Bueeenooo... aquí es donde las fans de SC pueden arrojarme tomatazos por haber continuado este fic y no el otro xD El hecho es que se me ocurrió la idea, y bueno, como sufro de insomnio me dije que tenía que escribirlo u.u Espero que haya quedado bieen x3
Sé que no se entiende, pero relaaax~ Ya se irá sabiendo todo x3
Capítulo II:
El fuego reinaba por doquier. La sangre salpicaba su rostro, la sentía cálida y pegajosa. También sentía su propia sangre manando de una herida en su frente gotear por su nariz, su barbilla, espesando su cabello.
Se sentía tan débil y vulnerable...
El joven de cabello azul se arrojo a donde él se encontraba. El joven no aparentaba más de trece años, con un gran visible ojo azul y el otro, violaceo, con un brillante logo de una estrella con símbolos y letras dentro de éste. El joven paso las manos por su rostro, sin importarle la sangre. Pudo ver las hermosas y delicadas facciones de ese joven contraerse por el sufrimiento. La sangre goteó de los desnudos dedos del joven.
—Sebastian... —jadeó, horrorizado. El solo suspiró.
—Ci-Ciel... yo... tú estabas... —trato de hablar, más cada vez se le hacía más complicado. Un dolor se apoderaba con fiereza de su pecho, el mismo dolor que sentía que le estaba tumbando y enviando directamente al infierno.
—Demonio estúpido —blasfemo el peliazul, con lágrimas en sus ojos y una triste sonrisa en sus labios—. ¿Te das cuenta que estás rompiendo una promesa?
Le sonrió a aquel joven, y logro juntar las fuerzas suficientes para alzar su mano izquierda, en la cual relucía el mismo logo el cual el joven tenía en su ojo derecho Esa mano cayo suavemente entre las de el más joven, que acarició aquella marca como si de una cicatriz de guerra se tratase.
—Lo sé y lo lamento mucho, Ciel —el joven presionó con más fuerza las manos suyas sobre las de el—, pero es inevitable...
El joven ahí delante cerro los ojos con fuerza, y se pudieron contemplar las cristalinas lágrimas que comenzaban a crecer de aquella profunda mirada.
—Lo prometiste, Sebastian. Jamás me dejarías. No te irías hasta que pudieras devorar mi alma —el joven sonrió con amargura, mientras dos lágrimas espesas caían por sus mejillas—. Y ambos sabemos que ese día jamás llegará.
Como constate a sus hechos, el joven le observo, alineando ambos ojos: aquellos ojos grandes ahora ambos tenían lineas rosadas, brillantes, y un iris alargado y marcado. Pero el mayor solo sonrió No pudo evitar toser, y más sangre salio de entre sus labios, deslizándose por la comisura de estos.
El peliazul le contempló, aún con ojos demoníacos, pero llorosos de cualquier forma. Con el borde de su chaqueta limpio los restos de sangre que estaban en los labios del mayor, y trató de limpiar lo que aún manaba de la herida abierta de su frente.
—Ci-Ciel... —trató de hablar, más el dolor en su pecho se intensificaba cada vez más—. No tienes que...
Pero el menor no le hacía caso, hasta que su rostro estuvo casi limpio, con excepción de la herida abierta de su frente.
—Sebastian —alegó el joven, sonriendo con amargura—, soy un demonio, y, ¿que sería de mi si no pudiera hacer algo tan simple como ello?
El mayor no pudo hacer más que reír, aunque esta risa le causara más dolor del cual tenía.
—Haz aprendido bien, mi Ciel... —susurro él sonriendo—. Otra razón para que me dejes ir.
El joven negó con la cabeza, mientras las lágrimas ahora caían sobre las manos entrelazadas de ellos.
—N-no quiero... —insistió el demonio más joven, mientras apretaba más fuerte las manos del mayor contra las suyas—. Sebastian...
El mayor sonrió levemente.
