N/A: ¡Hola, queridos lectores!

Me gustaría daros un gran discurso pero no tengo mucho que decir al respecto, salvo que he intentado actualizar lo más pronto posible. Siento que haya sido al cabo de dos meses, pero bueno, entre que tengo otros fics pendientes, que he estado de viaje y con una sequía bastante gorda... Pero bueno, espero que os satisfaga el resultado y esas cosas bonitas :)

¡Muchas gracias por leer y por comentar!

¡Un gran saludo para todos!

Disclaimer: Tanto -Man como Diez Negritos, si bien en la segunda sólo me baso, no me pertenecen. Son propiedad de Hoshino Katsura y de Agatha Christie, y esta es una actividad que realizo sin ánimo de lucro.


Revenge.


La cena.

Allen tamborileó los dedos sobre el brazo del sofá, sintiendo que el tiempo pasaba mucho más despacio de lo que a él le gustaría. Demasiado. Cierto que Lavi intentaba animar la conversación contando historias sobre sus viajes, sus conocidos y las experiencias más extrañas que había vivido, pero desde que las chicas decidiesen levantarse e ir hacia la cocina para preparar la cena, el ambiente estaba tan tenso que podía cortarse en pequeñas lonchas con un cuchillo. Kanda y Link no es que fuesen precisamente la alegría de la fiesta, y parecían sentirse extrañamente incómodos el uno frente al otro, cosa que el joven de pelo blanco quiso aprovechar para iniciar algún tema de conversación.

—Howard, ¿verdad? —el susodicho giró el rostro hacia él, mirándole con sus finos y serios ojos oscuros—. Me estaba preguntando si os conocíais de antes —señaló con la mirada a Lavi y a Kanda.

Link entrecerró los párpados y se irguió, digno en el sillón que ocupaba, antes de entrelazar los largos dedos de sus manos entre sí, colocándolas sobre su regazo. En un principio no pareció tener intención alguna de responder a la demanda de Allen, más justo cuando el muchacho iba a aclarar el por qué de su pregunta, los severos labios del abogado se abrieron para pronunciar las que debían de ser sus primeras palabras en horas.

—Tuvimos el placer —en su voz halló un tono de 'algo' que no supo identificar muy bien. ¿Cinismo? ¿Ironía? ¿Simple pasotismo?— de trabajar juntos hace unos años.

—No sabía que la gente de leyes pudiese entrar en asuntos de policías y ese tipo de cosas —comentó inocentemente, arrancándole un par de carcajadas a Lavi.

—Qué ingenuo eres, Allen. A lo que se refiere el señor Link es que hizo de fiscal en uno de los casos que llevamos nosotros, uno de asesinato y bastante peliagudo, si mal no recuerdo, hace unos cuatro años —los tres se miraron entre ellos, compartiendo una complicidad que se escapaba a ojos del más joven de todos—. Después de eso nuestro creo que dejó la fiscalía para dedicarse a ser abogado simplemente, ¿no es así?

Howard asintió con la cabeza sin pretensiones a dar muchas más explicaciones al respecto. Kanda, que había permanecido en silencio todo el tiempo, se levantó del sofá para marcharse, manteniendo el mutis en el que se había sumido desde la llegada de la que parecía ser la última pareja. A pesar de que era un tipo bastante correcto y formal, Allen nunca llegaría a averiguar por qué en determinadas ocasiones se comportaba de una forma tan terriblemente grosera con todo el mundo.

Emitió un leve suspiro y se crujió el cuello, que empezaba a entumecérsele. Se reclinó hacia delante, dejando los brazos colgando entre las piernas, observando también con cierta sorpresa cómo Link se levantaba también sin mediar palabra y desaparecía por la misma puerta por la que las chicas se habían dejado de ver hacía ya bastante rato. Lavi estalló en carcajadas al ver el semblante que había adornado la expresión del joven, y se sentó a su lado, pasándole un brazo por encima de los hombros, para explicarle.

