Esta historia quedó incompleta por años. La retomé porque me gustaba mi fic y no sé no la terminé por flojera o falta inspiración. Vuelvo ahora con el fin de terminarla. Ojala...
Los personajes pertenecen a Masami Kurumada.
El comienzo
Era un lindo día. El sol brillaba, tanto que a veces lo cegaba.
El bullicio era enorme:había gente en todos lados y hablaban muy fuerte. No estaba acostumbrado a eso, no era lo que esperaba. Pero ahí estaba. Al fin.
Había hecho un largo viaje desde la India a cargo de un señor amable a quien le fue encomendado y que poseía la más hermosas de las cualidades: era reservado. No deben haber hablado más de cinco veces durante el largo viaje y eso le complacía. De acuerdo a las instrucciones recibidas, no debía abrir sus ojos: ahí estaba el misterio de su poder. Obedeció. No necesitaba sus ojos para ver. Con su mente era suficiente.
Habiendo llegado ya a su destino, su acompañante le dijo:
– Y bien niño Shaka, hemos llegado a su destino.
Sonrió. Si su mente no le fallaba, debían estar al pie del santuario de Athena. Con doce casas por delante para cruzar. El viaje había llegado a su fin.
oooooooooo
No tuvo una infancia normal. Desde casi la cuna se le identificó como un ser celestial. Se decía que era la reencarnación del mismísimo Buda ¿podía ser eso posible? Para ser honesto, el muchacho no parecía ser de este mundo. Tenía el cabello color oro y los ojos de cielo como no solían verse por esos lugares. Siendo alguien tan especial, convenía separarlo de lo mundano. Nunca conoció a sus padres terrenales, si es que los tenía. Desde que tenía memoria vivió en un monasterio, con monjes, cantos, rezos, incienso. Se le trataba con mucho respeto, quizás demasiado, a pesar de, en ese entonces, no tener más de cuatro años.
Le gustaba su vida. Sin sobresaltos de ningún tipo. Hasta aquél día en que cumplió seis años. Estaba meditando, como siempre, cuando sintió una voz, potente pero a la vez dulce. Giró para ver de quién se trataba pero no vio a nadie. Volvió a su meditación pero la voz lo interrumpió una segunda vez, llamándolo por su nombre. Abrió sus ojos y por un momento no vio a nadie hasta que al fin se hizo presente. Era él, Buda.
No se impactó: eran ellos dos uno solo pero ¿qué quería de él? Mostrarle que había un mundo más allá del monasterio donde él vivía y, ese mundo, no era para nada bello. Vio guerras, muerte, destrucción. Hambre. Sufrimiento por todos lados ¿Ese era el mundo al que estaba destinado? Sí pero ¿por qué? Porque el mundo de los humanos es el único que permite llegar a ese estado en el que no hay más sufrimiento, dolor o reencarnaciones. Ese estado se logra viviendo en un mundo como el humano, no en un paraíso como el monasterio. El mensaje era claro: debía salir de ahí pero no sabía dónde.
Un año pasó. Un año en el que Buda seguía guiándolo pero sin ver él claramente cuál era su camino. Hasta que un día lo vio claramente: una mujer de oro se posó frente a él. Era como el sol lo que le obligó a cerrar los ojos, ojos que ya no abriría más. Le dio una orden clara: su lugar estaba en Grecia, en un santuario. Tomó la orden con tranquilidad ¿sería ese el lugar en donde conocería el mundo? Al parecer sí. Sin meditarlo mucho se dirigió a su comunidad y les narró su experiencia. A nadie pareció sorprenderle. Tenía siete años y era hora de partir. Luego de un par de días de ayuno y oraciones llegó el momento de partir. Le fue encargado al hombre con el que llegó a Grecia a quien se le reconrdó que él no era cualquier niño. Llevaba con él una joya y debía protegerlo como tal.
Ya había llegado y era hora de despedirse. Sintió un poco de tristeza al tener que decirle adiós a aquel buen hombre con quien, sin haber cruzado casi palabra, había establecido un tipo de lazo.
Miró hacía arriba. Era una colina bastante alta y al parecer debía subirla solo. Cuando se aprestaba a hacerlo un joven se le acercó indicando que él lo guiaría. Al preguntarle su nombre el joven le indicó que se llamaba Aioros de Sagitario. Pensó que debía decirle quién era y por qué estaba ahí aunque ni él mismo lo sabía bien. No hubo necesidad, al parecer, Aioros lo sabía. Sin decir mucho pasó su mano por el hombro de Shaka y lo invitó a seguirle, explicando qué era ese lugar y cuál sería su rol ahí.
En realidad, no encontraron a mucha gente. Todos, al parecer, entrenaban. Sólo vio a un chico alto, muy alto. Tan grande que pensó que él completo cabía en la palma de su mano. Pero en su mirada notó que era bueno de corazón. Se llamaba Aldebarán.
