Las pequeñas cosas


El cliente de la mesa doce es el preferido del copero Luis Alberto. Antioqueño de nacimiento, pero camarero bogotano por falta de mejores oportunidades, acabó por hacer suyo aquel oficio. Entre sus hobbies, se encuentra el de escudriñar a los seres humanos que han pululado por las mesas que ha servido. Por la forma en que lo llaman para ser atendidos, o el estropicio que dejan en las mesas cuando abandonan su sitio, Luis Alberto ha aprendido a distinguir a los reales caballeros, de aquellos "pobres diablos" que solo aparentan serlo: hombres de traje, corbata, y que hablan por celular dándose aires de importancia; pero quienes, cuando se trata de aligerar el peso de sus billeteras y dejar una buena propina, parecen adolescentes que solo cuentan con la exigua mesada que le dan sus padres.

Es por eso que a él le gusta el cliente de la mesa doce.

Lo ve entrar por la puerta, pero esta vez, no viene acompañado. Saluda a los empleados, como terrateniente que camina entre sus hectáreas cafeteras, seguro de sí mismo y de su poder. Detrás de la barra, Luis Alberto da brillo a las copas de cristal, y sonríe al notar la reacción de las mujeres. Son como fichas de dominó puestas en hilera, y que van cayendo una detrás de otra. Con o sin compañía masculina, todas ellas corren el cuello para otear, en mayor o menor disimulo, al hombre que acaba de ingresar.

La corpulencia de sus hombros, una altura privilegiada de metro ochenta, su traje oscuro sin siquiera una arruga, el Rolex en su mano izquierda, y ese mohín pícaro en un rostro casi infantil, que le recuerda a su nieto: diabólicamente travieso, pero irresistible para cualquiera.

Luis Alberto abandona la barra, y se acerca a su cliente, quien ya tomó asiento. Este tamborilea sus dedos sobre la mesa, al son de "Round Midnight", de Thelonious Monk. El antioqueño devenido bogotano, apenas conocía el género musical al llegar a la capital, pero luego de trabajar más de una década para el Chez Edy, el bar de jazz número uno de Bogotá, terminó por convertirse en casi un especialista.

—Doctor Mendoza, buenas noches y bienvenido —saluda. Cuando el empresario voltea para verlo, la sonrisa impecable en su rostro le dice que, esa noche, el heredero del emporio Ecomoda, está de un humor impecable.

—¡Luis! —saluda, y poniéndose de pie, le estrecha la mano y palmotea amistosamente su hombro. Ese desparpajo tan cercano, informal y descontracturado, harían a cualquiera olvidar que se encuentra frente a uno de los individuos más importantes de la economía colombiana. Pero Luis Alberto es un profesional en su oficio, y no cruza los límites de la confianza.

—Es bueno tenerlo de regreso, doctor —responde, y su cliente vuelve a tomar asiento. Se desabrocha el botón de su saco, y suspira audiblemente. Sus modos y gestos son tan elegantes, que parecen calculados.

—No tuve un minuto para mí desde que asumí la presidencia —Se queja, meneando la cabeza y volteando los ojos.

—¿Está esperando a alguien, prefiere ir viendo la carta?

—Nah —niega con la cabeza, y sonríe, feliz y satisfecho. Ahí está otra vez, la sonrisa de hoyuelos traviesos, que Luis Alberto sabe que vuelve locas a las mujeres—. Hoy tengo libertad condicional. Marcela está en Estados Unidos.

Luis Alberto no hace ningún comentario acerca de eso. Un camarero profesional sabe que debe escuchar a sus clientes, pero no emitir opinión, a no ser que esta sea expresamente solicitada. Sin embargo, su esposa es una adicta a las revistas sociales y los programas de chimentos, y por boca de ella, supo que el Doctor Mendoza se había comprometido públicamente con Marcela Valencia. Una mujer bellísima, de su misma alcurnia, de igual educación, estrato social, y pedigree.

—No, si es que estos solo se juntan para seguir reproduciendo niños tan bonitos y ricos como ellos, ¡mire pues! —había dicho su esposa, escrudiñando el artículo de la revista.

—¿Desea ver la carta doctor?

—No, tráigame un whisky doble, en las rocas —responde, y el camarero nota como el doctor Mendoza acomoda los cubiertos y servilleteros, colocándolos en perfecta alineación. Sí, Luis Alberto también sabe reconocer a un obsesivo.

—¿Johnnie Walker o Talisker? —ofrece, conociendo sus gustos que son invariables.

—¿Sabe qué? —repregunta a su vez el empresario, tocándose la barbilla—. Mi mejor amigo me crítica que no sé variar mis gustos. Que siempre me mantengo en el mismo mercado.

Su cliente acaba esa frase con un tono enigmático y la atención puesta en una esquina adyacente del bar. En otra mesa, una mujer de cabello oscuro, largo, lacio, y mirada despierta, inicia con el empresario un diálogo que en principio no tiene palabras, solo miradas, sonrisas veladas, y aleteo de pestañas. Luis Alberto entiende que es hora de retirarse.

—¿Le parece un Lagavulin, señor? De sabor ahumado, con notas dulces.

—Sí —dice, y el copero no está seguro que le haya puesto atención. Su interés ya tiene una mejor y más bella destinataria—. Eso, lo que sea —responde, despachándolo.

Luis Alberto voltea, y al hacerlo, escucha el timbre de un celular. El Doctor Mendoza se apresura a atenderlo.

—Hola, ¿mi amor? —lo escucha responder, con ese tono entre melindroso, temeroso y culpable, que utilizan los hombres que llevan doble de vida.

De fondo, el saxo de Jon Coltrane vadea entre las mesas del bar. Las notas musicales de "In a sentimental mood", invita a sus clientes a perderse entre la música, el alcohol, y las tentaciones que la noche ofrece.


El dial 91.9 de la Universidad Javeriana, contaba con un espacio de jazz, de lunes a viernes, a la nueve de la noche. Se había convertido en su programa radial favorito, desde que había iniciado sus estudios universitarios. El silencio de adentrarse en la noche, con la nariz enterrada entre los libros de Teoría de la Probabilidad, o Historia Económica Colombiana, acompañada por la rítmica única del jazz, su fraseo y su sonido rebelde, siempre la habían hecho sentirse un poco más libre. Su padre, quien militarmente le ordenaba estar en cama a las diez, había extendido ese horario hasta la medianoche, al iniciar sus estudios de grado. Escuchar jazz mientras estudiaba, en el silencio de la noche, era uno de los pequeños placeres que Beatriz Pinzón Solano disfrutaba en soledad. Como casi todo en su vida.

El teléfono sonó y Beatriz dio un respingo en su asiento. Pasado el susto, levantó la llamada.

—Presidencia —respondió, mecánicamente.

—¿Mamita?

Beatriz sonrió al escuchar la voz de su madre, pero enseguida se dio cuenta que ella solo llamaba a la oficina por dos motivos: una urgencia, o para preguntar por qué se había pasado del toque de queda impuesto por su padre. Miró el reloj y se alarmó al ver la hora: las diez de la noche.

—¡Ay mamá, se me pasó la hora!

Del otro lado, escuchó a su padre gritar enfurecido:

—¡Julia! ¡Dígame dónde está la niña!

—¿Pues en dónde más Hermes? —escuchó a su mamá responder, alejándose del teléfono—. ¡En su trabajo!

—Mamá, dígale a papá que no se preocupe, que me vuelvo en taxi, ¿sí? Aún tengo cosas por terminar aquí.

—Pero mi niña, estas no son horas para estar en la oficina, ¡y es viernes! Tu padre alquiló una película para que la veamos juntos: Cadena de amores, o algo así.