—Estoy seguro haberte contado como somos los demonios... —susurro, tratando de mantenerse fuera de una negra barrera que adormecía sus sentidos. El joven de cabellos azules asintió, pero eso no impidió que más cristalinas lágrimas resbalaran de sus ojos.
—Somos... como las Aves Fénix... —susurro, mientras trataba de contener aquellas lágrimas de forma imposible. El mayor sonrió.
—Tú eres ahora un Ave Fénix, mi Ciel —indicó, sonriendo de forma dulce—. Mi dulce Ciel. Descansa. Y recuerda que volveré... ¿piensas que no me cobraría al bastardo que me hizo esto?
El demonio mayor se volteo para ver su propio cuerpo casi desangrado y desgarrado: los latigazos que rompian su espalda ya le hacían sentir puñales, y estaba seguro que sus caderas casi no se encontraban conectadas a su cuerpo. Y todo por un espada demoníaca.
Pero al menos había defendido a Ciel, el cual solo tenía razguños menores.
El menor de cabellos azules sonrió, regalándole al demonio esa dulce e inocente sonrisa que tanto amaba.
—A este paso harás un contrato —susurro el pequeño, acariciando el pálido rostro del demonio con ternura—. Asegúrate de que yo este cerca, aunque siempre lo estaré. Tan pronto te encuentre no me despegaré de tu lado. Es un juramento.
El mayor sonrió, mientras sus ojos se perdían entre si. El sentir felicidad para un demonio era nulo, el sentir amor menos. Pero ellos eran una extraña excepción felicidad y amor. La paz y armonía más perfecta que alguna vez pudiera haber. El encajar, a pesar de las diferencias, perfectamente uno con otro.
Los demonios no podían ir al cielo, pero estando juntos era su propio cielo. Su Paraíso.
—No jures en vano, mi dulce Ciel —susurro, mientras el joven reía suavemente—. No estarás al menos en el momento del parto.
El peliazul sonrió con sorna.
—Podría conseguir título de médico. O enfermero —indicó, riendo entre dientes. El mayor sonrió, pero esa sonrisa se fue desvaneciendo. La negrura que nublaba sus sentidos físicos ahora comenzaba a nublar su mente, haciéndole olvidar algunas cosas, como también haciéndole reparar que sus sentidos demoníacos ya no estaban más allí: no sentía más el aroma a las almas desperdiciadas en aquel viciado lugar, no sentía más que la sangre en su paladar, y tampoco podía sentir su fuego interior: naturalmente eso sucedía siempre, el sentirse atrapado, encerrado, encarcelado dentro de un cuerpo humano el cual nada se comparaba al suyo propio. Ahora no sentía un cascarón, y se sentía más pegado a ello que jamás.
Lo supo y lo sintió al ver como el contrato de su mano se borroneaba, se difuminaba de a segundos... ¿o era su vista? No. Era el contrato, el cual fue perdiendo brillo y forma, a la misma forma que el ojo de Ciel, hasta que casi un minuto luego de que el demonio menor estuviera allí, pasando sus manos por el cabello suave de Sebastian, pudo ver con maravilla sus dos grandes ojos azules. Y sonrió suavemente.
—Ya es legal —suspiró—. No me queda mucho tiempo.
El menor enterró su cabeza llorosa entre el cuello del pelinegro.
—Te amo —susurro—. No lo olvides. Por favor. No me olvides.
—Yo también le amo, my Lord —susurro el mayor, sintiendo sus fuerzas ir menguando—. No tengo intención de olvidarte, Ciel. Y tú recuerda de ir por mi.
Ambos rieron y sus labios apenas se rozaron, con un beso suave, tenue.
—A-acaba de llegar... —tartamudeo el peliazul—... el... shi-shinigami —jamás se había visto más triste, con ambos ojos enrojecidos y lágrimas corriendo por sus mejillas.
—Dime que no es Grell —rogó el pelinegro, robándole una sonrisa al demonio.