Aioros indicó que su hermano pequeño también era parte de la orden, que algunos muchachos aún no llegaban y así. Finalmente, el final del camino.. Estaban frente a las puertas del Santuario de la diosa Athena. Había algunos guardias que lo saludaron amablemente y luego se anunció al Patriarca. De pronto, las enormes puertas se abrieron y Aioros indicó que, desde ese momento, debía seguir solo. "Gracias" dijo el niño e ingresó. Le pareció un camino algo largo pero finalmente llegó frente al Patriarca cuya energía le indicó que era un hombre bueno.
– Bienvenido, aspirante a la armadura de Virgo.
– Mi nombre es Shaka - contestó.
– Shaka, si eres tú el elegido, pronto serás Shaka de Virgo.
Asintió respetuosamente. De pronto se dio cuenta que junto al Patriarca estaba alguien más. Tenía una energía tan pura que inmediatamente comprendió que debía ser un niño, como él.
– Ven acá Mu. Él es aspirante a la armadura de Virgo.
– Bienvenido - fue todo lo que la dulce voz le dijo.
Sintió curiosidad de verlo, presentía que debía ser un ser extraordinariamente hermoso, su energía y voz se lo indicaban. Por primera vez utilizó la fuerza de su mente y vio a un muchacho casi de su mismo tamaño, de ojos grandes. Siempre estaba sonriendo. Le agradó.
– Bien – dijo el Patriarca – es hora de que empieces tu entrenamiento.
No hubo necesidad. En ese mismo momento se presentó ante ellos la armadura de Virgo la que, sin necesidad de nada, se acopló al cuerpo del niño. El Patriarca y Mu sonrieron. No había nada que hacer. Shaka ya era el caballero de Virgo.
El Patriarca, cuyo nombre era Shion, le indicó a Mu, quien era su discípulo, que acompañara a su nuevo compañero a la sexta casa. Cargando la caja con su armadura, comenzaron el descenso. Ninguno de los niños hablaba. Por primera vez, Shaka sintió que el silencio era incómodo pero no sabía qué decir. No hablaba más que unas pocas palabras de griego, las suficientes para entender lo que le dijeron a su llegada, nada más. No hubo mayor problema, Mu rompió el silencio con un muy buen Hindi.
– Vengo del Tíbet . Aprendí tu lengua durante algunas peregrinaciones. Pero, debes saber que aquí todo se habla en griego. Shaka asintió, lo haría él también. Mu sonrió – no te preocupes, yo te ayudaré.
Le dio las gracias. Como no sabía que más decir sólo hizo patente lo largo que se veía el camino. Mu volvió a sonreír.
– Te diré un secreto – dijo tomándolo de la mano.
En un momento, una fuerte luz y la sensación de pesar nada lo inundaron todo. En menos de un segundo estaban fuera de una casa con dos vírgenes en la entrada. Mu le dijo que, desde ahora, ese era su hogar.
– Gracias Mu, has sido muy amable.
– De nada, para eso estamos los compañeros: soy el caballero de Aries.
Shaka también sonrió. Esperaba, eso sí, que, en un futuro, no sólo fueran compañeros. No sabía por qué pero deseaba que llegasen a ser grandes amigos. Entonces, Mu se transformó en polvo de estrellas y desapareció. Se acercó al borde a la escalinata y, allá abajó, sintió la presencia de Mu que le decía adiós con la mano.
Entró a la casa y sintió el perfume de las flores de loto. Se sintió como en su hogar pero ¿cuál era su hogar después de todo? Ahora, por primera vez, sentía que pertenecía a algún lado. Sabiendo que estaba solo, abrió los ojos. Su casa, que un principio parecía fría, se transformó en un hermoso campo de flores. Se deleitó observando hasta que, de pronto, vio dos grandes puertas que parecían esar selladas ¿A dónde llevarían?
oooooooooo
A Mu le agradó su nuevo compañero. A pesar de lo misterioso, notaba que era una persona excepcional aun manteniendo su aura distante. Estaba seguro de que llegarían a ser buenos amigos.
Amigos. Qué bonita era esa palabra y, a la vez, tan poco conocida por él. No era un ser huraño pero ser el discípulo del Patriarca lo ponía en una posición algo alejada de los demás. Tenía relaciones cordiales con casi todos los que ahí habitaban pero nada más. Su vida había estado al lado de su maestro a quien idolatraba. Además, ser el caballero de Aries tenía sus demandas: era él quien repararía las armaduras: una responsabilidad enorme para alguien tan joven como él. Pero confiaba en que su maestro viviría mucho tiempo, como todo lemuriano, para seguir guiándolo.