—En realidad hay otro motivo por el que esos dos se conocen —susurró el pelirrojo, divertido con todo aquello—. Y es la preciosa mujercita del señor Link.

Allen pareció sobresaltado ante tal descubrimiento, no por el hecho en sí, sino porque debía de ser la primera implicación romántica en la que sabía que Kanda estaba inmerso. Relamiéndose los labios por darse el gusto de contar semejante historia, Lavi continuó narrando.

—Resulta que nuestra querida Emilia conocía a Yu desde hacía mucho tiempo, incluso desde antes de que él entrase en la academia y fuese policía. Al parecer iban al mismo instituto o algo así. Siempre había estado enamoradita de él. Criaturita. Un día se le confesó. Te puedes imaginar cómo terminó la cosa.

—Por supuesto —espetó—. ¿Kanda teniendo interés por alguien? Eso sería bueno.

—Sí. Pero eso la pequeña Emilia no lo sabía y acabó con el corazón roto. Un tiempo después apareció Howard en la ciudad; con su coche brillante, su maletín y su cara seria de estreñido. Al principio él y Emilia no se llevaron demasiado bien, como tampoco Howard y Yu.

—¿En serio me estás diciendo que Kanda Yu, la alegría de la fiesta, no se llevaba bien con alguien? Guau.

—Sí —continuó entre risas—, pero no por su cariñosa y efusiva actitud. De ser por eso se habrían llevado muy bien desde el principio porque lo cierto es que son bastante iguales para todo, como se puede intuir sólo con verles el uno al lado del otro. No, lo que sucedió fue que Yu es bastante protector con las chicas que le rodean, ya sabes, por eso de que él es un machote y un caballero, y no le gustó que estuviese cerca de Emilia porque en el fondo no quería que le hiciesen daño de nuevo. Cuando la conoció ella le importaba un pimiento pero después de muchos años aguantando sus constantes acosos, hasta le cogió cariño. Así que nunca miró con buena cara a Link, ni siquiera cuando él y la señorita Galmar empezaron a llevarse bien. Mucho menos cuando decidieron prometerse. Suelo meterme con él diciéndole que está celoso, pero simplemente es…

—Como el perro del hortelano —farfulló Allen, recordando las constantes pegas que había puesto el joven japonés ante su propia relación con Lenalee. Eso sí, no más que el hermano mayor de ella, Komui, aunque eso era real, realmente difícil—. Ni come ni deja comer.

—No tanto como eso. Yo creo que cuando Emilia y Howard se prometieron, Kanda y él se llevaban ya mal simplemente por inercia. Bueno, no es que se lleven mal realmente; mal se lleva contigo. Con Link tiene una taimada indiferencia coloreada de condescendencia que es mutua y al mismo tiempo irrita mucho a los dos; no sé si me comprendes —bufó al ver que Allen negaba con la cabeza—. No se llevan mal. Se soportan y esas cosas. Incluso creo que hay ámbitos en los que se respetan el uno al otro, pero nada más. Su relación es hueca y vacía. Bastante hueca y bastante vacía, he de decir.

—Comprendo…

No volvieron a decir nada durante unos minutos, cuyo silencio se vio roto en dos al escucharse perfectamente cómo una de las puertas del piso superior se abría y se cerraba con un chirrido tal que podrían haber datado la madera solamente con eso. Seguidamente, un par de voces —una masculina y otra femenina— se hicieron hueco en el eco del lugar, charlando animadamente como si no hubiese otra alma en todo el edificio. Allen alzó los ojos hacia el techo, donde se escuchaban perfectamente el repiquetear de los zapatos contra el suelo al caminar. Lavi le imitó.

—Nuestros compañeros de casa —comentó como si no importase.

