Capítulo 3
Como Camus no respondió, Milo siguió hablando. Había llegado a la Orden de Athena por tener condiciones excepcionales para la lucha. Se le admiraba enormemente por sus movimientos rápidos y su agilidad para identtificar y golpear los puntos débiles de sus adversarios. Se mostraba muy orgulloso de sus cualidades.
– Muerdo como un verdadero escorpión.
Camus lo escuchaba y, aunque alguno pudiese dudarlo, estaba interesado. Le admiraba la pasión con la que Milo hablaba de sus técnicas, su fidelidad a la diosa, su deseo de entregarse al máximo a la causa de Athena, así tuviese que morir por ella. Y su gran sentido de la amistad. Eran una familia, se respetaban y querían. No había lugar ahí para traidores, de ser así, él mismo los exterminaría.
– Pero tú, ¿por qué estás aquí?
Camus miró al horizonte. Las circunstancias de la vida lo habían llevado. Desde muy pequeño tuvo la facultad de usar el aire frío como nadie más lo había hecho y eso lo volvió un aspirante a caballero. Pronto obtuvo la armadura de Acuario y se trasladó al Santuario. Nada más. Milo notó que Camus hablaba sin emoción, sin sentimiento ¿Podría haber alguien tan frío como él? Es como si no tuviera corazón.
– ¿Por qué me miras así? – Camus se sintió incómodo frente a la mirada inquisidora del escorpión.
– ¿No te dolió dejar a tus amigos? Tuve que dejar amigos para seguir mi entrenamiento y he hecho buenos amigos aquí…
– Yo no tengo amigos.
A Milo le pareció que Camus se mostraba gustoso de la afirmación que acababa de hacer pero aun así, no podía asegurarlo. Su máscara era tan impenetrable que no se podía adivinar que pasaba por su cabeza. En otro momento de su vida se hubiese cansado de hablar con un tipo como Camus pero ahora, sin saber por qué, entre más lejano se mostraba el santo de Acuario, más quería conocerlo. Y eso haría, aunque le tomara siglos.
– Me voy, es tiempo de entrenar. Si necesitas algo en lo que pueda ayudarte, sólo avísame.
– Gracias.
¿Gracias? ¿Sólo eso? Viendo que ese día no obtendría mucho más de su compañero, Milo cedió. Camus respiro tranquilo. El interrogatorio de Milo lo había agotado pero estaba seguro de que era el entusiasmo del primer día. Pronto volvería a su vida normal y lo dejaría tranquilo. Gran error. Camus no conocía a Milo, un ser obstinado y persistente. Y él mismo, de alguna manera, deseaba que ese entusiasmo no cesase. Al menos, no tan pronto.
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Era la hora de la comida con el Patriarca pero Mu se excusó de no ir. Tenía cosas que hacer. Sí, debía seguir estudiando sobre la reparación de armaduras, sobre el uso de las herramientas celestiales, el polvo de estrellas, sobre el funcionamiento del cuerpo humano y bueno, quería ir a ver cómo estaba Shaka quien rara vez salía de su templo. Shion notó que la cercanía que Mu estaba entablando con ese muchacho se estaba haciendo cada vez más fuerte. No le parecía mal sino todo lo contrario pero temía que, dada la vida que deberían llevar más adelante, alguna separación entre ellos pudiese provocar una profunda tristeza en su pupilo. Mu era muy sensible pero a la vez, muy fuerte. Confiaba en que cualquier obstáculo que se le cruzara, por más difícil que fuera, sabría superarlo. Y no, ni siquiera una amistad tan fuerte como la que parecía estar formando con Shaka de Virgo lo desviaría de su eje. Sonrió, Mu estaba convirtiéndose en un pequeño hombrecito y muy pronto ya no necesitaría de su compañía. Sonrió con un aire melancólico: se estaba haciendo viejo. Y el único que podía comprenderlo entre medio de tanta juventud estaba lejos. El santo de Libra le hacía falta a veces. Más de lo que él mismo admitiese.
Mu terminó con sus deberes rapidamente. Era muy disciplinado y no paraba hasta que tenía todo listo. Revisó tres o cuatro veces hasta que se aseguró de que todo estuviera en orden y se marchó rumbo a la casa de Virgo. Le gustaba conversar con Shaka, era casi como tener una parte de su tierra con él. Aunque éste había hecho grandes progresos en su estudio del griego, prefería seguir hablándole en hindi. Así sentía que estaba un poco más cerca de casa.
No tenía que avisarle, Shaka siempre lo estaba esperando. A pesar de lo mucho que meditaba, siempre encontraba el tiempo para hablar con su amigo. Aunque el resto de los santos le parecían cordiales y agradables, no podían compararse al tipo de nexo que estaba formando con Mu. Además, había gente en las que, definitivamente, no podía confiar. Uno de esos era Saga de Géminis. Había algo extraño en él, algo que no podía aún descifrar pero que, él presentía, podría causar una alteración en el destino del Santuario. No quiso compartir esta sensación con Mu porque no estaba seguro. No era prudente hacerlo.
El santo de Aries llegó poco después de que Shaka hubiese terminado su meditación. Sonrió inmediatamente al verlo. Como siempre, se sentaron fuera de la casa de Virgo a hablar. Éste último tenía algunas dudas sobre sus compañeros y Mu los conocía más. Eran buenas personas pero algunos tenían mayores debilidades que otros y no en cuanto a poder. Mu los conocía bastante bien a todos excepto a Camus, el recién llegado. Muchos de ellos compartían el mismo problema: la soberbia. Los más grandes en mayor medida excepto Aioros quien, sin duda, era el más honesto y honorable de todos.