—¡Cadena de favores, Julia! ¡de favores! —corrigió su padre desde el fondo, irritado como de costumbre. Beatriz rodó los ojos y evitó lanzar un suspiro cansino.

—Mamá, tengo que tener esto listo a primera hora del lunes. Empiecen a verla ustedes, y mañana la veo durante el desayuno, ¿sí? Y calme a papá por favor, dígale que no tardo.

Julia respiró paciencia, y Beatriz hasta podía imaginarse la cara de padecimiento de su mamá, al tener que, una vez más, justificarla frente a su padre. Su madre se despidió dándole un beso sonoro, y bendiciéndola desde el otro lado del teléfono.

Beatriz colgó, justo a tiempo para escuchar los últimos acordes de una canción. El locutor, con su voz cadenciosa, anunció:

—Eso fue Straight into the sunrise, ejecutada por el saxofonista argentino, Leandro Gato Barbieri —Beatriz hizo una nota mental: destinar una parte de su próximo salario, para finalmente darse un gusto, y comprar algún vinilo original de ese artista. Su padre era quisquilloso con sus pertenencias, pero luego de refunfuñar un poco, sabía que acabaría por dejarla utilizar el tocadiscos. Ya estaba cansada de escuchar sus álbumes favoritos en CD pirateados y de mala calidad—. Esta noche estará presentando su último álbum, El momento, en Chez Edy, con entradas agotadas.

—Eso es cerca del museo nacional —dijo, a la pantalla del computador. El cursor del mouse titilaba sobre la tabla dinámica en la que estaba trabajando. Beatriz se tomó un sorbo de café, y detuvo justo a tiempo, la fantasía de asistir a un concierto de jazz, con un vestido elegante, y del brazo de cierta persona—. ¡Escoltada por mi papá, como mucho! —se burló a ella misma, riéndose en un registro vocal que, Nicolás siempre le señalaba, se parecía al graznido que hacían los patos.

En la radio, la poderosa voz de Etta James comenzó a cantar "At last", y la canción ocupó cada rincón del cubículo en penumbras que era su oficina. En ese momento, Beatriz habría querido no saber inglés.

At last, my love has come along

My lonely days are over

And life is like a song

Beatriz presionó las teclas del computador, con más fuerza de la que acostumbraba.


Armando repiqueteó con sus nudillos, la mesa. Todo el buen humor que había tenido al salir de la oficina, se había evaporado al atender esa llamada.

—Sí, Marcela. Te había dicho que me iba derecho al departamento, pero cambié de planes, ¿acaso no puedo? —respondió, haciendo todo el mayor esfuerzo para no elevar la voz. Aunque en ese momento los separaran dos mil quinientos kilómetros de distancia, Armando podía sentir la presencia asfixiante de Marcela, controlándolo como si estuviese allí mismo, sentada en la silla contigua a él.

—¿Y dónde dices que estás?

La calidad de una llamada de larga distancia no era la mejor, sin embargo, no necesitaba de una eficaz comunicación telefónica, para advertir su tono desafiante: se imaginaba a Marcela con la mano en la cintura, la boca fruncida y la ceja derecha elevada, exigiendo respuestas. De cualquiera manera, Armando sabía que no existía argumento suficiente que la tranquilizara. Excepto, aquel que implicara a él encerrado en su apartamento. "Bien juicioso", como ella decía.

—En Chez Edy — reveló.

—¿Y eso que es? Jamás me llevaste a ese lugar.

Armando rodó los ojos.

—Es un bar de jazz, Marcela —respondió, aprovechando la oportunidad para dar un batacazo—. Y si nunca fuimos a uno, es porque siempre te niegas a acompañarme.

Descubrir que a Marcela el jazz le parecía "música de espera", había sido otra decepción de la relación. No tenían por qué compartir los mismos gustos, eso lo tenía claro, pero al menos, ella podía hacer el esfuerzo de comprender sus inclinaciones musicales, y acompañarlo esporádicamente.

—¡Ah! Y ahora resulta que es mi culpa, que primero me dices que tienes un plan, y luego, lo cambias sin siquiera avisarme.

—¡Pero por qué debería avisarte! —gritó al teléfono, y las parejas a su alrededor voltearon para verlo. Armando ocultó el rostro, llevándose una mano a la frente.

—Pues porque me intereso por ti, porque me preocupo por ti —respondió, igual de acalorada.

—Esto no parece preocupación Marcela. Mas bien parece una operación digna de un servicio de inteligencia.

Su carcajada aguda, irónica y afilada le llegó hasta el tímpano.

—¿Quieres que me ponga en ese papel? ¡muy bien! —respondió, y Armando sacudió la cabeza de un lado a otro, desahuciado. Se arrepintió de no haber planeado mejor sus pasos: debió haber esperado la llamada de su novia en el departamento, y recién allí, disponerse a salir—. Tú me dices que estás en un bar de jazz, ¿y qué ocurre que no escucho ninguna banda tocando de fondo? ¿estás seguro de estar, donde dices estar?

Armando echó la espalda sobre el respaldar de la silla, y se pasó la mano por toda la cara. Justo en ese momento, su salvador, Luis, apareció con el whiskey. Se lo dejó en la mesa, y le hizo una sonrisa condescendiente. Medio bar se había enterado, que estaba discutiendo con su novia celosa.

—El show aun no comienza —explicó, resignado.

—Ah, ¿sí? ¿y qué grupo se presenta?

Armando abrió los ojos ampliamente. La realidad es que no tenía la menor idea, simplemente había decidido caer allí por azar. La mesa doce era su reserva exclusiva de los viernes, desde hacía mucho tiempo. Pero si respondía aquello, solo le estaba dando a Marcela una nueva razón para desconfiar.

«Esto es absurdo», pensó. No había hecho (aún), nada malo, y, sin embargo, Marcela lo tenía a punta de fusil, esperando que confesara un crimen que (aún) no había cometido. Su camarero preferido, que parecía haber alcanzado a oír la discusión, le alcanzó un folleto, y Armando lo agarró al vuelo. Lo leyó en voz alta, casi textualmente.

—Leandro Gato Barbieri, el rey del free jazz latinoamericano —respondió, mirando de ambos lados el folleto con fotos en blanco y negro, del saxofonista argentino. Un silencio de misa abarrotó la línea telefónica, y Armando le guiñó un ojo cómplice al camarero. Sabía que había ganado ese round, y se permitió darle un trago al whiskey. Luis tenía razón, era ahumado, pero tenía unas notas dulces, como a pasas. Esa bebida siempre lo revitalizaba, lo hacía sentirse poderoso, ganador. Sonrió—. ¿Entonces, Marcelita?

—Te llamo en unas horas a tu departamento —respondió, y colgó.

Armando plegó la tapa del celular, y sacudió ambos puños hacia arriba, festejando su victoria en silencio. El camarero se retiró disimulando una sonrisa, y aquella mujer que había vislumbrado en una esquina, de piel trigueña y una cabellera larga, lacia y oscura, se levantó de su asiento y caminó en su dirección.

El personal técnico, daba los últimos retoques sobre el escenario.


Dios era testigo que no había sido él quien había iniciado aquello. Armando solo había devuelto la sonrisa desde su silla y su diminuta mesa, y había sido ella, quien, con una copa de vino en la mano, y un contoneo de sus caderas, se había sentado a su lado.

Era publicista, había acompañado a su amiga a ver el show, pero esta había tenido un contratiempo de última hora, y se había quedado sola. No tenía la menor idea de jazz, ni le interesaba, pero Armando se lo perdonó porque era despampanante, y, de cualquier manera, lo que saliera de su boca no le importaba en lo más mínimo. Hasta ya se había olvidado de cuál era su nombre, detalle que tampoco importaba. Armando no solía recordar los nombres de las mujeres, hasta el tercer o cuarto encuentro sexual.