Segundos después, las figuras hicieron acto de aparición descendiendo por las escaleras que había junto al salón, justo a la vez que Kanda, quien venía frotándose las manos distraídamente desde el otro lado, y quien permaneció muy rígido al verles. Allen los examinó con curiosidad manifiesta, detenidamente, pues era la primera vez que veía a una pareja tan singular.

Como se había podido intuir por las voces que habían resonado en el piso superior, se trataban de una jovencita, adolescente quizás, y un varón que debía andar cerca de la treintena, sino inmersa en ella, ya. La muchachita iba vestida con colores oscuros, tenía el pelo azul, de punta, la piel blanca como la leche y unos enormes ojos violetas. Él ofrecía un curioso contraste por la sobriedad de su aspecto: cabello rizado de color negro engominado hacia detrás, ojos oscuros, vestido elegantemente y con un cigarrillo consumiéndosele entre los dedos. Ella llevaba una piruleta a medio terminar.

Ninguno de los dos reparó realmente en los otros tres hasta que llegaron a la puerta de la habitación, momento en el que él alzó una mano a modo de presentación.

—Buenas noches.

—¡Hola! —dijo la niña. Hablaba de tal forma que sus frases sonaban musicales. Cuando cayó en la cuenta de que Allen estaba allí, sonrió, divertida, y caminó dando saltitos hacia él, deteniéndose a escasos centímetros—. Somos Road Kamelot y Tyki Mikk. ¿Y tú eres?

Había algo en su aura que resultaba realmente escalofriante. Quizás fuese su forma de lamer el caramelo o sus enormes y profundos ojos de ese color tan poco habitual, que le escrutaban de una forma muy intensa. La cuestión es que no incitaba a confiar en ella, ni siquiera a aproximarse.

—Allen Walker —contestó, algo aturrullado por su presencia y la fragancia dulce, empalagosa, que manaba de su cuerpo.

—Walker… Curioso —sonrió de forma misteriosa y se giró hacia su acompañante, que le puso una mano en el hombro.

—Discúlpala, muchacho, no tiene modales algunos.

La sonrisa de Tyki Mikk tampoco se le hizo fiable. Era demasiado abierta. Con demasiadas pretensiones a parecer sincero. Estrechó levemente su mano cuando él se la ofreció, pero nada más. De pronto, un olor más intenso y agradable a comida recién hecha inundó el ambiente, haciendo que todos desconectasen un poco de la escena que acababan de presenciar.

—¡Comida! —gritó Road, emocionada—. ¡Vamos, Tyki, vamos!

Al pasar junto a Allen sus ojos se cruzaron durante un leve instante, fugaz, casi, ya que Road atravesó la habitación rápidamente para desaparecer su vista, pero lo suficientemente intenso como para que al joven le dejase una extraña desazón dentro del cuerpo. Tyki también le miró con un renovado interés unos segundos, pero no tardó mucho más que su compañera en dejar de hacerlo, perdiéndose más allá de la puerta que conducía al comedor.

Lavi apareció a su lado, golpeándole suavemente el hombro para incitarle a continuar, puesto que Kanda y Howard no dejaban de instarles para seguirles, ya que no se fiaban ni un pelo de esos dos. Y eso que no habían dicho una sola palabra al respecto, pero bastaba con mirarles a los ojos para saber lo que estaban pensando en ese momento. Sin embargo, no hubo motivo alguno por el que preocuparse durante todo el evento.

La cena discurrió tranquilamente, sin demasiadas charlas, eso sí. Únicamente poblaron el enorme salón, lleno de tapices, escudos y armaduras, los incesantes parloteos de Lenalee y Emilia, quienes, al parecer habían congeniado bastante bien los minutos que habían invertido en preparar los alimentos que estaban ingiriendo. En esos momentos la conversación estaba centrada en cómo se habían conocido Allen y ella, ya que Emilia le había narrado momentos antes su propia historia. Le parecía realmente encantador que hubiesen sido compañeros de universidad tanto tiempo y que hasta el último año ninguno de los dos hubiese querido dar el primer paso, si bien Lenalee no dejaba de decirle entre sonrojos que no era para tanto. Los demás estaban centrados en comer, si bien más de uno desviaba ligeramente su atención de vez en cuando para escucharlas, aunque fuese de refilón.

