Título: Revenge.
Fandom: -Man.
Personajes: Allen Walker, Lenalee Lee, Lavi, Kanda Yu, Howard Link, Emilia Galmar, Road Kamelot y Tyki Mikk.
Reto: Creepy Manor.
Resumen: Fue un grito tan desgarrador que Lenalee sintió que le arañaba el alma, y pronto tuvo la imperiosa necesidad de salir corriendo de la habitación y desaparecer de la casa. Su desesperación al descubrir que no podría hacerlo sería tal que casi prefería haber sido la primera en morir.
Notas: Este fic lo ideé para el reto 'Creepy Manor' de la 'dotación anual de crack' propuesta por la comunidad crack_and_roll de livejournal. Hacía muchísimo tiempo que quería escribir una historia así y poder hacerla para esa actividad fue realmente refrescante en su momento. Ahora que he terminado de leer la magnífica novela de Diez Negritos de Agatha Christie, he decidido sacarla del trastero, desempolvarla, actualizarla para que sea más completa y subirla a esta página. Evidentemente nunca podré igualarme al genio de esa mujer pero… ¡Espero que os guste! ^^
PD: Tengo intención de dividirla en varios capítulos cortos para mantener vuestra intriga en alza. ¿Verdad que soy malvada?
Revenge.
El primer encuentro.
Miró su reloj de pulsera, con los nervios completamente de punta, comprobando que faltaban escasos minutos para que diesen las cinco de la tarde. Sin embargo el día no avanzaba lo suficientemente rápido, y eso sólo conseguía desesperarla todavía más, teniendo en cuenta el estado en el que se encontraba. Incapaz de mantener la tensión que rodeaba el ambiente del coche alargó el brazo para encender la radio y dejó que la música lo llenase todo, disipando un poco así su sensación de malestar. Pero la inquietud no desaparecía del todo, haciéndola sentir un nudo en la boca del estómago que no desaparecía bajo ninguna circunstancia. Bufó, agobiada, y el conductor del vehículo, situado a su derecha, sonrió abiertamente.
—Tranquilízate. Todo va a salir bien.
No demasiado convencida asintió con la cabeza a intentó dejar la mente en blanco sin éxito alguno, porque demasiadas cosas pululaban por su cabeza.
Cualquiera que la conociese podía decir sin reparo que Lenalee Lee nunca había sido una persona en exceso desconfiada. Su infancia había sido dura y tormentosa, pero aún en su soledad y en su tristeza, al final siempre había encontrado la forma de abrirse a los demás para establecer una relación con ellos, debido a que tenía una naturaleza amable y un corazón honesto. Sin embargo, mientras Allen conducía por aquella vieja carretera hacia un lugar que nunca habría pensado que existía, se preguntaba si hacían lo correcto.
En sus manos blancas estaba arrugada la invitación que les había llegado días atrás para acudir a una mansión de la mano de un hombre que se hacía llamar el Conde Milenario, a quién su novio aseguraba conocer, pero de quien jamás le había dicho ni media palabra. El mensaje que la acompañaba era simple y contundente.
Conozco tu verdad, Allen Walker.
Esa que te atormenta desde hace tanto tiempo.
Dentro de cinco días ven a mí si quieres saber más.
Recordaba perfectamente la expresión del rostro de su pareja al leerlo. Allen había palidecido por completo, y se había encerrado tras ello durante horas en su estudio. Cuando ya había pensado que no iba a verle en lo que quedaba de día, salió con expresión pensativa en el rostro para informarle de que iría a la dirección que estaba en el remite del sobre.
No le había comentado nada absolutamente al respecto de la carta, sólo que Lavi había recibido una notificación similar –no tenía ni idea de cuándo o cómo disponía de esa información– y que él también iba a acudir, movido por la curiosidad. Kanda también iría, si bien sólo para acompañar al pelirrojo en semejante "aventura", y habían acordado verse directamente allí.
Al principio había intentando convencer a Allen y a sus amigos de que acudiesen a la policía para que ellos investigasen semejante misterio, que no fuesen a la cita, porque era todo demasiado sospechoso y no había forma de que la cosa terminase bien, pero ninguno de los dos había accedido. Kanda tampoco había resultado de gran ayuda, así que, inquieta y con la certeza de que algo malo iba a suceder, había presionado a su pareja para que le dejase acompañarle. Allen se había negado en rotundo, pero ella había sido tan pesada que al final, ahí se encontraba, sentada a su lado mientras conducía por esa antigua carretera.