Los tragos vinieron uno detrás de otro; la mesa se llenó de vasos y copas de distintas formas y tamaños. Para cuando las luces se atenuaron, y los aplausos entusiasmados dieron la bienvenida al artista argentino, Armando tenía la lengua enredada en la boca de la desconocida, y la mano acariciando su muslo descubierto.

El saxofonista entró al escenario, con su icónico sombrero, anteojos negros, y pañuelo al cuello. Antes de hablar al público, suspiró y silbó, como aliviado.

—Pensé que íbamos a tener que nadar para llegar hasta acá, ¿ustedes se dieron cuenta lo que llueve ahí afuera?

El público rio en respuesta, y Armando cortó el beso abruptamente, para sorpresa de la mujer.

«¿Dónde aparqué el carro?», pensó, palpándose los bolsillos del saco, buscando las llaves del auto por inercia. Las temporadas de lluvias en Bogotá podían ser sorpresivas y caóticas, y su mayor miedo siempre había sido llegar a algún lugar y ver a su querido Toyota Celica, flotando en medio de una calle inundada. Se acordó que lo había dejado en el estacionamiento del bar, y suspiró aliviado.

Sin más introducciones, el saxofonista inició su repertorio. Armando apenas conocía el trabajo de ese músico, pero con tan solo comenzar la primera canción, la conexión fue instantánea. De un instante al otro, la mujer a su lado comenzó a estorbarle.

El concierto había avanzado, Armando había aplaudido con admiración todas y cada una de las canciones, y cuando ya se había olvidado que tenía compañía, los labios de esa mujer se acercaron al oído, y le susurraron:

—¿Y si pides la cuenta y nos vamos a algún lado?

Armando le dedicó una sonrisa forzosa, y se arrepintió de haberle seguido el juego. Quería estar solo, disfrutando del show hasta el mismísimo final. Estaba dispuesto a esperar que el artista saliera para pedirle que le firmara un vinilo, que había visto que los vendían en la recepción del bar. Entonces abrió los ojos, dándose cuenta de algo.

«¿Y mi billetera?», se preguntó, alarmado. Volvió a tantearse el saco, los bolsillos internos, los del pantalón, los traseros, hasta que una imagen exacta vino a su mente: le había dado la billetera a Beatriz para que ella misma sacara algo de dinero para el taxi.

—Pero doctor, no es necesario.

—¡Beatriz! —le había ladrado, impaciente, sin usar el diminutivo para su nombre, y sin dejar de revisar el sistema de costes analíticos que ella había confeccionado—. Si se va a quedar trabajando hasta tarde, se vuelve en taxi. Que después lo tengo a Don Hermes haciéndome reclamos.

Con vergüenza, ella había sacado apenas un billete, y le había dejado la cartera sobre el escritorio, como si quemara. Luego, Mario había entrado para distraerlo con alguna de sus payasadas, y Armando, estaba seguro, se había dejado la billetera en el mismo lugar donde Beatriz la había dejado.

—¿A dónde vas? —preguntó la mujer, cuando él se levantó sin previo aviso. Armando se apartó del público hasta llegar a la barra, y sacó su celular, marcando el número de recepción. A esa hora, todas las llamadas eran atendidas por Wilson. Con suerte, ese poste de luz humano, que tenían como seguridad nocturna, no estaría echándose una siesta.


—Ay doctorcita, yo creo que va a tocar amanecer juntos.

Beatriz corrió el cuello y miró al portero, como si le hubiese salido un tercer ojo.

—¡No, no! No me malentienda doctora —se corrigió Wilson, sacudiendo la cabeza, y acomodándose la boina roja—. Quise decir que, con esta lluvia, todo el mundo pide taxi. Ya sabe, yo soy casado, y usted no es mi tipo, ¡quiero decir!, usted es una muy buena persona, pero...

—No se esfuerce Wilson —lo cortó, abruptamente. Sin embargo, Beatriz reprimió una sonrisa. Ese hombre de casi dos metros, tan lerdo e ingenuo, podía ser muy gracioso cuando se ahogaba en su propia torpeza. Su jefe siempre buscaba la manera de incomodar al portero, y estaba segura de que él lo hacía por pura diversión. Incluso, Beatriz había llegado a pensar que al doctor Mendoza le gustaba mofarse de Wilson frente a ella, para sacarle una sonrisa. Pero luego se repetía a sí misma que solo era cosa de su imaginación, y que mejor dejar las fantasías para la hora de dormir.

Beatriz miró la cortina de agua, la lluvia torrencial que golpeaba la puerta de entrada de Ecomoda, y luego a su reloj. Torció la boca, nerviosa. Solo faltaba media hora para la medianoche: su papá la mataría.

El timbre del teléfono de recepción sonó, y tanto asistente como portero dieron un respingo. Ambos se miraron: ¿quién podría ser a esta hora?

—Deje, yo atiendo Wilson —respondió, y se acercó a la recepción que, durante el día, era área protegida de Aura María. Levantó el tubo del teléfono, y por costumbre e inercia, contestó—. ¿Presidencia?


Después de varios tonos, Armando suspiró aliviado al oír que alguien levantaba la llamada. Estaba a punto de ladrar a Wilson alguna reprimenda, solo por el placer de oírlo todo torpe y nervioso. Pero sin Beatriz mirando, perdía el chiste.

—¿Presidencia? —respondieron del otro lado.

—Beatriz —suspiró Armando, aliviado, reconociendo la voz de quién siempre lo sacaba de cualquier aprieto, por muy pequeño o grande que fuera. Luego, frunció el ceño y miró su reloj— ¡Betty! —gritó, enojado.

Beatriz hundió la cabeza en los hombros, como si tuviese al jefe allí mismo, en la recepción de Ecomoda.

—Buenas noches, doctor.

—¡Qué hace usted ahí Betty! ¡Son casi las doce de la noche!

Beatriz enredó sus dedos en el cable espiralado del teléfono, y se dio la vuelta para mirar a Wilson. Con el dedo índice de la mano libre, señaló el teléfono e hizo mímica para el portero, moviendo los labios, sin emitir sonido:

—Es Don Armando.

Wilson se palmeó la frente, y puso expresión de susto. Beatriz vio su cara de pánico y tuvo que suprimir una carcajada.

—Betty, ¿me escucha?, ¿qué no me dijo usted que solo tenía para una, o dos horas más, como mucho?

—Sí doctor, pero tuve un problema con los datos que envió uno de los proveedores, Disatex. El archivo estaba corrupto, pero pude solucionarlo.

Armando puso la mano en la entrada de audio del celular. El Gato Barbieri acababa una excelente interpretación, y el público estaba desarmándose en aplausos.

—¿Entonces ya quedó todo listo? —preguntó, cuando el bullicio se aminoró apenas un poco.

—Sí doctor, no tiene que preocuparse —respondió, y Armando advirtió el tono orgulloso en la voz de su asistente. Sonrió. Esa Betty, siempre tan competente y resolutiva.

—Óigame Betty, hágame un favor, ¿sí? —Del otro lado de la llamada, Beatriz asintió con la cabeza, como si su jefe pudiese verla—. ¿Vio que esta tarde usted sacó dinero de mi billetera, y luego lo dejó en el escritorio?

—Sí, Don Armando —asintió, y torció la boca, nerviosa, comenzando a entender el motivo de la llamada.

—No encuentro la billetera, fíjese por favor si la dejé en la oficina.

—¡Ya mismo doctor! Wilson, por favor.

El portero acortó la distancia, con solo dos pasos de sus kilométricas piernas.

—A la orden doctora.

—Wilson, por favor, vaya a la oficina de Don Armando, y fíjese si hay una billetera en el escritorio, ¡pero corra!