Una vez hubieron terminado todos, las dos se levantaron presurosas a recoger la mesa, ayudadas por Allen y Lavi, a quienes no le parecía justo que ahora sólo ellas dos se dedicasen a lavar todos los enseres. Pero lo cierto es que no se centraron en ello. 'Lo dejaremos para mañana', aseguró Emilia, risueña porque había ingerido algo de vino durante la cena, regresando junto a su marido que la esperaba impaciente en el mismo sitio en el que lo había dejado. El silencio se hizo cuando el último paso terminó de resonar en la sala, y Road fue la encargada de romperlo cuando hubieron pasado unos minutos.

—Bueno, ya que hemos terminado de comer… Es hora de preguntarlo. Os ha convocado aquí alguien bajo el pseudónimo de "el Conde Milenario", ¿verdad?

Todos asintieron, unos con más fuerza que otros. Lenalee apretó la mano de Allen por debajo de la mesa, sobre su pierna, inquieta, nerviosa, necesitada de notar las caricias de los suaves dedos de su novio para poder empezar a tranquilizarse un poco. La extraña pareja se miró, suspirando a los pocos segundos presa del hastío. La niña se estiró sobre la mesa mientras el adulto se encendía un nuevo cigarrillo y les miraba a todos con ojos cansados. Parecían entre molestos y confundidos, como si hubiese algo en aquel hecho que les incitase a estar irritados. ¿Pero el qué? Ninguno pudo saberlo hasta que se decidieron a continuar.

—Bien, pues seré yo el que os diga que es imposible.

—¿Cómo es eso? —preguntó Lavi, curioso.

—Porque el Conde murió hace varios años.

Ni una sola palabra salió de la boca de nadie en los segundos venideros. Las miradas se cruzaron, presurosas, unas con otras, como si estuviesen buscando alguna otra explicación plausible a ese hecho cuando en realidad sólo buscaban consuelo ante ese inquietante hecho.

—… Eso no es... —consiguió articular al fin Allen.

—Lo es —aclaró Road—. Somos parientes suyos y le vimos fallecer en su lecho. A nosotros también nos llegó la carta y por eso estamos aquí, porque es completamente imposible que esto haya sucedido y queremos saber quién ha utilizado su nombre y su sello para suplantarle.

—Y su letra. Porque es idéntica.

Una incomodidad general los rodeó a todos, que no supieron qué decir durante un rato. Tyki y Road se limitaron a estar en silencio, mientras que el resto de la mesa se volcó, unos con otros, para intentar sacar algo en concreto. ¿Qué hacer en una situación así? Lenalee sólo optaba por salir de allí lo más rápidamente posible, ya que siempre había habido algo en todo aquello que no le había gustado ni un pelo. Allen y Lavi, sin embargo, aseguraban que eso era imposible porque dentro de poco empezaría a llover, si es que ya no había comenzado, y las carreteras estarían absolutamente impracticables, de modo que al final terminarían más perdidos que otra cosa. Emilia compartía la inquietud de su nueva amiga, aferrada al brazo de su esposo, quien, al igual que Kanda, sólo tenía ojos para la pareja ajena a aquella situación.

—Seguramente haya sido una broma de mal gusto —dijo Lavi al final, intentando poner algo de cordura en todo aquello—. Alguien nos ha querido jugar una mala pasada.

—Pues es una mala pasada muy bien montada —Road parecía divertida—. De todos modos eso no importa ahora. Vosotras os estáis preocupando por nada, ya que no ha aparecido nadie en todo el día que se hiciese responsable por esto, así que sólo nos queda irnos a dormir y marcharnos mañana por la mañana en cuanto amanezca.