—No. No conozco su esencia Quizá sea... un novato —indicó, mientras sus labios se posaban suavemente, de forma tierna, sobre los del pelinegro—. Te extrañare.
—Que va —Sebastian uso lo que le quedaban de fuerzas físicas para encogerse de hombros—. Solo extrañaras mis postres.
Ambos rieron y volvieron a unir sus labios en aquellos suaves besos de ternura, amor, cariño mutuo...
—Si tu cuentas como postre, si, los extrañare —susurro casi contra sus labios el ojiazul, haciendo que el pelinegro sonriera. Sus ojos castaños soltaron unas últimas chispas.
—Te amo.
—Como yo a ti —le aseguro el demonio al hombre, el cual casi moribundo le sonrió antes de volver a atrapar sus labios en ese último beso...
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Movió la cabeza, confundido, sintiendo lágrimas en sus ojos. También sentia una presión que le consumía, una agobiante pena arrastrando su pecho hacía abajo. Y pudo sentir un sutil y suave roce contra sus labios, ¿o había sido parte de aquel confuso sueño? ...
Abrió los ojos cuando un rayo de luz le dio en el rostro.
—Buenos días, my Lord —oyó la profunda voz del joven, de no más de diecinueve o veinte años aparentes, al abrir las cortinas—. Son las diez de la mañana, le he dejado dormir hasta tarde ya que anoche se desveló bastante. Acabo de preparar el desayuno: té Earl Gray, y tiene para elegir con que quiere acompañarlo: bizcochos tostadas o pastel de merengue.
Sebastian alzo las cejas cuando el peliazul se volteo y le sonrió, acercando a la cama en la que se encontraba una bandeja que deposito delicadamente sobre una mesa de luz vacía junto a la cama. Eso le extraño al joven pelinegro: estaba seguro que antes de dormirse observo un reloj, un cuadro dado vuelta y varios libros de portada negra justo allí arriba.
El peliazul sirvió té en una delicada taza de porcelana, mientras dejaba un lado la azucarera. Sebastian contempló con exactitud la forma de servir el té, o mejor dicho, hasta donde, y la cantidad exacta de azúcar que le puso: dos cucharadas y media, para revolver con delicadeza y alcanzarle el té al joven aún con rostro de dormido.
Sebastian se paso una mano por los largos mechones negros y observó lo que se le observaba. El té cálido parecía ser lo mejor, ya que fuera del fuego de su sueño, el día estaba helado.
Se sentó en la cama para sujetar la taza con cuidado; el contacto de esta contra sus dedos helados ardió, pero era solo la sensación del momento. Y de todas formas, Sebastian estaba acostumbrado a dolores peores luego de aquel tiempo de encierro y prisión.
Ciel quedo observando cada movimiento del niño: el revolver aún más e inhalar el aroma antes de beber, y tratar de hacerse el fuerte. El peliazul no se contuvo.
—Me cabe decirle que está recién hecho. Quizá pueda quemarse un poco.
Se gano una mirada de odio de el pequeño, y rió con suavidad.
Sebastian bebió otro sorbo, saboreando el sabor. Hacía tanto tiempo que no bebía té... la última vez que había tomado algo así había sido con su hermana y su molesto juego de muñecas en el cual había incluido a su madre y a su padre, más muñecas, y él. De esa escena quedaron millones de fotos; claro, cuando Angelina vestía de hombre era regañada suavemente, pero claaaro, cuando a Sebastian le ponían un delicado gorrito rosa y le obligaban a usar vestido sobre sus ropas, todos querían fotografías de ello.
Soltó una risita cuando recordó como misteriosamente la mayor parte de esas fotografías fue a parar al triturador de basura. Pero no contaba con la astucia de su madre de haber sacado copias. En esas ocasiones, Julieta Michaelis, su tranquila y dulce madre, iba a años luz más allá de las travesuras que Sebastian podía hacer.