– Falta un santo ¿Dónde está? Oí que la Orden de Athena estaba ya completa.
– Es el santo de Libra, según algunos, el más poderoso. No lo he conocido aún pero su relación de amistad con mi maestro es antigua y fuerte. Él no vive en el Santuario sino en China, en los Cinco Picos, al lado de la cascada. El maestro me habla mucho de él, es visible que le tiene un gran aprecio aunque estén a cientos de kilómetros de distancia. Una amistad de más de doscientos años…
– ¿Doscientos años?
– Bueno, sí – replicó Mu – Mi maestro y yo pertenecemos a otra raza, los lemurianos. Solemos vivir un poco más que el resto…
– ¿Un poco más? Son doscientos años. Probablemente me sobrevivirás muchos años y conocerás a otros santos. Quizás después no te acuerdes de mí – la voz de Shaka dejaba entrever un matiz de pesadumbre. Tal vez Mu sólo lo imaginó.
– No sabemos lo que nos deparará el destino. Puedo irme yo antes que tú. Sólo pienso en que mi maestro es muy afortunado al poder tener a su mejor amigo durante tanto tiempo cuando, lo lógico, es que el maestro de Libra ya hubiese partido hace mucho tiempo. No están cerca, pero aun así están juntos. Los misterios de Athena son infinitos.
– Si la Diosa permitiese que alguien pudiese vivir tanto como un lemuriano, en cierta medida, me gustaría ser yo. No creo que, en una situación normal, pueda llegar a vivir tantos años para acompañarte, amigo – dijo Shaka con algo de tristeza – Sin embargo, aferrarse a la vida no trae más que sufrimiento puesto que, de todo lo que tenemos, lo único seguro es la muerte. Pero a veces uno puede soñar…
Mu sonrió a la vez que colocaba su mano en el hombro de su compañero. Le había dicho amigo y, a pesar del poco tiempo, sí, lo eran. Shaka le devolvió la sonrisa y ambos continuaron mirando las estrellas.
oooooooo
– El caballero de Acuario es muy extraño ¿no crees hermano?
Aioria también había notado la particular manera de ser de Camus. Y no es que fuese muy difícil notarlo ya que él no lo disimulaba en nada. Aioros, que era mayor que los pequeños santos, sabía que era cosa de tiempo para que Acuario se abriera a sus amigos. Aun así creía que no sería fácil llegar a su corazón, si es que alguien lograba hacerlo alguna vez.
– Milo ha conversado más con él – afirmó Aioria – ¿qué tal te parecio?
– Conversar así de verdad, no. – respondió Milo – Al final, sólo hablé yo. Es extraño, sí. Es como si no quisiera que lo conociéramos, pero en fin. Él sabrá – Milo se puso en posición de ataque al igual que Aioria. Pero en vez de combatir con Aioria se lanzaron ambos contra Aioros quien, sin el menor esfuerzo, los derrotó a ambos.
– Deben enfríar la cabeza chicos. Atacar por atacar o hacerlo con furia no les reportará ningún beneficio. Al contrario, se perderán.
Aioros se marchó y, detrás de él partió su hermano. Milo sabía que esa advertencia era sobre todo para él quien solía lanzarse a la lucha cada vez que su cabeza se calentaba. "Cabeza fría, como Camus. Seguramente él no tendría problemas con eso" pensó. Se volteó a mirar la casa de Acuario y, para su sorpresa, el mismo Camus lo estaba observando desde arriba. Había visto todo el entrenamiento y se sorprendió del poder que los otros santos tenían. Aioros era espectacular pero su hermano y Milo no se quedaban tan atrás. Siendo aún pequeños eran capaces de elevar su cosmos a niveles extraordinarios. Sin embargo, ya había notado que ambos eran demasiado precipitados lo que les hacía desperdiciar energía, perder de vista a su adversario, no llegar a comprender en el momento exacto en qué estaban fallando, etc. No eran faltas graves si se enfrentaban con un santo cualquiera pero sí si lo hacían con un santo de oro. No obstante, no había de qué preocuparse: eran un equipo y jamás se enfrentarían entre ellos. Eso se lo había repetido desde que empezó a fijar su camino hacia el Santuario de Athena. Pero la vida suele dar muchas vueltas.
No sintió cuándo ni cómo Milo llegó hasta su templo. Era verdaderamente muy rápido y silencioso, como un verdadero escorpión.
– No soy tan rápido como Mu pero tampoco estoy tan mal – explicó a pesar de que Camus no le pidió que lo hiciera. No parecía sorprendido, era como si supiera que llegaría.
– Te vi espíandonos mientras entrenábamos.
Camus frunció el ceño. ¿Espiar? Pero si nunca intentó pasar desapercibido.
– Los observaba, nada más – respondió Camus con tranquilidad.
– ¿Y qué te pareció? ¿Somos poderosos? ¿Más que tú, quizás?
– Somos diferentes
No había caso. La barrera infranqueable de Camus era imposible de traspasar. Sin embargo, lo peor no era eso. Era el hecho de que, por más que Camus continuaba poniendo distancia, Milo estaba cada vez más intrigado con él.
– Bueno, eso es evidente ¿no? Todos somos distintos: tenemos distintas formas de pensar, sentir, qué sé yo. No es novedad.
Camus miraba como asintiendo con la mirada. Nada más. Milo se dio por vencido una vez más. Se convenció: Camus no quería ser su amigo. No había mucho más que hacer. Con una inclinación, salió de la casa de Acuario. Camus se quedó mirándolo. En alguna parte de su corazón quería establecer un lazo con alguien pero no podía ¿A qué le temía? No era, por ahora, capaz de descifrarlo.