—¿Y por qué no podemos irnos ahora? —Kanda abrió la boca por primera vez en todo el día. Parecía increíble que no hubiese necesitado proferir palabra alguna antes.

—Como bien han comentado tus amigos, ya es de noche y estas carreteras están en pésimas condiciones —explicó Tyki con voz cansada—. Además, el trayecto es largo y agotador.

—Es lo más prudente —dijo Allen—. Y Lavi está de acuerdo en esto.

—Efectivamente.

—Tsk —Yu se cruzó de brazos, dispuesto a no decir nada más.

—Pues entonces acomodémonos y vayamos a buscar habitación. ¿Cómo nos distribuiremos? La casa es enorme y hay dos alas en la planta superior, la derecha y la izquierda. Vosotros habéis estado en la izquierda, ¿no? —preguntó a Tyki y Road, que asintieron con la cabeza a la vez, casi.

—Es la única habitable. Las de la derecha están llenas de polvo, telarañas y otros bichos. En la izquierda algunas están limpias e incluso adecuadas.

Lenalee se estremeció al escuchar eso, presa de un miedo inexplicable a la par que empezaba a sentarse horriblemente estúpida. Estaban perdidos en un bosque, en una casa abandonada con luz eléctrica y agua corriente, con un servicio fantasma que adecentaba habitaciones a placer. ¡Y lo peor de todo era que no le había dado por pensar en eso hasta entonces! Se sintió todavía más inquieta al pasársele la idea de que quizás nadie más se había percatado de ello, aunque conociendo a Lavi probablemente ya lo había sopesado todo, siendo tan inteligente como era. Quizás Kanda también, porque era muy observador, y Howard llevaba incómodo desde que habían llegado, así que igual estaba en las mismas condiciones. Sólo ella era tan estúpida como para caer en ello a última hora.

Sus ganas de marcharse de allí se incrementaron considerablemente.

—Pues entonces vayamos donde ellos —respondió Allen, cortándole el hilo de los pensamientos—. Me parece que hay habitaciones de sobra.

—Haberlas hay las. Así que repartíos como queráis —dijo Tyki tras dar una última calada antes de apagar el cigarro.

—Sí. Tyki y yo iremos juntos. ¿A que sí, Tyki?

—Qué remedio…

—Sólo tenemos que cerrar bien los pestillos por dentro y no pasará nada —bromeó Lavi.

—¡No seas agorero! —casi chilló Lenalee, quien fue consolada de inmediato por su pareja—. No quiero quedarme, por favor, Allen, marchémonos.

—Mañana por la mañana, en cuanto amanezca. Seremos los primeros en irnos, ¿de acuerdo? —la chica asintió, no demasiado convencida, y se aferró aún más al brazo del joven.

—Oye, chico, por cierto —continuó Tyki, como si no hubiese tenido lugar esa charla—. Antes de irnos a la cama —dijo, refiriéndose a Allen—. Al llegar estuvimos en la cocina y hay una botellita de vino a la que le echamos un ojo, ¿verdad, Road?

—¡Oh, sí! ¡Qué buena idea!

—Los niños no beben —añadió Kanda secamente.

—Aburrido. Eras Allen, ¿verdad? ¿Por qué no la traes y nos la bebemos todos juntos?

—De acuerdo, aunque no puedo beber. Tengo medicación —sacó un pastillero de su bolsillo y lo guardó de nuevo—. Pero lo traeré en seguida —dijo, más concretamente a Lenalee, que había vuelto a perder el color de la cara ante las ideas que acababan de pasársele por la cabeza. Se agachó junto a ella y le susurró palabras amables al oído antes de marcharse a por el vino.

"Todo irá bien" le había dicho. "No nos pasará nada". Pero ella no estaba en absoluto convencida con aquello, ni con la explicación de la broma de mal gusto.

—¿Y vosotros qué preferís? —preguntó Tyki—. ¿Vainilla o mora?