Con el bullicio de fondo que había en el bar, Beatriz no llegó a escuchar a Armando reírse. A pesar de que su asistente había entrado a la empresa siendo el hazmerreír de todos, en apenas unos meses ella misma había revertido la situación: ahora tenía a todo el personal de Ecomoda acatando sus órdenes, como si viniesen de él mismo. Lejos de incomodarle esa realidad, le daba orgullo: Beatriz Aurora Pinzón Solano, asistente de presidencia, era su creación, y solo él sabía de todo el potencial que guardaba ese cuerpecito de apenas un metro sesenta de estatura, que no debía alcanzar los sesenta kilos. Había concluido esas medidas, luego de ciertos abrazos espontáneos que habían surgido entre ellos dos.

—Betty, voy a pedirle que me salve la vida nuevamente.

Beatriz sonrió, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Aunque ella no fuera su prometida, o alguna de sus tantas amantes, Beatriz sabía que Armando contaba con ella como con ninguna otra mujer. Y para la única hija de los Pinzón Solano, eso era suficiente. Podía vivir así para siempre, siendo indispensable en la vida del único hombre que le importaba en el mundo. Después de su padre, por supuesto.

—Claro doctor, ¡cuente conmigo para lo que sea! —respondió, con su consabido entusiasmo.

—Cuando Wilson encuentre la billetera, le voy a pedir que la traiga a la siguiente dirección. Se toma un taxi, ¿oyó? ¿tiene para anotar?

—Sí doctor —respondió, tomando un bolígrafo y el taco de notas que Aura María siempre dejaba, prolijamente, sobre el escritorio—. Dígame.

Armando se dio la vuelta, apoyando la espalda sobre la barra del bar. A lo lejos, la hermosa mujer que dejó sola en la mesa, lo miraba expectante, cruzando sus torneadas piernas.

—Carrera séptima… —empezó a dictar. Se le olvidó lo mucho que lo estaba aburriendo esa mujer, y sus ojos siguieron el camino tentador que marcaba el tajo de su vestido—, con calle veintiocho.

—Ah, es el Chez Edy.

Armando parpadeó, y regresó la vista al escenario, confundido.

—Betty, ¿conoce este lugar?

—Claro Don Armando, aunque solo oí hablar de él —explicó—. Es uno de los bares de jazz más importantes de Bogotá, ¿no se presentaba hoy el saxofonista argentino, Leandro Barbieri?

Armando permaneció mudo por algunos segundos.

—Sí, ese mismo.

—Ahora entiendo la música de fondo que se oye —respondió, y volvió al tema crucial—. Discúlpeme doctor, es mi culpa, debí entregarle su billetera en mano.

—No Betty, no es su culpa —contestó, aún atado al comentario que había hecho su asistente. No era normal encontrar gente de su edad que le gustara el jazz, y jamás se hubiera imaginado, que su asistente era una de esas personas. Sincerándose consigo mismo, Mario tenía razón: él no sabía demasiado de la vida, los gustos y aficiones de Beatriz, más allá de su perfil profesional y su padre sobreprotector. Prácticamente no conocía a su mano derecha, esa persona a la que le confiaba absolutamente todo. Quiso preguntar—. ¿Cómo supo del concierto de esta noche?

Beatriz estaba atenta a que se abrieran las puertas del elevador y apareciera Wilson, con billetera en mano. Se sentía mal por el contratiempo en el que estaba su jefe, del que se sentía responsable. De no ser por esa preocupación, Beatriz habría tenido lugar suficiente en la cabeza para emocionarse por el hecho de que su jefe, por primera vez, estaba interesándose por ella, más allá de sus conocimientos en finanzas y economía.

—Ah, lo dijeron esta noche en el ciclo radial de jazz de la Universidad Javeriana —respondió con soltura, al tiempo en que pensaba que lo mejor hubiese sido ir ella misma a por la billetera.

«Ay Wilson, ¿en dónde anda buscando? Don Armando nos matará», pensó, mordiéndose los labios, y acomodándose las pesadas gafas sobre el puente de su nariz.

Armando arqueó las cejas, sorprendido. Ese ciclo de jazz era uno de sus preferidos, no solo porque se emitía a una hora en la que podía escucharlo cómodamente en el sillón del living, disfrutando con un vaso de whiskey, sino porque solían tener entrevistas interesantes con referentes del género, e incluso, alguna jam session en vivo.

—Doctor, Wilson no baja, creo que iré yo a la oficina.

—No, Betty, espere.

A Beatriz le resultó extraño el tono que uso para detenerla. No había sonado con la misma severidad con la que siempre ordenaba a los demás, lo que debían hacer.

—Diga, Don Armando —respondió, dejando de mirar el elevador, y volviendo su atención al teléfono.

—¿A usted le gusta el jazz? —lo escuchó preguntar, y Beatriz enmudeció, creyendo haber oído mal. Ese tipo de situaciones solo ocurrían en sus fantasías. Sí, esta debía ser otra de sus ilusiones, pero, ¿por qué parecía todo tan real? Los aplausos del otro lado del teléfono, la lluvia que golpeaba los vidrios de Ecomoda, e incluso, la respiración de su jefe, que, aunque tenue, ella era capaz de distinguir—. Beatriz, le hice una pregunta.

Ella enderezó la espalda, y miro hacia ambos lados de la oscura y silenciosa recepción. Ya había tenido esa ilusión con anterioridad: ambos subidos a su auto, charlando sobre el concierto de piano de Keith Jarrett en Toronto. Respondió, temerosa, como si ese instante tan perfecto fuera a romperse en cualquier momento.

—Sí doctor, me gusta. Me gusta mucho —respondió, y antes de que ese instante tan mágico, tan frágil, se esfume, agregó—. Y Leandro Barbieri no solo es un excelente saxofonista, sino un gran compositor. Last Tango in París, no hubiese sido lo mismo sin su música, doctor.

Beatriz no tenía la voz más sensual del mundo, más bien, era rasposa y hasta chistosa, pero el entusiasmo que empapaba cada palabra que salía de su boca, tenían el poder de contagiar a Armando en su optimismo, en esa infantil ilusión con la que ella salpicaba todo lo que hacía y decía.

Luis Alberto se acercó a la barra para dejar algunos vasos vacíos, y no pudo dejar de advertir la sonrisa extraña que había atrapado el rostro del cliente de la mesa doce. Con el celular casi pegado a su oreja, parecía estar trasladado a otro mundo. El camarero echó un vistazo a su mesa, en donde había dejado a una morocha deslumbrante, con una mueca en el rostro que evidenciaba todo el enfado de estar siendo ignorada. Pero su cliente preferido, quien estaba atado a la misteriosa voz que había al otro lado del teléfono, no parecía importarle. Luis Alberto continuó con su trabajo.

—¡Maestro! —Alguien en el público, con un acento que no parecía colombiano, elevó la voz al terminar una canción—. ¡Usted no se puede marchar sin tocar El último tango en París!

Todos los espectadores apoyaron la moción entre aplausos y chiflidos, y Armando salió de ese extraño trance en el que había estado por unos segundos.

—Betty, ¿me escucha? —preguntó, sintiéndose raro por esa cosa indescifrable que se retorcía en su pecho.

—Sí doctor, perfectamente.

—Bien, ponga atención entonces.

Armando tomó asiento en una de las banquetas, apartó el celular de su oído, y alzó el brazo colocando el celular en dirección al escenario. Sin soltar el auricular, Beatriz rodeó la mesa de recepción, y tomó asiento en la silla que, de día, ocupaba Aura María. La calidad de la llamada no era perfecta, pero con solo escuchar los primeros acordes del saxofón, reconoció casi al instante la canción.

