Q: Muy pronto tendremos que marcharnos.-Susurró acariciando el rostro de la morena.-Corremos peligro aquí.
R: Iré a donde tu vayas.-Respondió besando la mano de Quinn.
Q: Te amo.
R: Que suerte, porque yo también te amo.
Se quedaron algunos minutos en silencio, mirándose y acariciándose, disfrutando la una de la otra como pocas veces podían hacerlo. Y las dos presentían que ya no les quedaba mucho tiempo.
-Majestad.
Quinn se incorporó rápidamente, tratando de cubrir su desnudes y la de Rachel con las sabanas.
Q: ¿Qué acaso nadie sabe pedir permiso para pasar?.-Preguntó entre dientes, mirando al pobre sirviente que temblaba por la reacción de la rubia.
-Lo siento, pero es una emergencia.-Susurró.
Rachel sostenía entre los brazos el frágil cuerpo de la rubia mientras esta sentía que su mundo se derrumbaba.
El pequeño Luis José, el Delfín de Francia, próximo heredero de la corona, había fallecido.
Ahora su cuerpecito descansaba entre los brazos de su madre, llenándolo de besos y caricias, tratando de despertarlo en vano.
-El pueblo ha tomado la bastilla.-Informó un mensajero a la corte real, bueno, a los pocos que quedaban.-Amenazan con destruir el palacio real. Reclaman la cabeza de los reyes.
El rey se levanto de su asiento, dando vueltas por la habitación, tratando e pensar claramente.
Q: Envíen tropas para combatirlos.-Dijo de repente y todas las miradas se posaron sobre ella.
-No podemos hacer eso, sería provocarlos.
Q: Al contrario, estaríamos educándolos.
-Majestad.-Se dirigió al rey.-Ciertamente es usted el que tiene la ultima desición, no su esposa, pero le aconsejo que no tome en cuenta su aportación, no está en posición de opinar aquí. Ya bastante ha hecho.
Quinn lo miraba insistentemente. Sabía que tenía buenas intensiones, como proteger a su familia.
-Envíen tropas.-Declaró finalmente.
A las 9 de la noche en punto comenzaron a escuchar los gritos enfurecidos del pueblo acercándose al palacio. Bieldos, antorchas, palos, piedras, incluso algunas armas se podían ver entre los habitantes. Gritaban obscenidades a la reina, algunos incluso portaban cuerdas prometiéndole la muerte con ellas.
Quinn y sus hijos estaban recostados en el cuarto de la primera, Rachel y otras dos damas los cuidaban y alimentaban.
Todo era silencio, salvo por los murmuros lejanos que lograban penetrar las paredes De repente algunos ruidos de vidrios rompiéndose y los vítores de la gente los pusieron alerta.
Golpes estrepitosos se dejaron escuchar en la puerta de la habitación. Una dama se apresuró a abrirla.
-Escondan a la reina, vienen por ella.
Rachel se levantó inmediatamente, con ayuda de otra dama retiró las sabanas de los niños y de Quinn. Ayudó a Quinn a bajar mientras las otras preparaban a los niños.
Con las manos temblorosas y algunas lagrimas que amenazaban con brotar de sus ojos la morocha comenzó a vestir a la ojiverde errando algunos botones.
Q: Hey.-Llamó su atención tomando sus manos.-Tranquila, todo estará bien
Media noche. Quinn, su esposo y sus hijos viajaban en una carroza encubierta, tratando de pasar desapercibidos por los pobladores.
Para su descontento Rachel se había marchado un poco antes.
Su esposo (a quien no le agradaba Quinn) llegó en cuanto se enteró de la revuelta para sacar a la morena de ese lugar, no sin antes sonreírle petulantemente a la rubia por la forma en la que Rachel corrió a sus brazos una vez lo vio (porque también estaba consiente de los rumores que circulaban por toda Francia sobre las dos y su intima "amistad").
Ahora estaba sola con sus hijos y su esposo, lejos de su apoyo moral y cordura, porque eso era Rachel para ella, su cable a tierra, su pócima a la realidad.
