos y los envuelve alrededor del cuello de Castle, apretándose tan cerca de él que la hebilla del cinturón de Rick se le clava en el vientre.

Es un minuto muy largo de labios húmedos, de lenguas urgentes explorando la boca del otro, y de profundos gemidos reprimidos retumbando en el interior de sus pechos. Sin saber exactamente cómo, Kate termina sentada en el borde de su mesa. Cerniéndose sobre ella, Castle la atrae hacia sí por la parte baja de la espalda, forzándola a ladear la cabeza mientras le devora los labios. Cada vez se inclina más sobre ella, lo que la obliga a arquear la espalda hacia atrás en un ángulo demasiado inclinado. Ambos pierden el equilibrio y tienen que apoyarse poniendo las manos y los codos sobre el escritorio para no caer. Uno de los dos golpea la taza portalápices sobre la mesa y ésta se vuelca. El contenido se esparce por encima del escritorio y un par de bolígrafos ruedan al suelo.

Compartiendo una risa entrecortada, ambos se incorporan y se toman unos segundos para recuperar el aliento. Cuando Kate apoya la frente contra el pecho de Castle, él la rodea con los brazos y alza la vista, mirando por encima de la cabeza de Beckett. Y se queda rígido.

—Hola —suelta Castle con voz ahogada.

Ella se vuelve rápidamente.

Ryan y Esposito están de pie unos metros más allá. Hay dos cajas de cartón de pizza humeantes sobre el escritorio de uno de ellos y los dos detectives los están observando con dos inmensas sonrisas presumidas en sus rostros.

—Holaaaa —saludan los dos a coro, ambos moviendo la mano derecha en perfecta sincronización, como si de un par de gemelos idénticos se tratara.

Entre apartar a Castle para poder ponerse en pie y sonrojarse hasta notar las mejillas en llama viva, Beckett tarda unos segundos en serenarse lo suficiente como para encontrar su voz. Dios, acaba de ser sorprendida metiéndose mano con Castle.

—¿Cuánto lleváis ahí? —pregunta ella sin aliento, sintiéndose completamente cohibida y siendo perfectamente consciente del aspecto que debe de tener: el pelo revuelto y los labios muy rojos e hinchados.

—Oh, un buen rato —dice Esposito divertido, arqueando las cejas.

—Pensábamos interrumpiros si las prendas de ropa empezaban a volar por la oficina —añade Ryan, tratando de contener la risa.

Kate no lo cree posible pero nota como su cara empieza a arder con la sangre que se acumula bajo su piel.

—Eh, Castle —dice Esposito y le da un codazo de camarada a Ryan—, te sienta muy bien ese color de labios. ¿Es nuevo? —y los chicos se empiezan a reír a carcajadas.

Cuando Kate desvía la mirada hacia Castle y ve que gran parte de su pintalabios se ha corrido sobre la boca de él, intenta limpiarle rápidamente la mancha de carmín rojo del rostro con los pulgares.


Sentado en la parte trasera del taxi, de camino a su cena con Alexis, su móvil suena con la llegada de un nuevo mensaje. Castle lo extrae del bolsillo interior de su chaqueta y una gran sonrisa se extiende sobre sus labios cuando lee las siglas en el mensaje que le ha enviado Beckett.

"TQ."


Gracias :)