—El último tango en París —susurró al teléfono, y cerró los ojos, dejándose llevar por la cadencia sensual del saxo, y la atracción irresistible que había sentido, cuando siendo solo una adolescente y sin que sus padres lo supieran, había visto una película sobre un hombre adulto, una joven muchacha, y todo aquello que podían hacer en un piso sin muebles. Recién allí, Beatriz pudo entender a qué se refería su padre, cuando le repetía sin cesar: "El diablo es puerco".


Wilson optó por bajar las escaleras; sus piernas eran más rápidas que el ascensor. Había rebuscado por toda la oficina, hasta dar con la billetera del presidente, tirada debajo de la cajonera.

—¡La encontré! —gritó al llegar, y la Doctora Beatriz dio un brinco que casi la tira de la silla.

—¡Dios mío Wilson, casi me mata del susto! —respondió, poniéndose la mano en el pecho, y volvió a hablar al teléfono—. Doctor, aquí está su billetera. Apenas llegue el taxi salgo para allí, ¿sí?

Wilson vio como la asistente de presidencia colgaba, y rodeaba la recepción. Le entregó la billetera y ella la guardó en su cartera de tirantes. Le extrañó la forma en que miraba insistentemente al piso.

—Doctora, ¿se siente bien? Tiene la cara roja.

—¿Qué? No, no —tartamudeó, y se peinó el capul, sin dejar de mirar el suelo. Afuera, la bocina de un auto se oyó, y Beatriz apuró sus pasos para salir. Tropezó con la alfombra de la entrada, pero siguió su camino.

Wilson la vio correr bajo el aguacero que no amainaba, y meterse de un salto al taxi. El portero sacudió el brazo, saludándola.

—¡Hasta el lunes doctora! ¡Que descanse!


Luis Alberto iba y venía entre las mesas del bar, en el momento más atareado de la noche: cuando el show finalizaba, las personas o hacían nuevos pedidos, o pedían la cuenta, y no había demasiada paciencia en esperar ni lo uno, ni lo otro. Inesperadamente, el cliente de la mesa doce se acercó a él, algo que le resultó sumamente extraño.

—Disculpe Doctor Mendoza, ¿me estaba llamando?

—No, no se preocupe —contestó, pasándose la mano por la nuca, y mirando a un lado y a otro, incómodo—. Mire Luis, debo pedirle un favor, ¿puede ser?

—Por supuesto doctor.

—Vea, olvidé mi billetera en la oficina, con dinero, tarjetas, licencia de conducción, todo. Mi asistente en este momento está viniendo hacia aquí para traerla. Pero necesito comprar algo antes…

Luis Alberto intentó no mostrarse impaciente. Observó la mesa doce, se dio cuenta que la mujer bella aún seguía allí, y apuró conclusiones.

—¿Necesita dinero para comprar el álbum de Barbieri?

Su cliente hizo un aplauso, como si hubiese dado en el blanco.

—¡Exacto!

—Doctor Mendoza, no se preocupe, vaya hasta el mostrador en recepción, y pida que le carguen todo a su cuenta. En la semana se acerca a cancelar todo, el álbum y el consumo. Usted es cliente habitual.

El camarero estaba a punto de continuar su ruta, pero el empresario lo detuvo nuevamente.

—¿Y será que puedo pedirle otro favor?


Beatriz apretó los puños, y deseó con todas sus fuerzas tener la personalidad explosiva y aguerrida de Sandra. Si su amiga estuviese en esa situación, seguro ya habría ahorcado al taxista, obligándolo a completar su recorrido con una llave al cuello.

—Pero señor, son solo algunos metros, ¿usted se da cuenta lo que está lloviendo?

El taxista la miró a través del espejo retrovisor, y negó con la cabeza.

—Mire señorita, usted me va a tener que disculpar, pero yo no me voy a meter en esa calle, con esa inundación —respondió, con un acento cantado y alto, que Beatriz intuyó como santandereano.

—¡Pero si es apenas un poco de agua! ¡Como mucho debe llegar a mis tobillos!

—Puede que a usted no le parezca nada, pero con solo un poco de agua que le entre a este cacharro, me arruina el motor del auto, ¿entendió? Vaya caminando, que es ahicito nomás.

Refunfuñando por lo bajo, metió la mano en la cartera y sacó los billetes más viejos y arrugados que tenía, y se los arrojó en el asiento del copiloto. Salió del auto, cerrando la puerta con un aventón, para que el taxista supiera de su enojo, pero su fuerza física era tan insignificante, que apenas se notó.

El taxista la saludó desde la ventana semi abierta.

—Que Dios la bendiga, ¡y gracias! —saludó, y arrancó el auto.

Beatriz se aferró a su cartera, abrazándola contra su pecho, y avanzó por la calle donde se encontraba el bar. Más que caer gotas de lluvia, lo que caían eran baldazos de agua. Con tan solo caminar unos metros, hasta la ropa interior se le había mojado, y tener al agua de la calle corriendo como en un arroyo, por arriba de sus tobillos, no la estaba ayudando demasiado.

Se encomendó a la Virgen del Carmen, y avanzó, ignorando el temblequeo del cuerpo.


Con la voz desinflada por el frío, Beatriz repitió una vez más el mismo argumento, al impertérrito hombre que custodiaba la entrada del bar. Desde dentro, llegaba el bullicio de risas, conversaciones y el riff alegre de un swing.

—Señor, soy la asistente del Doctor Mendoza, Beatriz Pinzón —insistió, buscando la identificación del trabajo, pero no la encontraba por ningún lado. Probablemente, ya estaba flotando calle abajo—. Él me está esperando para que le entregue su billetera.

Beatriz sintió el escrutinio despectivo del vigilante, recorriéndola de arriba a abajo. Sabía que no llevaba las mejores pintas: estaba empapada hasta las medias, el chaleco de lana mojado, tejido por su mamá, pesaba al menos tres kilos más, y justo antes de llegar al lugar, se había tropezado en plena calle inundada. ¿El resultado? Un manchón negro en su falda caqui acampanada; Beatriz eligió no deducir cuál era la procedencia.

—Sin su ticket no puede ingresar —repitió, lacónicamente.

—¡Pero al menos dígale que estoy aquí! —insistió, furiosa, aunque para el guardia, acostumbrado a tratar con borrachos y pendencieros, aquella feíta pigmea que le llegaba a la cintura, no representaba ninguna amenaza.

La frustración que sentía no era un simple Déjà vu: la historia se repetía, solo que esta vez, en lugar de estar en la moto de Freddy, con la melena electrificada, y discutiendo con el guardia del club, estaba sola, chorreando agua frente a un hombre que media medio metro más que ella. ¿Pero cómo había resuelto anteriormente la situación?

«¡Pues colándome!», pensó. Buscó los puntos ciegos del hombretón, se ajustó la cartera de tirantes, y simulando que se estaba retirando, viró de pronto y echó a correr, pasando por debajo del brazo del guardia. Unos segundos le bastaron para pasar a la recepción del bar, lo mismo que al gigante le llevó estirar el brazo, y levantarla por la cintura. A Beatriz no le quedó otro recurso que hacer uso de su herramienta más poderosa: su particular voz.

—¡Don Armando! ¡Don Armando! —gritó, sacudiendo brazos y piernas, que, en el agarre acérrimo del guardia, parecía un pescado retorciéndose en las fauces de un oso.

—¡Qué pereza esta vieja! ¡Deje de gritar!

—¿Qué está pasando?

Un hombre canoso, vestido con el uniforme de los mozos, y con una mueca severa que le recordaba a su propio padre, miró con reproche el escándalo que estaba montando el guardia.

—Luis, esta mujer insiste en ingresar, sin entrada.

—Señor —Ante la única oportunidad que se le presentó, Beatriz se apuró a hablar. El guardia todavía la asía de la cintura, flotando a cincuenta centímetros del suelo—, mi nombre es Beatriz Pinzón, y ...