Rachel
Lamentablemente no puedo decirte mi localización ni tu la tuya, pues temo que esta carta termine en manos incorrectas.
Me sentí por la labor de saber algo de ti y que tu sepas algo de mi, pues pienso que puedes estar preocupada por mi situación, pero quiero que hasta que escuches el rugir del pueblo dando vítores y danzando sobre mi cuerpo inmóvil, no te aflijas, pues eso quiere decir que me encuentro bien, no tanto sin ti a mi lado, pero por lo menos respiro.
Pero cuéntame, ¿Cómo estás? ¿Qué haz hecho en estos dos últimos días?
Yo estoy bien, las ocurrencias y travesuras de Teresa y Carlos me mantienen consiente, y claro, un buen libro también ha ayudado un poco. Lo único de lo que me quejo es del terrible dolor de espalda que me provoca el estar sentada por mucho tiempo.
En fin, tengo que dejarte, tenemos que seguir con el recorrido.
Si piensas responder, por favor hazlo con el mismo mensajero y no incluyas cosas privadas.
Con cariño
Quinn
Quinn
Lamentablemente tu carta ha llegado tres días después de su envío. En verdad me sorprendió la facilidad con la que tu mensajero me localizó, según mi esposo estamos en un lugar altamente seguro y nadie nos molestará. Después comprendí porque. La familia de Finn (menos Harmony, por supuesto) están a favor de la revolución. Que hipócritas. Primero te adulaban y besaban tus pies y ahora quieren tu cabeza en una cesta (de solo pensarlo me dan escalofríos).
Mencioné a Harmony, ella está bien y te manda saludos, al igual que Santana, está viviendo con nosotros, mas precisamente en el cuarto de Harmony, ya sabes.
Te he extrañado tanto estos días, no pensé que fuera tan insoportable el separarme de ti, pero ahora que lo estoy viviendo me doy cuenta de que es una tortura, lenta y dolorosa.
Me alegro de que Teresa y el pequeño Carlos tomen esto a ala ligera y no se fatiguen pensando en lo que podría pasar (quisiera ser ellos)
Y bueno, prácticamente no he hecho nada mas que discutir temas triviales con mi suegra y pasear por os jardines con Harmony y Santana. Y en cuanto llega la noche rezo por ti y por tus dos angelitos, para que lleguen sanos y salvos a su destino.
Espero que esta carta llegue a tus manos con el tiempo indicado, pero imagino que no lo hará.
Sinceramente tuya.
Rachel.
Quinn terminaba de leer la carta con los ojos llorosos. Cuanto extrañaba a la morocha, a sus tres morochas en realidad. Ahora que lo pensaba se le hacía muy extraño que fueran morenas las tres.
Sacaba una hoja y el tintero para comenzar a escribir la respuesta a la carta cuando el carruaje se detuvo. No se alarmó, pues sabía que llegarían a un punto de revisión arreglado para que los dejaran pasar.
-¿Quién está en el carruaje?.-Se escuchó que preguntaban, y pronto supieron que los habían atrapado.
Se suponía que el guardia reconocería el carruaje inmediatamente, y sin hacer una sola pregunta los dejaría pasar, pero estaba sucediendo lo contrario.
La puerta se abrió de golpe, su primer instinto fue abrazar a sus hijos, por nada del mundo dejaría que les pusieran una mano encima.
Un hombre los observaba, pero pronto fueron dos, después tres.
-Son los reyes.
-Si, son ellos.
-¡Son los reyes!.-Gritó.
Pronto el carruaje se vio rodeado de personas, muchas personas. Gritando y golpeando el carruaje trataban de entrar para tomar a la reina y hacer justicia ahí mismo, pero una voz conciente ordenó regresarlos a París para entregarlos a la justicia.
El carro reanudar su marcha, dando la vuelta para volver a la ciudad. Sus hijos lloraban aterrados de los gritos y golpes y ella solo podía rezar en su mente.
Esperando que Rachel también rezara por ella.
Por capítulos como este pienso que no escribo bien :/
(El penúltimo capitulo, por cierto)
