Capítulo 2: Agua y aceite.

Un bello par de ojos miraban desde una de las casas del Santuario, la octava, la del Escorpión. Pertenecían a un niño inquieto y algo travieso pero extremadamente recto y honorable. Estaba ahí por la curiosidad que le producía el conocer al nuevo integrante. Esto lo emocionaba mucho ya que, una vez habitadas las doce casas y entregadas las doce armaduras, la venida de la diosa era inminente. Sólo ahí comenzaría su verdadera misión.

Milo era un muchacho especial. Era increíblemente extrovertido y carismático. Muy simpático y amable. Sin embargo, su lado oscuro dejaba ver a un ser iracundo y terco que siempre creía tener la razón. Pero a la vez poseía un gran sentido de la amistad y no dejaría jamás que su ira se desatara en contra uno de sus compañeros. A menos de que esto fuese estrictamente necesario.

Pero ahora, lo que más lo movía era poder conocer al nuevo santo de la Orden ¿Sería similar a Aldebarán, a quien todos estimaban o como Aioros cuya honorabilidad era admirada por unos y envidiada por otros? Tal vez era similar a Shura, engréido por ser el protector de Athena o vanidoso como Afrodita. En fin, esperaría la llamada del Patriarca, la que no tardó en llegar. Debían reunirse todos. Ahí, en la sala principal, Shion les presentó a Shaka, el nuevo caballero de Virgo, un niño, como él. Pensó que era un poco extraño: llevaba siempre los ojos cerrados y una expresión de imperturbabilidad que, a ratos, desesperaba. Era bien claro que no hablaba griego y se comunicaba con el Patriarca en una lengua extraña. Si era capaz de hablar con Shion, era evidente que podría hacerlo con Mu y así era. Una vez que se les autorizó a volver a sus casas, Mu servía de intermediario. Milo dio la bienvenida y descendió junto a ellos, Aioria y Aldebarán, los más jóvenes del Santuario. Mientras lo hacían, Milo no dejó de notar que Aries y Virgo eran muy similares. Para comenzar, eran extremadamente bellos, parecían ángeles y sus caracteres también tenían matices angelicales. Hablaban en esa lengua que él jamás había oído, eran muy reservados, etc. No le sorprendió que Mu lo acompañara a su casa y allí permaneciera un rato. Él pasó de largo a la casa de Aioria a comentar sobre el nuevo compañero a quien Aioria también encontró diferente. Angelical, sí pero con cierto aire de soberbia que le entregaba el hecho de considerarse distinto ¿Distinto en qué?

Al volver a su casa, Milo tenía que pasar por Virgo, y se encontraría nuevamente con Shaka. Sin embargo, al entrar, no sintió nada. Ningún atisbo de energía, nada ¿Estaría ahí? Al parecer no. Mientras caminaba sintió un aroma a incienso y a flores las cuales pareció ver mientras atravesaba la casa. De pronto, frente a él, estaba Shaka. Pero ¿cómo no lo había percibido? Ni aún en ese momento estaba seguro si era él o una ilusión. Pero no, efectivamente era el santo de Virgo. Estaba al frente, sin su armadura, sentado sobre una flor de loto con un rosario en las manos. De no haber sido por el tenue ritmo de su respiración, hubiese jurado que estaba muerto. Pero no sólo no estaba muerto sino que estaba alerta. No tenía caso hablarle si no le entendería palabra alguna pero, en ese momento, Shaka le habló directamente a su mente:

– ¿Qué te trae hasta aquí?

Milo no tenía una sola respuesta a eso pero tampoco sabía cuál era la más apropiada. Dijo la más básica y verdadera: tenía que pasar por ahí para llegar al Escorpión.

– Adelante…

No entendía qué o quién era Shaka pero presentía que no era un ser ordinario y que, algún día, su verdadera naturaleza saldría a la luz. Y para lograr cosas importantes.

Los días iban pasando y, al parecer Shaka se acostumbraba al Santuario rápido. En poco tiempo comenzó a entablar pequeñas conversaciones y, después de seis meses, era capaz de comunicarse correctamente con cualquier persona. Esto no quería decir que hablara mucho, aparte de Mu y Shion, cuando correspondía, eran muy pocas las veces que salía de su casa: de Virgo al Santuario o de Virgo a Aries eran sus rutas.

Habiendo pasado ese tiempo, era obvio que el último santo estaba pronto a llegar pero no lo hacía. Milo ya sentía curiosidad por conocerlo ¿Quién podría ser? Esperaba que hablara griego para no tener que hablar con un intermediario, como en el caso de Shaka. Y es que Mu, finalmente se convirtió en el más cercano a él. Al menos a simple vista. Cuando ya no tenía mayores esperanzas en conocer al nuevo santo, llegó la noticia. Sería pronto. Pero ¿qué es pronto? Una hora, un día, un mes. Pronto parecía a veces una palabra vacía si un contexto en donde afirmarla. Pero en este caso, pronto fue pronto.

