Cansado de todo soltó su mano. El niño se fue hace tiempo y ahora solo quedaba un hombre triste. Así que se marchó, caminó por la calle con la música cómo única compañera, ¿cómo sentirse cuando todo había acabado? Quiso comprender, pero no mantuvo los ojos abiertos. Quiso amar, pero no supo sincerarse. Quiso que siguiese viva, pero era demasiado tarde. Así se sentía Richard Castle. No paró de caminar, no supo cómo, pero allí se encontraba, frente al mar. Un acantilado separaba sus pies del agua y de las piedras que se amontonaban bajo él. Todo fue muy fácil, se dejó caer. Cerró los ojos y sintió el aire correr por todo su cuerpo. La caída fue muy suave, pero no le extrañó. Simplemente flotó, se dejó llevar por la corriente. Pasaron días, que condujeron a sus noches con toda la naturalidad del paso del tiempo. Allí seguía, flotando inerte. Ajeno a cualquier duda, dolor o remordimiento. Se estaba bien, de vez en cuando subía algún pez a ver qué era lo que flotaba, incluso le daban un pequeño mordisco, pero eran pequeños y no tenían dientes, así que le hacían cosquillas. Un día se sintió cansado de flotar, así que su cabeza tocó contra la arena de la playa. Se levantó y miró el paisaje. Era una playa infinita, no se veía nada salvo la arena. Hacía calor, pensó en que podría haber una pequeña sombra en aquel vasto desierto. De la nada surgieron dos grandes palmeras. Daban buena sombra e invitaban a descansar. Así que se tumbo en la zona sombreada, la arena era fresca y quitaba el calor. Se quitó la camisa, apareció un perchero para dejarla. Aún hacía calor, por lo que quiso que corriese algo de brisa. Sus deseos eran órdenes para aquel entorno. Una fresca brisa agitaba su pelo, penetraba sus pulmones y hacía más agradable aquel sitio. Pensó en que podría haber más árboles y un hacha. Pero le dieron algo más que arboles, le dieron también un refugio. Así que se dirigió a dentro de la estancia. Era agradable, construida en su totalidad en madera. Se dirigió a las ventanas y las abrió una por una. la corriente de aire pudo deambular como una invitada. Apenas tuvo que pensar, para que apareciese una cerveza bien fría, así que se marchó al porche a disfrutar de ella, mientras observaba el mar. Pero le faltaba algo. Apareció un sillón de mimbre. Se sentó y contempló la bajada de marea. Todo era hermoso en aquel lugar. Los nuevos árboles, el mar, la arena blanca. Ver a los peces saltar en el agua. Todo era adecuado, se remangó los pantalones y se dispuso a dar un paseo por la orilla. Acabó su bebida y la dejó sobre la mesa que apareció. Aquello estaba muy bien, pero le faltaba compañía. Así una llama roja se encendió en la distancia, ¿o era una persona? Finalmente resultó ser Alexis. Su hija le tomó la mano y prosiguieron con su paseo. Al cabo de unas horas regresaron a la casa y cenaron tranquilamente. Por un momento se sintió aburrido, justo después de pensarlo Alexis se despidió, decía que tenía cosas que hacer. La despidió en la puerta y cerró, en ese instante volvieron a llamar. Era Robert Weldon y sus colegas escritores. Traían un maletín de póker, así que jugaron durante gran parte de la noche. Se despidieron porque Castle se sintió cansado, fue una agradable velada. A la mañana siguiente despertó. En la mesa donde la noche de antes no recogió las fichas ni las cartas de póker, había un desayuno suculento. El maletín estaba en un mueble que acababa de aparecer. Era muy bonito pensó mientras lo examinaba. Acabó el delicioso desayuno y bajó otra vez a la playa. Nadó tranquilamente en al agua, si en algún momento se sentía cansado o simplemente no quería dar más brazadas, la arena aparecía bajo sus pies, por lo que hacía siempre pie, independientemente de lo profundo que se adentrase en el mar. Salió de la mar y se secó con una toalla que había sobre una tumbona. Todo estaba muy bien. Se sentó un momento, parpadeó un instante y a su derecha apareció una mesilla con unas gafas de sol y un pequeño coctel. La bebida era refrescante y tenía buen sabor. Pero le seguía faltando algo. Así que cerró fuertemente los ojos pensando en ella. Los abrió y miró a su alrededor. No, ese deseo no se cumplió. Se fue a la casa y comió una comida deliciosa, pero no era lo mismo. Volvió a desear compañía, pero no le gustaba por mucho que apareciesen muchas personas. Todas tenían algo especial, pero no era lo que deseaba. Se acostó bastante triste. A la mañana siguiente más de lo mismo, un desayuno suculento. Un agradable baño en la playa, un paseo por la orilla y una divertida velada por la noche. Todo era muy agradable y cualquier ser humano daría lo que fuese por estar en su situación, encontrarse en un paraíso natural en el que todas sus peticiones y deseos se cumplían superando sus expectativas. Así pasaron los días uno tras otro, plácidamente, sin la mayor preocupación que la de disfrutar de aquello. Pero había algo que no le daba aquel paraíso, la compañía de Kate. A fin de cuentas por extraordinario que fuese el lugar, no podía devolver a la vida a los muertos. Así que un día cansado de todo aquello deseo un hacha. Empezó a cortar árboles, a darles forma y unirlos hasta conformar una barca. Un tanto rudimentaria pero flotaba. Con un último trozo de madera hizo un remo y comenzó su viaje. No supo cuanto tiempo remó, pero se sentía cansado y sediento. Pensó en un poco de agua fresca, pero esta no apareció. Tomó un poco de agua del mar, pero era salada. Sólo le quedaba esperar la muerte, pero antes de que esta viniese a visitarle tuvo que pasar por el purgatorio de la soledad y la deshidratación. Pasaron dos días más y sólo podía pensar en Bekett. Expiró su último aliento al aire a la mañana siguiente.
Se despertó sobresaltado. Tenía cogida la mano de Kate. Estaban en el hospital. Miró al monitor y aún tenía pulso. Ella seguí luchando para mantenerse viva.