—¿Queda mucho? —preguntó, desviando el rostro hacia él.
Allen la miró de soslayo con sus ojos grises y sonrió con dulzura, alargando la mano más cercana un instante para tomar la de ella, buscando apretarle los dedos.
—Tranquila, estaremos allí en unos minutos.
La muchacha se limitó a asentir con la cabeza, haciendo que su melena oscura bailase al mismo son, antes de perder la mirada más allá del cristal de la ventana de su lado del coche. Sonaba una canción cuyo nombre no conocía pero que tenía una tonada triste y lejana, casi melancólica. El cielo ennegrecía al otro lado, con la promesa de una buena tormenta. Eso no le gustó absolutamente para nada, porque hacía unos pocos metros que los caminos que atravesaban con el coche eran de tierra y el agua de lluvia sólo conseguiría convertirlos en lodazales, lo que impediría a los vehículos poder retroceder bien.
Se sintió un poco inquieta ante el origen de ese pensamiento, porque si su mente estaba pensando en escapar, era porque el miedo y la inquietud la estaban dominando. Por un momento pensó en la novela Diez Negritos, provocando que un escalofrío recorriese su espalda.
"Basta, Lenalee, deja de comportarte como una niña. Esto no será nada. Nada."
Tal y como Allen había prometido, una enorme mansión rodeada de una densa foresta, casi escondida en lo más profundo de aquel lugar, apareció al girar una última curva. Parecía vieja, pero no por ello abandonada, y a sus pies había varios coches más aparcados. Reconoció al de Lavi entre ellos, y se alegró al pensar que ya estaban allí, consiguiendo, por primera vez en varios días, distraer sus ideas de los pesimistas pensamientos que la habían acompañado los últimos días.
Prácticamente no se hubo detenido el motor y se podía decir que ella ya había saltado sobre las mullidas hojas caducas, tostadas de color dorado, deseosa de echarse sobre los brazos de sus amigos. Hacía muchos meses que no les veía porque sus respectivos trabajos les tenían realmente ocupados. Con todo y con eso esperó a que Allen saliese del vehículo, cogiese su macuto del capó, y se acercase a ella para entrar los dos juntos en la mansión, agarrados de la mano. Los dedos de él le recorrían los suyos para intentar tranquilizarla, a sabiendas de que no había nada en ese lugar, salvo quizás su propia presencia y la de sus conocidos, que le inspirase confianza.
Con decisión, alargó el otro brazo para agarrar el aldabón, utilizándolo para golpear la puerta varias veces. Percibió, entonces, como un murmullo al otro lado de la puerta se apagaba, y unos pasos apresurados se dirigieron hacia la entrar para abrir. No tuvieron que esperar más que unos pocos segundos.
—¡Lavi! —Lenalee se soltó de Allen para echarse sobre los brazos de su amigo, que la recibió con una sonrisa, como siempre.
Se trataba de un joven alto, el pelo rojo e indomable y la piel tostada por el sol, muestra de que se había pasado la mayor parte de su vida trabajando al aire libre. Lavi nunca había tenido un puesto demasiado definido; disfrutaba dando vueltas por el mundo, aprendiendo y enseñando a los demás. Había estado en tantos países, conocido a tanta gente y aprendido tantos idiomas que siempre, siempre, tenía algo que contar.
Su tutor, un hombre sin nombre conocido como Bookman por la gente de la región, le había inculcado esa sana costumbre, que había seguido a rajatabla prácticamente desde los dieciséis años. Sin embargo, unos tres, cuatro años atrás en el tiempo se había establecido por la zona porque la policía había empezado a requerir de él para intentar resolver algunos casos, nada demasiado grave ni serio, que simplemente se escapaban de sus manos. La prensa le había apodado 'el nuevo Sherlock Holmes', aunque él aseguraba que distaba de poseer el ingenio del susodicho personaje.
—Aunque no tanto —solía agregar siempre con ojos pícaros.