Milo y Aioria estaban entrenando con Aioros cuando se corrió la voz de que el nuevo santo había llegado. Éste pasaría directamente donde el Patriarca y, luego de aprobada su incorporación, se llamaría al resto para ser presentado. Milo y Aioria quisieron tratar de ver o saber algo con anterioridad, pero Aioros los detuvo. El deber es el deber y, las órdenes del Patriarca también. Se quedarían hasta que el entrenamiento terminara y luego esperarían el llamado de Shion. De esto pasó mucho tiempo. Mu debía saber pero, como siempre, nada dijo. Aldebarán, por su parte, decía que había alcanzado a verlo a la pasada y no tenía nada de espectacular. Ninguna información. Milo y Aioria pensaron que ya no se les presentaría ese día y planearon hacer algo para pasar el rato. No hubo necesidad, se sintió de pronto el llamado del Patriarca ordenando que todos se reunieran y así lo hicieron, excepto el maestro de Libra. Shion tomó la palabra:

– Estamos aquí, reunidos todos, para saludar a Camus, el caballero de Acuario quien, con su llegada, ha completado el número de los caballeros dorados protectores de la diosa Athena. Nuestra misión es ahora mantener la paz hasta la próxima llegada de nuestra señora, cuando un nuevo ciclo comience y debamos luchar contra la injusticia y el mal en su nombre. Sean hombres de bien y honren la vestidura que portan y la tarea que se le ha encomendado. No lo olviden.

El nuevo santo, Camus, estaba ahí, en frente de todos. Era un ser extremadamente bello pero sin expresión alguna en su rostro. Sus ojos dejaban ver la bondad de su alma pero sus labios no se esforzaban siquiera por entregar una sonrisa. Saludó con una inclinación y sus ojos parecieron posarse en el infinito. No pronunció ninguna palabra, no demostró ninguna emoción: ansiedad, curiosidad, cansancio. Nada. Algo impropio en un, todavía, infante.

Terminada la ceremonia, se dispersaron los caballeros y se dirigieron cada uno a sus casas. Camus se mantenía en silencio se retiró no sin antes mirar la constelación del Cisne, la cruz del norte, santo al que algún día estaba destinado a guíar. Una vez dentro, se percató de que alguien había entrado antes que él. Se puso en guardia dispuesto a atacar si era necesario pues consideraba el hecho como una violación a su morada. Una brisa helada recorrió el lugar. De pronto, oyó una voz:

– No te preocupes, no haré nada malo. Soy un compañero tuyo…

Camus se relajó un poco pero no por eso dejó de observar. Tenía frente así a un muchacho de su mismo tamaño que lo miraba sonriendo. No encontraba que hubiese motivo para sonreír pero tampoco pudo descubrir malas intenciones en él.

– Soy Milo, el santo de Escorpión. Vine a darte la bienvenida.

Camus se extrañó ¿No le habían dado ya la bienvenida todos? ¿Qué pretendía éste que tenía al frente?

– Bueno, yo sólo venía a darte una bienvenida más personal – no quiso admitir que estaba ahí por pura curiosidad. Camus al fin dijo algo.

– Gracias, pero no era necesario – dijo en un griego que, si bien no era perfecto, era fluido.

¿En serio? ¿Eso era todo? Milo quedó aun más intrigado y no se movió. Camus se sintió incómodo ¿Por qué no se iba? Estaba muy cansado y no quería atender visitas. Se le hizo entender a través de la mirada.

– Bien, te dejo descansar. Pero mañana, si no te molesta, te pasaré a visitar para que nos conozcamos mejor – y con una inclinación se despidió y se fue. Camus quedó un tanto perplejo ¿Qué le hacía pensar a ese tipo que él quería conocerlo mejor? En ese momento no sospechaba que tendría que enfrentarse a menudo con la terquedad de Milo.

Para Milo, la palabra empeñada era un deber sagrado que debe cumplirse. A primera hora estaba en la casa de Acuario pero Camus no se encontraba ahí. Esto lo desconcertó ¿Estaría huyendo de él? Nada de eso. Aioros le comentó que el nuevo chico no se llevaba bien con el calor, que en esas fechas se estaba haciendo sentir fuerte, y salió temprano hacia algún lugar más fresco pero, a la vez, desconocido. A Milo le pareció grosero, ellos tenían un compromiso. No se le pasó por la cabeza que aquel compromiso había sido unilateral y, por lo tanto, Camus no tenía la obligación de cumplirlo. Su cabeza comenzó a calentarse pero era mejor no estallar ahora, esa no podía ser la primera impresión que le diese a su compañero. Decidió rastrear el frío cosmos hasta que dio con él, en una fuente cercana que el mismo Camus había congelado. Éste se desconcertó ¿Por qué lo seguía? ¿Con qué motivo? Con ninguno. Sin dar mayores explicaciones se sentó junto a él.

– Gracias por el aire frío – dijo Milo – Hace muchísima falta por estos lados.

Camus no dijo nada pero a Milo no le importó. Siguió hablando él.

– ¿Vienes del polo norte verdad? ¿O del sur? Me imagino que de un lugar frío. Siento decirte que aquí en Grecia las temperaturas son altas la mayor parte del tiempo, para que lo sepas.

– Gracias por advertirme – dijo Camus. Milo notó que tenía una voz muy dulce. No tanto como la de Mu pero se le acercaba. En lo que sí se diferenciaba de Mu era que Camus parecía carecer completamente de emociones, aun así era una persona cordial. No lo había visto sonreír ni una sola vez. Tampoco hablaba más de lo necesario. Era desesperante pero, por alguna razón, no quería irse. Esa frialdad le había gustado.

– Bueno, la pregunta ahora es ¿por qué te uniste a la Orden de Athena?