Solo en su casa, comenzó a hacer un repaso de su vida. No recordaba otra vida que la vivida en las montañas junto a Shion, aprendiendo todo de él. A pesar de ser entrenado para ser un Santo al servicio de Athena, él odiaba la guerra y siempre intentaba solucionar los problemas con palabras más que acciones. Esto desesperaba a algunos de su impacientes compañeros tales como Aioria de Leo o Milo de Escorpión, pero no podía evitarlo. Su naturaleza pacífica le impedía obrar de otro modo. Se le conocía también por una dulzura y amabilidad extremas. Podría considerarse como el más perfecto de los Santos aunque él renegaba de aquéllo, era aún un niño y, por lo tanto, muchas equivocaciones y caídas tenía por delante. Pero las aceptaba con entereza. Era parte del arte de aprender.
Repentinamente, y a través de la mente, oyó el llamado paternal del Patriarca preguntando si todo estaba bien. Lo estaba. Aunque podía tener acceso al lugar más recóndito de la mente de su discípulo, jamás violaría el derecho a su intimidad. Por lo mismo, prefirió preguntarle directamente qué le había parecido el santo de Virgo. La pregunta no era sin fundamento, había notado una especie de química entre los dos muchachos, probablemente por la cercanía de sus patrias y costumbres además de sus caracteres algo similares. Esperaba que los lazos entre ellos se estrecharan. Mu era bastante solitario y, pertenecer a una Orden como aquélla implicaba estrechar los lazos de camaradería. Para su satisfacción, Mu contestó que le había agradado su nuevo compañero y que lo ayudaría a ambientarse. Shion no esperaba menos de él y se lo agradeció. Sabiendo que su alumno no lo defraudaría, se retiró a descansar.
El que no descansó fue Mu que aún seguía intrigado por Shaka. Había oído que era la reencarnación de Buda, a quien él mismo veneraba ¿Podría ser eso verdad? Era cierto que tenía una luz especial pero era, tal como él, un niño. Pero también es cierto que el alma de los niños era más pura y libre de vicios. Si alguien era el indicado para ser el portador de la luz de Buda era Shaka. Pero ¿por qué él?
No se percató en qué momento se durmió, sólo reaccionó al sentir la luz naranja del sol entrar por su ventana ¿Había pasado toda la noche echado sobre la mesa? Al parecer sí. Lo primero que hizo fue agradecer por el nuevo día, por el bienestar de sus compañeros, su maestro y por él mismo, para obrar de la manera correcta y ayudar a otros con lo mismo. Agradecía todos los dones que había recibido y pedía sabiduría para poder utlizarlos de la mejor forma. Terminada su plegaria, recibió el saludo de su maestro, tomó el baño matinal y decidió subir al Santuario. No lo hizo usando su poder para transportarse, quería saludar a Shaka y saber cómo había sido su primera noche ahí. Lo encontró ya meditando por lo que pensó en no entrar y seguir su camino pero Shaka se lo impidió.
– No te vayas, por favor.
Mu sonrió. Shaka no necesitaba verlo, lo sabía.
– Sí, claro. Pero no puedo permanecer mucho tiempo. Siempre tomo la primera comida del día con mi maestro ¿Cómo estuvo tu primera noche aquí?
– Rara…
– ¿Rara? – La respuesta causó curiosidad en Mu quien se sentó al lado de su compañero para saber si algo le pesaba.
No era nada malo. Pero sí extraño. Sintió que ése era su lugar en el mundo, que de una manera u otra debía llegar ahí y ahí había llegado. Era como haber estado ahí antes, en otro tiempo, quizás fuera del mismo tiempo.
– Bueno, creo que sabes tan bien como yo que el alma no muere una vez que abandona nuestros cuerpos. Quizás en otra vida…
Se miraron y sonrieron. No era la típica conversación de niños. A su edad en que otros chicos juegan, pelean, ellos estaban ahí hablando del alma trascendiendo el cuerpo. Ellos sí que eran extraños.
Así pasaron varios minutos, quizás una hora. Mirando el cielo y pensando en cosas extrañas. A Shaka no le incomodaba la presencia de Mu porque era apenas perceptible, si no fuera porque sentía el ritmo tranquilo de su respiración, hubiese jurado que no estaba ahí. Era tranquilizador estar junto a él.
– Bueno, pasé a saludar y me quedé bastante más tiempo del planeado – dijo Mu en un griego que se tornó casi imposible de entender para Shaka. Se encogió de hombros demostrando que no había entendido absolutamente nada. Mu sonrió, era de esperar, no llevaba ni un día y, por más que fuera la reencarnación de Buda, como se decía, era después de todo, un humano.
– No tengo que decirte que apenas entendí palabra…
– Ya aprenderás – dijo el santo del carnero en el momento en que se transformaba en polvo luminoso y dejaba la sexta casa para viajar con su maestro. Para Shion no pasó desapercibido que su alumno llegaba tarde pero nada dijo: sabía que él se lo diría pero eso no sucedió. Llegó, saludó y tomó su lugar en la mesa sin siquiera decir una palabra. El Patriarca tampoco preguntó pero no dejó de notar que era la primera vez que Mu se guardaba algo ¿Por qué? No quiso entrar en su pensamiento, algún día se lo diría. Si era importante, lo haría.
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