Había conocido a Lenalee siendo muy niña, cuando aún llevaba coletas y faldas de cuadros, en uno de sus tumbos por el mundo, y aunque no habían estado contactando mucho a lo largo de todos estos años, su amistad seguía tan fuerte como el primer día. Allen, por su parte, había dado con él al empezar a salir con la chica, apenas unos años atrás, pero siempre habían tenido una buena relación, ya que Allen era un joven muy cordial y Lavi, simplemente, sabía cómo caer bien.
El por qué había sido convocado con tan misteriosa nota era todo un misterio, puesto que nunca antes habían tenido relación alguna los dos.
—¡Lenalee, Allen! ¡Ya se me hacía extraño no veros aquí! Llevamos más de una hora esperando por vosotros.
Se hizo a un lado para que ambos pudiesen acceder al interior. Tras aquello, le tendió la mano a él para apretarla con fuerza, golpeándole fraternalmente en la espalda con la otra mientras caminaban hacia el que debía de ser el salón principal.
—Los caminos por esta zona no son precisamente los mejores del mundo. Además, nos perdimos un par de veces porque las indicaciones para llegar a esta casa son funestas.
—Desde luego. Afortunadamente Yu tiene mejor sentido de la orientación que yo y sólo dimos una vuelta de más antes de encontrar el sitio.
Al llegar a la habitación se toparon con tres personas más. Una de ellas era conocida por los dos recién llegados: Kanda Yu. Su pelo oscuro, recogido en una cola alta, y sus ojos fríos, eran absolutamente inconfundibles para nadie que le hubiese visto al menos una vez. Permanecía sentado, hierático, en uno de los sofás que había en el centro de la enorme sala, con los ojos fijos en ninguna parte. Únicamente hizo un gesto —girar levemente el rostro— cuando les escuchó entrar, dedicándole a Allen una mirada de desagrado y a Lenalee una de aparente indiferencia que no consiguió engañar a ninguno de los tres.
Se trataba también de un viejo amigo de la infancia de la chica. Ambos habían compartido habitaciones en un antiguo orfanato que les había visto crecer a ambos hasta los diez años, más o menos. Luego cada uno se había ido por su lado, teniendo ocasión de reencontrarse en varias ocasiones. Era bastante sobreprotector con ella y bastante tendente a ignorar al resto. Por eso Allen nunca había podido comprender cómo se había hecho amigo de Lavi, o al menos, cómo soportaba que Lavi pululase por su alrededor. Se habían conocido por trabajo, ya que Yu formaba parte del cuerpo policial, pero no parecían de esas personas que se fuesen a tomar un café después de un duro día.
Cómo se notaba que las apariencias engañaban.
Con Allen nunca se había llevado bien, desde el principio, porque chocaban demasiado en personalidad. Por eso se limitaban a saludarse dentro de los límites de la cordialidad, la mayor parte de forma seca y a mucha distancia.
Las otras dos personas que estaban allí formaban una pareja joven. Él era rubio y con apariencia de ser muy estirado; ella tenía el pelo castaño, los ojos claros y una de las sonrisas más amables y alegres que habían visto jamás. Se acercó a saludarles, presentándose como Emilia Galmar. Su acompañante era Howard Link. Al parecer ella era la hija de un inspector de policía, y Link abogado. El anillo que se veía en los dedos anulares de ambos era lo suficientemente significativo como para que nadie tuviese que preguntar la relación que había entre ellos.
—¿Y vosotros qué hacéis aquí? —preguntó Lenalee tras observar la alianza de Emilia.
—Hace unos días nos llegó esta carta. Dirigida a ambos —Sacó una carta de su bolso y se la tendió. Lenalee reconoció el sobre, la marca del sello, la letra y el mensaje. Resultaba escalofriante—. Y no somos los únicos —aclaró—. Pensábamos que habíamos llegado los primeros, pero ya había otra pareja en la casa.
—¿Y dónde están? —cuestionó, extrañada.
—En el piso de arriba —intervino Link por primera vez. Su voz era severa, pero no desagradable—. Llevan allí encerrados desde que nos abrieron la puerta. Tampoco es que los eche en falta —adoptó una expresión de disgusto—. Son extraños y para nada de mi agrado.
—¡Howard! —le riñó Emilia.
—Bueno, supongo que habrán recibido la misma nota —añadió Allen, alzando los hombros—. Sólo espero que no nos hagan esperar demasiado para aclararnos a qué demonios se refieren. No me apetece, y creo que todos estamos de acuerdo en lo mismo, estar demasiado tiempo aquí…