—Ah, usted es la asistente del Doctor Mendoza —contestó, y a Beatriz se le iluminó el rostro— ¿Quiere bajar a la señorita, por favor? —ordenó, y el guardia acató de inmediato. Los pies de Beatriz volvieron a tocar el suelo.

—¡Gracias! Sí, estoy aquí para entregarle su billetera —respondió, aliviada de que al fin alguien le hiciera caso.

El mozo le pidió que esperara un momento, y se perdió en el bullicio del bar. Beatriz exhaló aliviada, y el guardia le echó una última mirada dudosa, antes de volver a su puesto. Lo despidió sacándole la lengua, arrugando la nariz en una mueca burlona.

—¿Betty?

Beatriz volteó al escuchar su nombre. ¡Por fin! Armando Mendoza, todo alto, apuesto y varonil, caminaba hacia ella. Se corrió el mechón de pelo mojado que se le había pegado a las gafas y a los labios, y saludó a su jefe.

—Cómo está, doctor —saludó, sonriente, y rebuscó en su cartera. Afortunadamente, la billetera era lo único que se había salvado de la lluvia. Se la entregó extendiendo las dos manos—. Don Armando, aquí tiene su billetera.

Armando recibió su cartera, pero con la mandíbula desencajada por el panorama que tenía enfrente: parecía que su asistente había decidido darse un chapuzón con ropa, medias, zapatos y todo. Si usualmente tenía la pinta de una escoba muy usada, ahora parecía una gallina mojada, con los mechones de pelo pegados a la cara, el capul inflado, y la ropa pesada, como queriendo arrastrarse con fatiga sobre su cuerpo, algo que le recordó a la flacidez de los relojes derretidos de Dalí.

El presidente de Ecomoda frunció los labios a tiempo, para detener una carcajada que subió desde el mismo estómago. Se llevó una mano a la boca, y apenas pudiendo contener la risa, preguntó:

—Betty, ¿qué la atropelló?

Ella se encogió de hombros y completó el cuadro, riéndose.

—Pues Bogotá, doctor.


Beatriz esperó en una esquina de la recepción, tratando de pasar desapercibida, algo casi imposible, teniendo en cuenta que los hombres y mujeres que salían del bar (y volvían a entrar, al ver el aguacero), iban vestidos acorde al caché exclusivo del mismo. Muchos pasaban mirándola con curiosidad, otros con rechazo, y por cada mirada reprobatoria, Beatriz quebraba la boca y escondía la cara pasándose las manos insistentemente por el capul, acomodando las gafas. Ella sabía que su presencia desentonaba completamente con la distinción del bar, pero su jefe le había dicho que aguardara allí.

Lo vio abonar todo con tarjeta de crédito, y guardar prolijamente en la billetera, el comprobante de la transacción. Beatriz sabía por qué lo hacía: cuando Doña Marcela regresara de Palm Beach, con su ya clásica catarata de acusaciones y sospechas, su jefe tendría los documentos infalibles para argumentar su propia defensa. A dónde había ido, y a qué hora se había retirado.

«Pobre Don Armando», se compadeció, en sus pensamientos. Entendía a su jefe; ella también tenía a alguien en su casa, que seguía sus acciones con lupa, que pedía explicaciones de absolutamente todos sus movimientos.

El camarero que la había ayudado, apareció en la recepción y le entregó a su jefe una bolsa negra, y el Doctor Mendoza le agradeció con una sonrisa, una palmada en el hombro, y, por supuesto, con dos billetes de la más grande denominación. Después de varios almuerzos de trabajo juntos, Beatriz sabía cuán generoso era él con las propinas.

Su jefe se acercó a ella mirando la hora en su muñeca.

—Doce en punto —dijo, dándole golpecitos al reloj—. Justo a tiempo March —siguió, y Beatriz intuyó que su jefe había pensado en voz alta.

—¿Armando?

Presidente y asistente voltearon a la vez. La aparición casi etérea de una morena bellísima, de cabello brillante, lacio y sedoso, hicieron que Beatriz se replegara, instintivamente, detrás de su jefe. Aunque estaba acostumbrada a ver pasar deidades en Ecomoda, las pintas que llevaba en ese momento, la convertían en la antítesis exacta de esa mujer. Además, Beatriz sabía que, cuando se trataba de las amantes de su patrón, debía mantenerse al margen y escondida.

—Pensaba que te habías volado —continuó. Armando la vio caminando hacia él, con esa sonrisa y ese contoneo de caderas que habían sido su anzuelo. Echó una mirada rápida hacia atrás, con Beatriz escondiéndose detrás suyo, e hizo lo que mejor sabía hacer en esas situaciones: juntar las manos, sonreír, y fingir.

—Vas a tener que perdonarme Carolina —empezó, y el rostro de la desconocida se avinagró, al igual que su voz.

—Me llamo Andrea.

Armando escuchó la risilla ahogada de Beatriz detrás suyo, y plegó los labios haciendo un esfuerzo por no reírse también.

—Sí, Andrea. Fue muy rico conocerte, pero vea, mi asistente tuvo un percance y…

La voz de canario afónico de su asistente, le habló por detrás.

—Doctor, yo lo dejo tranquilo —musitó, comenzando la retirada, pero Armando echó un brazo hacia atrás, y la asió fuertemente del antebrazo.

—En fin, me tengo que ir. Pero fue una velada magnífica, que se repita, ¿ah? —concluyó hablando rápido, y sabiendo que había sido la peor de las despedidas, salió ligero y expedito de la recepción del bar, arrastrando a Beatriz del brazo.


Solo los motorizados de dos ruedas, es decir, los Freddys bogotanos, se animaban a pasar por el arroyo en que se había convertido la calle. Algún que otro automovilista, muy valiente para algunos, pero muy necios según Armando, circulaban lentamente, generando pequeñas oleadas al pasar. Al ver todo aquello, Armando entendió por qué Betty llevaba esas pintas: habría cruzado toda la calle inundada, solo para entregarle su billetera.

«Y conociendo esas patas torpes que tiene… El guarapazo que se debe haber dado», conjeturó para sí, mirando hacia un lado y el otro de la vereda. Solo tenían que llegar hasta una de las esquinas, para poder ir hasta el estacionamiento, que estaba a la vuelta del bar.

—Pero doctor, yo me podría haber ido en taxi.

—¿De qué está hablando Betty? ¿Usted ve que pase algún taxi por aquí?

—Es que doctor, —insistió, y Armando rodó los ojos, pero sin dejar de analizar el panorama: un camino posible, un lugar por donde salir, sin tener que hacer una demostración de braceo y crol en el agua—, yo solo vine a dejarle la billetera, no tenía por qué dejar su cita con la señorita.

—Beatriz, qué clase de jefe sería si la dejo a pie con esta tormenta, ¿ah? —explicó, observando que la vereda y la calle tenía una inclinación hacia el centro, lo que hacía que el agua no se concentrara en un trecho muy pequeño de la vereda. Podían caminar por allí, pegándose contra las paredes de las casas, poniendo un pie detrás de otro, y sin necesidad de tener que meterse de lleno en el caudal—. Betty, usted esta noche me salvó dos veces.

—No comprendo, doctor.

—Sí, mire. No solo vino a traerme mis pertenencias, sino que, además, me rescató de una tentación —explicó. Armando dio un salto, y llegó hasta el estrecho despejado de la vereda. Casi pierde el equilibrio, pero se asió a las rejas de la ventana de una casa. Volteó y estiró el brazo, ofreciéndole la mano a su asistente—. Usted es mi angelito de la guarda, Betty.

«¿O debería decir murcielaguito de la guarda?», bromeó, aunque inmediatamente recordó que la semana anterior, la empleada doméstica había atrapado un murciélago en uno de los taparrollos del apartamento, y para ser franco, ese bichito feo de ojos redondos y orejas pequeñas, hasta le había parecido tierno.

