-¿Y dime, que puedo hacer para patrocinar una sonrisa tuya?- preguntó Castle. Llevaba toda la mañana tratando de sonsacarle una sonrisa, lo que él no sabía era que lo había conseguido a la primera, aunque ella no había torcido sus labios.

- Déjalo ya,- sonreía por dentro, le gustaba el esfuerzo del escritor por sacarle un trazo curvo de sus labios. -Pero sabes, si me apetecería un café de esos que haces. Mejor un capuchino.-

- ¿Con mucha espuma?-

- No te pases un pelo, te recuerdo que no llevas ese chaleco de escritor.-

-Ya uno no puede hacer ni sugerencias de índole sexual.- dijo Castle sobreactuando decepción.

- Mi café…-

- Cómo te pones cuando…- Kate arqueó una ceja - Mejor voy a por el café-

- Mejor- el día era aburrido, en comisaría no entraba un solo caso, Espo y Ryan tenían días libres. Una cara sonriente dibujaba la espuma del café. Castle sostenía la taza, parecía un niño pequeño en busca de su recompensa por hacer algo bueno.

- Tendrás que esforzarte un poco más.-

- Estoy empezando a pensar que eres una dama de hielo.-

- No, sólo no te estás esmerando lo suficiente.- por un momento Castle pareció abstraerse en su mente y sonrió abiertamente. – Dime, ¿qué es eso que te hace sonreír?-

- Lo sabrás cuando me dediques una sonrisa.- dijo Castle. La curiosidad nació en Bekett.

- Tú tienes más que perder que yo.- Kate terminó de rellenar el último impreso, ya tenía todo el papeleo acabado y aún faltaban dos horas para que acabase su turno.

- Dos horas, tendré tiempo para aplicarte mis técnicas de tortura mental.- dijo Castle.

- Inténtalo. Sólo vas a perder el tiempo.- dijo esta última frase recalcando cada una de las palabras.

- Tiempo al tiempo mí querida inspectora.- dijo con una sonrisa. – Tiempo al tiempo.- pasaron las dos horas, Castle no paró de intentar hacerle sonreír. Estaban en el ascensor una duda surgió en su mente. – Castle, ¿te apetece tomar algo?-

- No veo inconveniente, siempre que invites tú.-

- Está bien- no pudo evitarlo sonrió.

- Al final parece que lo he conseguido.-

- Lo hiciste desde la primera vez que lo intentaste.-

Tomaron una hamburguesa, la cena discurrió entre las tonterías de Castle y posibles casos sin resolver. La verdad no podía negarlo, había pasado un muy buen día con él. Iban a despedirse cuando Castle le preguntó.

- Oye, mañana tienes el día libre y bueno, ¿te fías de mi?- dijo dubitativo.

- ¿No querrás emborracharme?-

- ¿Qué?, no sé cómo puedes pensar eso de mí, aunque si quieres. – subieron al coche. – No, la verdad es que no quiero beber, toma la salida hacia de Nueva Jersey y prosigue una hora y media.- al final llegaron. Era un campo de trigo, al fondo se extendía una pequeña loma, con la hierba verde, frente al campo de espigas había una cabaña de madera, en la que vivía una pareja de granjeros.

- Verás un día me perdí cuando iba a comprar un regalo para Alexis. Vi este hermoso paisaje. El viejo Tom vendía su granja para pagar unas deudas, así que compré la granja y las deudas, con la única condición que mantuviese el paisaje, el trabaja la tierra honradamente junto con su esposa. Cuando necesito un rato de soledad vengo. Tom no me hace preguntas. Su esposa Marta hace limonada fresca los días de verano, y en invierno te reconforta del frío oler el pastel que reposa en el alfeizar de la ventana. En otoño siempre lo hace de calabaza y en primavera de manzana. Es lo más delicioso que he probado en mi vida. A veces paseo entre las espigas, acariciándolas con la mano. Lo que más me gusta es venir de noche, tumbarme en la hierba de la pequeña loma y ver las estrellas. Descubres que la mano del hombre oculta la belleza del universo, mirar esos puntitos es hermoso, me imagino que cada una de esas estrellas es una historia. – Bekett tomó la mano de Castle.

- ¿Dime me contarás esas historias?-

- Si, si quieres te enseño todo esto.- empezaron a caminar, cuando pasaron frente al porche de la cabaña salió el viejo Tom con una escopeta en la mano.

- Ah, es usted señor Castle. Por lo que veo es la primera vez que viene acompañado.- dijo Tom y dejó el arma apoyada en la pared. – Pensé que eran ladrones, discúlpeme. Ha sobrado un poco de pastel de manzana y un poco de limonada, si quieren pueden tomar algo.-

- Está bien.- dijo Caslte. Antes de confirmar la oferta miró a Bekett, esta asentía con la mirada. Tom les trajo dos trozos de pastel y limonada fría en dos vasos.

- Bien, si no les importa yo me voy a dormir, dejen los vasos aquí en el porche. Mi esposa los recogerá por la mañana.-

- Gracias Tom- dijo Bekett.

- De nada señorita, es un placer.- dijo esto y volvió a su casa. Caminaron, entre las espigas. Eran altas y amarillas.

- Debe quedar poco para que Tom empiece a segarlo.- dijo Castle tocando una espiga. – En invierno están verdes. Conforme va pasando el tiempo van cogiendo este color amarillo, entonces ves la plantación como un juego de contrastes de colores. Marta hace sus pasteles con la harina que dan estas plantas. -

- Quizá por eso esté tan buena.- dijo Bekett. Pasearon un rato más cogidos de la mano. Llegaron a la pequeña loma y se tumbaron sobre la verde hierba.

- Esto es increíble.- dijo Bekett sinceramente. - ¿Porqué compraste esto? No sé, podrías pagar pasteles hechos por reposteros de fama o ir a una torre de astronomía para ver las estrellas.-

- Porque no es lo mismo.- una suave brisa comenzó a soplar. – Ves esa estrella de allí, yo la llamo Adriana. Es una mujer que vive en un iglú en el desierto. Si tuviese un astrónomo a mi lado me diría que sólo es una enorme masa de gas quemándose a millones de kilómetros de aquí. ¿Ves a Fénix? Yo la llamo Kate, por tu increíble capacidad de sobreponerte ante todo lo malo que ha ocurrido en tu vida.- Castle le miró a los ojos.

- Rick, gracias. Hacía tiempo que no tenía un día así y más desde lo que ocurrió con Montgomery y desde que me dispararon.-

- Sabes. Es una tontería, pero desde que ocurrió eso he tenido sueños. Digamos un tanto complejos.- dijo Castle.

- Al igual que yo.- cate sonrió y acarició la cara de Castle. – Lo más importante de todo esto es que tú aparecías en todos.- poco a poco se acercaron y se besaron. En esta historia nadie se despertó, no era un sueño, porque esto ocurrió de verdad.