El peliazul alzo una ceja, curioso, cuando vio que el pequeño reía con picardía.
—Si me disculpa, my Lord, ¿de que se ríe —dudo, haciendo que el niño volteara la vista hacía él y le regalase una gran y radiante sonrisa.
—De una vez que tire fotografías vergonzosas al triturador de basura y mi madre ya tenía copias extra por si a esas fotografías le llegaban a pasar un "accidente" —el menor abrió y cerro comillas con una mano libre. Ciel sonrió, y sacudió su cabeza.
—Al final no me dijo que quería para acompañar su desayuno. ¿Bizcochos, tostadas o pastel? —volvió a preguntar, y el niño se encogió de hombros.
—Tostadas —murmuro, mientra bebía otro sorbo—. ¿Cómo sabías la cantidad exacta de azúcar?
El demonio empalideció.
—Intuición —susurró, mientras recogía la bandeja de la mesa de luz—. Ya le traigo las tostadas. ¿Con algo más?
—Mantequilla —respondió el pequeño, sonriendo suavemente—. ¿Tú no desayunarás? —dudo, mientras observaba al demonio retirarse por la puerta. Este le sonrió nuevamente, con picardía.
—Es que mi desayuno aún no está listo, my Lord —le indicó y se marchó antes de que el niño pudiera hacer más preguntas.
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Sebastian apenas cabía de entusiasmo mientras se frotaba la toalla por el cabello húmedo, ya que había insistido en hacerlo él y no dejar que su demonio le ayudase. Parecía botar en el lugar de la emoción. Aún no sabía cuanto tiempo había pasado desde su secuestro hasta el día anterior —le calculaba más de ocho meses... aunque sería exagerado de todas formas—, pero estaba emocionado por ver a su familia. A sus padres, a su madre, a su hermana... Y esta vez Ciel seguro los protegería a todos, así nadie los separaría hasta que cumpliera su venganza y el demonio de cabello azul devorase su alma.
Eso era lo que había planificado el pelinegro de forma mental. Y eso se imaginaba mientras el demonio peliazul trataba de ayudarle con los botones de una gabardina negra que le quedaba como tapado hasta casi el suelo.
—My Lord, si no le molesta que le haga notar, está hiperactivo —murmuro el demonio, de forma pícara.
El niño asintió con la cabeza, sonriendo.
—¡Voy a ver a mis padres, Ciel! —chilló—. Luego de tanto tiempo, luego de las torturas, podre verlos, abrazarlos... —el niño sonrió, perdido en sus ensueños, sin percatarse de la expresión amarga que nublo los ojos azules del demonio. Una expresión de dolor, de amargura y resentimiento al mismo tiempo que duro hasta que una máscara de falsa felicidad le cubrió al mirar a los ojos de su amo nuevamente.
—Si, espero que se busque una excusa convincente para que sus padres me dejen pasar tiempo con usted, Amo —indicó el demonio, y el niño rió, posiblemente pensando en las excusas.
—Solo puedo decirte que te agradarán mis padres —indicó el niño, riendo—. Y mi hermana, Angelina. Es demasiado bonita, creo que cuando sea mayor deberé perseguirla con una escopeta para ahuyentar a los chicos que la persigan —rió el pelinegro, con una risa que le dio un espasmo de dolor a el demonio: de a ojos cerrados y sonrisa cómica—. Te aseguro que te agradará conocer a mi familia.
—Si son como usted, Amo, será todo un honor —respondió el demonio, sonriendo con suavidad, escondiendo su dolor.
De veras odiaba mentirle.
.o.O.o.O.o.O.o.O.o.O.o.
Y aquí~ ¿Que les parece? Aviso que respondo cualquier tonta pregunta que me hagan, de veras xD Este capítulo originalmente contaría historias, la de Sebastian y la de Ciel, pero se me ocurrió el sueño y... la historia puede esperar xD
xoxo-death~!