Pero su asistente lo miraba como si hubiese hablado en arameo.

—¡Betty, apúrele! —apresuró, sacudiendo el brazo—. Que si no llegamos para la una, a usted la mata Don Hermes, y a mi me cuelga Marcela. Y Ecomoda no puede prescindir de mí, y mucho menos de usted, ¡salte!

—¡Sí, doctor!

Ella estiró el brazo y Armando asió su mano con firmeza. La destreza física nunca había sido su fuerte, pero saltó y, con el agarre fuerte de su jefe, llegó hasta donde estaba él. Los pies de ella eran mas pequeños, por lo que entró sin problemas en el estrecho.

—Bien, camine detrás de mí Beatriz —indicó, y ella solo atinó a cabecear en silencio.

Beatriz pretendió normalizar la situación, puso todo su empeño en explicarle a su mente que caminar tomada de la mano de su jefe, era un hecho fortuito, que solo era una mano más, que no había diferencias, que esa otra piel que tocaba la suya, ese contacto tan íntimo, era igual a las caricias de su madre, o los abrazos de su padre, sus amigas, e incluso, de Nicolás.

«No es más que piel, Betty. Solo otra piel», se repitió, pero, aunque sus pies seguían el camino lento y cuidadoso que marcaba Armando, el corazón trotaba en su pecho, en su garganta. Su mano era suave, cálida, y tan grande, que envolvía la suya por completo. Sabía que tenía las orejas rojas, probablemente toda su cara, y por eso mismo, comenzó a temblar de los nervios.

Armando dejó de caminar por un momento y se volteó brevemente.

—Betty está temblando, ¿tiene frío?

—S-sí, quiero decir, no —tartamudeó—. No es nada doctor.

—En el carro pondremos la calefacción —dijo, a modo de consuelo.

Beatriz se sentía volátil, tibia, como una rodaja de mazorca flotando en el ajiaco que cocinaba su mamá, y así de encandilada, no vio la baldosa saliente que su jefe había evitado, y tropezó dándose la cara de lleno con esa espalda. Armando trastabilló, y uno de los pies se le fue de lleno al agua, con mocasín de cuero, medias importadas, y dignidad incluida.

Su jefe la miró como si quisiera ahogarla allí mismo.

—¡Ay, discúlpeme doctor! —rogó, amagando a agacharse para ayudarlo, pero su jefe la sostuvo mas fuerte de la mano, y la miró, hablando en un tono susurrante, casi espeluznante.

—¡No! Se queda allí, quietecita, ¡justito ahí! —ordenó, intentando parecer sereno, lo que, al parecer de Beatriz, lo hacía aún más siniestro—. Solo va a hacer tres cosas, ¿bien? —Beatriz asintió lentamente con la cabeza, y Armando las enumeró con la mano que tenía libre—. Respirar, caminar, y ¡mirar en dónde mete los pies, hombre!

—Lo siento, Don Armando.

Armando retomó el camino y echaba una mirada atrás de tanto en tanto: Beatriz miraba obsesivamente el suelo, poniendo toda su concentración al andar. La lluvia caía sin pausas, pero no había viento y los balcones de las casas servían para guarecerlos. El zapato lleno de agua, generaba una ventosa incómoda y desagradable al pisar, afectando sus peores nervios obsesivos. Al cabo de un silencio absoluto, Armando acabó por sentirse culpable: no había querido gritarle. Desde que había escuchado al mismo Don Hermes tratarlo de abusivo, había intentado mantener la calma con ella.

«Pero es que Betty, ¡usted me saca de quicio!», pensó.

—Beatriz, qué tanto con todas esas caídas suyas, ¿ah? ¿sus papás no la hicieron ver de niña, no la llevaron con el médico?

—Sí, Don Armando.

—Aja, ¿y cuál fue el diagnóstico? —preguntó, y la escuchó reírse.

—Pura torpeza.

Armando sonrió, y se detuvo. Ya estaban llegando casi al final de la calle, pero en medio de la vereda, había un gran bache que, en ese momento, oficiaba de laguna. Con sus piernas largas no habría problema, pero Betty era otra cosa. Armando soltó la mano de ella, y sosteniéndose de la pared, buscó acomodar el cuerpo.

—No se preocupe Beatriz —habló, retomando la anterior conversación—. Algunos pocos, como usted o mi papá, nacieron para pensar y crear, y el resto de nosotros... —continuó, pasando una pierna al otro lado, perdiendo por un segundo el equilibrio, pero recobrándolo al instante—. El resto de nosotros, vinimos para cuidar los caminos por donde ustedes pisan. A ver, deme otra vez su mano Betty.

La mano de Beatriz quedó suspendida en un puño cerrado, al escuchar las palabras de su jefe. Esas conclusiones, tan simples y sinceras, siempre salían de su boca con total naturalidad y desparpajo, sin saber que eran un dardo directo al corazón de Beatriz, carente de palabras amables y halagos bonitos durante toda su vida. Beatriz quería confesarle que lo eran todo para ella: como aquella vez que él había dicho que sus gafas, eran el objeto más importante de Ecomoda.

Pero Armando la vio quedarse estática, y pensó que ella tendría miedo de ocasionar otro traspié. Suavizó su rostro, haciéndole una sonrisa comprensiva.

—Betty, no se va a caer, venga —le dijo, y con un brazo, la tomó por la cintura y la sostuvo contra él. Fueron apenas dos segundos, en donde Armando se impulsó al otro lado, y Beatriz, rígida cómo saco almidonado, fue demasiado consciente del abdomen de su jefe, pegado contra el suyo.

Los pies de Beatriz tocaron vereda, y su jefe saltó, hasta llegar a tierra segura.

—Ahora sí, vamos —dijo, y caminó por delante de ella. Beatriz tardó algunos segundos en reaccionar, pero se obligó a destrabar las piernas. Su mente y corazón, habían quedado navegando en esa calle inundada.


—Disatex es una gran opción doctor, si tomamos en cuenta la relación costo calidad, pero nos arriesgamos a cerrar contrato con una empresa que tiene historial de retrasos en la producción.

Beatriz sintió que, hablando de presupuestos, costos y Ecomoda, la situación volvía a estar bajo control. Ambos estaban esperando en el estacionamiento a que el empleado trajera el carro.

—Betty, ¿y si contratamos los insumos exclusivamente para la línea de fiestas? Hugo no terminó de diseñarla, pero ya nos dio un adelanto, lo que nos deja una ventana de tiempo para prever cualquier retraso que tengan.

Beatriz sonrió, mirando con admiración a su jefe: a pesar de sus títulos y posgrados, todo lo que había aprendido acerca del mundo de la moda, y del rubro textil en general, se lo debía a él.

El Toyota oscuro apareció, y el empleado del estacionamiento le entregó la llave a su dueño. Armando entró rápido al auto y abrió la puerta del copiloto desde dentro, pero Beatriz se quedó observando el asiento, dudosa de subir.

—¿Y ahora qué, Betty?

—Doctor, ¿no tiene una bolsa o algo para cubrir el asiento? Voy a estropearlo.

Armando rodó los ojos y salió nuevamente del auto. Fue hasta el baúl y Beatriz lo vio rebuscar entre algunas cosas, hasta encontrar una bolsa de tamaño mediano.

—Deme ese chaleco Betty —pidió, y ella se lo quitó de inmediato. Al entregárselo, la mano de su jefe se fue hacia abajo—. Beatriz, ¡este chaleco pesa tanto como usted! —señaló, riéndose.

¡Ay, cuánto amaba Beatriz esos hoyuelos en las mejillas de su jefe!

—Me lo tejió mi mamá —comentó, por decir algo, mientras veía como él estrujaba el chaleco, quitándole el exceso de agua. Lo metió en la bolsa y se lo entregó, y Beatriz le agradeció. Cuando ella abrió la puerta del carro, sintió las manos de su jefe sobre sus hombros, y su corazón hizo un ascenso rápido a la garganta.

—Cúbrase con esto —le dijo, acomodándole su saco en la espalda—. El lunes me lo devuelve.

«Don Armando…», suspiró, internamente. Tomó lugar en el asiento del copiloto, y él puso en marcha el auto. Beatriz se hundió en el asiento mullido, en el saco de su jefe, que aún tenía el olor de su perfume, de él. Que conservaba su calor. Vio sus manos al volante, la forma tan elegante con la que él siempre conducía. Estaba agotada. Cabeceó varias veces, luchando contra la tentación del sueño.

Armando la vio bambolear la cabeza de un lado a otro, y aguantó una risa. Prendió la calefacción, como se lo había prometido, y el estéreo en la opción de reproducción de CD. Camino al bar, Armando había estado escuchando "Nina Simone. Grandes éxitos", y la reproducción reinició donde había quedado. Atento a que su asistente estaba a punto de quedar dormida, bajó el volumen.

I wish I knew how

It would feel to be free

I wish I could break

All the chains holding me

—¿Escuchó la versión en vivo de esta canción en Montreux, doctor? —preguntó ella, en un hilo de voz, y Armando corrió la cabeza brevemente, para verla hablando casi somnolienta. Las luces de los semáforos se reflejaban sobre el pavimento mojado. La lluvia había parado.

—No, Betty, no estoy seguro.

Ella murmulló un "Hum" aletargado, y Armando supuso que estaba intentando no quedarse dormida.

—Debería doctor —aconsejó, con sus párpados luchando contra el impulso de cerrarse—. Ella se hizo famosa cantando que deseaba saber cómo se sentía ser libre… —Armando puso su atención visual al camino; por todo lo demás, estaba atento a lo que decía su empleada favorita—, pero en ese concierto, muy lejos de su tierra natal, Nina Simone cambió la letra del final.

—¿Y qué cantó?

La voz de "la sacerdotisa de soul" vibraba entre los dos. Beatriz citó textual, según lo que recordaba de esa versión:

—Descubrí lo que se siente no estar encadenada a nada. Yo ya sé, lo que se siente ser libre—citó, casi susurrando, casi dormida.

Armando se rio por lo bajo, meneando la cabeza. Beatriz a veces parecía una enciclopedia inagotable de información.

—Betty, ¿hay algo que usted no sepa? Como su jefe, ya no me quedan lecciones para darle.

El semáforo se puso en rojo, y el carro se detuvo. Armando giró la cabeza para ahora sí, mirarla a ella. El saco le quedaba tan grande a su asistente, que parecía estar escondida allí.

—No, no —respondió, apenas curvando los labios—. Usted tiene mucho para enseñarme doctor —concluyó, y finalmente, Beatriz se quedó profundamente dormida. Lo hizo pacíficamente, sin alcanzar a ver el gesto de turbación en su jefe.

Una bocina lo devolvió a la realidad: el semáforo ya estaba en verde. Arrancó el auto y aceleró, tratando de quitarse el aturdimiento que tenía encima.

«Usted tiene mucho para enseñarme doctor», repitió el cerebro de Armando, rebotando en su consciencia, de un lado al otro.

—¡Ay, no sea idiota hombre! —se regañó a sí mismo, apretando con fuerza el volante. En lo que quedaba de trayecto, se contuvo de girar la cabeza hacia el asiento del copiloto.


Beatriz abrió pesadamente los ojos, para encontrarse con el rostro de su padre casi pegado al vidrio.

—¡Papá! —exclamó, despertándose de golpe y sentándose derecha.

La voz de su jefe habló, con incomodidad.

—Sus padres salieron antes de que lograra despertarla Betty —explicó, y Beatriz se apresuró a salir del auto, dejando el saco de él en el asiento. Su padre la esperaba con la bata de dormir, las manos en la cintura, y una cara de ogro que pocas veces le había visto. Detrás, su madre negaba con la cabeza una y otra vez.

—¡Qué! ¿en dónde fue el carnaval? ¿eh? —gritó su papá, haciendo aspaviento con los brazos— ¡Mírese! ¡Toda sucia y mojada!

—Hermes, no le grite así a la niña, que va a despertar a los vecinos —rogó su madre, quien se acercó solicita a su hija, para cubrirla con una manta.

—Don Hermes, es mi culpa —intervino Armando—. Olvidé mi billetera y su hija me hizo el favor de alcanzármela.

Armando no hizo el amague de salir del auto, donde se sentía protegido. Ese hombre que ya rascaba la tercera edad, le daba más miedo de lo que le gustaba reconocer.

El padre de su asistente lo miró funestamente, pero se regresó al hogar, pisando fuerte y rezongando alto.

—Ustedes dos, ¡adentro! —ordenó, y esperó en la puerta de la casa. Julia se apuró a subir las escaleras, y Beatriz se acercó a la ventana de su jefe, para despedirse.

—Gracias por traerme a casa doctor, y disculpe a mi papá.

Su jefe meneó la mano, para que olvidara el inconveniente, y le entregó una bolsa negra, que Beatriz tomó solo por inercia.

—Nos vemos el lunes, Betty —respondió con la vista al frente, sin mirarla, y arrancó. El Toyota de su jefe, desapareció en la siguiente cuadra.

—¡Betty! ¡Métase a la casa!


Después de un baño, una cena, y una breve charla sobre lo sucedido en el día con sus papás, Beatriz ya estaba vestida con su pijama, preparada para dormir. Su madre entró a la habitación, para llevarse el bulto de medias, ropa y zapatos que había en el suelo.

—¿Qué pasó con el chaleco mamita?

Beatriz abrió la boca, poniéndose la mano en la cabeza.

—Creo que me lo dejé en el auto de Don Armando.

Julia sonrió a su hija, y se guardó lo que estaba pensando en ese momento. Le dio un beso en la frente, y cuando estaba a punto de irse, sintió algo raro en el bulto de ropa. Rebuscó, y dio con una bolsa. Se la entregó a su hija, quien la recibió, indiferente.

—¿Qué es eso mija? —preguntó su madre, curiosa. Beatriz miró la bolsa sin mucho interés y se encogió de hombros.

—Me lo dio Don Armando. Papeles de trabajo, seguro.

Su madre hizo una mueca de desaprobación, pero se despidió y cerró la puerta. Beatriz se sentó en su cama, con una taza de té con miel y jengibre, que Julia había preparado para evitar resfriados, y sacó lo que había dentro de la bolsa negra. Se ahogó con el trago de té en su boca.

Sobre su cama, un CD con un arte de tapa ecléctico y colorido, llevaba impresas las palabras "Gato Barbieri. El momento", y en letra manuscrita, de tinta azul, se podía leer:

"Para Betty,

Con cariño,

Gato Barbieri".


Notas:

Primer one shot de esta pareja que me obsesionó en el 2022. Esta novela fue sin duda el descubrimiento del año.

Gaitán nos dio pequeños indicios de por qué estos dos eran tal para cual, y uno de ellos, es que a ambos les gustaba el jazz. Después, leí una nota del New York Times acerca de la vida de Fernando Gaitán, donde contaban que él solía escuchar los discos del saxofonista argentino, Leandro Gato Barbieri. Una cosa se sumó a la otra, y así nació este fanfic. Espero que les haya gustado, yo disfruté mucho escribiéndolo.

Gracias especiales a Magdalena, personita especial que conocí este año en el fandom, y con la que sacio mis ganas de hablar y hablar y hablar sobre Betty y Armando.

Les mando un abrazo.

Nadesiko-san